La travesía

David López · Capítulo 27 de 47

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La travesía

Capítulo 26

 

Brillaba Valparaíso, la joya del Pacífico, blanca como una astilla de marfil, abrazando las faldas de las muchas colinas que la rodeaban. Se alzaban éstas más de mil quinientos pies hacia un cielo que de tan azul parecía vibrar. Los techos de las casas, cubiertos de rojísimas tejas, ofrecían una encantadora vista más propia de alguna ciudad mediterránea. Por las calles, estrechas y empedradas con descuido, se vislumbraba un paisanaje alto y orgulloso, quizá pobre, pero con una pobreza muy distinta a la europea. No faltaba en Sudamérica comida, no faltaban ropas ni techos bajo los que dormir, ni tierras por las que vagar. No… allí la miseria se medía en rangos muy distintos. Hasta la más paupérrima de las mujeres de Valparaíso, erguida como una diosa, semejaba más a una reina que a una pordiosera. En aquellos ojos españoles, oscuros como el café, cualquier inglés hubiera dado su mano por perderse.

—Ahora sí que no echo de menos no haber visto Tenerife —dijo Darwin, reprimiendo un grito mezcla de alegría, sorpresa y entusiasmo. A su lado, ni el capitán ni el teniente Sulivan se mostraban tan contentos. El puerto de la ciudad no era un prodigio en dimensiones, y los barcos se abarloaban los unos con los otros como la grey en una misa de domingo—. ¡Fíjese, Robert! ¡Los Andes! ¡Los Andes! Y ese volcán debe ser el Aconcagua.

—Modérese, Charles, por el amor de Dios —gruñó el capitán, pero incluso sumido en sus cuitas no pudo evitar alzar la vista hacia el noreste y deleitarse, aun cuando sólo fuera por un segundo, con la majestuosa vista de los picos blancos, tanto más grandes e impresionantes cuanto que se comparaban con los pequeños y plácidos cerros de Valparaíso—. Ya ha visto usted muchas montañas como para impresionarse por unas pocas más.

—¡No tantas, no tantas! —El naturalista sonreía, tan asomado a la borda del bergantín que parecía a punto de caerse a las aceitosas aguas del puerto—. Hasta que salí de Inglaterra, pensaba con toda sinceridad que el paisaje más asombroso del mundo podía encontrarse en Gales. Ya en la Tierra del Fuego me di cuenta de que mis ideas tal vez estuvieran un poco erradas, pero ahora me acabo de percatar de que el mundo es mucho más grande y asombroso de lo que había imaginado.

—Más aún —dijo Bynoe con una sonrisa tolerante—: es más sorprendente de lo que jamás podamos llegar a imaginar.

Toda la oficialidad de la Beagle, incluyendo a aquellos que tripulaban la cercana y pequeña Adventure, se había congregado en las cubiertas de los dos barcos para observar la joya del Pacífico que tan dura competencia mantenía con Callao, en el vecino Perú, por el comercio que surcaba aquellos mares. Después de la marcha del silencioso y sufrido James Ryan, muchos de ellos observaban con hambre mal disimulada los movimientos de las hermosas mujeres chilenas, vestidas de blanco y azul y rojo.

El único que no participaba de la alegría generalizada era Dring, y con él la pequeña Joe Ryan, que extrañaba a su hermano y sentía como propia la muerte de Rowlett. Había llorado sin disimulo durante el sepelio, y al arrojar el cuerpo a las aguas había reprimido un grito de agonía, mientras el capitán mascullaba el responso y encomendaba el alma del contador al eterno reposo de las profundidades. Los dos, silenciosos, contemplaban Valparaíso con un recelo desmedido.

—Odio esta ciudad —dijo Joe.

—Y yo. Y creo que la odiaremos más a medida que pase el tiempo.

Pero después de tantísimos meses en la mar sin nada más cosmopolita que llevarse a los ojos que la remota Chiloé y su incesante lluvia, Valparaíso era un vergel de sensaciones. Como hormigas frenéticas tras pisar su hormiguero, los marineros se dispersaron por los lupanares y tabernas. Pensaban, según podía deducirse por sus gritos, tomar al asalto las bodegas y disfrutar de toda belleza mercenaria que se encontraran y pudieran pagar con sus soldadas. Darwin, acompañado del fiel y sordo Covington y el matasanos Bynoe, se lanzó a una serie de largos paseos por las colinas, y su estampa, tan ridícula como conmovedora, inducía en el ahora contador un sentimiento de nostalgia… y maldito si sabía de qué. El tiempo, excelente tras las implacables lluvias de Chiloé y la Tierra del Fuego, parecía haberlos transportado a un mundo por completo distinto.

—Es un país barato, Dring —le dijo Darwin al cabo de unos días—. Me he encontrado con el honorable señor Corfield, con quien tuve el placer de compartir aula durante mis estudios en Shrewsbury. Admito que no fui un alumno aplicado, pero al menos conservo ciertas amistades. Tiene una hermosa mansión en el Almendral, y su mantenimiento, incluyendo mesa, vino, dos criados, una asistente y cuatro caballos, no llega a cuatro mil libras anuales. Creo que en Inglaterra esa cifra sería, al menos, el doble. ¡Asombroso!

Dring se conformaba con hospedarse en una sórdida cantina en las cercanías del puerto, desde donde se desplazaba todos los días para negociar con John Lyndon, el delegado comercial británico. Alojábase éste en el segundo piso de una lujosa posada en la que el número de muchachitas de piel morena excedía de lo necesario. Lyndon, lujurioso y pagado de sí mismo, no pareció tomarse muy en serio a Dring e insistió en hablar con el capitán en persona.

—Sobran los comerciantes en Valparaíso —fue la rabiosa respuesta de FitzRoy, ansioso de volver al trabajo y a los mares—. Así que, o se aviene a tratar con usted, o bien tendrá que venderle sus galletas y su carne en salazón a los franceses.

La respuesta de Lyndon fue la que, por otra parte, cabía esperar. Tras unos momentos de indecisión llamó al tabernero y le encargó una botella del mejor vino que tuviera en sus alacenas y dos copas, amén de un vaso de leche para la pequeña Joe, circunspecta con sus ropas marrones y su pequeño tricornio negro.

—Brindemos por los negocios, amigo mío —le dijo, chocando la copa y salpicando los manteles de cien diminutas gotitas color borgoña—. Si hay algo por lo que los ingleses merezcamos el dominio del mundo y de los mares, sin duda es por el comercio.

—Pensaba que usted era irlandés.

—Para estos chilenos, tanto da una cosa que la otra, así que he aprendido a ser tolerante con su ignorancia en lo tocante a la… geografía.

Hubo a continuación una opípara cena servida con eficacia por una discreta legión de prostitutas engalanadas como reinas. Se sucedieron las sopas, los asados y los pescados servidos con espesas salsas que parecían atascarse en la garganta, acompañados de vinos fuertes y jarras de un agua que olía y sabía a óxido de hierro. La pequeña Joe comió poco, más atenta a los movimientos y las suaves palabras de la hueste de mujeres que habitaba el lugar, a sueldo y disposición del honorable señor Lyndon.

—Su joven aprendiz parece asombrado —dijo éste. Dring le sacudió un cachete a Joe, saltándole el sombrero. El pelo de la jovencita, recogido en una tensa cola de caballo, era de un color casi blanco por causa del sol y la sal, un color casi tan claro como el de sus ojos lavados por la lluvia y las penas.

—Es un muchacho idiota y asustadizo, amigo mío —se apresuró a decir—. No se preocupe por él. Y, dígame… ¿conoce usted, por un casual, a un tal Manuel Santiago Correa? He oído hablar de él y quería confirmar si son ciertas las historias que he escuchado.

—Depende de lo que haya oído —dijo Lyndon con una sonrisa traviesa.

—Dicen que es un monstruo y un crápula.

—¡Ja! —El comerciante soltó una carcajada y golpeó la mesa con la mano—. Bueno, es cierto que se cuentan historias de ese calibre, pero todas tienen un mismo origen: su esposa, quien es conocida por muchas virtudes, y ninguna de ellas se relaciona ni con la castidad ni con la honestidad.

—¿A qué se refiere? —Dring había palidecido pavorosamente, e incluso la pequeña Joe se percató de que algo estaba sucediendo allí, en aquella sala.

—Me refiero a que no existe en esta ciudad hombre más estimado que el señor Correa, a que es un renombrado filántropo y protector de inocentes, un príncipe del comercio y un benefactor tan grande que hubieran pensado en proponerlo para un cargo en el gobierno si no fuera porque todos los hombres electos de este país son corruptos e indolentes. —Lyndon se encogió de hombros, mordisqueando una manzana roja y crujiente—. A eso me refiero, señor Dring. ¿Por qué lo pregunta?

 

Quizá provinciana, pero en modo alguno carente de sofisticación, Valparaíso se movía alrededor de los eventos sociales que organizaban Diego Portales y la Nordenflicht. Era creciente la rivalidad entre el amo y señor de Valparaíso y el ministro Rengifo, cuyas labores al frente del Ministerio de la Hacienda habían provocado la adhesión a su persona de una peculiar camarilla, los philopolitas, que deseaban auparlo hasta el mandato presidencial y borrar del gobierno del país la influencia de Portales. No era de extrañar, pues, que las infames «cárceles ambulantes» de Valparaíso abundaran en presos políticos, muchos de ellos simpatizantes de la causa del citado ministro, casi más que ladrones, estafadores y maleantes… aunque holgaba decir que para Portales, los adheridos a las causas de sus enemigos entraban en todas y cada una de las categorías penales y merecían la mayor de las condenas.

—No se construye un país con sólo mequetrefes y traidores —aseguraba a sus íntimos. A su lado, hermosa y fría como una estatua recién tallada en hielo de glaciar, la Nordenflicht capturaba gestos y rostros con sus ojos ambarinos. Reina de todas las fiestas y bailes, hermosísima y dotada de la natural inteligencia de las intrigadoras, apoyaba a su amante sin reservas ni fisuras, empleando para ello tanto su propia influencia como su fortuna, que no era poca.

—Es una mujer peligrosa —dijo Lyndon mientras maniobraba para colocarse no muy lejos de los focos de rumores del baile—. Portales confía en ella con una adhesión ciega, casi enfermiza, y si alguien comete el error de ofenderla…

Dring asintió, incómodo en sus ropas de gala. Al no tener en su exiguo armario nada respetable con lo que cubrirse, se había visto obligado a alquilar una casaca de color gris y unos calzones que no dejaban de molestarle al caminar.

—Ahí tiene a Portales, Dring.

No era un hombre muy alto, pero su presencia bastaba para llenar una sala entera. De rostro alargado y palidísimo, como si se hubiera desangrado hasta la muerte, tan sólo los ojos resultaban vivos en una tez de cadáver ambulante. ¡Y qué ojos! Brillantes y fieros, parecían traspasar a su interlocutor como un par de estoques. Vestía de riguroso negro, según decían por respeto a su primera y difunta esposa.

—Bien poco le dura el respeto si cohabita con esa como se llame y la hace parir tres hijos —masculló el ahora contador—. ¡Maldito calor!

—Y ese de ahí es Rengifo, y ése es Tocornal. Y ahí tiene al coronel Vidaurre, al que las medidas de Portales no le gustan en absoluto. Se comenta que Portales quiere destituir de su cargo a Rengifo y colocar en su lugar a Tocornal, que no es sino uno de sus más abyectos sicofantas.

—Pero ¿no me había dicho que ese Portales no tiene cargos en el gobierno?

—¿Desde cuándo es necesario poseer un nombramiento oficial para detentar el poder? —Lyndon resopló—. Portales es el verdadero motor de este país, el hombre que maneja a su antojo la tramoya en la que se mueven todos estos figurantes… Fíjese, ése tal Vidaurre… se dice que bebe los vientos por cierta dama…

Dring no prestaba atención. Una selva de miriñaques y sombreros se movía por la sala, entre charlas insustanciales, saludos, sorbos de vino y risas cantarinas. Sonaba música, un par de violinistas que arrancaban a sus piezas las notas de alguna partitura bastarda de Mozart o de Boccherini. Trago a trago, el joven empezó a sentirse menos inhibido por las miradas y los gestos de sorpresa… destacaba Dring entre los porteños de Valparaíso por su altura, el largo cabello rojo y los ojos rasgados y verdes, felinos, tan poco comunes en aquellas gentes morenas de ojos castaños y boca amplia y sensual. Era Dring para ellos como un desgarbado gigante nórdico, una atracción de feria a la que admirar en sus salones y entretelas, en aquella ciudad tan lejos del mundo y tan ávida de novedades.

—Una vez —le confió a Dring una sinuosa beldad de edad indeterminada que le miraba con ojos hambrientos— tuve un amante que decía venir de esas tierras que quedan cerca del Círculo Polar. ¿Conoce usted ese lugar, señor Dring?

—Me temo que no, mi señora.

—Tiene usted los ojos del color del jade, señor Dring —le susurró una jovencita de pecho plano y ojos tan grandes que parecían devorarle el resto del rostro—. Me gustaría poder mirarlos más de cerca…

—Señorita, yo…

—Ha visto usted tanto mundo —ronroneó la esposa de uno de los magnates locales del vino—. Seguro que podría contarme cientos de historias interesantes y excitantes…

—En realidad son todas muy aburridas…

cada brete en el que se metía, el incansable y divertido Lyndon acudía para salvarlo con un torrente de disculpas, asegurando que el inglés entendía poco y mal el español y que podía cometer alguna torpeza idiomática… el rostro de Dring había pasado de su habitual tono pálido a un rojo encendido por la vergüenza.

—¿Qué les pasa a todas esas mujeres? —protestó cuando pudo volver a pronunciar palabra—. Cualquier diría que todas ansían engañar a sus maridos. ¿Cómo hace usted para…? Oh, ya veo, no hace falta que me responda.

—Calle, hombre. Ahí tiene a Correa y a su mujer.

Dring se volvió y estiró el cuello. De pronto sintió un extraño desdoblamiento, como si una parte de su cerebro admitiera la realidad y otra no percibiera sino lo que deseaba ver. Así pues, durante un largo rato no se percató de que lejos de ser un monstruo deforme, el engendro del averno que Angélica le había narrado, Correa no era más que un tipo de mediana edad, de cabellos escasos y rostro de agradable tristeza, el rostro de un contable próspero o de un aburrido profesor de universidad.

—Parece usted decepcionado, Dring.

—Esperaba a alguien más… notorio.

Quien no suponía decepción alguna, ni mucho menos, era Angélica Villanueva Alcázar, deslumbrante en el interior de un traje de raso azul que se ceñía a su delgado talle como un guante a los dedos. Era alta, tanto como su marido, y caminaba tan erguida que todavía aparentaba más estatura. La piel era pálida, la nariz altiva y la boca, pequeña, de labios gruesos y crueles bajo unas mejillas teñidas de un desvaído tono rojizo. El pelo, negrísimo, le caía por los hombros desde un recogido en la coronilla, y en desmadejadas cocas sobre la frente. Los hombros desnudos y mórbidos pedían a gritos un mordisco o un beso.

—Esa es la personificación del mal, amigo —dijo Lyndon con una sonrisa.

—¿Cómo puede decir usted algo semejante? —replicó Dring, ofendido—. No la conoce usted, no sabe si es buena o mala, cuáles son sus intenciones, qué le pide a la vida, si es feliz o desdichada…

El delegado se encogió de hombros, gesto que todo inglés en contacto con españoles acababa por adoptar como suyo propio. John Lyndon se limitaba a transmitir sus puntos de vista, sin hacer más juicios de valor. Que el simpático pero ingenuo contador de la HMS Beagle sacara sus propias conclusiones, si es que las tenía, que él guardaría las suyas a resguardo de lluvia. Y mientras tanto, idiotizado por la belleza salvaje y española de la señora Villanueva, perdidos los ojos en la muda contemplación de aquellos labios, arrobado por los lentos pasitos que daba, hipnotizado por sus oscuros ojos de herencia andaluza, subyugado, en fin, por una belleza que tenía mucho más de terrenal que de inmaterial y por tanto, ya lejos de las cartas y las palabras, Dring creyó morir y renacer en aquel mismo instante y, sin dudarlo, creyó tan ciertas como Dogmas de Fe todas las palabras de aquella su lejana enamorada epistolar, ahora tan cerca de su pecho que hubiera podido tocarla con sólo extender la mano.

he aquí lo que hizo.