La travesía
Capítulo 39
Mediaba todo un mundo entre las Galápagos y los deliciosos archipiélagos de la Polinesia, llenos de lo que el guardiamarina King sólo acertaba a describir como:
—¡Manadas y manadas de mujeres desnudas, Philos! ¡Todas para nosotros!
Los vientos hinchaban la blanca panza de las velas y la jarcia cantaba con una voz aguda, especialmente hermosa. En días como aquellos el capitán FitzRoy recuperaba parte de su alegría por la vida. Sin embargo, el balance no era del todo negativo. Había cartografiado con éxito gran parte del continente americano, el Almirantazgo le había nombrado comodoro y su tripulación gozaba de buena salud bajo los cuidados de Bynoe. Tan sólo el contador, el bueno de Dring, parecía cabizbajo y entristecido.
—Debería alegrar esa cara, Dring —le decía Wickham, compasivo—, o los marineros se pensarán que es usted otro Jonás, como el que dejamos atrás en Chiloé. Y ya sabe lo que hacen en la Armada inglesa con los gafes.
—¡Los tiramos por la borda! —canturreó Astillas May, tan borracho como de costumbre—. ¡Por la borda se van todos, todos, todos!
—Ya ha oído al señor May, Dring —dijo Stokes—, o se alegra o lo atamos como a un salchichón en su coy y lo tiramos por la borda. ¿Todavía piensa en esa fulana chilena? ¡Vamos! Sabe tan bien como yo que ya se habrá buscado a otro que le caliente la cama: todas las mujeres son iguales: sentina de vicios, criadero de males, buenas para nada y malas para todo. ¡Todas las mujeres son iguales, Dring, hágame caso!
—¿Todas?
—¡Salvo las mujeres españolas! ¡Benditas mujeres españolas!
Farewell and adieu unto you Spanish ladies,
Farewell and adieu to you ladies of Spain;
For it’s we’ve received orders for to sail for old England,
But we hope very soon we shall see you again.[2]
Habían sido los gavieros Harper, Phipps y McCurdy los que habían empezado a cantar a voz en cuello, rompiendo a reír al terminar la estrofa. Todos estaban contentos por la posibilidad de atisbar a las hermosas mujeres polinesias, contentos porque habían completado la parte más peligrosa del viaje y contentos porque el capitán había decidido ser más liberal con el grog durante unos días.
—Ocho partes de agua y una de ron —decía Bynoe contemplando la turbia mezcla alcohólica—. Dicen que le debemos este invento a Lord Vernon, a quien llamaban Viejo Grog. De lo contrario todavía seguiríamos bebiendo ron puro. Los españoles y los franceses son más sensatos: beben vino, cuyas cualidades son infinitamente mejores.
Dring sonrió, aunque esa mueca en su rostro tenía el mismo efecto que una patada en el bajo vientre. A su lado, Darwin y Covington se encargaban de clasificar todos los especímenes que habían recogido en las Galápagos, entre los que el más notorio era una gigantesca tortuga de mirada legañosa y centenaria, a la que habían llamado «Harriet», a la que los gavieros habían tomado como mascota y aseguraban que les traía buena suerte y buenos vientos.
No era cierto, de todos modos, lo que decía el misógino Stokes, a quien no se le conocía amor alguno que no fuera por su barco, su bandera y él mismo, y quizá no en ese orden. Había muchas clases de mujeres. Sin ir más lejos, la canción que Harper, Phipps y McCurdy estaban interpretando tenía muchas variantes, y en una de ellas el último verso de la primera estrofa rezaba…
And perhaps never more we shall see you again…[3]
… lo que daba a entender que, incluso entre las arrebatadoras jovencitas españolas había mujeres y mujeres. Y, por más que la consideraran maligna, cruel, mentirosa y artera como la puta de Babilonia, para Dring seguía siendo Angélica Villanueva el único objeto de deseo posible, el único pensamiento, la única mujer imaginable entre todas las mujeres.
A la vista de la isla de Honden, primera del rosario de atolones polinesios que habrían de divisar en su camino a Tahití, el capitán decidió dar una cena para sus tenientes, el naturalista, el contador y el cirujano. Fuller se esmeró en los fogones y pronto enormes porciones de cerdo de Guinea cubierto de salsa hallaron acomodo tanto en la mesa como en los hambrientos estómagos de los tenientes Wickham y Sulivan. Darwin, como de costumbre, devoró todo cuanto se le puso por delante y Bynoe, por su parte, adujo problemas hepáticos para limitarse a la sopa y mirar con honda desconfianza las dos libras de marrano hervido que humeaban frente a sus narices.
—Dígame, Philos —dijo FitzRoy—, ¿qué tal se le han dado sus investigaciones en las Galápagos? Ha estado usted muy atareado, tanto como una hormiga obrera, en compañía de Covington y de Dring.
—Unas islas fabulosas —respondió Darwin, con la boca llena a dos carrillos—. Un paraíso terrenal, si es que hay uno. Quién podría decir que en unos pedruños tan desolados, tan hostiles, podría darse tanta vida, tan bulliciosa y diversa…
—El señor Dring nos ha comentado que ha notado usted interesantes diferencias entre las especies de las islas —apuntó Sulivan, tan serio y formal como siempre.
—Es cierto —intervino Wickham—, aunque se me hace difícil pensar en cómo puede llegar una sola especie de animal a esas islas, ¡por no mencionar una docena de ellas!
Todos rieron salvo Dring; éste, con el gesto agrisado y los ojos hundidos, se limitaba a juguetear con la comida en su plato y mirar, a través del ventanal de popa de la cabina, hacia el mar picado por los vientos.
—Es cierto que hay muchas especies —dijo el naturalista—. La presencia de muchas de ellas se puede explicar por medios perfectamente naturales, antes que por la intervención de… fenómenos divinos. Pero…
—¿Bien, Philos? ¿Qué piensa usted?
Darwin se encogió de hombros, como si las ideas que se le estaban pasando por la cabeza no fueran sino las insensateces de una mente, o bien borracha, o bien aturdida por el cansancio. Y ya había liquidado media docena de copas del excelente Oporto de la bodega privada del capitán.
—Es posible, y sólo digo que es posible, que tan sólo unas pocas especies hayan llegado a esas islas, en tiempos inmemoriales, y después un lento proceso de cambios haya hecho que se diferencien en otras.
—Como decía Lamarck. Como decía su propio abuelo —dijo FitzRoy.
—¿Quién es ese tal Lamarck? —preguntó Bynoe, entretenido con su copa de vino y la deliciosa sensación de los prolegómenos de la ebriedad—. No me suena de nada.
—Un caballero francés…
—¡Gabacho tenía que ser! —masculló el cirujano.
—… que postuló que los cambios que se originan en los animales a lo largo de su vida tienen efecto en la descendencia que éstos producen. Hablando en plata, viene a decir que si durante cientos de generaciones cortamos las orejas de todos los perros que vienen a este mundo, los perros acabarán por nacer sin orejas.
Los dos tenientes pensaron durante un instante en tal teoría antes de decantarse.
—Eso es absurdo.
—Vaya idiotez digna de un francés.
—¿Y usted opina lo mismo, Charles?
—No, no, no. —El naturalista agitó las manos ante sí—. Lo único que sugiero es la posibilidad, quizá remota, de que los cambios que, de algún modo, hayan podido producirse en estos animales les hayan servido para irse diferenciando los unos de los otros, según esos cambios les fueran de mayor o menor utilidad. Con el paso de los años, de incontables años, esos cambios sumados los unos a los otros cambiarían tanto la especie original como para que ninguna de sus descendientes fuera reconocible. Es un tanto difícil de creer, pero…
—Es una teoría sorprendente —dijo el capitán—, pero un tanto alejada de la realidad, mi buen amigo. Los dos sabemos bien que el poder, la potestad para crear nuevas especies, está reservada al Altísimo.
—Quizás el Altísimo —replicó Darwin con cierta sorna— se valga de medios terrenales para conseguir sus fines, ¿no cree?
—Vamos, vamos —intervino Bynoe—, que no llegue la sangre al río. Las teorías filosóficas están bien para los ratos muertos, pero no para las cenas, sobre todo las cenas copiosas, cuasi mortales…
FitzRoy se encogió de hombros; el tema ya había surgido en varias ocasiones a lo largo de los dos últimos años de viaje, pero nunca con tan claros conceptos. Para el capitán, cuya sólida base científica no le impedía albergar creencias todavía más hondas, la mera posibilidad de que fuera algo semejante al azar lo que hubiera determinado el devenir de las especies se le antojaba… no ya una herejía, sino la más perturbadora de las ideas. Mientras se servía el segundo plato, un pescado indeterminado que olía a mil demonios, los dos tenientes se enfrascaron en una discusión bizantina acerca de la bondad y belleza de las mujeres de Buenos Ayres en odiosa comparación con las damas de Valparaíso.
—¡Ayúdenos, Dring! —pidieron. El contador se encogió de hombros; se sentía débil y enfermo y sólo albergaba deseos de dormir durante muchos, muchos días. Le había invadido una suerte de apatía que se acrecentaba día a día, le consumía y convertía en un ser abúlico, indiferente, desligado de apetencias y sentimientos. Ni siquiera la falta de noticias de Angélica y de la pequeña Joe le intranquilizaba. Parecía haber perdido el contacto con el mundo, con todo lo que en otro tiempo le había interesado.
—Creo que las más hermosas —intervino Darwin para sacarle las castañas del fuego— son las bonaerenses, por motivos que prefiero no detallar y…
Las carcajadas de los tenientes atrajeron la atención de los dos infantes de marina que montaban guardia en la puerta; incluso los grumetes Billet y Davies se permitieron el lujo de esbozar una sonrisa, pese a que ambos estaban sisando jugosas lonchas de cerdo y el crimen que estaban cometiendo les volvía suspicaces.
Dring no reía. Las mujeres de Buenos Ayres o las de Valparaíso… si cerraba los ojos podía recordar con total perfección cada curva del cuerpo de Angélica, notar cómo sus labios recorrían la piel que mediaba entre la muñeca y el codo, sentir el húmedo calor de su aliento y el brillo de sus ojos.
—¿En qué piensa, Dring?
Pensaba en, quizá, demasiadas cosas al mismo tiempo. En un voraz apetito de futuro que claudicaba ante la desgana del presente, en una risa femenina que chirriaba como dos piedras en fricción, en una noche tan larga que el sol parecía esconderse por siempre tras las montañas, en largos viajes embozado a la luz de una luna oscura, en calladas multitudes aguardando en los puertos, en…
—¿Dring?
en canales de mar estrechos con el fondo de arena blanca y conchas, en las treinta y cinco leguas que mediaban entre Ushant y Scilly en flotas alborozadas echando las anclas frente a Portsmouth, en cerveza y ron en una posada bajo la apacible lluvia inglesa, en unas pisadas livianas, una risa inglesa y rubia…
—¿Qué le pasa?
en todo aquello que podía hacer llorar a los hombres cuando se encontraban a miles de millas de su casa y el mar lo abarcaba todo y lo único que quedaba era pensar en lo que se había perdido y tratar de recomponer el ánimo. Y si alguien tenía remordimientos, pues que se los tragara bien hondo y aguantara el chaparrón, porque no había más remedio.