La travesía
Capítulo 18
A la vista del deprimente puerto de Maldonado, la máxima preocupación del capitán FitzRoy era determinar con exactitud la fuente de los males venéreos que afectaban a su tripulación. En puerto, la recién bautizada Adventure desembarcaba a los balleneros franceses y a los miembros de su vieja tripulación que hubieran decidido dar por finiquitadas sus aventuras navales, entre ellos a los miembros de un naufragio, éste físico, previo al naufragio económico del capitán Low: el del Transport, un pailebote norteamericano al que las olas de treinta pies del Cabo de Hornos le habían sentado como una salva de cañonazos a tocapenoles. Los ojos del capitán, ahora anidados en una espesa red de arrugas enquistadas de sal, apenas se fijaban en el triste desembarco de almas, cuerpos y bagajes que ante él tenía lugar.
—¿Sabe, Bynoe? —le dijo a su cirujano—, es extraño lo que pueden representar un barco, sus habitantes, las vivencias que forzosamente los unen durante la travesía. Este percance, que muchos capitanes verían como normal, incluso excusable, para mí se convierte en algo mucho más…
—¿Personal, capitán?
—Quizá.
Bynoe era, aparte del omnímodo Darwin, la persona que más tazas de café, bizcochos y conversaciones de sobremesa había mantenido con el capitán, tanto en aquel viaje como en el previo, en el que lo había visto tomar posesión de una nave impregnada del espíritu derrotista del capitán Pringle Stokes. Nadie enseñaba, y menos en la academia, a combatir contra un enemigo invisible que se encostraba en la mente de su oponente. Sin embargo, contra las purgaciones y la sífilis sí que podía pelear, aunque no con el sable: las píldoras del cirujano y sus sermones dominicales, cada vez más centrados en el espinoso asunto del pecado y sus funestas consecuencias para las almas de los marineros, debían servir para controlar los males. No obstante, todavía quedaba encontrar la fuente del vicio.
—Es como la fuente de la eterna juventud —dijo Darwin con una alegría obscena, tan contento estaba de llegar a tierra firme y abandonar el bergantín, que para él significaba mareos, dolor, impotencia y deseo de muerte—, tan sólo que no es eterna y desde luego, no concede juventud alguna.
Se preparaba el naturalista para una expedición por las tierras cercanas a Maldonado en compañía de varios gauchos; del jovencito apocado y más bien cantamañanas que había partido de Inglaterra, ya muy poco quedaba. Ataviado con un poncho de color marrón y botas de buen cuero, con la piel curtida por la sal y una espesa barba pelirroja cubriéndole mentón y mejillas, ni su propio padre lo hubiera reconocido.
—En realidad —decía Bynoe en su mejor tono pedante—, el término «eterno» se usa con demasiada profusión hoy en día. La juventud, por ejemplo, no puede ser eterna. En todo caso, sempiterna, puesto que tendría un comienzo aunque no tuviera fin…
¿Quién o qué sería ese paliducho que el cirujano le había referido como causa de los males de la Beagle? ¿Acaso alguna presencia sobrenatural, un espectro como el del propio Pringle Stokes, quizá un polizón ejerciendo su diabólica labor soterradamente?
Embozado de pies a cabeza, gruesa capa y sombrero de fieltro, el capitán se hundió aquella misma noche en la ajetreada vida vespertina de Maldonado, cuyo bullicio desmentía en parte el apático aspecto de sus calles a la luz del día. Pero, como todas las ciudades malditas con un puerto, la caída del sol hacía que de sus escondrijos surgieran toda clase de seres de fortuna: tahúres, buhoneros, putas y chulos, matarifes, tenderos de opio al por mayor, brujas con bolas de cristal bajo el batín de cola, hermosísimas criollas de pasado turbio en busca de un galán que las llevara a Europa, negritas de ojos enormes que vendían su cuerpo por el precio de una barra de pan, travestidos de mirada india y andares de diosa hermafrodita. Maldonado ofrecía toda su mercancía a salvo de los rigores del invierno y los calores del verano, en un plácido otoño que hacía crecer en las colinas una yerba alta y grotescamente fértil, alimentada por los cadáveres de todos los muertos en tantas batallas insensatas, sin nombre ni gloria.
El demonio que anidaba en el interior del capitán, inquieto desde que dejaran Tierra del Fuego, buscaba cabezas de turco entre la población local. Las imágenes de los fueguinos abandonados a su suerte, del reverendo Matthews desolado entre los despojos de su misión, de la pequeña Fuegia con las piernas abiertas mientras uno y otro marinero se desfogaban en su interior, todo eso asomaba en su cabeza, aturdiéndolo con significados que no terminaba de comprender. Si algo representaban, o eran sólo fruto de su demencia, eso no lo podía saber. Mientras caminaba podía observar a buena parte de sus subordinados corriendo de taberna en taberna, muchos de ellos tan ciegos por la bebida que no hubieran reconocido ni a su madre, en el dudoso caso de que su madre hubiera querido hablarles en un estado tan calamitoso. Deambulaba el capitán sin ser del todo consciente de sí mismo, enajenado tanto a los ojos de sus oficiales como de su lejano e inconsistente dios, creyendo que el mundo se había dado la vuelta como un guante y, por tanto, los actos bondadosos nunca quedaban sin su justo castigo, y que las maldades siempre obtenían una merecida recompensa.
Recaló primero en una tasca innominada en la que los marineros ingleses y españoles, ni siquiera cofrades en aquel momento, se echaban al sediento coleto los tragos que abrían el resto de la noche. En los vasos gorgoteaban las botellas intercambiando largos besos de vino y ron, los faroles de grasa de ballena despedían menos luz que un tufo aceitoso y extrañamente aromático, las camareras esquivaban pellizcos y sonrisas maliciosas y el tabernero, un español orondo como una morsa, repartía gritos tras el mostrador. FitzRoy, nunca menos capitán aquella noche, se encargó de liquidar dos jarras de un extraño bebedizo con sabor a miel. Abstemio por norma, el alcohol acudió en una desordenada tromba a sus venas, nublándole los ojos con un velo turbio. Deseoso de reventar por los cuatro costados, anegado por la tristeza, liquidó las dos jarras con ánimo lúgubre, ensartando con su mirada a todos los que se le acercaban con ánimo de entablar una conversación. No estaba para charlas el capitán. Después de liquidadas las cuentas, habiendo fracasado en su misión y conservando tan sólo la nimia esperanza de que los tres fueguinos lograran sobrevivir entre una marejada de congéneres hostiles, lo único que restaba por completar eran sus mediciones, su hebraica labor de cábalas marinas, arrastrando sus sondalezas y cronómetros a costas en las que nunca antes había estado, donde rara vez volvería a estar. Dirigiendo sus hilos con la precisión gélida de un tramoyista, el Almirantazgo le controlaba incluso sin necesidad de tomarse la menor molestia.
Era un triste peón y lo sabía, como se reconocen esas verdades bochornosas que se nos aparecen a la hora bruja, claras como astillas de cuarzo. El capitán FitzRoy, ya sin charreteras en los hombros ni tricornio en la cabeza, perdido en su propia locura circunstancial, dejó errar la mirada por sus marineros y por otros tantos que en nada se distinguían. Él, que había pretendido establecer sólidos principios morales a sus hombres; él, que había pugnado por hacer de ellos una tripulación modélica que pudiera navegar con la barbilla alta y los ojos brillantes hasta las puertas del mismísimo cielo; él, ahora, apocado y triste, simple y socavado por dentro, derrotado en lo más hondo, caía en los mismos pecados que había pretendido erradicar de su nave. Pobre, pobre hombre.
Después de tan miserable cantina, los marineros se dispersaban en tantas direcciones como voluntades, buscando lo que fuera que pretendieran en la noche de Maldonado. Pero Robert FitzRoy se limitaba a trasegar ron, vino y todo aquello que pudiera ponerle en comunión con los demonios que lo habitaban. También contemplaba el lento río de almas en pena que peregrinaban en busca de los abrazos mercenarios que se vendían al por mayor en las casas de lenocinio; allí, sin pudor alguno, los hombres se desnudaban con una extraña premura y las mujeres, carne oscura mal pagada, se adherían a ellos y resistían sus embestidas con una callada resignación que ni siquiera pretendían disimular con la falsa pasión del prostíbulo.
El mismo capitán recorrió esas veredas de sueño y perdición, embriagado tanto por la bebida como por la extraña licencia que le convertía en un fugitivo de sí mismo. Nadie lo reconocía: ni siquiera sus propios marineros, ni los oficiales que aprovechaban esa noche para perderse de vista. Todo valía por unas horas, antes de que el naturalista se embarcara en una de sus expediciones tierra adentro y la Beagle emprendiera la medición de las costas del Mar de la Plata. Entre tanto, el capitán entablaba conversación con un capitán español, que patroneaba un paquebote que se encargaba del correo entre Montevideo y Buenos Ayres. Era un hombre bajito y rollizo, de rostro cosido por las marcas de las pequeñas.
—Yo, señor inglés, he visto pasar por este puerto a marinos de toda clase y condición. Buscaban todo aquello que pueda buscar el hombre: riquezas, mercancías, sueños, maldiciones, mujeres, hombres, niñas, esclavos, marfil, pieles, joyas, escuadras hundidas, almirantes perdidos, brazos de mar en los que el pescado es tan abundante que hace cola para atraparse en las redes. Todo, señor inglés. Nada me asombra. En estos puertos se unen calañas de todo tipo, raleas de la peor condición y estirpes condenadas al más absoluto de los desprecios junto a verdaderos prohombres, hidalgos de probada valía. Todos ellos han vivido o muerto según los caprichos de la mar. Por eso sé, señor inglés, que no importa lo que hagamos o dejemos de hacer, que nuestra salvación sólo depende de cierta gracia, por llamarla de algún modo, que es ajena a nosotros y sólo radica en esa mar a la que nos debemos, no en la bondad, no en la caridad, no en ningún dios colgado de un madero. Del capricho de la mar depende que nos salvemos o no, así que, ¿por qué preocuparse por lo que traerá el mañana, o por la existencia misma de ese mañana?
El capitán español, como tantos otros huérfanos de puta, giróvago de mil rondas y desastres, destilaba en cada una de sus palabras una sensación ya no de derrota, sino de indefensión, de mera imposibilidad para afrontar los nuevos retos que el siglo, implacable enemigo, iba arrojando a las costas del mundo. La cascada de pensamientos que le arroyaba por dentro sólo se detuvo, atónita, ante las puertas abiertas de un burdel en el que los marineros se introducían como guiados por una corriente indomeñable.
—En la mujer —peroraba el capitán español— se encuentran los más hondos secretos, pero todos ellos a flor de piel. Es el oscurantismo de los escritores, la imbecilidad de los amantes y nuestra propia estupidez los factores que hacen de las mujeres unos seres que, en apariencia, son insondables y misteriosos, cuando en realidad son tan desgraciadas como nosotros mismos, y de ellas no se puede esperar acción más noble o pensamiento más elevado que los que a nosotros nos mantienen. Hágame caso, capitán inglés, y aléjese lo más posible de esa fuente de todo vicio, de ese manantial de iniquidad. Todo lo que es maligno, todo lo que es perverso, todo lo que nos corroe por dentro como si de vitriolo se tratara, está personificado en la mujer, pues ellas mismas saben que ese supuesto misterio que las envuelve no es más que una elaborada mentira, y han de recurrir a tales añagazas para mantenerse presentes en nuestra vida. Y si es necesario que, por sus propios apetitos, deba hacer uso de sus encantos, hágalo en esas casas de putas. Aquí es donde encuentran su mejor vida; pues sus relaciones son breves y no necesitan de los usuales fingimientos que hacen de la vida conyugal un desastre. El dinero se convierte en la medida de todas las cosas: es una transacción por completo honrada.
Sin saber cómo ni cuándo, el propio capitán se encontró guardando cola para obtener los favores de una de aquellas extrañas criaturas, moradoras de una noche que para ellas debía de ser poco menos que perpetua. Una parte de sí mismo, horrorizada, quería alejarse de allí lo más posible. No obstante, el resto de su cuerpo le obligaba a quedarse, a guardar silencio, a tragar saliva y a observar cómo la espalda de un marinero se encorvaba sobre el cuerpo moreno y ajado de una de aquellas pobres muchachas, en cuyos mecánicos gemidos anidaba la más básica de todas las mentiras.
—Hágame caso, capitán inglés —le aseguró el español una vez terminada su breve coyunda carnal—. Será éste el único momento en el que el interés se reduzca a esta breve relación, sin más responsabilidades, sin más expectativas. Es en las putas, y no en ninguna otra mujer, donde encontrará usted el componente femenino en su más pura expresión, libre de trampas, libre de inquinas, libre de peticiones y rodeos. Olvídese del matrimonio. Olvídese de esas mujercitas que lo esperan a usted allá en Devonport o en Londres. Ninguna de ellas le proporcionará más que cuitas y miserias, se lo aseguro yo. Sea libre. No se ate. Que este momento sea el único en el que se trate con ellas, y que entre los dos siempre se interpongan esas monedas que representan su único vínculo. Si no lo hace así, acabará amargado, viejo, enfermo y creyente de las ideas que su esposa crea, y no de ninguna otra.
¿Qué experiencia podía ofrecer el pobre capitán FitzRoy como contrapunto a la feroz misoginia del español? Bajo su peso, la pobre muchacha por cuyo cuerpo había pagado lloraba a cada uno de sus violentos embates: las lágrimas le rodaban por el rostro redondo como de luna nueva. Mareado, confuso, emergió del burdel sintiendo que el mundo se derrumbaba bajo sus pies: el desahogo físico experimentado no era suficiente para calmar esa hambre voraz que lo consumía. Desde su nombramiento como capitán hasta el fracaso en Tierra del Fuego, todo se mezclaba en su interior hasta conformar una extraña mixtura de la que nada sacaba en claro. El vacío físico que sentía, producto tanto de su cansancio como del extraño demonio que lo poseía, le llevó a acercarse al muelle… el agua ejercía un extraño efecto sobre él, lo atraía, lo llamaba con una voz cosida con retazos de susurros, lo invitaba a zambullirse para siempre en su frío regazo…
—Capitán, venga, venga.
—Cogedlo, chicos.
—¿Qué le pasa?
—No es encuentra bien. Vamos, vamos, ligeritos de paso.
Era la voz de Bynoe, bendito fuera. Figuras conocidas lo rodeaban y llevaban en volandas. Benditos fueran. Lo llevaban a su barco, a su pequeño reino, donde las cosas eran siempre las mismas y los únicos retos, los que la mar le imponía. Benditos fueran sus hombres, que cuidaban de él tanto como él cuidaba de ellos mismos. Bendita la mar, sencilla, inmutable, sempiterna. Y malditos los hombres y los afanes, malditos los empeños, los sueños, las locuras y las misiones enfebrecidas que a ningún lugar llevaban.
Estimado señor Dring,
Le agradezco su sinceridad a la hora de dirigirme sus palabras, aunque
debo admitir que fue para mí toda una sorpresa saber que mis conversaciones con el señor Rowlett no eran todo lo privadas que hubiera deseado. Pero, y dado que usted me ha explicado que su interés se debe a un mero accidente, optaré por perdonar su terrible descortesía y aceptar que en esta relación clandestina que mantenía con su patrón se ha producido una transmutación de los elementos, y donde antes eran dos, ahora son tres las personas que cruzan sus pensamientos a través de un continente. Asumiré, también, que no le dirá nada a su patrón, del mismo modo que yo no le diré nada a él. Creo que sus intenciones son honorables, señor Dring, algo que no se puede aplicar a muchos hombres.
Dado que está usted al tanto de los acontecimientos que me han ido
sucediendo en estos meses, tan sólo le contaré que, en estas últimas semanas, mi esposo ha hecho lo imposible por amargarme la vida. Es imposible que sospeche de esta relación epistolar, pero creo que algo le ronda por la cabeza y teme haber perdido el poco control que guardaba sobre mí. Como ya habrá leído en anteriores cartas, no es para mí más que un monstruo, un engendro sin entrañas cuyo único disfrute cuando se encuentra bajo el mismo techo que yo es el de hacerme sufrir lo indecible. No sólo eso, sino que está loco y en su demencia cree que el mundo entero conspira contra él. Pues bien, y como ya habrá deducido, ha llegado el momento de hacerle ver que esa conspiración que tanto teme puede producirse ante sus mismas narices. Ya no tendrá que buscar delaciones entre sus criados, ni cargará de cadenas a ningún pobre idiota para hacerlo confesar con tortura. Será su propia mujer, su sumisa sierva, quien le clave el puñal por la espalda, y espero ver en sus ojos el sufrimiento en el momento en que eso se produzca.
¿Le asombra escuchar estas palabras, señor Dring? Quizá se haya hecho
usted otra idea de mí, una idea errada a través de las líneas de mis cartas. Pues sepa, mi buen señor, que en estas cartas sólo de nosotros ofrecemos lo que queremos, y no otra cosa; si una idea se hace un extraño de una mujer como yo, sólo leyendo unas pocas palabras, quizá no merezca más que el engaño que le espera. Y si se pregunta usted si estoy engañando a su patrón, tal vez debería pensar que lo mismo que puedo fingir para él, puedo hacerlo para usted. Así que no sea rápido a la hora de juzgar a quién de los dos cuento la verdad, o si es verdad para ambos, o para ninguno.
Seré concisa, señor Dring: deseo ver a mi marido y a Portales muertos. Ya
le pedí algo semejante al señor Rowlett, pero su falta de respuesta y las evasivas con las que ha contestado hasta el momento no han hecho sino darme a entender que no está dispuesto a tal acción. No le culpo: hay hombres que sirven para unos fines y no para otros. El señor Rowlett no es un hombre de acción. Cuando me habla de su vida, los temas que destacan son siempre los relacionados con su trabajo, con sus cuentas y números, con sus amistades en todos los puertos por los que pasa, pero no por lo que él mismo haya hecho. Pero no me importa.
Sin embargo, usted, mi señor Dring, quizá sí pueda ser un hombre capaz
de acometer este encargo. Adivino en usted un espíritu emprendedor, que no se arredra ante las dificultades y es capaz de enfrentarse a peligros mayores que usted mismo, con el ánimo necesario. ¿Es así? En ese caso, espero que usted conteste a esta carta. En caso contrario, espero que sea ésta la última vez que usted oiga hablar de mí. Si, por el contrario, accede usted a mi petición, quizá podamos debatir futuras cartas y futuras acciones.
¿Se atreverá usted, señor mío?
Me despido ahora. Si hay más cartas, eso depende de usted.
Suya, trémula, afectísima,
Angélica Villanueva Alcázar,
en la ciudad de Valparaíso,
15 de marzo del año del Señor de 1833.