La travesía
Capítulo 6
E l violín era una religión a la que Covington y Dring rendían cumplida pleitesía, cuyos oficios jamás se saltaban y cuya eucaristía se celebraba con frecuencia en la cabina del capitán, después de las cenas que éste celebraba con algunos de sus colegas fondeados en Bahía. Mientras los sirvientes disponían los platos sobre la mesa, más allá de la fabulosa vidriera de popa, Bahía se asomaba tras la lluvia como un budín de luces y sombras.
—… y entonces le dije que no se preocupara, que había comida para todos, sobre todo si la «carga» pasaba un poco de hambre, ¡ja, ja, ja! ¡La «carga»! ¿No creen que es gracioso?
El bromista era el honorable señor Gond, uno de los mayores comerciantes de la ciudad, un fulano obeso y ridículo, bien cerca de la borrachera tras dos botellas de oporto entre pecho y espalda. Sus ojos de azul lavado relucían por la comilona y la sensación de su propia importancia. La carga de la que hablaba eran esclavos, por supuesto. La principal materia de importación en Brasil y la fuente de buena parte del trabajo físico en las plantaciones. La vida en las Américas sin esclavos apenas si era concebible. Todo comerciante que se preciara traficaba con esclavos. Las ganancias estaban aseguradas y la materia era tan fácil de obtener como viajar hasta las costas del África negra y acudir a los muchos puestos ribereños que suministraban materia humana recién capturada. Rebaños de cuerpos negros y aterrados llegaban a las costas de América amontonados en bañeras flotantes, muertos de hambre y de sed, mientras sus dueños esperaban obtener en las subastas un precio ventajoso.
FitzRoy comulgaba, en cierto modo, con las ideas del comerciante, pero no así varios de los invitados, como Darwin y el capitán Paget, cuyo navío cabeceaba con afabilidad a no muchas yardas de distancia de la borda de la Beagle. Alto y delgado, tenía el rostro muy moreno y en algún desafortunado encuentro con unos piratas en el mar del Caribe había perdido un ojo y se había ganado un palimpsesto de cicatrices en la cara. A cada broma de Gond respondía con un gruñido de desagrado.
—La esclavitud —terminó por decir— no es algo que pueda tomarse a risa, señor Gond. Hablamos de seres humanos, no de vacas ni de corderos.
La mesa guardó un repentino silencio, como el que cierne sobre una habitación cuando se cierra una puerta con más fuerza de la debida. Paget, satisfecho del impacto de sus palabras, culminó su argumento:
—Aunque creo que nuestros pastores tratan con más respeto a sus rebaños que los esclavistas a esas pobres gentes.
Tanto Covington como Dring, que se encontraban en una esquina afinando sus instrumentos, alzaron la cabeza, atentos a lo que se avecinaba. Bien conocidas eran las opiniones de FitzRoy acerca de las bondades de la esclavitud, opiniones que se encontraban en los antípodas de las que profesaba su invitado, el curioso Darwin.
—Bueno, bueno —musitó FitzRoy—. No creo que sea cuestión de establecer posturas tan extremas, capitán Paget. No cabe duda de que la esclavitud es un fenómeno triste, sobre todo en tiempos pasados, pero creo que el trato hacia esas pobres gentes ha mejorado mucho, sobre todo en los territorios que hemos tenido la oportunidad de administrar en nombre de Su Majestad.
El honorable señor Gond expresó su satisfacción ante tal argumento con un poderoso gruñido, o quizás un eructo.
—Aunque haya mejorado —intervino Darwin—, no significa que sea una condición asumible en estos tiempos de Iluminación que corren hoy en día, capitán. Unos tiempos en los que la sola idea de que un hombre pertenezca a otro hombre me resulta abominable. Aun cuando su cultura de origen sea muy inferior a la nuestra, hecho que no trato de negar, no por ello debemos tratarlos como si de mera mercancía se tratara.
—No sólo mercancía —dijo Paget con cierta sorna, viendo que su comentario había creado disensión. Era éste un pájaro de cuidado, buen vividor y mejor bebedor, al que le gustaba sobremanera revolotear en las bien servidas mesas de los muchos capitanes británicos que fondeaban en Bahía. No compartía necesariamente las opiniones que vertía, pero gustaba de ejercer el papel de polemista profesional cuando consideraba que la cena caía en el aburrimiento, un feo defecto en el que los ingleses eran verdaderos maestros—. El trato que he visto en algunas de las plantaciones tierra adentro roza los límites del bestialismo. Imagínense: nudillos rotos por cepos de hierro, hombres condenados a no comer durante un mes entero, mujeres a las que no les queda otra opción que convertirse en perennes habitantes de lupanares… todos los vicios de la Humanidad se magnifican en estos lugares, donde no impera la Ley ni se husmea siquiera la decencia.
FitzRoy parecía incómodo. No le gustaban las insinuaciones de Paget, pero no podía menospreciar de un modo abierto a un capitán más veterano, curtido y resabiado que él mismo; lo que sí que no pensaba tolerar era que aquel figurín cazamariposas, al que sólo tenía a bien invitar a cenar en pro de conservar sus facultades mentales en buen estado, se sublevara.
—Existe —dijo en tono severo— un orden natural de las cosas, al que todos debemos rendir pleitesía, ya seamos capitanes de barco, violinistas, comerciantes… o naturalistas invitados a una cena. Una pirámide en la que los que se sitúan en lo alto tienen el deber moral de guiar de un modo conveniente a los que se encuentran a su mando.
—Pero esas pobres almas…
—Por favor, señor Darwin —le cortó, enrojeciendo bajo las cejas finas y escasamente pobladas—. Esas pobres almas son gentes inferiores, como usted mismo ha dicho. Piense por un momento en el papel que tendrían que desempeñar en este teatro inmenso al que llamamos vida.
El orden natural, al que tantas veces acudía FitzRoy en defensa de sus ideas, no tenía cabida en la inquisitiva mente del naturalista. Quizás en la lejana Inglaterra las cosas se dispusieran de un modo espontáneo según ese esquema hierocrático en el que tories y whigs creían a pies juntillas, pero no allí. El orden social dependía de la asunción del papel que a cada estrato le correspondía, como si de una formación geológica se tratara. Era ésa una idea con la que el joven Covington se hubiera sentido muy cómodo: a sus quince años representaba a ese mayoritario y cerril sector de la sociedad britana que consideraba inferior todo aquello que distara más de treinta millas de Stanford Bridge. Y lo que estuviera más allá de Portsmouth, o bien pertenecía a África, o bien a la India.
—A fin de cuentas —decía el egregio capitán—, no sólo es nuestra obligación cartografiar con fidelidad estas costas. Nuestra misión es también, si cabe, redentora. Como bien saben ustedes, en mi anterior viaje a las tierras del sur tuve la desgracia, o quizá la fortuna, de sufrir varios encuentros con las tribus indígenas de esas desoladas tierras, los yamames de la Tierra del Fuego. A la sazón yo mismo había asumido el mando de este barco, debido al infortunado accidente del capitán Stokes…
—Tiene a bordo un joven guardiamarina llamado Stokes… —inquirió el capitán Paget, enarcando las cejas.
—No hay ninguna relación, Paget —apuntó FitzRoy, un tanto molesto por la interrupción—. Como les iba diciendo, en aquella ocasión nos llevamos a cuatro de aquellos pobres diablos. En un principio como rehenes, y perdonen la cruda expresión, a fin de evitar más ataques por parte de sus allegados. En ocasiones se hace necesario emplear la fuerza para evitar males mayores. Con el paso del tiempo, no obstante, decidí que aquellos cuatro indígenas podían representar una ventaja para nuestra flota en los mares australes, amén de que podía brindarles una oportunidad magnífica para emerger del monumental atraso e ignorancia en los que se encontraban. Y si conseguimos esto, habremos logrado…
—Pero —hizo notar Darwin, interrumpiendo de nuevo el salvífico sermón de FitzRoy y provocando que los infantes de marina torcieran el gesto por la grosería— no estamos hablando de esos tres indios, capitán, cuya condición de esclavitud no existe. Estamos hablando de hombres que han sido arrebatados de sus hogares, atados de pies y manos, marcados como ganado y arrojados a unas tierras desconocidas donde han de trabajar como mulas bajo el dominio de unos desconocidos. Es algo inhumano.
—No somos de la misma opinión. Aquí, estos esclavos, como usted los llama, tienen una vida mucho más fácil y regalada que la que podrían llevar en sus países de origen. Tienen comida. Tienen una casa. Tienen a un patrón que piensa por ellos. Sus preocupaciones son infantiles, señor Darwin.
—Y sin embargo —apuntó el capitán Paget— ni siquiera los mejor alimentados y los mejor cuidados de estos pobres diablos desean quedarse aquí, capitán FitzRoy. He escuchado de sus propios labios, a muchos y no a pocos, asegurar que si pudieran ver a sus padres y hermanos por una vez más, serían plenamente felices. La nostalgia es mucho más fuerte que la benevolencia de sus amos.
La conversación no se encaminaba por los vericuetos que el capitán de la Beagle hubiera deseado. Trató de reconducirla con una afirmación categórica:
—Se deja usted influir por un romanticismo insensato, Paget. Ayer mismo estuve hablando con el dueño de una plantación en la que trabajan no menos de cincuenta esclavos. Están bien cuidados y muchos de ellos casi están gordos. Todos eran felices y no vi ningún rostro triste. Les pregunté si deseaban marcharse, ¡y ninguno de ellos me dijo algo semejante!
FitzRoy asintió ante sus propias palabras, satisfecho de un argumento que consideraba tan definitivo como la mejor exégesis de la Biblia. Gond se disponía a corroborar el comentario del capitán con alguna jugosa anécdota de sus tratos mercantiles cuando Darwin, con una mueca de desprecio, opinó:
—Me gustaría, capitán, que esa misma pregunta se les realizara a los esclavos sin su amo presente. Estoy seguro de que la respuesta sería muy distinta.
Si el anterior silencio había sido cortante, aquél lo fue todavía más. Era curioso comprobar cómo el estado de ánimo de las personas podía variar en el color de su facies sintomática. El capitán Paget estaba enrojecido por el licor y la diversión. Los infantes de marina, lívidos por el asombro. La cara del honorable señor Gond parecía querer volverse transparente como los pequeños camarones de costa y las facciones del capitán FitzRoy pasaron del amarillo de la ira al amoratado de la rabia.
—¡Señor Bute! —ladró.
—Sí, mi capitán —respondió de inmediato uno de los infantes de marina.
—Acompañe al señor Darwin a su cabina. Es evidente que la bebida le ha sentado mal, porque no hace más que balbucear incoherencias. Y asegúrele que no volverá a pisar esta cabina hasta que se haya retractado por su inadmisible comportamiento. Si el señor Darwin quiere plantear juegos dialécticos, le aconsejo que tome el mismo camino que parece dispuesto a tomar el señor McCormick. Parece que los dos son culos de mal asiento —concluyó con mordacidad— y ése es un feo defecto en la Marina de Guerra británica.
Después de partir de Bahía y cartografiar el peligroso banco de los Abrolhos, la Beagle había fondeado en el fabuloso puerto de Río de Janeiro el 3 de abril de 1832, con un suave viento que rizaba apenas la superficie del mar y un sol hermoso y amarillo, en absoluto desmerecedor del más cálido y afable verano inglés; la sombra del Pan de Azúcar, alargada y chaparra al mismo tiempo, ensombrecía buena parte del fondeadero. Río de Janeiro era una ciudad para vivirla sin precauciones, sin temores ni prejuicios. Las calles ofrecían un vivido y alegre mosaico de casas balconadas, de colores vivos, de ángulos rectos, iglesias y conventos y sombras, miles de sombras, algunas de ellas extendiéndose desde la base de los altos picos de granito que rodeaban la ciudad. Hasta la más humilde de las callejuelas estaba abarrotada de gente presurosa, de vendedores callejeros, de canciones portuguesas mezcladas sin pudor con las cantinelas africanas, de pasos y cadenas y palmadas y los gritos roncos de quienes no habían pecado más que contra sus amos. ¿Qué era la libertad para aquellos pobres negros? ¿Un sueño, una quimera, una fábula en labios de sus abuelos? Rowlett no lo sabía y tampoco le importaba. La esclavitud era un negocio… sucio y desagradable, cierto, pero negocio, y si ellos no lo hacían, alguien vendría a tomar el relevo. Los barcos negreros muchas veces tenían que ser quemados hasta la quilla después de uno o dos viajes: el hedor rancio y vomitivo que impregnaba hasta el último rincón del casco hacía imposible, no ya el comercio, sino la propia navegación.
Los malentendidos de McCormick con el capitán, incluso en ausencia de Darwin —que al punto de poner pie en tierra se había lanzado a una larga excursión por los alrededores—, habían terminado por forzar la exclusión de éste de la tripulación, con el protocolario y un tanto fatuo acto de borrar su nombre del rol del barco. Regresaría a Inglaterra a bordo del Tyne, blasfemando y protestando como lo había hecho desde el primer día del viaje. No sería una falta que nadie llorara. Bynoe, que ya había ejercido de cirujano en el anterior viaje de la Beagle, cumpliría con creces sus cometidos.
allí había partido el bergantín, de nuevo hacia Bahía y el norte para realizar mediciones acerca de los insondables misterios de la longitud y la latitud, mientras el naturalista, el pintor Augustus Earle, los mellizos Ryan y el propio Rowlett se quedaban en Río, cada uno dedicado a sus negocios; el bergantín, alejándose hacia ese mar panzudo, gris y sereno, exudaba un aire de inefable tristeza que parecía contagiarse a todos los que se habían atado a la tierra.
De todos modos, no era Rowlett un hombre dado a la reflexión morbosa acerca de sus circunstancias. Al cabo de unas horas ya se le podía observar merodeando por los alrededores de la hermosa casa blanca y roja del cónsul de Inglaterra, el señor Aston, y antes del anochecer ya había concertado dos entrevistas y varios negocios de provecho en el aprovisionamiento de agua y víveres. El sistema de vida en el que Rowlett amarraba sus expectativas de futuro se basaba en la plena confianza entre las dos partes, incluso con los pequeños engaños que se descontaban del monto total de las ganancias. La confianza, el honor, el té de las cinco y la sólida estolidez británica habían cimentado un imperio que se extendía hasta la India, Nueva Guinea y Nueva Gales del Sur. Sin esas características, no serían ingleses. Serían otro pueblo, quizás escoceses o prusianos o bávaros o helvéticos, pero no ingleses.
La única reflexión que se permitía era la que interesaba a su hermosa y lejana Angélica. Entre ellos ya no se extendía un mar oscuro y depredador, sino un continente… y cruzar cientos de leguas de tierra le parecía mucho más asequible que doblar el cabo de Hornos. Soñador en las horas debidas y rara vez digno de compasión, impertérrito pese al ardor que le consumía el pecho cada noche, el contador George Rowlett malgastaba las largas horas de la soledad, las que restan en el cuerpo cuando los desengaños han descosido el presente y no resta más alegría que la futura.
falta de Dring, que había optado por acompañar al capitán para cerrar un par de tratos en Bahía, el contador se había llevado consigo a los dos mellizos Ryan, a los que instruía en los rudimentos de la escritura y la contabilidad. El fabuloso mundo de la literatura y las matemáticas se abría ante ellos por vez primera y absorbían los conocimientos con una facilidad pasmosa. Los dos niños habían asumido por completo su papel de grumetes y apenas si recordaban la vida que habían llevado en tierra. Cuando hablaban de su diabólico tío, de la infecta posada, de Portsmouth y de las palizas diarias, apenas acertaban a decir que aquéllos habían sido malos tiempos. Vestidos de dril blanco de pies a cabeza, con su sombrero de paja y sus manos y pies callosos hasta tomar la textura de la piedra pómez, tanto correteaban por la cubierta cargados de cabos y poleas como ayudaban al cocinero como fregoteaban la cabina de los oficiales. El mayor de ellos, al que todos llamaban James, parecía el más despreocupado por sus enseñanzas; el menor, Joe, mucho más aplicado, corría el peligro de convertirse en una rata de biblioteca a poco que se le dirigiera en ese sentido.
En sus largos paseos por los bosques ajunglados a menudo se tropezaba con Darwin y sus inseparables compañeros, King y Covington. Los dos muchachos, a cada cual más desigual, compartían la estela del naturalista con algún granjero local armado de machete, con caballeros ingleses estirados como escobas o con escurridizos esclavos negros en cuya mirada se delataba el ansia por la libertad. Darwin se mostraba tan feliz como lo podía ser un hombre sin el concurso de bebida o mujeres: tanta riqueza vegetal y animal, tantos rincones por descubrir, tanto que investigar, indagar, cazar y pintar… tras él, el joven King se mostraba a medias entre indulgente y tentado, mientras que Covington, hosco y huraño como una nube de tormenta, se limitaba a tomar buena nota de todo lo que se le decía y a cargar con los fusiles y los enormes cuchillos negros que les servían para todo uso imaginable.
—Es extraño este país —le confió Darwin aquella noche—. No hace muchos días tuve la oportunidad de encontrarme con una partida de cazadores de esclavos. Gente siniestra como no la hay en otra parte, señor Rowlett. Habían asaltado una montaña cercana en la que se habían refugiado un grupo de fugitivos. Pobres miserables, Rowlett; pasaron a mi lado atados mano contra mano, y en sus rostros pude leer tanto la desgracia de haber perdido una libertad recién recuperada, como el temor al castigo que habrían de sufrir. Un castigo que, si monstruoso es de por sí el cautiverio, todavía más es cualquier añadido de oprobio y vergüenza. A estos fugitivos les cortan las orejas, los marcan con decenas de latigazos, les destrozan los dedos o los tobillos… uno de los cazadores se detuvo junto a nuestro grupo y comentó, ufano de sus actos como el mismo diablo, que tan sólo se había librado de aquella suerte una vieja chiflada, que antes de verse de nuevo sometida a las cadenas, prefirió arrojarse de la montaña, destrozándose en la caída.
—Espantoso —musitó Rowlett.
—¡Y que lo diga! Un gesto como ése, en una matrona romana, se hubiera considerado como el canto del cisne de la libertad y la dignidad, el último gesto de una orgullosa heredera patricia… y sin embargo, en la persona de una vieja negra, se toma por una estupidez y una locura.
El naturalista había pasado varios días tumbado en cama, asaltado por fiebres y dolores tan intensos que habían marcado su rostro juvenil con prematuras y hondas arrugas. Mientras cenaban, le habló a Rowlett con el candor de los muchachos. Le contó que la que hasta hacía pocos meses había sido su mejor promesa de matrimonio había decidido casarse con otro hombre, que el capitán FitzRoy le había pedido disculpas poco después de echarlo con cajas destempladas de su presencia, que las últimas noticias de la Beagle eran preocupantes ya que tres de sus tripulantes habían caído enfermos por las fiebres, que ansiaba ver tantos lugares que a su regreso ni su propio padre pudiera poner en duda sus habilidades, que se alegraba de la partida de McCormick (¡ese pobre hombre era un asno, Rowlett, un asno!, aseguró), que su máximo anhelo era conocer al insigne Charles Lyell… Darwin hablaba como surge el vino de un tonel con la espita abierta, y a su lado los mellizos Ryan escuchaban sin perderse una sola palabra. Rowlett también escuchaba, pero no con tanta atención como para sentirse implicado. Su mente divagaba hacia esas costas de Chile, hacia la ciudad de Valparaíso y los suaves brazos de la joven Angélica, en los que algún día esperaba encontrar el anhelado reposo que en su casa ya no obtenía.
Las noticias volaban con alas de plomo. Poco antes de que la Beagle llegara a la costa, las banderas y los gallardetes del bergantín ondearon en un son funesto que el guardiamarina King leyó desde el propio puerto, con un gesto que a cada segundo se ensombrecía cada vez más.
—Malas nuevas —resumió, echándose acto seguido a llorar como el niño que era. Eran tres los muertos. El marinero de primera Morgan, el grumete Jones (a quien el capitán en persona estaba pensando en promocionar a guardiamarina) y, por último, el pobre Musters, pobre muchachito, que tan sólo unos pocos días antes de enfermar había recibido una carta de Inglaterra informándole de la muerte de su madre. Era sobre todo el fallecimiento de Musters el que más afectaba a Darwin. Un pobre niño, voluntarioso e inteligente, segado de pronto, sin explicación ni propósito… el capitán FitzRoy podía insistir en que todos los actos, incluso los más cruentos, estaban guiados por la mano del Todopoderoso, y era obligado someterse a Sus designios y acatar Su voluntad… pero el naturalista empezaba a pensar qué clase de bondad podía existir en la muerte de un niño, y en qué medida podía eso afectar o no a los planes celestiales. Era, en definitiva, mucho más sencillo pontificar acerca de la Gracia que creer en ella cuando la vida se empeñaba en ofrecer cartas malas y malas jugadas.
—Pobre pequeño Musters —masculló Darwin; a su lado, Earle mascullaba el padrenuestro en voz baja. King sollozaba y trataba de secarse los mocos con la manga de su uniforme. Era el primer contacto del grupo con la muerte y nadie se sentía a salvo de sus pálidas zarpas. Incluso el estoico Rowlett, al que poco le afectaba al margen de las alzas o bajas en el mercado de valores, se descubrió más afectado de lo que en un principio hubiera creído. No, nadie le hubiera deseado mal alguno al pobre y pequeño Musters, ni siquiera el más cruel, el más hijo de perra de los hombres; pobre muchacho, enterrado en el cementerio inglés de Bahía, pudriéndose bajo tierra mientras su recuerdo se magnificaba en la memoria de sus compañeros, sus virtudes se sublimaban y sus pocos defectos acababan por convertirse en meras anécdotas a las que terminarían por recurrir en los momentos en los que la charla decayera y el incómodo silencio del tedio hiciera acto de presencia.
—… mas líbranos del mal —farfullaba Earle, con el rostro consumido por la enfermedad que habría de impedirle continuar el viaje—. Pues Tuyo es el Reino, Tuyo el poder y la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.
—Amén —concordó el contador. Y Covington, que de todos era el que más silencioso había permanecido, asintió.
Mi querido amigo, mi estimado señor Rowlett,
Al contrario que en otras ocasiones, puedo escribirle con más calma,
pensando cada una de mis palabras de modo que reflejen unívocamente mi estado de ánimo, que ha mejorado desde la última carta que le envié. Pero, mi buen amigo, antes de empezar con la narración de estos días, déjeme decirle que la carta en la que usted me detallaba las escalas que habría de realizar en su viaje ha llegado a mis manos sana y salva. A pesar de la hueste de arpías que me vigila día y noche, buenos gatos me guardan de gatos, y sus cartas tienen como destino una dirección segura en la que un buen amigo las pone a buen recaudo hasta que puedan caer en mis manos, en mis labios, ante mis atribulados ojos que sólo desean volver a saber de usted, aunque sea a través de este sucedáneo insípido en el que tengo que consolarme.
Como ya le he dicho, mi ánimo se eleva por momentos, mi buen amigo.
Se eleva, mas no mucho, pues mientras siga atada por el sacramento del matrimonio a ese monstruo al que debo llamar marido, nunca podrá ser del todo alegre, ni liviano, ni despreocupado de las miserias del mundo. Desearía poder comenzar alguna de estas cartas gritando, en la medida en que se pueda gritar sobre el papel, mi liberación, mi epifanía, la muerte de mi opresor, pero no será así. Ni siquiera puedo librarme de él. En este país de Chile cuyos
próceres han decidido defender y secundar a la Santa Madre Iglesia, Católica y Apostólica, la idea de un divorcio ni siquiera se contempla. ¡Si tan sólo viviera en uno de esos países norteños de la vieja Europa! Entelequias tales como Noruega, Prusia, Jutlandia o Schlewich-Holstein, donde creo que el matrimonio no tiene más validez que un papel mojado, donde una mujer puede llevar una vida libertina, si así lo desea, y no por ello ser repudiada por la sociedad… pero no, no se lleve a engaño, mi buen Rowlett: no he caído en la inmundicia de la vida depravada, de la ligereza de cascos que conduce a las jóvenes a los abismos de la impiedad. No he caído, pero no por falta de deseo. Cuando una joven se ata en matrimonio a tan corta edad, cuando desde los quince años ve cercenadas sus alas, confinada en una jaula de oro y mármol blanco, lo único a lo que puede recurrir es al deseo, secreto y oculto, que hace hervir sus entrañas… Y, movida por este deseo hijo de Satanás, ¿quién sabe lo que puede llegar a cometer?
Pero ese sufrimiento se calma en ausencia del monstruo. Sí, mi buen
amigo: se ha marchado, e ignoro por cuanto tiempo. Volverá, de eso no me cabe duda, pues es amo de mi cuerpo y de mi mente y no renunciará tan fácilmente a su posesión. Cruzará mares y escalará montañas, si es necesario, pero no por el amor, sino por la codicia. Pues desde el primer momento en que puso los ojos en mí, siendo yo niña, me codició, deseó mi cuerpo y la subyugación completa de mi mente… pero eso ya pertenece a un pasado que espero poder olvidar, mi buen Rowlett. El monstruo se ha marchado al Perú, y me he quedado en compañía de las arpías aimaras y de mi nuevo grupo de amistades, a cuyas clandestinas reuniones acudo sin falta dos veces a la semana. Sé que las arpías me siguen, cuchichean a mis espaldas, pero a sus ojos sólo acudo a las reuniones evangelizadoras del padre Morón, que es uno de los miembros de nuestra peculiar sociedad Iluminadora. Viste como un sacerdote, pero actúa y piensa como un liberal, como un pipiolo, algo que enfurece a los obispos. Cuenta con el apoyo de sus feligreses, y eso le salva por el momento, pero ignoro por cuánto tiempo podrá escapar de la larga mano de Roma… cuando suceda, y no es «si», sino «cuando», la única pregunta es si podrá escapar a la tortura o su cuerpo aparecerá en algún camino.
¿Le parezco macabra, señor Rowlett? Tales pensamientos me inundan de
un modo constante. Sin embargo, reunida en mis conciliábulos vespertinos, arropada con la agradable y adormecedora sensación de la clandestinidad bien recibida, no puedo por menos que pensar en la idoneidad de estos momentos ocultos. La charla de estos prohombres crea sombras en mi mente, a través de las que puedo ver la realidad cierta e indiscutible de ese mundo que se me niega. No tenemos un lugar fijo e inmutable para nuestras tertulias, sino que a causa de su carácter antigubernamental, las llevamos a cabo allí donde nos sea
más conveniente. Portales tiene espías en todas partes, y sabemos de buena tinta que no nos desea ningún bien. ¡Si tan sólo supiera que yo acudo a estas reuniones! Quizá debería hacer que esa información cayera en sus manos, a despecho de mi marido. ¡Daría diez años de mi vida por ver su rostro! Al menos diez años de mi actual vida, que no es mucho decir: un solo día junto a usted, mi buen amigo, valdría más que los años de cautiverio que he soportado junto a este engendro de la Naturaleza.
Debería usted poder asistir a estas veladas. Tapiamos la ventanas con
gruesas cortinas con las que se podría detener una bala, colocamos nuestras sillas alrededor de una mesa y procedemos a escuchar las noticias que llegan de todas las partes de este nuestro extenso y austral Chile, en el que (¡en ocasiones!) diríase que lo imposible puede devenir con más facilidad que lo usual. Sin contar al señor Rebolledo, al cura Morón y a los intermitentes, somos una docena, en ocasiones veinte personas, entre las que podría destacar a Francisco Antonio Pinto, a Manuel Bulnes, Esteban Malasombra… nombres todos ellos con grandes influencias en las altas esferas y relacionados con la liberalidad chilena, deseosa de nuevos aires. Y, sin embargo, todo es negrura en el horizonte… mientras tanto, sigo leyendo y sumergida en una entreveía de libros y sueños mal concebidos de los que apenas saco algo en claro. Más allá de las reuniones clandestinas, la cueva en la que vivo se sumerge en la oscuridad más honda, de la que sólo me rescata la llegada de sus cartas, mi buen Rowlett.
No crea que no pienso en su llegada. Ansío que llegue el momento en que
pueda usted liberarme de este yugo que me atenaza la cerviz. Sin embargo, aparte del joven escriba que utilizo para dictarle estas cartas, nadie conoce de su existencia. ¡No se preocupe, por favor! Es un niño de total confianza, inocente como un corderillo, cuya habilidad bilingüe es tan asombrosa como notoria su incapacidad en el resto de facetas humanas. Lo que usted y yo hablamos sólo queda aquí, en estas líneas, en la hebra de tinta negra que nos une a través de la niebla, la tierra, la sal y la mar eterna que todo lo conmueve.
Las ideas de su pronta llegada se reflejarán en las paredes de ésta mi
caverna-prisión, y las siluetas en negro sobre negro hablarán de las realidades a las que tendré que despertar, tarde o temprano. Mientras tanto, espero al tiempo que desespero, y rezo para que el monstruo que subyuga mi alma encuentre un final rápido, que me libere a la vida, pues sé que más allá de esta oscuridad se encuentra la luz que crea las sombras de las que me alimento.
Le espero, mi amigo.
Siempre suya, afectísima, trémula.