La travesía
Tercera parte. El fracaso
Tercera parte
El fracaso
Capítulo 17
D os docenas de habitantes, un puñado de zorros de patas largas, una Union Jack andrajosa y el perenne viento: eso era todo lo que veían los oficiales de la HMS Beagle, desde el alegre King hasta el rocoso y pendenciero Sulivan. Incluso los dos mellizos Ryan, ahora ya no tan idénticos como gotas de agua, curtidos por la mar e ignorantes de todo mundo existente más allá de las cuadernas de su pequeño y corajudo bergantín, se asomaban por la borda y contemplaban tan desolado paisaje con las bocas abiertas en sendos círculos de redonda perfección.
—Condenadas islas —gruñó Sulivan—. Ni siquiera un irlandés las querría, ni regaladas. No entiendo qué demonios…
—Cosas del Almirantazgo, señor Sulivan —dijo King, con un mal humor que rivalizaba con el de su superior—. Mejor no indagar en ellas, no sea que nos convirtamos antes de tiempo en una camarilla hebraica de ancianos gruñones y… vaya, Bynoe, por fin sale usted de la bañera. ¿Qué se cuece en esas honduras?
—Enfermedad y vicio, señor King. —El rostro de Bynoe, por norma campechano y sonriente, exhibía ahora un gesto serio y preocupado—. Con la fueguina fuera del barco y mi tratamiento con píldoras mercuriales, el número de pacientes de enfermedades venéreas que pasan por mis manos debería disminuir. ¡Pero no es así! El pobre imbécil de Kent me ha suministrado la lista. ¡Tres más! ¡Y Robinson es uno de ellos! Nunca pensé que ese hombre, casado y piadoso, podría caer en el nefando pecado de la sodomía.
—¿Sodomía?
—¿De qué otro modo podría ser? No quedan mujeres a bordo. —El cirujano sacudió la cabeza—. Creo que el capitán debería poner a resguardo a los grumetes. Me temo que alguno de ellos está siendo blanco de esta nueva hueste de fornicadores y sodomitas.
Los oficiales guardaron un silencio atribulado. A ninguno de ellos le agradaba escuchar que en su buque se cometían actos por los que el reglamento de la Marina castigaba a los culpables con la muerte en la horca ante la vista de toda la escuadra.
—Hubo un caso —prosiguió el cirujano con ánimo mordaz—, y no hace mucho, en que presencié cómo acusaban formalmente a un gaviero de mantener relaciones antinaturales con una de las cabras del barco. El almirante…
—Por Dios, Bynoe, déjelo ya —gruñó Sulivan—. Bastantes problemas nos causará esto si prosigue. ¿Cuántos enfermos son?
—Una docena larga. Quizá más. Kent podría decirlo con más seguridad, él lleva la cuenta. —Bynoe aspiró hondo. Las islas, envueltas en una niebla aborregada, se le antojaban llenas de secretos por descubrir, muy parecidas al perfil silencioso y lóbrego de las Shetland—. ¡Aaaaah! Este aire es purificante. Ojalá Darwin no estuviera enfrascado en el estudio de sus sabandijas y pudiera disfrutar de estas islas.
No Darwin, pero sí Martens se había asomado y esbozaba en cuatro lánguidos trazos la forma general de las islas, sus formas y colores. El propio artista, bohemio y extravagante con sus bigotazos rubios y sus ojos de visionario, no desentonaba de una tripulación cada vez más cerca de la abstracción absoluta. El naturalista irredento, en sus incesantes idas y venidas, incansable buscador de fósiles y especímenes, había sido objeto de sus pinceles.
Sin embargo, cuando Darwin se detenía en sus labores, lo que observaba no era una extensión de tierra casi virgen, no observaba un vergel a estudiar con el ansia del filósofo natural; no… tan sólo un puñado de islas malsanas, mohosas y miserables, en las que nadie con dos dedos de frente querría perderse, menos todavía vivir.
—¡Qué lugar tan horrible, Syms!
—Y usted que lo diga, patrón. Parece Inverness, escuche lo que le digo. Parece la maldita Escocia, aunque al menos con el agradable cambio de la ausencia de escoceses. Con esta niebla, esta lluvia y este maldito frío, cualquiera esperaría ver una cuadrilla de pelirrojos barbudos armados con gaitas y esas abominables kilt…
Tal cosa no ocurría, desde luego. El único súbdito de la corona británica presente en la isla, el indómito señor Dixon, contemplaba a los ingleses recién llegados con la misma frialdad que a los pobres balleneros franceses a los que una tormenta había varado en la costa, compuestos y sin velas. ¿Qué clase de hombre podría ser? ¿Qué persona podría soportar los crudos inviernos, la soledad, la desidia, el abandono? ¿Qué clase de hombre podía levantarse todos los días, rayando el alba, para izar la orgullosa bandera británica, cada día un poco más raída, un poco más mohosa?
Amén de los balleneros franceses y un par de goletas desvencijadas por las tormentas, el puerto estaba tan tranquilo que parecía un albergue de almas muertas, a la espera de una improbable redención. Cuando no recorría las desoladas colinas en busca de conchas fósiles, el naturalista mataba las horas charlando con King, con Rowlett o con el excéntrico Martens, cuyos dibujos ganaban en complejidad y cariz siniestro. Muy a menudo se les unía Bynoe, cuya afición por la filosofía natural lo convertía en una compañía apetecible cuando lo que se dilucidaba era el origen de una pequeña concha calcárea en lo alto de una colina.
Una serie de terribles galernas azotaron las islas durante los días siguientes con la insensata furia de un dios lejano e iracundo. Cortinas de agua, grises y huidizas como serpientes, se desplazaban sobre las colinas peladas, aplastando los matorrales, a los pobres marineros gabachos en sus tenderetes, las casas de las dos negras a las que un asesinato había llevado hasta allí y las mismas piedras. Cuando la lluvia remitió, hirviendo los mares de una niebla salobre y pegajosa, apareció una goleta norteamericana bajo el mando provisional del infortunado capitán Low, cazador de focas en bancarrota tras seis meses sin cobrar una sola pieza.
—Precisamente estaba madurando la posibilidad de comprar una segunda nave para realizar las mediciones de costa con más precisión —dijo el capitán al divisarla a través del catalejo—, y se me aparece esta oportunidad. ¿Cree que el Almirantazgo aprobaría que comprara esa nave, señor Rowlett?
—No sabría decir, capitán. He comprobado que los designios de los Lores del Almirantazgo son, a menudo, tan inescrutables como los del Altísimo.
El contador presentaba un aspecto espantoso, pálido y demacrado como un espectro. Poco quedaba en él del rubicundo gordinflón que partiera de Devonport a finales de 1831.
—Estoy decidido a adquirir esa nave, señor Rowlett. ¡Sulivan!
—¿Sí, capitán?
—Invite al capitán de esa goleta a bordo.
—A la orden, señor. Invitar a bordo.
—Ah, y abra una buena botella de vino. Habrá que ablandar la mollera de ese norteamericano. ¡Fuller! ¡Fuller! Prepara un asado decente.
El capitán Low no necesitaba del incentivo del alcohol para deshacerse de su goleta. Casi lo estaba deseando, en realidad. Las deudas se acumulaban sobre su cabeza, sus hombros y su cuaderno de bitácora, asfixiándolo con una imponente suma de números rojos que el diligente y larguirucho Dring, al revisar, estuvo a punto de exorcizar. La propuesta de FitzRoy era harto generosa: se haría cargo de la deuda de la goleta Unicorn, pagaría un total de mil trescientas libras por su posesión y se ofrecería a llevar a su capitán y a todos los tripulantes que no desearan seguir a bordo hasta Maldonado o Montevideo. Low tuvo que beberse media botella de vino y otra media de ron para poder creer su buena fortuna. Al firmar el contrato de venta de la Unicorn la mano le temblaba a ojos vista. Los guardiamarinas King y Forsyth, al verle descender a la falúa de vuelta a su ya vendida goleta, juraron verlo dar saltos de alegría.
—Sulivan, forme a una cuadrilla de hombres y adecente esa pobre goleta. Y borre ese nombre de la popa: a partir de ahora, esta goleta pasa a ser la HMS Adventure.
—¿Quién estará al mando, señor?
—Provisionalmente, el señor Chaffers ostentará el cargo de patrón, pero no el de capitán. Eso lo reservo para Wickham, cuando lo encontremos. Partiremos a principios del mes que viene, en cuanto hayamos cartografiado estas malditas rocas y el señor Darwin haya terminado de recolectar sus bichos, sus conchas y sus lagartos fosilizados. Buscaremos a Wickham y a Stokes y regresaremos al Mar de la Plata. Queda mucho por hacer en esas costas.
La actividad que mantenía activas a las dos negras de la colonia de Puerto San Luis pronto quedó clara, a la vista de las colas de ansiosos marineros franceses frente a sus casuchas. Los marineros de la Beagle y algunos de sus oficiales hubieran estado allí los primeros, pero las órdenes del cirujano Bynoe y del propio capitán confinaban a los marineros en el bergantín cuando no estaban realizando labores de caza, aprovisionamiento o medición.
—Sin embargo, Darwin —explicaba Bynoe—, el número de enfermos aquejados de males venéreos no deja de aumentar, y no me lo explico.
—Sodomía —gruñó Covington, al que la sordera no le impedía estar al tanto de los chismes más jugosos y macabros del barco—. Todo el mundo lo sabe.
—Syms, por Dios, no seas libidinoso —gruñó el naturalista, no menos puritano que el capitán, al menos de palabra. Quizá sus actos fueran distintos. De lo que no cabía duda era de la genuina preocupación del cirujano por los estragos que la enfermedad causaría entre sus pacientes si no lograba atajarlo. Convencido de que Syms debía saber más de lo que mostraba a simple vista, logró acorralarlo entre una de las cuadernas y su más afilada lanceta de sangrías. La mirada de Bynoe estuvo a punto de provocar que los intestinos del violinista, por norma bastante sueltos, aflojaran su carga sobre las tablas del sollado.
—Habla, Covington, o practicaré flebotomías en tus miserables venas.
—¡No sé nada!
—¿Crees que voy a ser tan compasivo como tu actual amo? Puede que Darwin sea un blandengue sin los arrestos necesarios para ponerte en vereda, pero no oses pensar que yo voy a ser igual. O hablas o…
—Sólo sé que se habla de un paliducho. Sólo sé eso, no me desangre, por favor, no me desangre…
Bynoe, por norma, los delatores le gustaban tan poco como al resto de los miembros de la Marina de guerra inglesa. Huía de ellos como de la peste y los consideraba uno de los peores males que podían recaer sobre la moral de un barco. Pero en casos como el que le atañía, con más de una docena de hombres con purgaciones, sífilis y erupciones de horrible aspecto, el propio Bynoe estaba dispuesto a asumir ciertas excepciones a sus creencias filosóficas. Media docena más de marineros compartieron las palabras de Syms, aunque ninguno quiso o supo explicarlas. Quizá, supuso, deseaban prolongar el libertinaje.
—¿Qué debo hacer, Rowlett? —le preguntó a su más delicado paciente, aplicándole una cataplasma en el pecho—. Sólo tengo sospechas, nada firme, y sin embargo…
—Si están enfermos, es porque se lo buscan —gruñó el contador—. Si su amor fuera celestial y no terrenal, si su anhelo no se basara en la carne sino en el espíritu, si todo lo que pudieran amar y desear no fueran más que trozos de papel escrito… entonces podría apiadarme de ellos.
El contador sacudió la cabeza. Su ánimo, en los últimos meses de su enfermedad, se había retorcido poco a poco. Nunca había sido un hombre jovial, pero tampoco había pecado de malicia o perfidia. No maltrataba a sus criados, era honesto en la medida de lo posible, no robaba más que para beneficiar a su capitán y sabía contar buenos chistes cuando se le iba la mano con el vino. Gruñón, sí, pero no avinagrado. Sin embargo, la tisis lo había ennegrecido desde la raíz a las hojas.
—Estos marineros, estos despojos morales, nunca sabrán el verdadero significado del compromiso, de la espera, de la angustia gozosa que aguarda a los amantes, Bynoe. ¿Sabe de lo que le hablo? No de la mera unión carnal, que consume el cuerpo y no deja tras de sí más que cenizas. Hay algo que nos sobrepasa, mi buen cirujano. Algo que está por encima de nosotros.
—Nunca le he hecho ascos a la presencia de una jovencita agradable —rió Bynoe —, pero entiendo lo que dice usted, Rowlett. Sin embargo, ignoraba que un hombre como usted pudiera sentir tan elevados…
—¿Un hombre como yo? ¿Qué tengo yo que me impida amar, sentir, padecer?
—Bueno, bueno. —Bynoe se mesó la barba—. No es usted el más espiritual de los hombres. Yo calificaría su naturaleza como de prosaica, sin temor a equivocarme.
—Prosaico o no, yo también sé lo que significa la abnegación, la entrega… no obstante, no se crea que soy un mentecato sin cerebro que piensa que el amor sirve para llenar el plato de sopa…
—De acuerdo, Sylock, de acuerdo —concedió el cirujano—. Puede usted amar, sufrir e incluso sangrar si le pinchan, pero su modus operandi es más sutil que el de estos marineros. ¿Contento?
No del todo. Cuando sus maltrechos pulmones se lo permitían, el contador se asomaba a la cubierta para contemplar el mismo paisaje que los residentes en aquellas malditas islas deberían afrontar todos los días, uno tras otro, hasta la saciedad y el embotamiento de los sentidos. El aire frío le invadía el cuerpo y le hacía sentirse, de pronto, liviano y translúcido; elevado, mas no transportado. Los progresos eran lentos, la enfermedad demasiado rápida para su gusto. Demasiado a menudo sentía una opresión en el pecho que le hacía pensar, entre temeroso y aliviado, que no llegaría con vida a su destino.
allá afuera, las islas. Gran Bretaña y las Provincias de la Ría de la Plata se pelearían por ella, presumía, durante muchos años. ¿Quién querría poseerlas? Quizá fueran feraces en pastos, tal vez allí el ganado medrara como en ninguna otra parte y sus costas hirvieran de pesca, pero no por ello dejaban de ser un paraje deprimente y oscuro. Y todo bajo la atenta mirada del pobre imbécil de Dixon, ese irlandés loco al que habían dejado al cargo de la bandera, izándola al amanecer y amándola al atardecer, día tras día, sin más testigos que las putas, los criminales, los zorros y los caballos. Flamearía la Union Jack por encima de los tejados de pizarra, por encima de los huertos embarrados, por encima del pequeño y agreste cementerio en el que reposaban los huesos del único miembro de la tripulación que había decidido cambiarse el fusil de hombro en aquellos parajes: el joven Hellyar, amanuense del capitán y aprendiz por temporadas de Rowlett y Dring, simpático muchacho de alma sensible y mirada atolondrada, había encontrado una muerte trágica y estúpida cazando patos en compañía de uno de los balleneros franceses. Al ir a cobrarse la pieza, caída en una maraña de algas, éstas se le habían enredado a los pies para succionarlo hacia el fondo, ahogándolo en el proceso. Pobre diablo, ahora a siete pies de profundidad bajo la tierra lodosa, pensando en lo que pensaran los muertos, que bien podía ser nada o todo. Pobre idiota. Iban a echarlo de menos.
Regresó a las entrañas de la nave, al tiempo que el capitán FitzRoy daba las últimas órdenes para partir hacia el norte, hacia Río Negro y el ansiado encuentro con Wickham y Stokes. Impertérrito, con su pipa y su raído gabán de piel de oso, el señor Dixon, enraizado junto a la bandera al resguardo de una destartalada garita, les vio marchar sin mover un solo músculo. No era el primer barco que veía marcharse, ni sería el último.