La travesía
Capítulo 10
— P arecen turcos. Darwin, envuelto en su abrigo y encorvado por el peso de sus instrumentos, contemplaba arrobado a los gauchos que los esperaban en la orilla. La chalana en la que se desplazaban aproaba hacia La Fortaleza Protectora Argentina, fundada apenas si hacía cuatro años por el coronel Ramón Bernabé Estomba para repeler los ataques de los indios, sobre todo los boroanos y los mapuches. Junto al naturalista viajaban el capitán FitzRoy el todavía débil contador Rowlett, Bennet como timonel, una cuadrilla de infantes de marina liderados por el sargento Beareley y la extraña presencia del señor Harris, un oriundo de Bahía Blanca, enlace comercial británico y deseoso de ayudarles en todo lo que fuera menester, incluso ofreciendo un par de goletas de su propiedad en un ventajoso alquiler.
—Pero no son turcos —gruñó FitzRoy—. No estamos en territorio otomano. Qué diablos, Darwin, usted nunca ha visto a un turco antes.
En demasiadas ocasiones FitzRoy se volvía inmune a las figuras literarias y poéticas y se aferraba a una estricta literalidad que asombraba al naturalista. De las cinturas de los gauchos colgaban sables, pistolas y carabinas. Vestían ponchos, botas de piel de potro y espuelas de más de dos pulgadas de longitud. Muchos eran mestizos, algunos españoles de aspecto siniestro y unos pocos negros de mirada adormecida. Semejante grupo hubiera provocado una estampida de terror en más de un pueblo de la campiña inglesa. En especial los españoles, por tanto que sus rasgos les resultaban familiares de Montevideo y Buenos Ayres, aparecían todavía más terroríficos, cargados de una mala intención homicida. Ningún pintor, por dotado que fuera, hubiera podido reflejar el salvajismo que aquella vida había labrado en sus rasgos.
—Ojalá estuviera aquí Earle —masculló. Harris ya se había puesto a negociar con los gauchos, en un español entrecortado al que los feroces jinetes respondían con frases cortas y despectivas.
—Dicen que les sigamos —resumió éste.
—Quizá sea mejor hacerles caso —postuló FitzRoy—. Ya se hace tarde, y no conviene regresar a la Beagle con la noche en lo alto. Estos bancos de lodo son muy traicioneros sin una luz decente que nos guíe. Sargento Beareley ocúpese de que los caballos que estos zaparrastrosos nos suministran sean de confianza. No quiero partirme la crisma en este lugar dejado de la mano de Dios.
De todos los presentes el más confiado, quizá por lo muy cerca que había estado de la muerte, era Rowlett. Y de todas las compañías posibles del mundo tal vez no fuera la del señor Harris la mejor, pero era un nombre conocido en un lugar apestoso e incierto, un infierno de tonos grises. No, no era la compañía que el señor Rowlett hubiera escogido, ni aquél el lugar mejor para desembarcar después de haber estado escupiendo sangre por casi una semana, pero en ocasiones era necesario hacer esfuerzos extraordinarios para obtener los resultados deseados. Y Rowlett sabía que desde el destacamento de Bahía Blanca partían caravanas hacia las tierras del interior. A veces llegaban hasta la cordillera y Chile. A veces.
Lideraba el grupo el parlanchín y animoso Harris. Rowlett reconocía su mérito, por haber ofrecido a FitzRoy el posible alquiler de dos goletas que harían mucho más sencilla la cartografía de aquellas costas. Tan sólo la remota posibilidad de que el Almirantazgo reprobara su actitud ataba los pies y las manos del capitán a la hora de contratarlas. A lomos de su pequeño rucio, calvo y rechoncho como la mayor parte de mercaderes que conocía, Harris fanfarroneaba y alardeaba de sus contactos en las provincias norteñas. No era una actitud que Rowlett aprobara, pero le parecía que Harris bien podía permitirse algunos pecadillos veniales dado lo remoto y solitario de su emplazamiento. Con su chaqueta color caqui y los pantalones bombachos, representaba el único fragmento de Inglaterra que se podía encontrar allí, y el único modo de Rowlett de alcanzar su destino en un tiempo prudente.
El fuerte se alzaba sobre el único promontorio rocoso de los alrededores, una cúpula pétrea que emergía del fango como una ciruela confitada en un pastel de nata. En lo alto de las torres de vigilancia ondeaban banderas que no eran las españolas, aunque los uniformes de los soldados poco hubieran cambiado desde los tiempos en que batallaban a los realistas por el dominio de aquellos pastos.
—Desde aquí vigilan a los indios —dijo Harris, con los ojillos húmedos tras unos anteojos redondos de montura de latón—. Es una guerra espantosa.
—¿Y qué guerra no lo es? —preguntó el timonel Bennet, provocando el desconcierto del comerciante hasta que se percató de lo retórico de la pregunta.
—Pero ésta lo es más. —Harris miraba a su alrededor con aspecto de querer contar algo de vital importancia; su prevención resultaba cómica, dado el poco interés que los gauchos demostraban por su persona y sus actos—. Los indios torturan sin piedad a todos los prisioneros que hacen entre los soldados y éstos ni siquiera se molestan en hacer prisioneros, salvo en el caso de los caciques, los jefes de las tribus. Hace unos meses, el hijo del propio comandante del fuerte fue capturado por los indios, e iban a ejecutarlo los mismísimos hijos del cacique, con cuchillos y clavos por todo instrumento, desollándolo poco a poco hasta dejarlo tirado en el suelo como a un despojo de matarife.
—Aberrante —gruñó FitzRoy en tono gélido. Estaba en uno de esos días en los que el mundo le parecía un inmenso albañal poblado por ratas. En esas circunstancias, lejos de cualquier razonamiento más allá de la violencia o el abandono, el capitán se convertía en un ser peligroso.
—Y que lo diga. Pero el cacique afirmó que al día siguiente habría todavía más gente, llegada desde los pastos vecinos y que la diversión sería mayor, a mayor número de ojos y manos. Así que pospusieron la ejecución hasta el día siguiente.
—Aberrante —repitió FitzRoy.
—Quizá, pero innecesario. Uno de los gauchos se acercó al campamento de los indios bajo el amparo de la noche, liberó al muchacho y lo ayudó a escapar, burlando a los centinelas mapuches, de los que se dice que pueden ver en la oscuridad y oler la presencia de un español a una milla de distancia contra el viento.
La magnitud de la hazaña robó las palabras de los presentes hasta la llegada al fuerte. Incluso el impenitente Darwin, que parecía volverse más escéptico a medida que pasaban los meses, tuvo que admitir que la valentía de aquel zagal había rozado lo inverosímil. Sin embargo, nadie tuvo palabras de elogio para el gaucho. Al fin y al cabo, era su trabajo hacer lo que el resto de los mortales consideraban imposible. Y ya se encargaban ellos de recordarlo cuando era menester.
De las dos figuras de autoridad del fuerte, la más paternal y con la que mejor trato tenía Harris era el comandante Guzmán Marías, un hombre maduro que en sus años mozos había debido de ser una figura de impresión. Incluso devastado por la edad, la soledad, los vicios inconfesables y el terrible viento de la Patagonia, presentaba un continente grave y digno, de espalda recta y hombros anchos bajo un extraño uniforme. Junto a él, mucho más austero y diabólico, el mayor al cargo de los cerca de cuatrocientos soldados que custodiaban aquellas tierras, un tipo de verbo seco y carnes enjutas llamado Silva.
—No me extraña que tenga esa cara de estreñido —dijo Rowlett por lo bajini, de modo que sólo Darwin le escuchó—. Desde que se erigió el fuerte, la guerra entre estos argentinos y los indios ha sido constante. Al contrario que los virreyes españoles, que alquilaban el terreno a los indios con beneficio para los dos partes, aquí lo que existe es una ocupación violenta e ilegal del terreno.
—La legalidad la hacen las armas, por desgracia —susurró el naturalista.
—Eso también es cierto, diantre.
Harris se encargaba de las presentaciones en su español ronco y defectuoso; alrededor del angosto despacho se movían los soldados con gestos de interés e, incluso, de hostilidad mal encubierta.
—El capitán FitzRoy, de la Marina de guerra británica… el honorable señor Rowlett, contador y mercader… el señor Charles Darwin, naturalista…
El mayor Silva alzó la vista con aire intrigado. Ya desde el comienzo de tan particular recepción se había fijado en el extraño aparataje óptico que portaba el joven a las espaldas, junto con el fusil, las pistolas y los libros, y la mención de semejante oficio, jamás antes pronunciado en su presencia, terminó por confirmar sus recelos.
—¿Qué diablos es un naturalista? —preguntó en tono airado. Harris se vio en un repentino brete. ¿Cómo explicar lo que él mismo no tenía del todo claro?
—Una persona que sabe de todo —respondió a la desesperada. No pudo haber peor respuesta. Aunque el comandante se mostraba benévolo y dispuesto a charlar con los ingleses, el mayor recelaba de ellos y parecía temer que los cuatro infantes de marina que los acompañaban —Beareley, Middleton, Bute y Jones— fueran capaces de derrotar a los cientos de soldados veteranos, a otros tantos gauchos hartos de degollar indios a diestro y siniestro, arriar la bandera de los mástiles e izar la suya propia. Mientras el comandante Marías se interesaba por los trabajos de filosofía natural de Darwin, a quien tildaba con jocosidad de «hereje parlanchín», el mayor trataba de sonsacarle a Rowlett los supuestos datos sobre el ataque inglés que no tardaría en producirse.
—Porque sepa usted que a los suyos les dimos cera de la que bien arde allá en Cartagena de Indias, hace unos cien años, y no nos costaría ni una higa volver a hacerlo —aseguraba. Como quien oye llover, Rowlett sonreía a las palabras del viejo y malicioso español, al que los vientos de independencia de su nueva patria no le habían robado los modales de hidalgo sinvergüenza. Aunque el contador comprendía suficiente español como para captar la esencia de las amenazas, los detalles se perdían en la enmarañada selva del léxico. El núcleo de su discurso, no obstante, quedó claro al reunirse con Harris después de la medianoche, al amparo de las sombras del patio y la lluvia.
—¡Un hombre que lo sabe todo! —farfulló el rollizo contador, con el rostro lívido asomándose bajo la capucha de su capa alquitranada—. ¡Menuda ocurrencia, Harris!
—Oiga, Rowlett, es lo primero que se me pasó por la cabeza.
—¡No me extraña, la verdad!
Los dos compartían una pipa y una botella de vino que el comerciante había podido sisar de las cocinas, un tinto asqueroso y avinagrado que raspaba en el garguero como puro vitriolo. El grupo dormía en la casa del señor Clemente, un español casado con una preciosidad morena que había provocado el pasmo del naturalista, incapaz de conciliar aquellas rotundas caderas con las tristes y melancólicas muchachitas inglesas que había tratado hasta entonces.
—Y ahora cree que el naturalista es un espía…
—¿Y no lo es?
—¡Fíjese bien en él, por el amor de Dios! Apenas es capaz de acordarse de qué lado del barco es el de babor y cuál el de estribor… ¡qué estupidez, qué estupidez!
El silencio imperó por un largo rato. Los centinelas caminaban por el adarve de la muralla, calados hasta los huesos, con el fusil a la espalda y un quepis raído y sucio sobre los ojos. Magra impedimenta con la que trataban de contener a los indios que, ineludibles como la propia muerte y no mucho más visibles, esperaban en el pantano.
—¿Ha averiguado lo que le encargué en mi última carta?
—Se ha hecho lo que se ha podido —aseguró el comerciante—. Y, como dicen los marineros, las cosas están listas cuando están listas.
—¿Qué diablos tiene eso que ver…?
Un gesto en seco: silencio. Uno de los centinelas los miraba desde la muralla y en la silueta de sombras que era su cuerpo destacaba el brillo de acero de sus ojos argentinos. Por más que Marías hubiera aceptado la presencia de los ingleses con la infantil alegría de un niño que palia su aburrimiento con un juguete nuevo, el mayor Silva entregaba sus pensamientos a un tipo muy distinto.
—Será difícil el viaje —aseguró Harris—. Valparaíso, nada menos, y en esta época del año.
—¿Se puede, o no se puede hacer?
—Desde aquí, imposible. —Harris fumaba con evidente placer; en la oscuridad, los anillos de humo que formaba con sus gruesos labios de sibarita frustrado se disolvían—. Pero quizá lo sea desde la desembocadura del Río Negro. Verá, Rowlett… el Río Negro sirve, en estos momentos, de límite natural entre los terrenos civilizados y los que pertenecen al desierto humano de la Patagonia. Allí, en la desembocadura, nace una ruta de caravanas que se adentra en el país, poco a poco, hasta alcanzar las montañas, cruzarlas y descender hacia los territorios sureños de Chile, cerca de Valdivia. Quizá pudiera usted conseguir un lugar en esa caravana, Rowlett, si paga mucho y bien.
—¿Cuánto es mucho?
—Estos descendientes de españoles comparten una cosa con los que se han quedado en su península natal: la avaricia. Oro, y en cantidad. Pero no creo que eso le suponga problemas, dados sus contactos…
La insinuación de Harris, si es que lo era, murió en el frío aire de Bahía Blanca. A lo lejos, en algún lugar invisible hacia el ocaso, se encontraban Punta Alta, el monte Hermosa y la propia desembocadura de aquel río que podía conducirle a su destino.
—Yo mismo partiré hacia Río Negro —dijo Harris—. Las dos goletas que pienso alquilar en nombre del capitán, La Paz y La Liebre, fondean allí. Usted podría acompañarme para obtener provisiones y, si así lo considera, abandonar nuestra compañía…
—La deserción se pena con la muerte, Harris.
—Sólo si le capturan a usted, Rowlett. Sólo si le capturan. Y por su bien, espero que eso no ocurra.
El contador asintió y liquidó la botella de vino. Desde el adarve, el centinela seguía observándoles. Su fijeza tenía más de atención bobalicona que de verdadera maldad. Si pensaba meterles una bala entre ceja, era su oportunidad.
—¿No se pregunta el motivo por el que quiero viajar a Valparaíso con tanta premura, Harris?
—No, Rowlett, no me lo pregunto. Y si quiere que le diga la verdad, no me importa. Es usted un buen socio, y nuestros negocios conjuntos nos han brindado beneficios moderados… pero, y no se lo tome a mal, prefiero no ser amigo de nadie a quien puede que tenga que estafar.
El contador se rió, grave y gutural, antes de descender hacia el oscuro asentamiento. Las luces brillaban mortecinas y en cada casa ardía un fuego rodeado de esa clase de personas honradas, decentes, temerosas de Dios y apocadas en las que Rowlett no deseaba transformarse. Nunca.