La travesía

David López · Capítulo 23 de 47

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La travesía

Capítulo 22

 

D e algún modo sabía, como se saben las verdades fundamentales que subyacen a la vida, al amor, al odio y a la tristeza, que aquellas planicies le marcarían de por vida y, al mismo tiempo, no las recordaría una vez se marchara, lejos de allí. El sol del infame verano del Uruguay, rumbo a San fosé, le caldeaba la espalda y tostaba la piel, lo mismo que el incesante viento que soplaba por encima del ondulado mar de yerba.

Habían partido de Montevideo hacía ya cuatro días, tras haber abandonado a toda velocidad Buenos Ayres y sus disturbios. Poco después de su marcha Rosas había tomado el control de la ciudad, pagando a los rebeldes por su apoyo y proclamándose dictador. El eterno retorno de los tiranos. Pero Buenos Ayres había quedado atrás, tan atrás como el resto de su vida. Cada vez que se montaba en un barco tenía la extraña sensación de estar cruzando una puerta para la que no había retorno posible. Y en los últimos meses había tomado demasiados barcos y había dejado atrás demasiados puertos.

Aplastado por el peso de las millas y los recuerdos, por el anegado mar de yerba, Charles Darwin cabalgaba en silencio, al final de la caravana de jinetes, sintiéndose enfermo y cansado. El día anterior ni siquiera había podido cabalgar y había permanecido tumbado en un catre en la casa de postas de Cufré, observando a través de las ventanas las planicies verdes que descendían hacia el nido de brillos del Mar de la Plata, y mil pequeños arroyuelos que nacían por doquier y se encauzaban mal que bien por las suaves colinas que allí dominaban el paisaje.

—Es un país hermoso —le dijo a Rowlett, que viajaba con él intentando encontrar alivio a sus cada vez más penosos ataques de tisis—. Ahora lo veo con ojos distintos.

—Quizás usted y yo encontremos que estas praderas son todo un paraíso, comparadas a ese desierto azul por el que el capitán se empeña en vagar.

La voz de Rowlett surgía en un jadeo estremecido. Apenas era capaz de mantenerse en pie y, sin embargo, se negaba a abandonar el barco para recuperarse en algún sanatorio. Los motivos que pudiera tener, nadie lo ignoraba, estaban muy lejos de los prejuicios que argumentaba tener en contra de las monjas católicas que regentaban tales hospitales.

—Una mujer, patrón, escuche lo que le digo —aseguraba Covington—, aunque que me aspen si sé dónde diablos la guarda, o dónde lo espera.

—Tienes una mente perversa, Syms —gruñó Darwin. Pero ya en ruta, al final de la deshilachada línea de jinetes, las elucubraciones de su sirviente se le antojaban muy creíbles. ¿Quién querría soportar algo así sin un buen motivo, y qué mejor motivo podía haber que una mujer? Rowlett, aferrado al pomo de la silla con ambas manos, parecía contar en voz baja cada uno de los pasos de la paciente y vieja yegua que montaba, y de cuando en cuando tosía contra el dorso de la mano. Con el paso de las horas, la sangre se le secaba allí formando una costra de aspecto espeluznante. Los gauchos que formaban su comitiva se alejaban de él con aire receloso, temiendo quizá que su enfermedad se contagiara.

Al contador no le importaba: bastante tenía con sobrellevar su enfermedad como para, encima, tener que reparar en el trato, exquisito o no, de sus escoltas y guías. ¡Que fueran todo lo soeces que quisieran, con tal de que les llevaran por veredas seguras! El viento, que soplaba recio y salobre desde el Mar de la Plata, sacudía el forraje como un gigante enloquecido, arrancando largas briznas que poblaban el aire del penetrante olor del heno recién cortado. Tan raudas cruzaban el sendero que a veces cortaban la piel de los jinetes y éstos, al cabo de un rato, descubrían que, pese al calor, lo mejor era envolverse el cuello y la cara con una frazada.

—El río Rosario —anunció Darwin. Eran sus primeras palabras en todo el día. Rowlett alzó la vista; más allá del río se extendía un país de suave pasto verde, azotado por rachas de viento azarosas. La comitiva de jinetes, estirándose como una tira de caucho caliente, se dispersaba entre la yerba. Todos montaban de la misma guisa: encorvados sobre el lomo del caballo, la cabeza gacha y cubierta por la bufanda, entornados los ojos y vacío el cuerpo de emociones. De tal modo, aquellos gauchos de hierro y viento podían viajar semanas enteras, sin más provisiones que tiras de carne seca y odres llenos de agua tibia y desagradable.

Colonia del Sacramento apareció en el horizonte como el castillo de un cuento de hadas. Erigida, al igual que Montevideo, en lo alto de un promontorio rocoso, estaba fuertemente amurallada y parecía casi inexpugnable. No obstante, había sufrido grandes daños en la guerra que aquella región había mantenido con el Brasil. La iglesia, en particular, reflejaba con fidelidad las extrañas caras que la guerra podía adoptar. Usada como almacén de pólvora, había sido alcanzada por varios relámpagos en una de las frecuentes y espantosas tormentas que azotaban las llanuras. Al denotar su bélico contenido, dos terceras partes del edificio habían volado por los aires, y el resto permanecía de pie en un precario equilibrio.

—Sorprendente —susurró Covington. Él también había caído en la transitoria mudez de la cabalgata, y la voz le sonó áspera y rasposa. Mientras observaban aquel destrozo, uno de los jinetes se acercó a ellos.

—Me llamo Escobar, señores, y poseo una Estancia en Arroyo de San Juan. Si quisieran acompañarme hasta allí, les ofrecería a ustedes alojamiento y comida. No todos los días se tiene la oportunidad de cabalgar en una compañía tan instruida.

Darwin miró a Rowlett y éste, indiferente, se encogió de hombros.

—Todos los lugares son el mismo para un enfermo —susurró—. Y en todas partes hay tierra donde ser enterrado. Acepte, Darwin: tanto da aquí que allá.

Tres mil cabezas de ganado pastaban en aquellas tierras, y podían llegar a ser doce o quince mil más. La Estancia estaba encajonada por tres de sus costados: en uno se encontraba el Mar de La Plata, y en los otros dos, por una miríada de hondos arroyos de aguas frías y turbulentas. Los pastos eran feraces y la casa, una robusta construcción de madera y caliza cuyas ventanas, bien protegidas con postigos, oteaban la llanura con mirada miope, parecía estar hecha a prueba de los inviernos australes.

 

—Y sólo pido por ella dos mil quinientas libras, señores —dijo Escobar, con aire abatido—. Aunque puede que la acabe vendiendo por menos. Es terrible tener que dirigir estas haciendas tan alejadas de la ciudad… todo son preocupaciones.

—Es lógico —dijo un distraído Darwin, más preocupado por la salud de su compañero de tripulación que por las vicisitudes económicas de su anfitrión. Rowlett había tosido sangre en el viaje demasiadas veces, y su rostro perdía el color hasta adquirir el tono de un pergamino viejo, mil veces escrito.

—Por el amor de Dios, ¿por qué no descansa un poco? —le dijo por la noche, mientras cenaban al amor de la lumbre y en el cielo se ramificaban, en las tripas de las nubes negras, decenas de relámpagos de incandescente color violeta. La carne de potro, recién sacrificado, humeaba sobre las brasas. Los invitados de Escobar abrían botellas de vino y brindaban con ruidosas aclamaciones a la independencia del Uruguay. Un puñado de jóvenes muchachitas oficiaba de improvisadas camareras, y contemplaban a los hombres con una mezcla de admiración y desdén mientras servían café, mate, vino y grandes bandejas de madera sobre las que se amontonaban pirámides de carne asada de las que los comensales se servían ayudándose de sus enormes puñales.

—No puedo.

—Si sigue así… diablos, Rowlett, usted lo sabe mejor que nadie. Tendremos que oficiar un funeral al que no me gustaría acudir.

—Tengo mis motivos para seguir.

—¿Tan importante es esa mujer?

—¿Quién le ha dicho que sea una mujer?

—Todos lo sospechamos.

—Pues háganme un favor: métanse sus sospechas donde les quepan.

Las risas de los jinetes no menguaban junto al fuego. Escobar contaba alguna de sus escabrosas aventuras en Buenos Ayres, donde las mujeres eran tan amables como hermosas, la noche oscura como el terciopelo negro y las tabernas sórdidas y ruidosas. Cada una de sus mentiras, cordialmente interpretadas como verdades fundamentales, se acogían con una salva de aplausos y silbidos.

—Usted no lo entiende, Charles —dijo Rowlett al cabo de un largo rato—. Es mi única razón para seguir vivo.

—¿Y el viaje? ¿La cartografía?

—¡La cartografía! ¡Háblele al pobre Musters de los mapas! ¡Dígaselo al reverendo, a los tres fueguinos! —Rowlett quería gritar, pero sus agostados pulmones apenas podían emitir un vagido quejumbroso—. Son las órdenes del capitán, no las nuestras, Charles. A nosotros no se nos ha perdido nada en estas costas del mundo, y si continuo a bordo tan sólo es por mis… asuntos personales. Usted también debe tenerlos, Charles. Lo mismo que todos esos marineros… sí, la disciplina los mantiene sujetos a las cuadernas de esa fábrica de viudas que el Almirantazgo nos ha concedido, pero siempre debe haber algo más que la mera disciplina.

—Hablan de un «paliducho» entre ellos. Quizá sea eso lo que les motive.

—Yo también lo he oído. Algún pobre diablo, quizá uno de los grumetes, a quien usan a modo de mujer. —Rowlett suspiró—. No deberíamos atribuir por regla general bajos sentimientos a quienes no han tenido la oportunidad de educarse, pero la realidad a menudo nos demuestra que quien piensa mal acierta más a menudo de lo que cree. Y para la mayor parte de la tripulación de la Beagle, ¡oficiales incluidos!, quizá no haya mayor incentivo que una cama caliente y un par de piernas largas, larguísimas, interminables, que culminen en el cielo.

Darwin no se encontraba cómodo hablando de tales intimidades. Había llegado a congeniar con la mayor parte de los marineros y oficiales, salvo con un puñado de recalcitrantes hijos de perra a los que no les hubiera hablado bien ni su propia madre, y todavía tenía la tendencia de asociar a esos rostros conocidos una voluntad no menos ingenua que la suya propia.

—Yo mismo…

—Usted es otra clase de persona, Charles. —El contador apenas conservaba de su voz un susurro, un gorgoteo que surgía de su pecho agusanado—. Un idealista. Un filósofo. No, es natural que usted no preste pábulo a estas digresiones que afectan al espíritu. Y al cuerpo.

Un largo silencio, punteado por las risas y las chanzas de Escobar. Rowlett había encogido en los últimos meses. De él sólo quedaba un saco de huesos envueltos en un pellejo pálido, un rostro asustado en el que nadaban sus azulísimos ojos ingleses.

«Pobre hombre… se sabe muerto», se dijo el naturalista… y la asunción de una mortalidad tan ajena como propia le sumió en el mismo silencio que el de su amigo, hasta que el sueño, luchador astuto, les venció sin alharacas.

 

A la mañana siguiente, envueltos en sus ponchos y cabizbajos como azores, los dos emprendieron rumbo hacia Las Vacas, un puesto comercial que besaba las orillas del río Uruguay. Un olor acre y, en cierto modo, forastero, les inundó las fosas nasales a medida que sus monturas iban dejando atrás leguas y leguas de pastos verdes.

—Norteamericanos —explicó uno de los gauchos—. En el Arroyo de las Víboras. Tienen un horno de cal.

—El progreso —dijo Darwin. Fueron sus únicas palabras en todo el día. Todo comentario era superfluo en aquel mundo de verdes y azules y grises en el que se movían. El viento arrastraba ocasionales nubes de polvo cáustico, silbidos incomprensibles y el eco confuso de unas voces que hablaban de asuntos que en nada los afectaban. Todo ruido parecía extraño. Toda palabra, innecesaria. La lenta marcha hacia el norte, siguiendo siempre las riberas del Uruguay, sólo se veía amenizada por el silencioso inventario de fósiles y teorías que llevaba a cabo el naturalista. Si alzaba la vista, algo que pocas veces sucedía, el horizonte que se le presentaba era de una uniformidad aterradora. Si atisbaban el paso raudo de algún jinete persiguiendo caballos salvajes ya era suficiente distracción para unas horas.

—En ocasiones —le explicó a Rowlett a la noche, mientras acampaban en la compañía de los norteamericanos y su horno de cal— creo que lo único cierto, lo único real y duradero de este viaje, son estas pequeñas incursiones tierra adentro. Que mis compañeros de tripulación más fiables son los dibujos, los fósiles y los pájaros disecados que envío a Inglaterra. Que son más reales estos gauchos, sus caballos y sus hogueras que las canciones de los marineros y las órdenes de nuestro capitán Café Caliente. Y cuando me percato de que esto es así es cuando empiezo a plantearme si mi salud mental es la correcta.

—Dado que se presentó usted voluntario, Charles, creo que ya tiene la respuesta a esa pregunta.

Darwin forzó una sonrisa pesarosa en su rostro barbudo y quemado por el sol y el viento. Ya no había en él ni rastro del muchachuelo idiota y arrogante que había dilapidado el dinero de su padre.

—Cierto, ¿verdad? Sí… tiene razón. Loco, loco como sólo lo puede estar un perro o un inglés. —Apuró el vaso de vino y se recostó con un gemido—. Avíseme cuando amanezca, Rowlett. Espero que el sueño me traiga mejores imágenes que el día.

Con el nuevo día tocaba ir rumbo al norte, hacia Punta Gorda, bordeando los frondosos bosques de árboles bajos que crecían a la vera del Uruguay. Allí donde iba a unirse al Paraná se delineaba una frontera perceptible entre las dos aguas, transparentes unas, lodosas las otras.

—Buena agua —susurró Covington. Rowlett se adelantó unos pasos al resto de la comitiva de jinetes. Su triste figura, encorvada y temblorosa, levantaba murmullos entre los feroces gauchos. Hasta ellos, despectivos con todo aquello que viniera allende de los mares de yerba que eran su patria, reconocían que el contador tenía las pelotas bien puestas. Medio muerto y todavía erguido en la silla, sin doblarse, sin rendirse. El mismo Darwin, por más que pensara que cometía una locura al no ceder, al no descansar, admitía que en su locura existía cierta lógica confusa.

—Se niega a aceptar su propia muerte, Syms.

—¿Se va a morir, patrón?

—Todos nos moriremos. Pero él… sí, supongo que más temprano que tarde.

El simplón y atractivo rostro de Covington, que le hubiera granjeado las universales simpatías femeninas de no ser por su acérrima moral anglicana, expresaba una duda más que razonable. Había visto morir a sus compañeros de tripulación, cierto, pero habían sido accidentes, eventos súbitos que sorprendían tanto que cualquier hubiera esperado que el cadáver se levantara al tercer día.

La lenta y penosa muerte por enfermedad era un asunto muy distinto. Rowlett se consumía poco a poco, desde el interior, devorado por un demonio invisible y perverso. El contador se moría, tan cierto como que los días caían los unos tras los otros, y la única incógnita era cuánto más lograría aguantar… y qué era lo que lo mantenía con vida cuando por lógica ya debería haber caído.

—Una mujer, patrón —repetía Covington—, no hay otra explicación.

—Ya, Syms… ¿pero dónde? Que yo sepa no hay mujeres a bordo de la Beagle, y en sus visitas a puerto es un hombre tan casto como el Bautista…

—Todo el mundo tiene secretos.

—No en un barco tan pequeño. Apostaría mi futuro sueldo a que sabes, o al menos sospechas, quién es ese paliducho del que todos los marineros hablan, el que está propagando la sífilis entre la tripulación.

—Yo…

—No, tranquilo… a mí me gustan los delatores tan poco como a ti. Además, eso es asunto del capitán, no nuestro.

Más allá de la vista quedaba la ciudad de Mercedes, a horcajadas sobre el Río Negro. No llegarían antes del anochecer, por lo que decidieron pedir la hospitalidad del dueño de una inmensa finca, más de diez leguas cuadradas de buenos pastos, aguas frescas y ganado próspero. El dueño, un porteño con ínfulas de intelectualidad, se encontraba en Montevideo, pero su joven sobrino, Don Alfonso, los acogió con una sonrisa de alivio.

—Tengo a un buen amigo como invitado —les explicó mientras los acompañaba al salón—, pero es un capitán del ejército y, verá, de la facción que surgió derrotada en Buenos Ayres…

—Estuve allí —dijo Darwin—: descuide, me hago cargo.

—¡No sabe cuánto se lo agradezco! Es buena gente, no se crea, pero quizá no convenga sacar a la luz ciertos temas…

No hubo dificultad alguna. Pese a lo difícil de su situación, tanto el capitán como su séquito de tenientes, sargentos y cabos se mostraron de lo más corteses, aunque mantuvieran una actitud distante y recelosa de las noticias que interesaban al ancho mundo que existía más allá del Mar de La Plata.

—El gaucho —decía uno de los sargentos— no es un hombre sino una bestia. Inhumano y salvaje, mestizo no sólo de sangre sino de alma. Confiar en él es como confiar en una serpiente o en una mujer.

Ni Darwin ni Rowlett hicieron ademán de contradecir tales palabras, aunque bien que hubieran podido argumentar en contra. Los militares les pedían a los ingleses información cumplida sobre lo que ocurría en esos países que estaban al otro lado del océano y que, acaso, quizá fueran reales.

—Dicen —aseguró uno de los cabos, un mostrenco de bigotazos de morsa y rostro moreno como un grano de café— que en el sur y en el norte hay países en los que tienen días de seis meses y noches que duran otro tanto.

—¡Patrañas! —aulló un sargento—. ¿Quién viviría en un lugar así?

—Seguro que hombres pálidos y muy altos —aventuró otro—, como las semillas que germinan en un granero oscuro.

Mientras sus hombres divagaban sobre lo humano y lo divino, aunque más bien sobre lo primero que sobre lo segundo, el capitán se acercó a Darwin. El humo de la hoguera ascendía trenzando tirabuzones grises hacia el techo, donde desaparecía por una abertura allí practicada con una suerte de tiro natural. El capitán, no menos ahíto y ebrio que el insigne cazamariposas, le cogió por el codo con la camaradería que ofrece el vino.

—Tengo una pregunta para usted, amigo inglés… y estaré en grave deuda con usted si me dice la verdad.

—Hágala, hágala —replicó Darwin, entrecerrando los ojos. Una cómoda lasitud le embargaba por completo. El cansancio de tantos viajes, de tantas salidas apresuradas, tantos soldados y tantos barcos, tantos cambios de destino e incursiones tierra adentro, allí donde no alcanzaba la autoridad de capitán alguno, allí donde sólo él era el amo de su destino… o ésa era la ilusión que pretendía mantener a toda costa… bendito fuera el descanso, el sueño, la despreocupación, aun cuando no fueran más que transitorias y tras ellas aguardara el inevitable maremagno del regreso a la realidad.

—Es usted un científico… desde su punto de vista, ¿existen mujeres más hermosas y encantadoras que las mujeres de Buenos Ayres?

Darwin estuvo a punto de soltar la carcajada, pero se percató justo a tiempo que la pregunta era seria, muy seria. Del cuello del capitán colgaba un relicario en el que, a buen seguro, guardaba un mechón de pelo moreno de alguna beldad porteña, una de esas jovencitas de rompe y rasga capaces de hacer perder la razón y el nervio al hombre más tenaz. Quizá llevara meses sin verla. Quizá sólo supiera de ella por medio de cartas, y no había asunto más penoso que un amor epistolar, impotente y nervioso, estirándose a través de los días y las millas…

«¡Cartas! ¡Rowlett! —pensó, reprimiendo el impulso de chasquear los dedos y gritar ¡Eureka!—. ¡Ya sé lo que le ocurre al pobre diablo!»

—Son las más encantadoras y hermosas, desde luego.

El capitán sonrió de oreja a oreja mientras sus subalternos vitoreaban la respuesta. Darwin conservaba esos modales ingleses que le permitirían ser amable y educado hasta con un pingüino, si era menester.

—Tengo otra pregunta para usted…

—Por favor.

—¿Hay mujeres en alguna otra parte del ancho mundo que lleven tan largos cabellos, tan hermosos rizos? Por favor, sea sincero y científico.

No era necesario que al naturalista le enseñaran un retrato de la dama que ocupaba los pensamientos del uniformado: la jovencita estaba pintada en su rostro con tanta fidelidad como si la hubiera perfilado el bueno de Martens.

—En ninguna otra parte del mundo las hay, capitán —respondió. Tanto el oficial como sus subordinados se mostraron encantados y felicitaron al joven Don Alfonso por acoger en su casa a viajeros tan sabios.

—¡Fijaos! —proclamó el capitán—. Nosotros ya lo sospechábamos, no somos tontos los que vivimos a las orillas de La Plata, pero ahora nos lo confirma un hombre que ha visto medio mundo con sus propios ojos.

Los soldados empezaron a cantar, e incluso los gauchos, que cenaban juntos en las dependencias del servicio, se unieron a la fiesta con silbidos y risotadas estruendosas. Incluso Rowlett parecía algo más animado.

—Tiene usted mano izquierda, cazamariposas —dijo, con una sonrisa que parecía convertir su rostro en una calavera de cuero—. Quién lo diría al verlo.

Darwin también sonreía, y quizá del mismo acerbo modo que el contador. Los dos contemplaban una verdad desnuda que resultaba tan inaceptable como inevitable. Era hora de sincerarse.

—Usted lo sabe, ¿verdad? —suspiró el contador.

—Lo intuyo. Quizá sea mejor no saberlo. —Sorbió un poco del mate; amarguísima poción, Darwin era incapaz de cogerle el gusto como habían hecho Covington o Dring; pero rechazar un mate era una ofensa en toda regla—. ¿Dónde está ella?

—En Valparaíso.

—Lejos. —Darwin silbó y le pasó el porongo al contador—. Demasiado.

—Lo sé. —Rowlett jugueteaba con la bombilla, sin sorber del contenido. Los ojos se le habían hundido en el cráneo y parecían brillar desde el fondo de una caverna de hueso negro—. No llegaré allí. Al menos, no vivo. Quiero que me haga un favor, Charles. Es usted un hombre de palabra, y al contrario que los oficiales de la Beagle, no está poseído por el demonio de la cartografía. Debe ayudarme.

—No sé si debo…

—Escúcheme. Los dos sabemos que la tisis me está devorando en vida, como un maldito monstruo hundido en mi pecho. Cada día es un tormento insufrible. Apenas si puedo abrir la boca sin escupir mis pulmones en pedazos. Búsquela, Charles. Cuando lleguen a Valparaíso, busque a una mujer llamada Angélica Villanueva de Alcázar. Es… una muchachita preciosa, trigueña, ojigarza… inconfundible. Malcasada con un monstruo llamado Manuel Santiago Correa, uno de los principales valedores del amo de facto del país, Diego Portales. —Rowlett tardaba una eternidad en pronunciar cada palabra, pero el naturalista no mostraba síntomas de impaciencia. Al contrario: helado, asistía con una mueca de inevitabilidad a las palabras de su compañero—. Dígale que lo he intentado. Que he hecho todo cuando estaba en mi mano. Pero hay enemigos a los que es imposible derrotar. Dígaselo, Charles.

—Lo haré.

—Gracias. Sé que puedo confiar en usted.

Apenas despierto, derrotado del cansancio y la enfermedad, el contador cayó pronto en un sueño ligero y nervioso, sudoroso de la fiebre y el desánimo. Los gauchos y los militares cantaban, cada uno a su modo, y ambos coros desafinaban bajo las gruesas vigas que sostenían la techumbre. Las rondas de mate iban y venían, en una camaradería de la que no se sentía partícipe. Covington roncaba. El mundo, más allá de las paredes, era y seguiría siendo el mismo… pero una buena parte de la concepción que Charles Darwin tenía acerca del mundo y sus pobladores había cambiado para siempre.

Trató de dormir, pero dado que el sueño no era sino el don de una conciencia limpia y tranquila, permaneció toda la noche en vela, imaginando qué podría decirle a aquella muchacha, allá en la lejana Valparaíso, que le ofreciera alguna clase de consuelo. Y por más que pensó, no tuvo ninguna ocurrencia.