La travesía
Capítulo 29
Los encuentros clandestinos se sucedían al filo de la noche y con la luna como mudo y traidor testigo; Dring, loco y ciego como cualquier enamorado, salía de la posada una vez puesto el sol, creyendo que dejaba a Joe dormida e ignorante de todo cuanto sucedía. La muchachita, dominada por un nuevo y desagradable sentimiento que no sabía definir, había seguido a su patrón hasta en media docena de ocasiones, embozado el rostro en ropas negras. Tras la primera correría nocturna, el resto de ellas no habían sido más que postreros mazazos que hundían en su pecho, más y más, la estaca de la desazón.
—Es una estupidez —se repetía a sí misma—. ¡Condenado cabrón, que haga lo que le venga en gana! ¡No me importa!
Pero a la noche siguiente volvía a cubrirse el rostro y le perseguía por las intrincadas callejuelas de la ciudad, tan lejos de la recta cuadrícula a la que los españoles de colonias eran afectos. Le aterraba la posibilidad de caer en las zarpas de algún miserable que la pudiera matar o violar, pero sentía algo, ese algo, no sabía qué, que la obligaba a moverse y a sufrir como una idiota, cuando estaría mucho mejor en la cama, durmiendo y soñando con lo que soñaran las niñas de trece años.
Las excursiones nocturnas de Joe terminaron de golpe una mañana de primeros de noviembre. Intentaba Joe cuadrar los libros de cuentas conforme a lo dispuesto en las ordenanzas de la Marina cuando una sombra la distrajo. Era el teniente Wickham, moreno como una castaña y con aire preocupado, ese aspecto que atenaza a los hombres que no han dormido bien en semanas.
—Teniente Wickham, qué alegría verlo.
—¿Dónde está Dring? —El oficial se derrumbó en una de las sillas y aspiró hondo, como si le faltara el aire—. ¡Qué locura! ¿Hay algo para beber en este condenado cuchitril?
Joe le acercó una botella llena de un excelente tinto, de la que el teniente bebió largamente, manchándose la pechera del uniforme.
—¡Unas semanas horribles, muchacho! El Almirantazgo casi nos hace perder la cabeza y el viaje, ¡condenados sean todos! No bien el capitán repasó la correspondencia atrasada se percató de que esos archiestupendos Lores, allá, en casa, reprobaban sus actos como cartógrafo y criticaban que hubiera tomado a su cargo a la Adventure. ¿Te lo imaginas? —Sacudió la cabeza, apesadumbrado—. ¡Y eso no es lo peor! El capitán cayó en uno de sus trances… tú ya los conoces. Creímos que se suicidaría. El pobre Sulivan tuvo que atarlo a la cabecera de la cama, y Fuller le estuvo suministrando día y noche una pócima de láudano que preparó Bynoe. Sin embargo, insistió en dejar el mando y ceder la capitanía de la Beagle. Cedérmela a mí.
—¿Y qué hizo usted, teniente?
Joe apenas si lo escuchaba, más atento a las complejas matemáticas que mantenían en orden las despensas del bergantín que a los delirios que pudieran tener sus superiores. Si al capitán Café Caliente le daba por abrirse las venas con un abrecartas oxidado, ¿quién era ella para impedírselo?
—Menos mal que logramos convencerle para que retomara el mando. Sé que regresar con la Beagle a casa hubiera sido un honor… un auténtico honor, que me hubiera abierto las puertas de ascensos inmediatos, pero creo que éste no es el modo. —Wickham suspiró, como si se estuviera quitando de encima el peso muerto de muchas horas duras y solitarias—. Y ahora tenemos que zarpar hacia el sur… ¿dónde está el canalla de tu patrón?
—Tiene una reunión de negocios con el señor Lyndon —mintió Joe con soltura, algo a lo que se estaba acostumbrando con demasiada facilidad—, pero iré a buscarlo ahora mismo.
—Buena idea. ¡No esperamos a nadie para zarpar!
Sabía demasiado bien dónde encontrarlo, y no era en la compañía del cínico Lyndon. Montó en la mula y recorrió el corto camino que separaba su posada de la pequeña casa en la que su patrón y aquella zorra española se veían a solas. Pensaba en cómo afrontar el encuentro, cómo vencer la resistencia de Dring a separarse de los brazos de Villanueva, en su aspecto desastrado y ridículo, en los lazos que unían a hombres y mujeres más allá de la conveniencia y la urbanidad… la casa a la que se dirigía tenía dos pisos, tejas muy rojas, paredes encaladas y una hermosa parra que crecía aferrada a los ladrillos. El rostro de Dring al verla entrar en el patio reflejaba muchos sentimientos, pero el primario era una feroz vergüenza. Angélica se separó de él y se cubrió con una sábana de raso, aunque en ningún momento pareció incómoda por haber sido descubierta en déshabillé.
—El señor Wickham le manda volver a la Beagle, patrón —dijo Joe, tragándose unas espesas lágrimas—. Philos ya ha subido a bordo, tan enfermo como Job, y partiremos mañana mismo hacia Chiloé.
—De… de acuerdo. Dame unos minutos para… para despedirme.
—No tenemos mucho tiempo. —Joe insistía con una tenacidad de perro de presa —. Esperaré fuera.
Fueron unos minutos de susurros acallados por los gruesos muros de piedra que rodeaban la casa. Grandes moscas impertinentes zumbaban sobre las calles. Desde allí se divisaban los mástiles del puerto: los que portaban velas blancas podían ser los de la Beagle.
—Vamos, Joe —dijo Dring, montando en su propia mula. Sobre él parecían haber caído dos docenas de años. Los ojos, rasgados y verdes, no enfocaban nada concreto —. Vamos. El capitán nos espera.
Joe miró hacia atrás y vio que Angélica Villanueva le hacía gestos para que se acercara. Dring no miraba hacia atrás, tan sólo hundía la cabeza en los hombros al ritmo derrengado de la mula. El pecho de la muchachita temblaba de envidia. ¿Por qué no podría ella ser tan hermosa, tan digna, tan carente de todo escrúpulo?
—Debes creer que soy una… furcia —le dijo ella en tono sereno—. Y quizá sea así, pero tengo mis motivos. No conoces la sensación de agobio, la quietud, la presión continua… pero eso no importa. No tengo necesidad de explicarme ante ti.
Joe no decía nada. Junto a Villanueva se sentía débil, insulsa y torpe como una pazguata pueblerina. Había visto medio mundo a bordo de la Beagle y, sin embargo, nada sabía de lo que había visto. Todos los países, todas las costas, todas las playas y montañas y tribus indígenas no dejaban más huella en su mente que unas pocas imágenes sin mayor sentido, sin conexión con la realidad. Y era la Villanueva, quien jamás había salido de Valparaíso, la que parecía dotada de experiencia, de sabiduría.
—Dring es para mí tan querido como lo pueda ser para ti, jovencito.
—Nos sacó, a mí y a mi hermano, de la miseria en la que vivíamos en Inglaterra. Sin él hubiéramos terminado trabajando como esclavos, o muertos de hambre, o quién sabe cómo. Le debo algo más que ese cariño. —Joe la miró con desespero. Con movimientos lentos, se desabotonó la blusa y se desciñó la venda que le aprisionaba los pechos. Angélica tosió y desvió la mirada tras un instante—. Y como ve, no soy un muchachito.
—Entiendo. Eres una rival.
—¿Cómo podría serlo?
—¿Cómo podrías no serlo? —Angélica frunció el ceño—. Pero lo necesito, y será mío, y mía será la libertad. Ahora, vete. Tengo cosas que hacer.
Joe asintió. ¿Una rival? No, no podría serlo nunca.
James Ryan los esperaba bajo la incesante lluvia de Chiloé, refugiado en el prominente alero de una de las muchas iglesias arruinadas que salpicaban la costa en la bahía de San Carlos. Aunque habían pasado pocos meses desde que lo dejaran allí, a su hermana se le habían hecho eternos y los dos se fundieron en un fuerte abrazo.
—Basta de sensiblerías —dijo Bynoe en tono de chanza, dándoles sendos capones—. Acabaréis por despertar las sospechas del capitán y los tenientes: ya tienen la mosca detrás de la oreja.
—¡Te dije que vendría a buscarte! —susurraba Joe, transida de alegría. Tras ellos, pequeños por la distancia, dos botes balleneros se alejaban de la bahía en direcciones opuestas. Uno de ellos, comandado por el infatigable Sulivan, se dirigiría a lo largo de la costa oriental de la isla, mientras que la Beagle partiría en pocas horas bordeando la occidental esperando encontrarse ambos en la isla de San Pedro, al sur de Chiloé. Otro ballenero, éste comandado por el mismo señor Low que vendiera al capitán FitzRoy el Adventure, se dirigía hacia el archipiélago de Cronos para realizar allí más mediciones cartográficas. El capitán, silencioso y funesto, observaba el mar desde el castillo de popa. Junto a él, sumido en ese silencio deudor de un futuro incierto, el contador Dring, con su elegante casaca gris y su mejor sombrero, afeitado y casi irreconocible, soñaba quizá con la mujer que dejaba atrás y los momentos, los suspiros y las promesas que había derramado entre sus brazos.
—Estoy muy bien aquí —dijo James—. El padre Bartolomé me ha tomado a su cargo y estoy aprendiendo a hablar español. Ya no tengo sueños con… con la Beagle. ¿Te han dejado en paz?
—No me han tocado. El señor Bynoe y el señor Dring han guardado el secreto.
—El naturalista sospechaba algo.
—El naturalista es un pobre hombre, un mentecato inofensivo —dijo Joe, con una sonrisa expresiva como pocos discursos—. Tan sólo se preocupa de sus animales, sus rocas y sus mareos. Además, creo que conoce otro secreto mucho mayor.
En pocas palabras, y con la premura de quien apenas dispone de unos momentos, Joe puso a su hermano al tanto de la clandestina relación que unía a Angélica Villanueva y a su patrón, de la existencia de un marido engañado y de los esbozos más primarios que pudieran darse de la compleja política porteña.
—¿Y qué piensa hacer el señor Dring?
—¡Ojalá lo supiera! Lo que hace es una locura… el marido de esa desgraciada es un hombre importante en Valparaíso, amigo de Portales y rico como Creso… cuando descubra el engaño hará que los maten a los dos.
Los ojos de la entristecida Joe, glaucos como un charco de rocío, se entrecerraban de pesadumbre y cansancio.
—Y si él muriera…
—Prefiero no pensar en esa posibilidad —musitó ella. James asintió, como si él pudiera comprender lo que la propia muchacha no alcanzaba siquiera a intuir. Tras un rato de silenció, hablaron sobre la comida en la isla, sobre la lluvia que parecía no dejar de caer de un cielo del color del plomo, sobre la nula higiene personal del contramaestre Chaffers, la demencia intermitente, fuera terciana o cuartana, del capitán FitzRoy, la soledad de las travesías marinas, el olvido de lo que quedaba en tierra y el pavor que inspiraba la costa a sotavento. Fue Bynoe quien llegó a interrumpirlos.
—Pequeña, debemos irnos.
—¿Tan pronto?
—Las mareas no aguardan, y el capitán menos todavía. No te preocupes… tu hermano volverá a casa, tarde o temprano.
—Estaré bien —dijo James, encogiéndose de hombros—. Aquí la comida no es mala y me tratan con respeto. Y las tareas son mucho más sencillas que a bordo. Aquí estaré muy bien, no te preocupes.
Estaría bien, mejor que al alcance de las manos de los lascivos marineros de la Beagle, desde el gaviero Clarke hasta el cocinero Phillips. El futuro de Joe estaba lejos de Chiloé, y mientras inspeccionaban sus costas y viajaban por el interior de la isla, mientras intentaban subir al monte Huamblin y desistían por lo grotescamente fértil de la vegetación, mientras partían hacia las islas de Cronos en medio de una mar impasible erizada en olas de veinte pies que mecía el bergantín como si de una nuez se tratara, mientras cazaban carneros en la isla de Yuche y el estruendo de los disparos se dispersaba junto con las efímeras nubéculas de pólvora, mientras devoraban ostras a la brasa sazonadas con sal recogida de los huecos de las rocas, mientras Darwin cometía la peor de las impertinencias posibles preguntando a las dignas y católicas señoritas de Castro «¿cómo es que sus obispos no se casan?», mientras observaban una fabulosa erupción volcánica del monte Orsono y las pavesas rojas como la cola de Satanás ascendían en el cielo, mientras la femenina y discreta Beagle surcaba un mar que parecía infinito sin tener asomo alguno de detenerse en un puerto reconocible, la ya no tan pequeña Joe Ryan, agusanada por los celos, dejaba atrás su pasado y se internaba en un futuro que se le antojaba tanto o más oscuro que los días que dejaba atrás, hundidos en la espuma fosforescente que el bergantín dejaba a su paso, rumbo a Valdivia.
—Duerme como si no conociera el pecado, el muy canalla.
—¡Syms! ¡Sé un poco más respetuoso!
—De todos modos, no nos oye.
El naturalista roncaba ligeramente bajo las sombras de un ralo bosque costero en las cercanías de Valdivia, con el raído sombrero sobre la cara y una botella de vino medio vacía sobre un lecho de hojas secas, a la sombra del ominoso Fuerte de la Niebla, una vieja y ruinosa fortificación española que se encontraba en tan mal estado que el bueno de Wickham había asegurado que se derrumbaría con un solo cañonazo.
—No, señor mío —había replicado el oficial al mando, todo bigotazos negros y ojos de borrachín confeso—, ¡al menos aguantaría dos cañonazos!
Junto a él, Wickham, Covington y Joe contemplaban el mosaico azul y gris del mar, mientras que Dring, un poco alejado y hundido hasta las corvas en un charco de melancolía, escribía una carta con velocidad febril: el barco correo estaba a punto de partir y uno de los grumetes, un niño asombrosamente rubio, esperaba a que terminara tamborileando con sus pies en la arena.
—Nuestro contador parece nervioso —dijo Wickham—. ¿Sabes tú algo de eso, Joe?
—Nada, señor.
—Es de lo más extraño. Diríase que estas latitudes trastornan a los hombres mucho más que sus homologas en el norte. —Wickham, como buen inglés, trataba de ver una conexión lógica en hechos que bien pudieran deberse a la mera casualidad. Los ronquidos de Darwin oficiaban de cómico contrapunto—. ¿No has notado nada extraño en él?
—Nada, nada que yo haya podido ver, teniente —respondió Joe. Cada vez que pensaba en su patrón no podía evitar que, inoportuna, se le asomara a los ojos la imagen de la Villanueva, esbelta y hermosa como una ninfa pintada por Delaroche: su piel perfecta, su pelo oscuro y esos ojos en los que cualquier hombre desearía perderse, abandonar su suerte y, finalmente, extinguirse.
—Sea como sea, se ha convertido en un auténtico maníaco. En los últimos días no se ha dedicado sino a cebar y limpiar las pistolas que le ha pedido prestadas al bueno de King, y yo me pregunto, ¿para qué diablos quiere ese pobre diablo unas pistolas? No creo que sepa dispararlas.
La propia Joe portaba sus armas, y tampoco se separaba de ellas. Ya sabía usarlas lo suficientemente bien como para destrozar una jarra de vino a veinte pasos de distancia, y aunque todavía no poseía la puntería del joven y pendenciero Stokes, que podía arrancarle la cabeza a la reina de corazones a diez pasos de distancia, sí que había realizado demostraciones de disparo en el combés, dejando bien claro que sabría defenderse llegado el caso.
—Diablos —decía Wickham, quitándose la pesada casaca y refrescándose el rostro con una toalla húmeda—, qué calor más horrendo. ¿Sabes, muchacho? Es una bendición que tu hermano nos haya dejado, y no creas que pretendo ser impertinente, pero… el nefando pecado al que estaba arrastrando a los marineros…
—Y a alguno de los oficiales —gruñó Covington, que mordisqueaba una manzana con deleite—. ¡Ja! También oficiales.
—… nos iba a colocar en un difícil brete. Lo que me extraña es que te hayan dejado a ti en paz. Por Dios que, desde cierto punto de vista, podrías parecer una muchachita.
Joe no dijo nada; notaba en su cuerpo la presión de los pequeños pechos bajo la tela que los aprisionaba, las caderas que cada día parecían crecer y redondearse, las nalgas y la voz que se iba tornando, aunque un tanto ronca, inconfundiblemente femenina, con lo que debía ahuecarla, impostando un tono del que carecía y por el que terminaba todas las noches aquejada de una dolorosa ronquera.
—A veces —dijo el naturalista, que se había despertado y los miraba a todos por debajo del ala de su sombrero— tengo sueños tan vividos que creo en ellos con tanta pasión y sinceridad como si fueran reales. Acabo de tener uno de ellos…
Joe, convencida de que Darwin no era más que un chiflado, inofensivo, pero chiflado, desvió la mirada hacia el mar. ¿Cómo creer en cualquier tipo de cambio, en cualquier posibilidad de mejora o de trastorno, cuando el mar era omnipresente e inmutable? Nada lo afectaba. Las peores tormentas imaginables podían desgarrarlo y convertir en espuma su superficie, pero al cabo de unas horas volvería a la calma y sería el mismo mar que antaño, el mismo que era y habría de ser.
—… y se me vino a la cabeza la idea, quizá ridícula, de que cierto cambio era posible, incluso deseable, en el orden natural de las cosas, por lo que…
Una bandada de gaviotas levantó el vuelo de pronto, abandonando el cadáver de un delfín que habían estado devorando a picotazos y graznidos. Joe buscó lo que pudiera haberlas asustado, pero aparte de ellos cuatro, la playa estaba por completo desierta. Las olas morían en la arena con una extraña pereza, sin levantar apenas un murmullo.
—Qué silencioso está todo —musitó.
—Cierto —dijo Syms, con una mirada de preocupación en aquel rostro ancho y bonachón en el que pocas luces podían leerse por norma—. No se oye nada, ni un alma.
Fue Darwin el primero que notó el movimiento, la sacudida; parecía provenir del este, como si un gigante de dimensiones inconcebibles le hubiera sacudido un puntapié a las montañas. Se levantó de un salto y, en ese momento, lo sintieron el resto de sus compañeros.
—Un terremoto —dijo Wikcham, tan incrédulo como si en lugar de un seísmo hubiera visto una procesión de fantasmas a plena luz del día. No les resultaba difícil mantenerse en pie: el movimiento devenía en una sensación muy parecida a lo que sentían en la propia Beagle cuando afrontaba una marejadilla de olas rápidas y pequeñas, de esas que tan abundantes eran en el Mediterráneo. Durante unos dos minutos, el mundo tal y como era parecía desvincularse de su anterior solidez, dejando en entredicho la composición de sus mismos cimientos; algunos árboles cayeron, quizá los más débiles o los que no estaban lo bastante bien enraizados en un terreno que, mezclado con el agua, se convertía en un lodo fluido e inestable.
—Ya está —susurró Joe cuando todo terminó—. ¡Vaya!
—Deberíamos regresar a Valdivia —dijo Wickham, cuyo rostro todavía no había recuperado el color y exhibía un tono cadavérico—. Todos los oficiales están allí y sería una terrible desgracia si…
No expresó sus temores, pero hasta el taciturno Dring, sumido en el trance de encontrar un modo honorable de cumplir sus promesas hacia Angélica Villanueva, se imaginó la ciudad reducida a escombros, las iglesias derruidas y bajo sus ruinas centenares de fieles aplastados, miembros rotos y cabezas aplastadas, en un espanto imprevisto.
Si la ruina había sido tremebunda en Valdivia, la ciudad de Concepción parecía haber sufrido la ira de un dios vengativo y salvaje cuyo puño se hubiera abatido sobre sus calles. Esperando el mejor momento para atracar, Darwin y Dring desembarcaron en la pequeña isla de Quiriquina, mientras el capitán FitzRoy y el resto de los oficiales, todos ellos ilesos —salvo el teniente Sullivan, que había sufrido un golpe en la cabeza y descansaba en la enfermería bramando contra la incompetencia general de los matasanos— se afanaban en las maniobras propias de la mar.
—Son felices como niños —razonó Darwin—, y tienen motivos para serlo. Su trabajo les convierte en seres aislados del mundo, en miembros de una sociedad que trasciende… ¿en qué piensa, Dring? Está usted solemne como un juez, y desde hace varios días no pronuncia palabra. ¿Se debe a… ese asunto del que sólo usted y yo sabemos?
—No prometa nunca nada a nadie, Darwin —le dijo el contador en tono angustiado—, o se verá atrapado entre la espada y la pared, y ni la espada se está quieta ni la pared es del todo lisa, ¿sabe?
Algo en los andares de Dring le hacía parecer un Moisés, extraño en tierra extraña. Aunque todos los miembros de la Beagle habían sufrido en sus carnes los años de viaje, en ningún otro los cambios habían sido tan notables como en él: el rostro macilento, los ojos hundidos y las canas que surcaban sus sienes hablaban de una angustia que nada tenía que ver con las noches de tormenta, las olas como montañas y los arrecifes ocultos bajo los cachones.
—Válgame Dios —dijo a grandes voces el mayordomo de la hacienda a la que se dirigían—, ¿han visto en qué estado se encuentra Concepción? Aquí mismo hemos sufrido calamidades, pero…
Tratábase de un hombre de mirada artera, delgado y calvo, de esa clase de personajes que sólo se sienten confortables frotándose las manos ante la vista de un montón de doblones de oro. Según lo que había escuchado de los comerciantes y lo que él mismo había visto, la ciudad de Concepción había sufrido un destino reservado por norma a los antros de pecadores. No quedaba una sola casa en pie en toda la ciudad, más de dos docenas de pueblos de los alrededores habían sido allanados hasta los cimientos y, para rematar el espanto, una ola de dimensiones colosales había despedazado lo poco que había logrado soportar los furibundos embates de la tierra.
—Puedo imaginarlo —dijo Darwin; las costas de la pequeña isla estaban llenas de todo tipo de enseres, de mesas y trozos de madera, sillas, armarios, incluso tejados enteros que habían sido arrancados de su soporte por la furia de las aguas. Yunques de herrería, el armazón de un cañón, incluso una casa entera, casi intacta, yacían en la costa, enterrados por una cortina de arena llena de conchas rotas y grandes pedazos de roca que las aguas habían arrancado del mismo lecho.
—Los juguetes de un gigante —musitó Dring.
—¿Y los muertos? —se interesó Darwin.
—Hemos retirado a todos los que hemos podido, pero no dudamos que el mar habrá reclamado a una buena cantidad. —El mayordomo no parecía especialmente apenado—. Y habrá todavía algunos enterrados bajo los escombros. De todos modos, hemos sido afortunados. De haberse producido el terremoto en la noche, todas las casas se habrían derrumbado sobre sus habitantes y…
la mañana siguiente, en compañía de FitzRoy, el naturalista y el contador recorrieron las calles de Concepción. Las construcciones más pequeñas se habían convertido en burdos montones de barro. De las más grandes sólo restaban unas pocas vigas e hileras sueltas de ladrillos. La casa del cónsul general inglés, el señor Rous, se había convertido en una ruina maltrecha de la que ascendían débiles columnas de humo. Y, sin embargo, el número de muertos no era muy elevado para tanta destrucción como podía verse.
—Vamos contando cien muertos —les dijo Rous, sucio y maltrecho como un bucanero—, y aunque el número fuera cinco veces superior, aquí se darían por contentos.
—Es un milagro que no hayan muerto todos —dijo Covington, con su usual falta de tacto.
—No milagro, sino prevención. Aunque terremotos tan salvajes como éste no son muy frecuentes, éste es un lugar de abundantes movimientos telúricos. En cuanto notan la primera sacudida, o ven que sus animales domésticos están anormalmente intranquilos, los habitantes de esta región salen corriendo de sus casas a cuanta velocidad pueden, y suben a las colinas cercanas. Así se han salvado de la ola que vino después del seísmo.
—Dicen que llegó a medir más de veinte pies por encima del nivel de las mareas de primavera —apuntó FitzRoy.
—Si es así, no lo sé: no tuve tiempo de medirla —aseguró Rous, y en sus palabras no había el menor asomo de ironía. De manos del cónsul atravesaron lo que antes había sido una ciudad y en aquellos momentos no era más que un escenario devastado. Todos aquellos que habían perdido sus hogares, incapaces de reaccionar, se sentaban sobre el montón de barro en que se habían transmutado sus viviendas y allí se pasaban el día entero, incapaces siquiera de protestar o de llorar. Parecían estar más allá de las emociones humanas; hasta las hermosas muchachitas chilenas, de las que nadie hubiera dicho que fueran capaces de perder la sonrisa o el coqueteo de sus ojos oscuros y sus larguísimas pestañas, parecían apagadas, marchitas, ensimismadas en su desgracia.
—He visto miseria a lo largo de mi vida —dijo FitzRoy—, bien lo sabe Dios. La vida del marino está llena de calamidades. Barcos mal construidos que se hunden de golpe y dejan tras de sí a un centenar de viudas. Una explosión en la santabárbara que se lleva por delante la vida de doscientos marinos y tener que recoger de las aguas sus cuerpos despedazados por las astillas y el fuego. Pero esto… es distinto.
Sí que era distinto. En los ojos de aquellas gentes se leía la desesperación que provoca el saberse arruinados, que cualquier futuro cercano quedaba enterrado bajo lo que antes habían sido sus casas, que habían perdido cualquier medio para procurarse comida y que el futuro… que el futuro ya no era tal, sino hambre y pobreza y años de penurias hasta lograr salir adelante, si es que antes no les golpeaba otra adversidad, porque bien decían los españoles que al perro flaco todo le eran pulgas.
—Jamás volveré a reírme de quien sale de casa espantado ante un temblor de nada —dijo el naturalista en tono mortificado—. Es un espanto… si hubiera un foco volcánico bajo nuestra Inglaterra, ¿cuántas veces no habríamos sufrido de este modo? Quizá la prosperidad de un país no dependa tanto de sus gentes y sus talentos como de sus condiciones naturales.
—No se reirá ni usted ni nadie que viaje en mi barco, Charles —dijo FitzRoy, demudado de rostro y ánimo—. Nadie que haya visto esto podrá reírse.
Quizá lo único positivo de tan luctuoso suceso fueron los estudios geológicos que el naturalista, acompañado de su hosco ayudante y los animosos grumetes Billet y Davis, pudo realizar en la depauperada costa de Concepción. Repasando los datos obtenidos mientras se dirigían rumbo al norte atrajo la atención de la camarilla de oficiales. Éstos, silenciosos y deprimidos tras el horrendo espectáculo que dejaban atrás, acudieron a lo largo de aquellos días a la atestada cabina de Darwin, en la que se amontonaban jarras de cristal llenas de especímenes, montañas de rocas cuarcíticas, mapas arrugados y babilónicos montones de notas llenas de una letra apretada, casi ilegible.
—¡Siéntense, no pidan permiso! —aullaba Darwin, enfrascado en el catálogo de sus especímenes, fueran o no orgánicos. Primero Wickham, y después Sulivan, Stokes, Stewart y el resto de oficiales y guardiamarinas acudieron a la pequeña covacha de madera; de los baos colgaban pequeñas lámparas de sebo cuya llama ardía con pereza, y en una esquina Covington dibujaba todo lo que se le pusiera por delante, fuera o no necesario, mientras devoraba galletas de mar y se frotaba los ojos legañosos. También él recordaba el damero español de calles en Concepción convertido en una sucursal del infierno, pero no trataba de encontrar un sentido trascendente a lo que había sucedido, algo que sí hacían los oficiales.
—Es cosa sobrenatural —aseguraba Sulivan en tono serio—. Ya ocurrió en Valparaíso hace trece años y volverá a ocurrir por doquier: este país, esta costa, está maldita.
—No creo en más maldiciones que la imprudencia y la temeridad —replicó Wickham, meditabundo—. Desconocemos tanto de los procesos que conforman la Tierra…
—¡No tanto, no tanto! —replicó Darwin, mostrándoles sus dibujos—. Cuál no sería mi sorpresa al pasear por los alrededores de Concepción cuando me percaté de que muchos tramos de la costa parecían haber ascendido a raíz del terremoto.
—Sería la marea baja —gruñó Sulivan.
—No, no, mi estimado Sulivan. Eran rocas que permanecían sumergidas incluso en las bajamares más pronunciadas. Y no sólo eso… al fijarme en las colinas que rodean a la ciudad, en las mismas montañas que se alzan para conformar los Andes, esa estructura se repite hasta donde alcanza la vista.
Los oficiales, entretenidos con sus tazas de té, sus galletas y la parafernalia barroca encerrada en cristal y madera que coleccionaba Darwin, guardaron el respetuoso silencio de la ignorancia.
—¿Qué quiere decir con eso, Charles? —preguntó el guardiamarina King, con la boca llena—. No veo dónde quiere llegar.
—Digo que todos estos hallazgos, pese al trágico escenario en que se han logrado, no hacen sino confirmar las ideas que Lyell expresa en su obra, Principios de Geología. —Alzó el primer tomo para que todos los vieran. Tan sólo Wickham y Sulivan tenían cierto hábito de lectura: el resto de oficiales y guardiamarinas consideraban que los libros eran elementos perniciosos para la moral de la tripulación y del país—. Creo que estas montañas se han creado mediante una serie de temblores y movimientos que, poco a poco, han ido elevando el lecho marino hasta las alturas. Y creo también que este proceso ha durado miles de años, cientos de miles, quizá.
Hubo un silencio tan espeso como el chocolate con leche que tomaban para el desayuno las señoritas chilenas de buena cuna, en el que fueron perfectamente audibles tanto los pequeños chasquidos del cronógrafo que cada oficial llevaba encima como el crujido de las cuadernas y el huraño susurro del mar.
—¿No dijo el obispo Ussher que la Tierra había sido creada en el año 4004 antes del nacimiento del Mesías? —preguntó Forsyth al cabo de un rato.
—La noche antes del 23 de octubre, para ser más exactos —apuntó Bynoe con una pendenciera sonrisa; el cirujano también se dejaba caer por la cabina del naturalista cuando sus obligaciones así se lo permitían—. Un domingo, faltaría más.
—Un momento, un momento —Era Stokes, beligerante y ceñudo, quien se había levantado; como siempre, llevaba sus dos enormes pistolas cruzadas sobre el pecho, más al estilo de un pirata que de un oficial—. A mí me parece que esas ideas son… heréticas.
—Resulta complicado hacer ciencia basándose en las Sagradas Escrituras —dijo Darwin, atemperando cualquier posible discusión—, y yo prefiero atenerme a los hechos que puedo ver, Stokes. Este terremoto, aunque trágico y sin duda espantoso para la población local, puede mostrarnos el camino a una mejor comprensión de…
—Es insoportable —masculló Mellersh, el más lerdo y silencioso de los guardiamarinas y acérrimo defensor de cuanta idea tradicional hubiera en la Marina —, ¿cómo podéis soportar toda esa cháchara? Hace que me estalle la cabeza.
—Es mejor que los lloriqueos del sodomita de Matthews —le espetó Stewart—. Y aquí podemos descansar sin tener que pensar en nada más, ni jarcias, ni olas, ni tempestades ni terremotos. ¡Y ahora cierra el pico, cenizo!
La existencia de tales charlas filosóficas llegó pronto a oídos de FitzRoy. Todavía no se había recuperado el pobre diablo del trauma de verse censurado por el Almirantazgo y en cada ocasión que se quedaba a solas sentía un extraño cosquilleo en el gaznate que no presagiaba nada bueno. En esos momentos de lóbrega soledad, cuando ni siquiera disponía de la presencia del joven y animoso naturalista, era cuando se le presentaban con más nitidez los insistentes fantasmas de Pringle Stokes y de su tío, mudos quizá, pero tan aterradores como sólo lo puede ser la visión de un futuro ineludible.
—Sería tan sencillo —musitaba, pasándose la mano por la piel del cuello, que mantenía afeitada con pulcritud—. Tan sólo un poco más de presión…
Pero, tras pensar de semejante modo, arrojaba la navaja lejos de sí y se sumía de nuevo en una de sus penosas depresiones, en un círculo maníaco que no parecía querer terminar nunca y del que sólo emergía pasados unos días, tembloroso y pálido, pasando acto seguido a desplegar una actividad febril que asombraba tanto como aterraba a sus oficiales, que ya no sabían qué capitán irían a encontrarse a la mañana siguiente. No obstante, en la mayor parte de las ocasiones FitzRoy lograba mantenerse en un equilibrio entre los dos monstruos que le consumían por dentro. En las esquinas umbrías del barco creía entonces ver los ojos de sus dos espectros, reprochándole con su estruendoso silencio que no tomara la decisión correcta, que no abandonara sus esfuerzos, que no cediera por fin y dejara de lamentarse, porque toda su vida era un quejido continuo y ya era hora de que se comportara como un hombre y se despachara como lo hacen los valientes y los que saben cuándo ha llegado su hora.
—Está usted pensativo, Robert.
Darwin se había acercado, en su acostumbrado sigilo; fumaba con evidente placer y lucía ese gesto entre adormilado y bonachón que tan común era encontrar en su rostro. Permanecieron en silencio un largo rato, balanceándose para contrarrestar el cabeceo de la Beagle en el mar.
—¿Piensa usted en lo que hará una vez que regresemos, Charles?
—Apenas si pienso en lo que haré el día de mañana, Robert —rió el naturalista, que parecía haberse recuperado bastante bien de sus dolencias. El propio FitzRoy, al recogerlo días atrás, había llegado a pensar que al pobre diablo no le quedaban ni dos afeitados para ir a rendir cuentas al Sumo Hacedor. Pero, sin embargo, había sobrevivido a sus males y, por más que pálido como un gorgojo, todavía tenía arrestos de proseguir con la expedición y de pensar incluso en nuevas excursiones—. ¿Y usted?
—No hay día en que no lo piense. En ocasiones siento que mi vida, tal y como la conozco, no es fruto de mi libre albedrío, sino que ya ha sido escrita por unas manos que ni me quieren ni me desean bien alguno. No hay decisión que tome que no me parezca haber sido maquinada por otros. Soy un buen oficial. Un excelente oficial. Fui el mejor alumno que jamás haya pasado por la Academia. Mis notas obtuvieron niveles con los que nadie antes había soñado siquiera. Tomé el mando de este barco en el sur más hostil, con toda la tripulación temblando tras el suicidio de Pringle Stokes, y lo llevé a buen puerto. Hemos cartografiado más y mejor que ninguna otra expedición previa a estas costas. ¿Qué más necesito para mirarme al espejo cada mañana y no sentirme como una sabandija, amigo mío?
Era, no hacía falta explicación alguna, una pregunta retórica. Hundido hasta el cuello en la amarga soledad del mando, sentía que tan sólo podía explayarse y ser sincero con aquel joven barbudo y delgado que no pertenecía en absoluto a su mundo y cuya opinión, al margen de la extraña amistad que los unía, no le importaba en absoluto.
—Todos tenemos capacidad de elección, Robert —dijo Darwin—. Fíjese en mí. Todo estaba dispuesto para que fuera médico, como mi padre y mi hermano mayor. De haber seguido sus pasos, ahora mismo estaría viviendo en El Monte, comprometido con Fanny Owen y practicando flebotomías y extracciones de muelas a los campesinos de Shrewsbury.
Se rió alegremente al pensar en lo mucho que difería su presente del que, en rigor, debería haberle tocado en suerte.
—Sin embargo —prosiguió— tuve la oportunidad de ejercer de ayudante para mi padre. Observar cómo se operaba a un niño sin ninguna clase de alivio para el terrible dolor, la sangre y el desmayo, los gritos y el horror de la cirugía… la profesión del médico, y que me perdone el bueno de Bynoe, es sólo apta para los carniceros y los miserables que disfrutan con el dolor ajeno. Abandoné de inmediato los estudios de medicina y me pasé los siguientes años desperdiciando el dinero de mi familia y viviendo como un pisaverde, ora bebiendo los conocimientos de taxonomía de un viejo esclavo negro, ahora liberto, que se apellidaba Edmonstone, ora preparándome para ser un religioso, ora cazando y recolectando piedras y escarabajos… lo que, a la postre, me valió que la pobre Fanny me dejara por el que ahora es su marido. Ya ve, Robert, lo mucho que ha cambiado mi vida en los últimos cuatro años. Ni en el más loco de mis sueños me hubiera imaginado aquí, en las costas de Chile; ni siquiera podía pensar en la posibilidad de estudiar la fauna y la flora de estas islas, de encontrar fósiles que…
—Basta, basta, ya le entiendo —dijo FitzRoy en tono risueño a su pesar. Hubo un par de gritos en lo alto, apuntando hacia algún lugar por la amura de estribor. Allí se divisaban unas luces solitarias que se balanceaban en lo alto de los mástiles de un barco no muy lejano—. Pero, mi querido amigo, las cosas no son tan sencillas como usted las presenta. La vida no siempre nos da elección. Fíjese lo que le ha ocurrido a esos pobres desgraciados de Valdivia y Concepción. La vida, en su cara más hosca y terrible, los ha devastado por completo. Les ha robado todo lo que tenían y, quizá, todo lo que podrían llegar a tener. A ellos no les queda ninguna opción: no pueden elegir. Y yo tampoco puedo elegir con esa libertad de la que usted parece haber dispuesto. Toda mi vida se ha encaminado a un fin, y no puedo renegar de mis principios y mi educación con tanta alegría. No puedo, Charles. Usted y yo somos muy distintos.
Las luces eran los fanales de un barco americano que trataba de recoger velas en medio de un general desconcierto; una densa niebla se cernía sobre ellos desde la costa y no se habían percatado de la presencia de la rechoncha Beagle. Los rostros de marineros y oficiales relucían con una extrañísima expectación; parecían, antes bien, corsarios que atisbaran la silueta de una posible presa.
—No todo en la vida es unánime e inamovible, Robert —dijo Darwin pasados unos minutos, aunque su mente ya se distraía en su siguiente incursión en las montañas chilenas, en la siempre presente Valparaíso con sus mujeres arrebatadoras y sus tabernas oscuras como el galipote. Quizá no fuera Londres, desde luego no se parecía a París ni tenía el encanto de sol y roca de Nápoles, pero a su modo era la capital de aquellos pagos; cargada de salitre y desesperanzas, sinuosa y artera, hogar de delaciones y miserias que tan sólo afectaban a un puñado de gentes, aparecía rodeada de un verdor paradójico, toda ella casas blancas, tejados rojos y matorrales de aspecto mediterráneo que reemplazaban a los bosquecillos costeros de otras zonas de Chile; más allá del pequeño y atestado puerto aguardarían las pequeñas barcas de altas velas blancas, y sus patrones se intercambiarían pullas no siempre amistosas.
—Quizá no todo, Charles —musitó FitzRoy—, pero sí aquello que nos importa. Hágame el favor de cuidar del señor Dring. Mucho me temo que, durante su estancia en Valparaíso, pueda cometer alguna locura. Le he visto cebar sus pistolas con insistencia, y tiene esa mirada de loco que he llegado a conocer muy bien en estos años. Échele un ojo, Charles.