La travesía

David López · Capítulo 20 de 47

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La travesía

Capítulo 19

 

E l cielo invernal amaneció sobre Maldonado tras las durísimas lluvias de los últimos días; más allá de las calles de la ciudad portuaria, el país entero yacía bajo las aguas, y los viejos del lugar aseguraban que nunca habían visto nada semejante. A estas declaraciones respondía Covington con un gruñido despectivo:

—En todas partes es igual: siempre que ocurre algo fuera de lo común, estos papistas claman por la llegada del Apocalipsis…

La inquina particular de Syms contra los habitantes de Sudamérica no parecía aminorar con el paso de los meses. Las experiencias vividas en Tierra del Fuego y las Falkland no habían servido sino para acrecentar su animadversión hacia mapuches, bonaerenses, gauchos, fueguinos y patagones.

Sus quejas se habían multiplicado en los pasados días de aguacero, mientras preparaba el bagaje necesario para la expedición que su patrón tenía pensado llevar a cabo hacia el interior del país, en compañía de don Francisco González y su mano derecha, Morante, amén de una docena de gauchos feroces y armados hasta los dientes. Tampoco le hacía gracia que el señor Dring les acompañara. El ayudante del contador llevaba ya unos días más taciturno de lo que en él era corriente, y su estampa larguirucha rondaba con asiduidad por la cabina de Darwin, funesto como el fantasma de un rey destronado.

—Pagaré dos dólares al día —decía el naturalista mientras se cerraba el abrigo sobre el cuerpo—. Y todos los gastos del viaje, por supuesto. Si quiere usted acompañarnos, puede contribuir a los gastos, en cierto modo…

—Todo con tal de poder pensar un poco, Darwin. Este barco me oprime. Avanzamos tan poco que a veces… bueno, usted se lo puede imaginar, con sus mareos. La tierra firme es distinta. Es…

—Sólida —apuntó Covington con uno de sus frecuentes gruñidos—. Y seca, salvo por estas apestosas lluvias del demonio.

—Syms, por el amor de…

—Déjelo, Darwin, déjelo que gruña. Es refrescante un poco de espontaneidad después de tantos meses de inquebrantable disciplina británica.

la mañana siguiente, ya en compañía de don Francisco y su sirviente, se dirigieron hacia la hostería a lomos de unos estupendos caballos, y tras ellos llevaban una buena cantidad de monturas de refresco. Tan barato era conseguir un buen jamelgo en aquellas tierras que incluso los pobres de solemnidad podían permitirse uno, y no un rucio cualquiera, avejentado y enfermo, sino excelentes ejemplares de alta cruz y dientes sanos. En la citada fonda se reunieron con los gauchos, todos ellos adustos y curtidos en el desempeño de su solitaria labor en las llanuras del Uruguay, con sus ponchos, sus sombreros, sus botas de cuero con desproporcionadas espuelas y su lenguaje florido, espontáneo y bronco, en un español que sonaba tan cantarín que Darwin se veía en serias dificultades para seguirlo. Pero lo que no había posibilidad de confundir eran las carabinas, los sables y los enormes machetes de acero negro que portaban. El camino era peligroso, y con las lluvias los bandidos se habían vuelto cada vez más osados en sus ataques: el día anterior, un viajero había sido asaltado camino de Montevideo. Su cadáver, desnudo y con la garganta rajada de oreja a oreja, espantosa sonrisa de carne abierta, había sido encontrado por casualidad.

La posibilidad de una muerte violenta sólo preocupaba a Covington. Darwin se encontraba muy ocupado con sus observaciones naturales, sus diarios, sus especímenes y sus propias teorías filosóficas, mientras que el ayudante del contador tenía suficientes preocupaciones a sus espaldas como para que otras vinieran a amargarle el desayuno todavía más. En cuanto a los gauchos, viajando en compañía y capaces de las mayores proezas físicas a lomos de sus caballos, poco o nada temían a los maleantes que pudieran salirles al paso.

Eran los gauchos, precisamente, uno de los objetos de estudio del propio Darwin, aparte de sus intrínsecas observaciones naturales, en las que, uno a uno, los pájaros exóticos, las serpientes, los ratones, los capibaras, los tucutucos e incluso ciervos iban cayendo en sus manos a medida que se adentraban en el país de suaves colinas que se extendía a la vista del enorme y engañoso estuario de La Plata. Allí donde el terreno se tornaba agreste emergía la roca desnuda de entre el corto y feraz manto de yerba. Los gauchos, con sus coloridas ropas, su amabilidad no exenta de firmeza, sus enormes bigotes y su cabello largo sobre la espalda, eran tan distintos del paisanaje de cualquier país civilizado que no podían por menos que resultar extravagantes. No había tasca ni licorería a la que entraran sin invitar a todos sus compadres, e incluso los ingleses estaban incluidos en las rondas de aguardiente que zumbaban sobre las mesas hasta que sonaban los primeros clarines de una pelea y tocaba retirarse a un lugar seguro: desde allí, los tres ingleses contemplaban cómo los jinetes sacaban sus puñales y se enzarzaban en violentas peleas que, de un modo casi paradójico, no terminaban casi nunca con muertos, aunque sí con abundantes heridos. Tan prontos para hacer amistades como para rebanar pescuezos con sus enormes cuchillos, eran una tropa turbulenta, extraña y cambiante como el mismo mar del que se alejaban lo más posible.

 

Los intentos de Darwin por usar las boleadoras consiguieron, como era de esperar, otro vergonzoso fracaso. Lejos de capturar a uno de los ñandúes que corrían ante ellos con la velocidad propia del pavor, logró enredar las patas de su propio caballo, dando con sus huesos en el suelo entre las carcajadas de los jinetes, incapaces de creer que existiera sobre la faz de la tierra un hombre tan inepto como aquel extraño inglés.

—Fíjese, hombre —le dijo el que parecía ser el jefe de los gauchos, un hombre joven y apuesto de mirada altanera y ojos indios—, verá cómo se hace.

Aunque tímidos y asustadizos, si un jinete se hacía el despistado y cabalgaba hacia ellos al paso, podía acercarse casi hasta poder tocar sus feas cabezas con la mano. Una vez allí, espoleaba a su montura y trotaba tras ellas y los desgarbados pájaros echaban a correr como poseídos por el diablo, desplegando sus cortas alas para aprovechar el poco viento, como cientos de goletas zancudas y torpes sobre la yerba. A la noche se hartaban de la carne blanca y fibrosa, sazonada con una salsa espesa y picante cuya receta parecía ser un secreto nacional.

Dring no participaba de la alegría general del viaje, consumido por sus propias miserias, que vestían falda, miriñaque y peinado de bucles y rizos dorados al otro lado del continente. Tan sólo empezó a salir de su ensimismamiento a raíz de la visita que pagaron los gauchos a la hacienda de don Juan Fuentes, un terrateniente en cuyo poder se encontraban un buen número de cabezas de ganado y muchas de las tierras que, desde la propia estancia, podían verse en todas direcciones. Mientras compartían el rancho, una enorme pila de carne asada y cuencos llenos de calabaza hervida, el ayudante del contador se percató de que uno de los gauchos que los acompañaban permanecía silencioso y contrito, embozado por el sombrero y una gruesa bufanda que se enroscaba en torno al cuello y le llegaba a la altura de la nariz, dejando sólo los ojos, tan brillantes como feroces, a la vista. ¿Sería otra mujer gaucha, como la que había podido ver en su anterior expedición, meses atrás?

—Yo que usted, amigo, quitaría los ojos de ese hombre —le aconsejó Darwin entre bocado y bocado de la rica carne asada— o podría tomárselo a mal.

—Yo…

Pero Dring no sabía siquiera si Darwin sospechaba de la existencia de mujeres en las partidas de jinetes. ¿Sería un hecho común, o tan sólo una excepción debida a las circunstancias, la presencia de una joven de carácter tan fuerte e indómito como el de sus compañeros? O quizá no fuera más que la barragana de la partida, tan endurecida por las largas marchas sobre la Pampa que acababa por adoptar todas las costumbres de la vida en el campo abierto, donde las leyes eran una entelequia y sólo contaba con el imprimatur el dominio del fuerte y del recio.

Que la gaucha existiera o no se convirtió para el ayudante del contador en un asunto de tanta importancia como la decisión que debía tomar sobre su futura implicación en el asesinato del vicepresidente de Chile. Espiaba sus movimientos mientras cabalgaban, la vigilaba cuando los jinetes encendían las fogatas y descorchaban las botellas de vino y aguardiente, intentaba atisbar siquiera por un momento entre los velos de su sombrero y su bufanda, tratando de adivinar si los rasgos que tras la tela se escondían eran de hombre o bien de mujer. En su atento escrutinio perdió por completo la noción del tiempo y del espacio, de modo que los siguientes días de marcha transcurrieron para él en un extraño estado que ni era del todo consciente ni acababa de soñar despierto, en el que el día y la noche se confundían en una grisura monótona y fría de la que emergían, a intervalos por completo irregulares, figuras borrosas que le hablaban a gritos. Hubo un día y una noche cubiertos por la lluvia, en que lo único que pudieron hacer fue contemplar el paisaje aborregado desde las ventanas de una mísera hacienda, mientras los gauchos fumaban y bebían en un silencio sólo roto por el rasgueo ocasional de una guitarra.

Ya de regreso hacia Maldonado, la cansada partida se detuvo en la espléndida mansión de Sebastián de Pimiento, un viejo amigo de don Francisco y un caballero de renombre en todo el terreno que anteriormente fuera la Banda Oriental. Desde la distancia, toda la casa parecía brillar con una extraña luz de candilejas. Los gauchos, impertérritos, amarraron sus caballos y se tumbaron allí donde más les plugo, pero tanto don Francisco como los tres ingleses fueron guiados al interior de la casa, donde pudieron asearse como era debido, al menos lo debido para poder celebrar un besamanos con todas las hijas, sobrinas y nietas del ilustre hacendado, que conformaban un conjunto de feminidad risueña y bulliciosa digno de la tienda de Jetró. Limpios y restregados hasta enrojecer el pellejo requemado por el sol, la comida desfiló ante ellos en cantidades asombrosas. Lo peor de todo era que negarse a un plato más, a un trozo más de asado, a una cucharada más de sopa, resultaba del todo imposible. Lo peor de todo era que corresponder a las solícitas atenciones de aquella mesnada de lindas jóvenes con una sonrisa era, en tales circunstancias, todo un desacierto de fauces llenas de ternera asada a medio masticar.

Dring, sin embargo, no prestaba a las jovencitas más atención que la debida a la buena educación y la cortesía. Cualquier tipo de avance en otro sentido hubiera sido rápidamente atajado por el pater familias, imponente con su chaleco color burdeos y su bigotazo canoso que enmarcaba unos ojos de un brillante color azul celeste.

—¡Mirarlas es tanto como pedirlas en matrimonio! ¡Ja, ja, ja!

pesar de sus palabras, el viejo don Sebastián antes se cortaría las manos que prometer a sus hermosas hijas y nietas a unos ingleses menesterosos cuyos únicos bienes parecían ser lo que acarreaban en sus faltriqueras. Y sin embargo, pese a la pléyade de sonrisas y vestidos de fina tela, pese a las cabelleras rubias y los ojos españoles, el ayudante del contador sólo tenía pensamientos para la cruel beldad que lo aguardaba en Valparaíso, y para el extraño ángel caído de gesto adusto y poncho sucio que dormiría lejos de las blandas camas de la hacienda. Cuando todos parecieron dormir, se calzó las botas y se asomó con el mayor de los sigilos a la ventana, bajo el brillo mortecino y fantasmagórico de una luna gigantesca y cuarteada que sobrevolaba las praderas en un silencio imposible.

Allí abajo, una figura solitaria se dirigía a los establos a paso tranquilo y pausado. Dring creyó ver en su andar a aquella misma mujer que había espiado allá en Bahía Blanca, lavándose en perfecta soledad. Pero eso no era posible. Cientos de millas mediaban entre ambos lugares, y el mero hecho, la sola coincidencia, resultaba una locura.

Incluso así, Dring la siguió. Un débil viento mecía la yerba, dibujando largas olas de plata que se estrellaban contra el vallado y la propia mansión. No las escuchaba. Los latidos del corazón le resonaban en la garganta y los oídos: la boca le sabía a metal, a hierro, a cobre batido.

Eran varios los establos, y todos ellos enormes; grandes construcciones de basamento pétreo que se prolongaban en madera, asentados con firmeza para resistir tanto los fuertes vientos, como las lluvias, como los rigurosos inviernos que, de cuando en cuando, descendían de las montañas. Desde allí eran visibles las pequeñas y suaves montañas de la Sierra de las Ánimas, el mayor hito de los alrededores. Junto a los establos, los abrevaderos se disponían en largas hileras, circundados por tierra lodosa y pisoteada mil y una veces. Las recientes lluvias habían colmado fuentes y ríos, por lo que abundaban en agua fresca que se infiltraba en las tierras y las convertía en un extenso mar de barro por debajo de la yerba.

Las huellas de la supuesta mujer se perdían entre aquel lodo primordial que alimentaba los alrededores. Dring se detuvo y pensó por un momento en lo que estaba buscando, si es que algo buscaba. ¡Qué locura! No había más mujeres entre los gauchos, y en cuanto a aquella primera aparición, quién sabe si no había sido más que una fantasía que había urdido con tal de evadirse de aquel viaje largo y duro que tanto lo agotaba.

Un chapoteo y una tos le hicieron seguir caminando; al doblar la esquina del enorme establo, pudo ver, por segunda vez en su vida, aquella imagen que en los años siguientes, si es que habría de vivirlos, se convertiría en el referente de su periplo por los océanos australes: allí, de nuevo desnuda bajo la luz de una luna fría como el hielo, una mujer se bañaba, ahora en las aguas de uno de los abrevaderos. La piel se le contraía, azulada, por el gélido contacto. Al pasarse el paño por el torso exclamaba débiles vagidos, quién sabe si de angustia por el helado martirio, o de placer por la sensación de limpieza que experimentaba.

Tampoco en aquella ocasión quiso moverse. Hacerlo hubiera significado, no sólo romper aquel hechizo temporal, sino provocar la ira de la gaucha, y las mujeres de su calaña no se mostrarían clementes con quienes se atrevían a acecharlas. Pero, sin lugar a dudas, años más tarde, Dring refrescaría aquellas imágenes y se diría que en aquel instante, tanto el joven y circunspecto ayudante del contador como la salvaje y hermosa mujer gaucha eran del todo inmortales, y que mientras siguieran viviendo, serían del todo inmortales, hasta que eso dejara de ser así.

En silencio, de nuevo maravillado, regresó a su cama y allí durmió sin sueño alguno, como deben dormir no ya los justos, ni los buenos, sino los inconscientes y los estúpidos.