La travesía
Capítulo 44
La enfermedad, la extenuación y el ahogo le habían mantenido al borde mismo de la muerte. Conservaba imágenes, sabores y sonidos en el fondo de su mente, así que no estaba muerto; sin embargo, todas esas sensaciones se barajaban sin orden alguno en su interior, saltando al azar al tapete de su presente.
Debería haberse ahogado. Debería, por ende, haber muerto. No recordaba costa alguna, ni salvador, ni barca que lo hubiera sacado de las aguas de una costa que adivinaba como argentina, aunque tanto podía ser china, italiana o africana, por lo que a él le importaba. Pero no estaba muerto, así que se las había apañado para llegar a la playa.
No, no había muerto, y cada vez que abría los ojos le asaltaba una cascada de imágenes que se veía incapaz de domeñar; su conciencia, alterada hasta quizás un punto sin retorno, trataba de habérselas con todas a las vez, viéndose superada, sepultada bajo una avalancha de recuerdos desordenados que terminaban haciendo gritar y llorar a James, en medio de una oscuridad febril en la que sólo le aliviaba una compresa fría que le colocaban cada dos por tres en la frente, o un sorbo de agua que venía a refrescar una garganta abrasada.
Después comprendería que era tan sólo el proceso natural de la fiebre amarilla. Una leve mejoría, en la que casi era capaz de pensar por sí mismo, seguida de un brutal ataque que lo segaba como si una legión de esclavos negros armados con machetes lo hubiera convertido en pasta de caña de azúcar. En esos momentos el tiempo se detenía para regresar a su curso normal pasadas una o dos semanas, dejando tras de sí un sembrado a voleo de imágenes rotas, que nada significaban por sí solas, y muy poco más en mosaico. Sin embargo, a medida que los ataques de fiebre se sucedían, iba tomando conciencia de que ciertas imágenes que se repetían no podían sino ser ciertas más allá de las pesadillas y de las alucinaciones provocadas por la fiebre y la enfermedad. Y no podía ser casual que en muchas de esas imágenes apareciera el rostro de su hermana.
Llegó el día, por azar o por fortaleza, en que al abrir los ojos fue capaz de pensar y ser consciente de sí mismo, de nuevo tras un largo periodo de tinieblas. Estaba recostado en un camastro empapado de sudor, bajo un tejado de hojas de palma mal dispuesto y peor construido; el cerramiento de la habitación lo formaba un endeble tabique de ramitas atadas las unas a las otras, por las que se colaba una luz blanca que le hería salvajemente. Se filtraba también el olor de la tierra húmeda, de la lluvia que caía mansa y constante, de la vegetación podrida, de su propia suciedad y del humo de la leña al arder en mil hogueras.
No pudo incorporarse, pero se irguió en la cama. Estaba delgado, tanto que cada costilla sobresalía en su pecho como la cuenta de un collar; tenía la impresión de que la mayor parte de su cuerpo, de su carne y de su sangre, se habían transustanciado en sudor y mugre. Permaneció allí sentado, con la cabeza entre las manos, durante un tiempo que no supo estimar. Horas, quizás, o tan sólo minutos.
—James.
Alzó la vista; se había abierto una especie de portezuela en la pared y allí, como si el tiempo no hubiera transcurrido, se encontraba su hermana. Estaba más alta, su rostro se había afilado, y en sus ojos se movían nubes que antes no existían. Pese a todos sus esfuerzos por librarla de todo mal, había sufrido.
—Hola, hermanita.
No hubo abrazos, ni siquiera lágrimas. La jovencita se sentó a su lado y le cogió del brazo con la ternura que sólo puede sentir quien ha permanecido junto al lecho de un moribundo durante meses, limpiando sus heces y dándole de comer aunque fuera a la fuerza, llorando sus penas y sufriendo sus recaídas. Al cabo de un rato le ayudó a lavarse, le puso ropas nuevas y le dio de comer de un cuenco de papilla de banana. Después le narró las vicisitudes que había pasado para llegar allí, desde el cruce del paso de Pehuenche hasta la muerte del capitán Fierro, las malas artes de Lyndon y el doble juego de la Villanueva. Pocas palabras: no era necesario explayarse. De calamidades y vicisitudes sabían ya suficiente los dos como para regodearse en sus desgracias. James escuchaba. Las historias de montañas, de nieves y vientos, de huasos y gauchos, de soldados y bandidos, de muertos helados y praderas casi infinitas al pie de los Andes, le provocaban una hondísima sensación de cansancio.
—No estamos solos —dijo por fin Joe. James se esperaba algo así; consciente, comenzaba a descubrir entre las imágenes de su enfermedad otras que nada tenían que ver con su hermana. Imágenes de un hombre de piel requemada por el sol, de ojos helados y nariz corta, bulbosa y surcada de venillas rotas, con uniforme azul, anticuado tricornio emplumado y sable al cinto. Una imagen que se repetía el suficiente número de veces como para ser real.
—¿Quién es? —La voz de James era un graznido áspero.
—Se llama O’Hara. Es irlandés. Creo que era amigo de Lord Cochrane antes de que a éste lo expulsaran de la Armada. Junto a él se fue a Chile a hacer fortuna, y desde entonces ha sido uno de los más leales perros de presa de este país. Portales y él son uña y carne.
—¿Quién es Portales? —James se sentía desfallecer. Demasiados nombres, demasiadas sorpresas tras haber sobrevivido a una muerte más que cierta.
—Es el hombre fuerte de Chile. Lo conocí allá en Valparaíso… es la encarnación del mismo demonio. —Joe no sonreía ni mostraba señal alguna de felicidad, pero tampoco de tristeza—. Un hombre como él necesita perros de presa, y este O’Hara es uno de ellos. Que sea irlandés, papista y pelirrojo no lo hace distinto de los demás.
—¿Cómo… cómo…?
—Te vio saltar por la borda. Tan sólo tuvo que esperar a que el cansancio te derrotara, aunque casi lograste llegar a la orilla. Medio ahogado y enfermo por haberte escondido en la sentina del barco, no opusiste ninguna resistencia. —Joe sonrió ahora, pero era una mueca tan amarga que en nada alegraba el rostro—. Contigo en su poder, recorrió todos los pueblos de la costa buscándome. Quizás el cazador a quien Lyndon mató en Buenos Ayres le había advertido de mi presencia. Quién sabe. Te usó como cebo, recorriendo todos los pueblos de pescadores desde Montevideo hacia el norte, exhibiéndote en la plaza de la iglesia y ofreciendo una recompensa por mi captura. No hizo falta… caí en su trampa sin pensarlo siquiera, aquí, en Pernambuco.
James asintió, aunque tenía el cerebro tan agusanado que apenas podía pensar sin que un doloroso zumbido acudiera a sus oídos. Quería saber por qué O’Hara los perseguía con tanto ahínco, por qué había iniciado una persecución a lo largo de miles de millas de océano tan sólo para cobrarse el botín de un par de muchachos…
—No es por nosotros —aseguró Joe, clarividente—. Es por Dring y por la Villanueva. Portales mandó tras nosotros a un asesino, tras de ti a O’Hara y sólo el demonio sabe a quién enviaría para cazar al patrón. Es un hombre vengativo y metódico, James: no se detendrá ante nadie para cobrarse lo que cree que es una justa venganza.
—Nosotros no hemos hecho nada —susurró James.
—Como la mayor parte de los inocentes —dijo de pronto el marinero irlandés, apareciendo ante ellos. Alto, robusto y con su ridículo atuendo pasado de moda, semejaba la estampa de un lobo de mar de antaño, cosido a condecoraciones y con el rostro tan cuarteado por el sol y la sal que su piel parecía cuero—. Y os mataría a los dos sin dudarlo, si con ello lograra mi objetivo. Pero no tengo el corazón de piedra… no podía despacharos sin dejar que os vierais por última vez.
—¿Nos va a matar? —preguntó Joe.
—No si no es necesario. Sólo quiero que me respondáis a unas simples preguntas: ¿dónde está el señor Dring? ¿Dónde está Angélica Villanueva? Si me respondéis, os dejaré marchar. No me enseñaron a matar niños en la Armada, así que…
No hubo respuesta. En realidad, no podía haberla y el propio O’Hara lo sabía. Joe ignoraba dónde se encontraba Dring, y en cuanto a Villanueva… en la compañía de Lyndon ya estaría tal vez rumbo a Norteamérica, en un lugar donde nadie pudiera encontrarlos. Pero todo esto ya se lo había explicado mil veces a O’Hara, sin que éste la creyera en ningún momento.
—Veréis —dijo—. No tengo ningún interés real en esa prófuga, ni en vuestro patrón, ni siquiera en ese mercader astuto y traicionero de Lyndon. Llegado cierto momento en la vida, sólo nos queda el deber y la obligación como anclas que nos atan a este mundo. Cuando Lord Cochrane fue expulsado de la Armada, yo y otros muchos le seguimos a un exilio que jamás consideramos justo. Pero pronto nos dimos cuenta de que, al margen del deshonor de no servir a la Union Jack, la vida en Chile era muy satisfactoria. Éramos unos reyes. Los españoles se habían marchado, nadie sabía maniobrar barcos ni organizar flotas, y los únicos que podíamos éramos nosotros. Podríamos haber pedido las llaves de un reino y se nos habrían concedido. Fueron unos años felices. Pero el tiempo pasa y de pronto descubrimos que no éramos sino reliquias de otro tiempo. Somos… soy el resto de una época ya pasada. Por eso busqué a un buen patrón, a un árbol de buena sombra.
—Portales —dijo Joe.
—Así es. En Valparaíso tuve la oportunidad de hablar con el capitán de la Beagle, ese figurín llamado FitzRoy. En nuestros tiempos no lo hubiéramos querido ni para fregar el suelo, pero ahora la Armada se llenará de hombres como él… cortados por el mismo patrón, obedientes y grises, hijos de las matemáticas y el protocolo. No es mi mundo. Jamás podría regresar a Inglaterra, ni siquiera con la guerra que se prepara en China por el control del opio. Los tiempos de los cañonazos, de los abordajes y las presas españolas capturadas en el Mediterráneo han pasado a mejor vida. Sólo me queda malgastar estos años ganando el mayor dinero posible, para cuando sea viejo de verdad comprarme una hermosa finca que mire al mar y llenarla de mujeres bonitas y jóvenes a las que no les importe compartir lecho con un irlandés borracho y feo como yo. Así que no os ofendáis si os utilizo, abofeteo, hiero o incluso mato, porque no es nada personal. Tanto vuestro patrón como esa zorra de ojos negros, como el mercachifle de Valparaíso, han cometido el grave error de ofender a Portales. No sólo eso: ha habido una muerte de por medio, y en la situación del país, una fortuna como la de Correa no puede quedar sin dueño. Admito que matando a vuestro patrón y trayendo de vuelta a la mocosa nada se solucionará, pero nadie ha dicho que el castigo deba solventar el crimen. Tan sólo ha de servir como escarmiento. Un escarmiento ejemplar.
—Jamás encontrará al señor Dring —dijo Joe—. A estas horas ya estará en Inglaterra, brindando con cerveza en las tabernas de Portsmouth.
De un modo increíble, el rostro de O’Hara, todo arrugas, ojos verdes y patillas rojas, se quebró en una enorme sonrisa de satisfacción casi infantil.
—No, no, mi muchachita. La Beagle se encuentra, en realidad, a muy pocas millas de este puerto. Atracará aquí a la caída de la tarde y si me haces el favor de escribirle una carta a tu adorado patrón, a la noche ya lo tendré atado de pies y manos y listo para que en Chile lo ajusticien del mejor modo posible.
—¿Y si me niego? —dijo Joe, aunque ya se le quebraba la voz. Había aguantado más que muchos hombres hechos y derechos: estaba a punto de perder la compostura, la voz y la serenidad que había logrado conservar incluso a través del hielo y las montañas. O’Hara se encogió de hombros y apuntó a la sien de James con su pistola. En su mirada no se encontraba ningún síntoma de la duda.
—Imagínate los sesos de tu hermano pintando el suelo. Que no sea un asunto personal no implica que no me lo tome en serio, muchachita.
Joe, desesperada, rompió a llorar.
Al capitán FitzRoy le escamaba la repentina alegría de su contador. Habían atracado en Pernambuco a la caída de la tarde y, como era habitual, habían recibido las sacas de correo destinadas al bergantín. Poca cosa, puesto que la escala en Brasil no había sido intencionada y se debía sólo a previos errores que no hacían sino retrasar su ansiado regreso a Inglaterra.
pocos minutos después de la llegada del correo, Dring había pedido permiso para descender a tierra, mostrando una exaltación más propia de un adolescente que de un hombre sereno y digno. Y el capitán FitzRoy estimaba la contención, la gravedad y el saber estar por encima de otras muchas virtudes.
—¿Y por qué querría usted bajar a tierra, señor Dring?
—Creo que puedo conseguir un excelente cargamento de vino para celebrar nuestra llegada a Inglaterra, señor —mintió el contador… y el capitán vio con tanta claridad que no era más que una excusa que sintió vergüenza, la misma que siente un hombre que descubre en un viejo amigo una debilidad obscena e insospechada.
—Vaya, pero no tarde mucho: no es este un barco de recreo para que sus tripulantes hagan de su capa un sayo. Ah, y haga pasar al señor Stokes. Dígale que es urgente y que necesitaré de sus habilidades ipso facto.
El oficial se cuadró al verlo, tan marcial y recio como de costumbre. Parecía listo para tomar al asalto una galera llena de turcos. Al contrario que el resto de hombres a bordo de la Beagle, no parecía desear que el viaje terminara. Si por él fuera, hubiera podido pasarse el resto de la vida navegando, persiguiendo un imposible.
—¿Ha visto usted a nuestro contador, Stokes?
—Sí, señor.
—¿Ha notado algo raro en su conducta?
—Sonreía como un cabrón endemoniado, señor, con perdón.
—Sí, Stokes: sonreía. Se ha pasado los últimos meses mohíno como un gato castrado, sin mostrar más humanidad que una almeja, y ahora se vuelve loco de placer, y que me aspen si es por las prostitutas brasileñas, que son las mujeres más feas y enfermizas que uno pueda imaginar. Aquí hay gato encerrado.
—Opino lo mismo, señor.
—Siga a Dring. De lejos, no queremos que se alarme… pero vea dónde va, y si es necesario, sáquele del lío en que sin duda se va a meter. Ah… y llévese un par de pistolas, por si acaso. Nunca se sabe cuándo se necesitarán.
La precaución no era necesaria; Stokes jamás se separaba de sus dos quitapenas, siempre bien cebadas y cargadas, muy capaces de convertir la sesera de cualquier delincuente en puré. Sin perder el tiempo en disquisiciones inútiles, y tan sólo saludando a Darwin con un escueto gruñido, descendió al ruinoso muelle que serpenteaba sobre el agua hasta la playa.
Dring no se había detenido y ya se dirigía hacia los retorcidos callejones que se adentraban en la ciudad; Stokes tuvo que correr para no perderlo de vista, esquivando a una alborotada multitud que se dirigía al puerto para intentar comprar, vender, robar o timar lo que fuera a los marineros ingleses. Stokes los esquivó a todos, concentrado en la espalda del contador, sobre la que se balanceaba su corta coleta del color de las zanahorias. Una de sus manos se mantenía bien cerca de la empuñadura de sus pistolas, mientras que la otra agarraba con fuerza su sable de gala, tan afilado que podía afeitarse con él… en el que caso de que también quisiera filetearse la mejilla. Lo había perdido.
Se detuvo de pronto, en una encrucijada de caminos embarrados flanqueada por destartaladas tabernas y casas de empeño en cuyas trastiendas se sentaban sus dueños. Maldijo sonoramente y trató de buscar huellas, pero ejércitos de niños desnudos y aullantes corrían por todas partes. Imposible encontrar nada digno de reseñar en aquel maremagno. Aunque la diplomacia no era su fuerte, trató de indagar entre los prestamistas. Muchos de ellos hablaban con fluidez el inglés, pero dominaban con todavía más presteza el arte de asaltar a mano armada a los extranjeros en aprietos. Tras arduas negociaciones y dejar en depósito los botones de oro de su chaleco, logró una respuesta precisa.
—El tipo que usted busca, pelirrojo, con los ojos de gato y cara de llegar tarde a su boda, se ha marchado por ahí, entre esas dos tabernas de mala reputación. Corría como un descosido, por cierto, así que tendrá que apurarse si quiere alcanzarlo.
Stokes echó a correr en esa dirección; el callejón ascendía trabajosamente por el flanco de un pequeño promontorio sobre el que se disponían casas todavía más ruinosas y deleznables que las que se alzaban en la playa. Las puertas, abiertas, semejaban bostezos hambrientos en rostros demacrados por el hambre y la enfermedad. Stokes corrió por el callejón, temiéndose que el prestamista le hubiera tomado el pelo, en cuyo caso volvería a su mísero establecimiento y le enseñaría, con pelos y señales, qué obtenía, y en qué cantidades, quien engañaba a un oficial de la Armada inglesa. Finalmente llegó a un callejón sin salida al que se abrían las puertas de dos locales oscuros y silenciosos… salvo por los débiles gemidos que podía, o creía escuchar. Interrogó con la mirada a las muchachas, todo ojos grandes y labios gruesos, que esperaban la llegada de sus clientes. Una de ellas señaló al interior de la penumbra de la que era guardiana.
—Dios te bendiga, niña —musitó Stokes. Se zambulló en el interior, siguiendo su instinto entre un laberinto de pasillos, habitaciones más parecidas a celdas, jóvenes desnudas de muecas sombrías, proxenetas de aire chulesco que le provocaban con la mirada, una oscuridad muy distinta a la que se prodigaba en el interior de los barcos, pero tan semejante en ciertos aspectos que estuvo tentado de sentirse como en casa. Pero no era su hogar, sino un lento descenso a un infierno que no estaba situado bien hondo dentro de la tierra, sino sobre ella, a la vista y al alcance de todo el mundo. El oficial Stokes, con las manos sobre sus pistolas y la garganta seca, se enfrentaba a algo que, en realidad, no podía derrotar de ningún modo. Y…
—… deje ese cuchillo en el suelo y ponga las manos en la cabeza…
Stokes se detuvo de golpe; la voz que había escuchado tenía un desagradable tonillo irlandés, un deje a patatas cocidas, alcohol de quemar y tabaco deshebrado. Provenía de una de las habitaciones, con la puerta entreabierta, en cuyo interior bailaba una llama desnuda, demoníaca.
—Así me gusta —prosiguió la voz—. Quietecito y tranquilo. Nada de sorpresas. A pesar de haberme pasado muchos años en la mar, todavía soy un hombre muy impresionable.
Stokes se asomó con cuidado al interior de la habitación. Vio a tres… no, a cuatro personas en su interior. Uno de ellos era Dring, arrodillado, con las manos en la nuca y las ropas manchadas de sangre muy reciente. Otro era el mocoso Joe… o quizá no lo fuese, porque lo que veía Stokes era a una muchacha rubia y bonita. Acostado en un camastro se encontraba su hermano, James, consumido por alguna clase de morbo maligno. Al compararlos a los dos, Stokes se convenció de que el grumete Joe Ryan era y había sido una mujer desde un principio, algo que le asombró tanto como enfureció.
La cuarta persona era un marinero, un oficial de alto rango. No lo supo por sus ropas, sino por el porte y el tono de su voz. Todo oficial al mando desarrolla, con el ejercicio de su profesión, un tono de voz mucho más elevado del usual, el que se necesita para que una orden se escuche al otro lado del combés de un navío de línea en una noche de tormenta. Y el inglés que hablaba era perfecto.
«Es un puñetero traidor», pensó Stokes.
—¿Dónde está la muchacha? ¿Dónde está la Villanueva? —preguntó el irlandés. Dring no contestó. Rápido como el mordisco de una serpiente, su captor le descargó varios puñetazos en el rostro. Joe gimió y trató de ayudarlo, pero también recibió una tremenda bofetada que la tumbó cuan larga era en el suelo.
—Quieta ahí, zorra —dijo el marino—. Quieta o…
—Quieto usted —gruñó Stokes, avanzando y colocándole la pistola en la sien—, o le aseguro que convierto su cabeza en un pudín de sebo.
Dring parpadeó, incrédulo. Una amenaza tan chusca sólo podía proceder de los labios del oficial Stokes, experto en chanzas, insultos grotescos e historias truculentas capaces de desvelar al más curtido de los gavieros del trinquete. Stokes, para no haber realizado nunca ninguna acción bélica, había entrado en la habitación con la confianza de un conquistador. Ni siquiera vacilaba, con el brazo extendido y la boca de su arma a menos de una pulgada del colodrillo de O’Hara.
—Esto no es cosa suya, muchacho —dijo el irlandés—. Si baja el arma ahora, le prometo que no…
Stokes le sacudió un tremendo garrotazo y lo tumbó de rodillas, boquiabierto y asombrado. Quizá no estuviera acostumbrado a que un oficial de la Armada se comportara como un canalla, pero Stokes sabía cuándo era el momento de dejar a un lado las lindezas y las cortesías.
—¿Se encuentra bien, Dring?
—Magullado. Ese canalla me sacudió por la espalda.
—Ahora ha recibido el justo pago por sus méritos. Tiene suerte de que el capitán me haya puesto tras su pista… de lo contrario, ahora mismo ya estaría retorciéndose por el suelo con media libra de plomo en las asaduras. Y ahora… ¿me quiere explicar por qué el pequeño Joe es la pequeña Joe? ¿Y qué hace James aquí? ¿No se había quedado en Chiloé? Exijo una explicación, Dring, o le juro que al llegar a la Beagle haré que el capitán lo azote a usted hasta dejarlo sin pellejo en su espalda.
Con la mueca, entre cansada y expectante, de quien ha recorrido medio mundo y se encuentra de nuevo a las puertas del hogar, los tres comenzaron a narrar sus vicisitudes ante un atónito Stokes. Éste, mientras tanto, los contemplaba con una creciente sorpresa. James había crecido desde la última vez que lo viera, allá en Chiloé, hasta convertirse en un muchacho nervudo y fuerte, de manos grandes y barbilla cubierta por una especie de pelusa que, quizá con el tiempo, se transformaría en una barba. Joe también había cambiado y ya era toda una mujer cita con sus dieciséis años; conservaba el cabello rubísimo, pero tenía la tez morena y los labios gruesos. Al propio Stokes se le secó la boca al verla. Los tres empezaron a hablar casi al mismo tiempo. Habían pasado miles de desventuras hasta llegar allí. James se había enrolado en un mercante chileno y había cruzado el Cabo de Hornos rumbo a Argentina, en medio de la peor mar invernal que el capitán recordara. Olas tan altas como montañas, el fuego de San Telmo chisporroteando en los mástiles, la mar rabiosa entrando a borbotones por las escotillas y la muerte cercana… tan sólo haber pasado por experiencias similares a bordo de la Beagle libró a James de morir de puro miedo. Por desgracia, peor que las tormentas era el contramaestre del barco, el nostromo Uribarri, cuyas depravadas aficiones le recordaban a James esos mismos tiempos pasados, aunque por causas menos felices. El exilio entre los fueguinos, el ataque de la Cazadora, los montones de cadáveres en la playa y su penoso entierro… el inesperado rescate del señor Usborne y el guardiamarina Forsyth…
—¡Siguen vivos y de una pieza! —se maravilló Stokes—. ¡Quién lo hubiera pensado!
y el resto del viaje ya era sabido. Mientras hablaba, O’Hara los miraba a todos con el ceño fruncido y una muda pregunta en los labios que, sin embargo, nadie tenía ánimo de responder.
—El viaje desde Chiloé hasta Inglaterra costaba más de quinientas libras —dijo James con su voz debilitada hasta convertirse en un susurro estremecido—. Y…
—Claro que os llevaremos, faltaría más —dijo Stokes—. El capitán estará encantado, más que encantado.
—Ahora bien… —Era Dring quien hablaba, pasándose la lengua por los labios resecos—, Joe, pequeña, ¿dónde está la señorita Villanueva? ¿Ella logró coger algún barco?
El gesto de la niña fue suficiente respuesta, y algo en el interior de Dring, algo que ya se estaba desmoronando, terminó por ceder y colapsarse, como un edificio que pierde sus paredes maestras. Las paredes de piedra pueden reacomodarse si una de sus piedras falla… si dos fallan, incluso si tres fallan. Pero si toda la pared falta, ¿qué le sucede a la casa?
—Me entregó una carta para usted, patrón. Él no la ha leído.
Dring la cogió. Era un sobre pequeño, no muy grueso, y terriblemente maltratado por la intemperie, con las esquinas rotas y una sola palabra, «Dring», escrita sobre él. El pecho le pesaba como si dentro de él hubiera una enorme piedra.
—Voy a dar un paseo. Decidle al capitán, a Philos, a Bynoe, a quien quiera escucharlo, que volveré enseguida. Stokes, usted vigile a este energúmeno irlandés. No quiero que me clave una bala entre las paletillas mientras no le vigilo.
Cruzó la ciudad y se encaminó hacia una de las colinas arenosas que yacían tras los último arrabales, separadas éstas entre sí por estrechos canales de agua marina, muchos de ellos desbordados por la lluvia que caía sin cesar. Dring los cruzó, ignoró a todo aquel que se puso en su camino y trepó con dificultades a uno de aquellos inestables riscos, que sólo parecían mantenerse en pie gracias a las raíces de las hierbas que crecían en sus flancos.
Desde lo alto de la colina, la ciudad de Pernambuco parecía aún más fea y lúgubre que desde la costa. Dring todavía llevaba la carta en la mano, y su contacto parecía helarle los mismos huesos. No se atrevía a abrirla, por más que conociera de sobra su significado.
«Es increíble lo mucho que dependemos de los sentimientos que nos inspiran las personas con las que convivimos. Lo mucho que dependemos de lo que nos dicen. Podemos intentar convertirnos en islas, pero no podemos».
Abrió el sobre con sumo cuidado y leyó la misiva. No era muy larga. Su contenido no fue ninguna sorpresa. Dring la repasó un par de veces antes de dejarla caer entre sus piernas. Arreciaba la lluvia: ya era imposible ver más allá de unos pocos metros. El mundo, como tal, había desaparecido, sustituido por el cortinaje gris de un teatro húmedo y mezquino.
«Y ahora, ¿qué?»
Emprendió el regreso. Caminaba sin prisas, deseando no llegar nunca al bergantín, que el sendero que le llevaba de vuelta se prolongara más y más, que sus pies le guiaran a un lugar donde el espíritu no se le pudriera dentro del cuerpo, donde el dolor no fuera tanto ni tan grande, donde al cerrar los ojos no se le aparecieran imágenes que no creía poder soportar por mucho tiempo… pero no sucedió así. Casi era de noche cuando se presentó de nuevo ante sus compañeros. Se habían unido a ellos el omnímodo Darwin, con aspecto de haberse pasado las últimas horas conspirando para derrocar a todo un gobierno, y el matasanos Bynoe, con sus ojeras negras y su levita raída.
—Se ha marchado —dijo Dring—. Se ha ido con el señor Lyndon a Norteamérica. Él la ha pedido en matrimonio y ella ha aceptado. Es normal, supongo. Es un buen hombre y cuidará de ella. Nadie tiene la culpa: me hice demasiadas ilusiones, nada más.
—Canalla —gruñó O’Hara, aunque en su voz había cierta admiración—. ¡Nos la ha jugado a todos! ¿Y dónde se ha ido?
—Ni lo sé ni me importa —susurró el contador, arrojándole la carta al regazo—. Tenga, lea y convénzase de que no tengo ya nada que ver en toda esta mascarada. Si maté, bastante castigo habré de sufrir. Y si he hecho sufrir, yo también he sufrido, y más que sufriré.
—Calamitoso —masculló Darwin, quien a todas luces no estaba de acuerdo. Bynoe meneaba la cabeza y Stokes parecía, como siempre, tan sombrío como un juez a punto de dictar sentencia de muerte. El contador permanecía de pie, incapaz de reaccionar. Apiadándose de él, el matasanos le arropó con una manta y lo condujo al muelle, a las cálidas y serenas tripas de la Beagle.
—¿Y qué será de mí? —preguntó O’Hara. Stokes le devolvió sus armas, aunque no parecía muy satisfecho.
—Lárguese con viento fresco —le espetó—. Si vuelvo a verle, no será tan poco lo que le devuelva. ¿Entendido?
El irlandés lo meditó apenas un par de segundos. Dobló la carta, se la metió en el interior de la camisa, se enderezó y, con apenas un escueto «adiós» se perdió en la noche pernambucana.
—¿Y los críos? —preguntó Darwin.
—Nos los llevaremos, por supuesto. —Stokes miraba al cielo, quizá pidiéndole alguna respuesta que mereciera la pena—. ¡Maldita lluvia! Creo que no recuperaremos la sonrisa hasta que recalemos en otro puerto.
—Pues si estamos todos, cuanto antes nos marchemos, mucho mejor —musitó el naturalista—. Ya es hora de volver a casa.