La travesía
Capítulo 40
19 de septiembre
Hace una semana que llegamos a Buenos Ayres. Sus sesenta mil vecinos se despiertan cada mañana con los aromas del Mar de la Plata, con el humo de las chimeneas y la fragancia del mate que aquí se bebe como si fuera agua o té. Nos alojamos en una pequeña posada cerca de la avenida de Corrientes, que pasa por ser la calle más ruidosa y comercial de esta ciudad.
No hemos recibido más visitas de nuestro misterioso asesino. En esta semana he llegado a creer que las muertes del intérprete y del capitán Fierro no han sido sino turbias pesadillas de las que despertaría si tuviera la suficiente fuerza de voluntad. Esta mezcla de realidad y fantasía es una constante a lo largo de estas tierras sudamericanas, y nada me extrañaría que los escritores que aquí nazcan en el futuro no sepan distinguir la una de la otra y las usen a discreción, mezclándolas sin ton ni son.
Ahora ya no tengo por qué pasar por un chico, y la Villanueva me ha ayudado a vestirme como es debido para una muchacha de mi edad. Sigo sin confiar en ella, y el trato que recibo en correspondencia no es el más agradable, pero hemos aprendido que cuando la necesidad es urgente, hasta los enemigos pueden llegar a ser buenos compañeros de mesa.
Las noches de Buenos Ayres están por completo desvinculadas de los días; la caída del sol levanta a su vez un velo que no es sólo de oscuridad, una muralla que separa los dos ámbitos y que, una vez cruzada, no admite lamentos ni cobardías. Se mueve en esta oscuridad toda la germanía del lugar, prostibularia y venal, y si no hubiera estado ya curtida en todo tipo de canalladas me hubiera resultado imposible soportar este ambiente por más de un par de horas. Abundan los jaques de media chaqueta armados de navaja y pistola, los garitos infames de los que emergen voces de ultratumba, militares borrachos que disparan al aire, guitarras que rasguean canciones de letra sonrojante… es todo un mundo del que la Villanueva no quiere ni oír hablar, conformándose con dormir a pierna suelta sin saber lo que se mueve y bulle al otro lado de las paredes de su habitación.
Nadie parece conocer la identidad, ni siquiera la existencia, de nuestro misterioso perseguidor. Desde la tumba del capitán hasta Bahía Blanca no tuvimos más contratiempos que los propios del viaje y, sin embargo, a cada paso que dábamos sentíamos la presión de unos ojos hostiles. Poco a poco, milla a milla, todos los huasos nos fueron abandonando, siempre en silencio, sin ofrecer explicaciones; a veces por la noche, pero en las más ocasiones en pleno día, sin anuncio previo, como si hubieran decidido que ya tenían suficiente. Tan sólo al arriero permaneció fiel a nuestra marcha suicida. Cuando le pregunté el motivo que le llevaba a no marcharse, se limitó a encogerse de hombros con la indiferencia del hombre que afronta sus problemas sin pensar realmente en ellos.
—¿Qué otra cosa podría hacer?
Habré de recordar por mucho tiempo los últimos días de marcha, cuando ante nosotros ya se divisaba el abra y el oscuro color de las aguas del océano, cuando creíamos que en cualquier momento cambiaría nuestra suerte y ese silencioso viajero que siempre nos precedía se decidiría a acabar con nosotros, uno por uno. Todavía podíamos observar el brillo mortecino de la hoguera que siempre encendía a la noche, varias millas por delante en nuestro camino.
Pero, fuera quien fuese, nos había permitido llegar hasta Bahía Blanca y, ya allí, tomar un barco rumbo a Buenos Ayres, donde yo misma tenía pensado esperar unos meses hasta regresar a Inglaterra en algún discreto mercante que nos permitiera viajar sin ser reconocidas. Fue allí, en Bahía Blanca, donde el arriero se separó de nosotras. Lo hizo a su propia y sobria manera, sin tristezas, con una mirada ausente y un sencillo:
—Que tengan suerte.
Fue su única despedida. Lo echaríamos de menos en las atestadas calles de Buenos Ayres, pero no es menos cierto que este hombre, solitario y silencioso, no podría sobrevivir en la ciudad por mucho tiempo. Ignoro cómo se las apañará para regresar a Chile, pero no tengo dudas de su capacidad. Si existe una manera de volver, desafiando a los indios, a los guachos y al tiempo, la hallará.
23 de septiembre
Ha sido al regresar de una de mis incursiones. En el suelo, ante la puerta de nuestra habitación, alguien, ¡y no tengo dudas de su identidad!, había dejado un fardo de ropas ensangrentadas en cuyo interior se encontraba el viejo sombrero de fieltro del arriero. Una hondísima sensación de desconsuelo me invadió. Nos había seguido y seguía matando uno por uno a todos los miembros de la expedición. Quién sabe si también había ido eliminando a todos los huasos que nos habían abandonado antes de Bahía Blanca. En su minucioso trabajo asesino nos había dejado a las dos para el postre, y ya poco me importaba si mataba primero a la Villanueva o a mí, porque estaba claro que no podríamos hacer nada frente a él. Me parecía inútil llevar mis dos pistolas encima.
Villanueva se tomó la noticia con una sorprendente calma.
—¿Estamos muertas, entonces?
—Me temo que sí. No sé cuándo ni cómo, pero no creo que salgamos vivas de Buenos Ayres.
Me miró sin pestañear y después exhaló un suspiro tristísimo en el que parecía expresar el terrible cansancio y la inutilidad del viaje que habíamos llevado a cabo.
—Bueno, quizá sea mejor así —dijo—. Ya estaba cansada de escapar de algo que no conozco. Tan sólo lamento no poder despedirme de Dring como es debido. Aunque no lo creas, siento un gran afecto por tu patrón. Ha sido muy amable conmigo.
—Ha matado por usted.
—Sí, yo se lo pedí. —Villanueva aspiró un par de veces, como si estuviera a punto de llorar o gritar y no se decidiera por ninguna de ambas opciones—. Era la única manera de salir de Valparaíso, aun cuando eso me convirtiera en una arpía, en la promotora de un asesinato. Pero el matrimonio se había convertido para mí en una condena horrible, en una cárcel en vida. Pensé que el señor Rowlett podría sacarme de mi cautiverio y por eso comencé a escribirle a través de los mares, esperando que las historias que le enviaba le movieran a compasión… y quizás al amor, porque conozco en cierto modo el corazón de los hombres y sé que se dejan conmover con facilidad por las mujeres jóvenes, hermosas y en apuros, sobre todo si esas mujeres les piden ayuda a ellos, sólo a ellos. Fue para mí una sorpresa que Dring estuviera leyendo a escondidas las cartas que le enviaba a Rowlett… y esa sorpresa pasó de ser preocupante a ser todo un alivio cuando Rowlett murió. Gracias a él… pero no, no gracias a él. Todo ha salido mal y ahora las dos vamos a morir…
Sonreía con una tristeza exhausta, con una resignación fruto quizá de las llanuras en las que habíamos perdido todas las esperanzas de salir con vida. Quizás Angélica, al igual que yo misma, sólo deseara terminar con aquel viaje, del modo en que fuera.
30 de septiembre
Hemos recibido una visita inesperada. A media mañana un mozo porteño, uno de esos granujas sonrientes que tanto lanzan requiebros como puñaladas, nos trajo una invitación para comer en la residencia temporal de un tal señor J. L., firma que se leía al final de la nota en una fioritura de caligrafía.
—No tenemos nada que perder —dijo Villanueva en tono firme.
Pronto se demostró que el tal J. L. no era otro que el honorable señor John Lyndon, de quien yo misma guardaba agridulces recuerdos de mi estancia en Valparaíso. Sonriente, alto, educado y lascivo como un sátiro, apenas mostró sorpresa al reconocerme vestida de mujer, y ya no de mozo de recados.
—Ya decía yo que eras demasiado guapo para ser un chico —rió, mientras nos acompañaba al interior de la casa, una discreta residencia en las afueras de la ciudad, custodiada por una contenida falange de matones portuarios contratados a tal efecto. Lyndon sabía cómo cuidarse.
—En esta ciudad conviene madrugar una hora antes que el resto de tus vecinos. Se parece mucho a Valparaíso, con un componente de riesgo quizás algo más acusado. No hace ni dos semanas tuve un pequeño altercado con un comerciante local que me acusaba de falsear las medidas de mis envíos de grano… una calumnia infame, por supuesto. El asunto se solucionó con una larga charla entre mis muchachos y los suyos… parece mentira lo mucho que pueden clarificarse las disputas con un par de entierros de por medio.
Acompañaba sus palabras de pequeñas pausas que empleaba para acomodarnos, servir copas de vino y pequeñas bandejas llenas de dulces de leche y miel. Villanueva se mostraba encantada con las atenciones.
—¡Por fin un poco de urbanidad! —exclamó con una sonrisa de puro deleite. Lyndon soltó una carcajada.
—Sí, sí… ¡es increíble lo mucho que se pueden echar de menos ciertos lujos, pequeños caprichos, que siempre habíamos dado por supuestos!
la lógica pregunta de por qué no se había presentado antes, la respuesta fue tan pronta que no podía sino estar preparada de antemano… y, por tanto, tenía muchas posibilidades de ser falsa.
—¡Ni siquiera un hombre como yo lo sabe todo! —rió—. Tengo mis fuentes de información, mis pequeños espías… pero eso no es suficiente para abarcar esta ciudad. Verán, mis señoras, aunque Buenos Ayres pueda parecer pequeña en comparación con Londres, lo cierto es que las calles, los recovecos, los garitos y los escondrijos que alberga multiplican por diez su extensión total.
—Londres tiene casi un millón de habitantes, y Buenos Ayres…
—Ya, ya, no obstante aquí no existe un gobierno tan bien organizado como en la siempre benévola Inglaterra, mis señoras —dijo Lyndon con una sonrisa complaciente: llegaban licores y pastas—. De cualquier modo, he de reconocer que en esta ciudad, si uno sabe cómo sortear las dificultades, la vida puede ser muy placentera.
Cada vez me sentía más escamada por aquel individuo. No era Lyndon trigo limpio en absoluto, y no era yo un espantajo de higuera que se tragara todas las mentiras que me escupieran al rostro. Sin embargo, Villanueva parecía haber olvidado todos sus temores. Rodeada de un lujo tangible, con una copa de vino en la mano y sólidas paredes a su alrededor, todos los peligros pasados se quedaban enterrados en el pretérito perfecto de su existencia.
—Tenemos, eso sí, un pequeño problema —explicó ella después del almuerzo, durante el que yo misma no había probado bocado—. Que tal vez necesite de su ayuda.
—¿Qué problema es ése?
—Verá… fue usted muy amable conmigo en Valparaíso, y me preguntaba si podría volver a serlo… al parecer el horrible Portales se ha tomado muy a mal que me haya marchado del país. Incluso, ¡Dios no lo quiera!, tal vez crea que he tenido algo que ver con la muerte de mi marido. Y me preguntaba si…
—Por favor, señora —dijo Lyndon con una sonrisa—, me imaginaba algo así: déjelo todo en mis manos.
2 de octubre
Nos hemos mudado con armas y bagajes a la mansión de Lyndon. Me sigue pareciendo muy sospechoso que el mercader haya dejado su posición dominante en Valparaíso para, como repite una y otra vez, «buscar fortuna» en la compleja y tumultuosa Buenos Ayres.
De todos modos, intento pasar el menor tiempo posible en su presencia. Villanueva está encantada con su nueva situación… creo recordar que ya en Valparaíso el muy desgraciado le tiraba los tejos, y ver cómo se repite una rutina tan familiar para ella es, sin duda, lo mejor que le podía suceder después de meses de soledad y avatares. Lyndon, por su parte, se siente cómodo en el papel de galán y a mí me trata con displicencia. Prefiero que sea así. Sin embargo, ha puesto a varios de sus matones tras mis pasos: me siguen a todas partes y si trato de razonar con ellos, se escudan en un silencio ofensivo y cerril.
—La ciudad es peligrosa —me explica Lyndon en tono paciente, como si hablara con una idiota—. Lo único que hago es protegerte, tanto de los rufianes que hay ahí fuera, como de ti misma.
—¿De mí misma?
—Así es. Las mujeres, sobre todo las jovencitas con ansias de aventura que se han pasado media vida viviendo un engaño, tienden a ser problemáticas. Se meten en líos. Husmean donde no deben. Se convierten en un terrible incordio y entonces no me queda más remedio que atarlas de pies y manos y encerrarlas en su habitación. Si no tienen tutor legal, es posible que me erija yo en el suyo… y entonces podría pensar en la conveniencia de casarlas con algún rico mercader argentino, un criollo alto y cruel que la trataría como se trata a las perras inglesas. Aquí aprenderías lo que le corresponde a las mujeres por derecho. Estos hijos de españoles saben bien cómo tener a sus mujeres sujetas… y sin duda encontrarán que las inglesas son más sumisas y obedientes que las hembras locales. Eso te lo puedo confirmar yo… no se puede comparar a la mujer argentina, o a la chilena, con esos pálidos especímenes de Londres, de Plymouth o de Westminster… Aquí se estilan otros gustos, otras palabras, otras maneras de ver la vida que tú no podrías comprender. Estas hijas de los españoles, teñidas de sangre india, conocen secretos, maneras de atar a los hombres, que tú jamás podrías ni siquiera soñar, tú, que vistes como un marimacho y sabes de la seducción tanto como de la artillería. En comparación con ellas, eres menos que nada, eres un cero a la izquierda, pero podrías serme útil si así lo dispongo. Así que hazte un favor y no pongas las cosas difíciles.
Mientras hablaba, miraba por la ventana; allá abajo, en el patio, Villanueva paseaba bajo un torrente de luz invernal. En el rostro de Lyndon no se leía ninguna emoción. Todas las amenazas que había proferido habían sido en un tono neutro, reposado, indiferente, el mismo que podría usar al enumerar los ingresos de un buen año de ventas. Sabía yo que promesas tales, pronunciadas sin apasionamiento alguno, eran las que siempre se cumplían.
—Así que, si yo fuera tú, procuraría no llamar la atención. Procuraría no molestar, ni andar husmeando donde no se tiene necesidad. Porque la vida en esta ciudad es dura, dura y desagradable, y quién sabe lo que podría suceder mañana mismo.
—Villanueva cree que usted encontrará a quien nos quería dar caza. Cuando sepa que no va a ser así…
—¿Y quién te ha dicho que no será así? —preguntó Lyndon en tono divertido. Y ahora que lo pienso, horas después de sus amenazas, creo que en parte sus palabras tienen razón. Buenos Ayres no es un lugar adecuado para una muchacha sola. Pero alguien… alguien…
10 de octubre
Al parecer, Lyndon ha cumplido con su palabra.
—¡Aquí lo tienen! —nos dijo, con un movimiento de manos como el de un prestidigitador. Dos de sus forzudos habían traído a rastras a un individuo de aspecto lamentable, un indio esquelético al que habían molido a golpes y torturado tan salvajemente que la mayor parte de sus dedos estaban rotos, así como sus dientes. El pobre diablo balbuceaba incoherencias, fruto de la locura o del dolor.
—¿Quién qué es este… despojo? —preguntó Villanueva, con un gesto de asco.
—Vuestro cazador.
—No…
—El hombre que pretendía matarlas. —Lyndon abrió el pequeño saco de arpillera que el individuo traía consigo. En su interior se encontraban multitud de pequeños objetos que enseguida reconocí como pertenecientes a muchos de los miembros de nuestra anterior expedición. Unos anteojos del intérprete, cuchillos y collares de abalorios de los huasos, incluso la fusta de nuestro silencioso y leal arriero.
—No me lo creo —le espeté—. ¿Este desgraciado? No es más que un borracho de los que se ven a decenas en el puerto, es imposible que…
—Mis fuentes me dicen lo contrario —aseguró Lyndon en tono definitivo—. Éste es el hombre que os persiguió desde Valparaíso, contratado por Portales, para acabar con vuestra vida. Y de no haberos encontrado conmigo, no habría tardado mucho en hacerlo. Ya había reclutado a un buen grupo de desharrapados para que le prendieran fuego a vuestra posada.
—¿Y dónde están todos esos pirómanos? —pregunté. No me importó que mi tono sonara preñado de desconfianza: no creía nada de lo que Lyndon decía. Ni siquiera sabía si mi propia incredulidad estaba o no justificada. Lo único que tenía claro era que las manos de Lyndon ensuciaban todo aquello que tocaban. Aquel asunto no podía ser una excepción.
—Ahora mismo deben estar alimentando a placer a los peces del estuario. ¿Lo preguntas por algo en particular?
No, no podía fiarme de él. Lyndon era demasiado artero, demasiado taimado y ruin como para darle siquiera el beneficio de la duda. Ya en Valparaíso se había comportado con dobleces intolerables. Sin nadie que le vigilara, campando a sus anchas en la frenética vida porteña, era todavía más peligroso.
Lyndon, ajeno o no a mis recelos, explicó cómo había logrado encontrar al supuesto asesino, aunque sólo fuera para los oídos de Villanueva y no para los míos. Su historia implicaba demasiados elementos fantasiosos como para poder creerla. No me parecía la clase de hombre que se dedicara a indagar en los barrios portuarios de una ciudad como Buenos Ayres. Sujeto por los dos matones, el indio resollaba dolorosamente. Seguro que tenía las costillas rotas y no hablaba ninguna lengua civilizada que pudiéramos comprender. Quizá fueran suspicacias por mi parte, pero se me antojaba que los golpes, que las roturas de huesos, que la tortura a la que lo habían sometido no era de las que se destinan a hacer hablar a nadie. La boca rota. Los dientes partidos a la altura de las encías. Ese hombre no podría confesar ningún crimen, aun cuando lo deseara fervientemente para alejar el dolor de una vez por todas. Lyndon seguía mintiendo como un bellaco, inventándose una historia o narrando de memoria una que ya había tramado de antemano. El indio me miraba, o eso quise creer. Con el rostro tan machacado, tanto podría estar con la mirada fija en el suelo, en el techo o en el caos de dolor que lo consumía. Resollaba. Se moría. Yo no podía hacer nada. Estaba muerto y lo sabía, y si no lo sabía quizá fuera mejor para él, porque al menos conservaría una brizna de cordura y esperanza hasta el momento en que uno de aquellos brutos le rompiera el cuello o le clavara un puñal en el pecho hasta que el corazón dijera basta y todo se terminara.
—Ahora ya estáis a salvo —dijo Lyndon. Villanueva se lo creía sin dudar ni por un instante de la sinceridad de su salvador, y lo que yo pudiera opinar no tenía ninguna importancia. Y, de cualquier modo, ¿qué me importaba a mí lo que ella hiciera o dejara de hacer? La había acompañado hasta Buenos Ayres, como mi patrón Dring me había pedido, y el resto no era más que palabrería inútil. Había cumplido con creces, mucho más de lo que a cualquier otra muchacha de mi edad se le hubiera pedido. Había cruzado de un océano a otro, había ascendido montañas tres veces más altas que las que jamás encontraría en Inglaterra, había conocido a generales y dictadores, coroneles y capitanes, gauchos y huasos, indios y españoles. Muchas muchachas de mi propia condición, allá en casa, jamás habrían salido de su casa o de su calle. Había visto demasiadas cosas como para poder dormir en paz nunca más. Había visto morir hombres a los que hubiera confiado mi vida. No sólo eso: los había enterrado con mis propias manos.
Si la Villanueva hacía o dejaba de hacer, ¿qué me importaba a mí? ¿Qué?
15 de octubre de 1835
Ésta será la última anotación en este diario; no creo que el resto de mis actos, a partir de este momento, merezcan siquiera una línea de atención. He llegado muy lejos y me propongo ir todavía más allá, adoptando de nuevo el papel de muchacho que me sirvió en la Beagle para llegar donde ninguna otra mujer inglesa había llegado antes.
Me he marchado de la maldita casa del aún más maldito Lyndon. Durante dos largos días me he estado preparando, robando comida y dinero siempre que me era posible, disimulando, durmiendo, metiendo mis ropas en un hatillo y calzándome unas buenas botas. El naturalista, ese loco feliz de Darwin que en estos momentos estará rumbo a Australia, siempre me advertía de la conveniencia de calzar unas buenas botas. «Nunca sabes lo lejos que tendrás que caminar», reía.
Pues bien, yo tampoco lo sé en estos momentos. Sólo sé, y eso ya es suficiente para mí, que no puedo quedarme aquí. Lyndon no tardará en convencer a Villanueva de la conveniencia de emplearme como esclava, o venderme, o cumplir sus amenazas de casarme con algún criollo brutal que me alinee los dientes a bofetadas, o quizás hacer de mí una puta.
Antes de partir, aprovechando la honda oscuridad de las noches de esta primavera bonaerense, me he tropezado con la Villanueva. Envuelta en un chal blanco como la nieve, se me acercó con una carta en las manos. En sus ojos había una mirada de sordo reconocimiento y, tal vez, de tristeza.
—Te marchas. No, no voy a avisar a Lyndon. Creo que es la mejor decisión que podrías tomar. Lamento mucho todo lo que ha sucedido entre las dos… quiero que sepas que no soy del todo mala, que no me muevo sólo por mi propio bien. Lyndon es un buen hombre, nos ha salvado de ese canalla que Portales había enviado para cazarnos… aunque parte de lo que le contara a Dring y a Rowlett no fuera del todo cierto, ahí sí que no mentí: Portales es un monstruo capaz de matar, o de ordenar matar, sin sentir remordimiento alguno. Cuanto más lejos estemos de Chile y de Valparaíso, más seguras podremos vivir. Ojalá pudiera marcharme contigo, pero me temo que eso no será posible. Hasta aquí hemos podido llegar, pero más allá… no creas que no agradezco todo lo que has hecho por mí, sobre todo con todo lo que debes odiarme. Ten, esta carta es para… para quien ya sabes. Si lo llegas a encontrar, entrégasela. La confiaría al delegado comercial inglés, pero me temo que Lyndon podría leerla y malinterpretaría… algunas de las cosas que digo. Ahora, ve y cuídate.
No miré atrás a la hora de escapar. Salté los muros, corrí entre las gentes y me perdí en la callada y mansa muchedumbre nocturna de Corrientes. Borrachos y juerguistas guardaban un silencio extraño, casi reverente. Todos parecían esperar algo, aunque quizá ninguno hubiera sabido decir qué. Sin prestarles más atención, me hundí y me hundo en la noche y le digo adiós a todo, a Lyndon, a Buenos Ayres, a sus gentes y mujeres y desgracias tan comunes, tan manidas. Adiós, adiós, adiós.