La travesía
Capítulo 11
L a pequeña goleta de Harris se perdió en la bruma, con su docena de marineros mestizos y el contador Rowlett sentado cómodamente contra los obenques de estribor. La estela que dejaba tras de sí, fosforescente, se disipó con las corrientes y pronto no quedó de ella ni el recuerdo, pues había mucho que hacer y faltaban las manos.
—Mire, Darwin —dijo el capitán FitzRoy mirando con desagrado los últimos fósiles que el muchacho había subido a su camarote—, no crea que me desagrada que ejerza usted de filósofo natural, pero estamos escasos de provisiones y me han comentado que es usted un excelente cazador…
No hacía falta más para espolear el orgullo del joven. Hasta aquel momento había sido una partida de nueve españoles, gauchos todos ellos, la que se había encargado de conseguir carne fresca para la tripulación. Una muy oportuna invitación colocó al naturalista a lomos de un alazán inquieto y alto de grupa, secundado por Dring, cuyas obligaciones en el bergantín eran intrascendentes. Añadido al grupo en contra de su voluntad, el gruñón Covington cargaba con los bártulos del naturalista, los fusiles, la pólvora y las municiones.
El jefe de la partida de españoles era el único cuya piel hubiera podido ser blanca en un pasado; tostada por el viento, el sol y la sal, ofrecía un aspecto coriáceo y resistente como sus propias botas. El resto eran, o bien indios mapuches, o bien mestizos en mayor o menor grado.
—Puñeteros españoles —había barbotado uno de los marineros el día anterior, un tal Doyle—. No sólo roban y matan a estos desgraciados, sino que, además, fornican con sus hembras.
—Nosotros, los ingleses, también hemos matado y robado a los indios —apuntó Darwin en tono de honda cautela.
—Ya. Pero nada de fornicar. ¡Nunca fornicar!
El resultado de aquellas cohabitaciones era la raza mestiza, fuerte y cetrina, que habitaba las Pampas y hacía de los inmensos pastos, de los cielos añiles y la libertad su seña de identidad.
Precisamente las boleadoras llamaron la atención del naturalista. Dos o tres bolas atadas con ligaduras de cuero, parecían inofensivas y más bien inútiles. Cierto era que Darwin había escuchado suficientes historias acerca de la versatilidad de aquel instrumento como para persistir en el error, pero a primera vista… diablos, era imposible que aquel extraño instrumento pudiera competir contra toda la ciencia inscrita en el cañón de un buen fusil.
—Mire —dijo el jefe del grupo cuando hubieron cabalgado un buen rato hacia el interior. Volvió Darwin la vista al frente y vio cómo cuatro de los gauchos, aferrados a sus monturas como si caballo y jinete fueran una sola persona, centaura hasta el último de sus cabellos, se lanzaban en un loco galope tras un ñandú de color gris que zigzagueaba entre las altas yerbas. A una señal en apariencia invisible, se dispersaron fustigando a sus caballos para arrancar de sus patas hasta la última brizna de esfuerzo. El sudor corría por los flancos de los animales, y los jinetes se abrazaban a sus poderosos cuellos y en ocasiones se agachaban tanto que parecían a punto de caerse al suelo. El acoso que siguió fue fascinante para el joven naturalista: el ñandú corría veloz como ninguna otra criatura que hubiera visto antes, y desde luego mucho más que cualquiera de los caballos; tan veloz que por momentos parecía invisible. No obstante, los gauchos se habían dispersado de tal modo que, fuera donde fuera su víctima, siempre se encontrara en su camino a uno de ellos, efigie silenciosa y aguerrida, encaramada a los estribos y brillante con el poncho al aire y el rostro tenso en una máscara de furia y ansia. Implacables, fueron arrinconando poco a poco a su presa hasta que se encontró a la distancia justa. Los jinetes se abalanzaron sobre ella, forzándola a cambiar de rumbo, a saltar, a evitar la embestida de los enormes caballos patagones, en ocasiones llegando a pasar por debajo de la panza de alguno de los brutos para evitar ser pisoteada… el último de los gauchos, con un movimiento fluido y elegante, volteó sus boleadoras en el aire y las lanzó por debajo de la panza del rucio, alcanzando al ñandú por encima de sus huesudas rodillas. Darwin se sorprendió aplaudiendo, Dring se rascaba la sien e incluso el hosco Covington mostraba en su rostro un asomo de respeto. Podían ser indios, degenerados, papistas y no saber una sola palabra de buen inglés, pero sabían cabalgar. Vaya si sabían.
—Esta noche —sentenció el jefe de la partida, mientras sus compañeros degollaban al animal— comeremos armadillo y huevos de ñandú. Y mañana seguiremos cazando. Y espero que se nos una, doctor Carlos.
Pasó un minuto antes de que Darwin se percatara de su nuevo nombre. Y otro minuto más antes de ver las boleadoras que le tendían. Estaban manchadas de tierra y sangre, olían a mil demonios y pesaban una arroba. Estaba convencido de que si las usaba, acabaría rompiéndose la crisma. Pero…
—¡Será un placer! —aseguró, cogiéndolas.
El armadillo sabía a pato y era de suponer que para los gauchos el pato sabía a armadillo. La gastronomía también era relativa. Los gauchos lo asaban al fuego, dentro de su propio caparazón de placas óseas, y luego extraían con sus enormes machetes largos trozos de carne blanca y jugosa que acompañaban con los huevos de avestruz, cocidos hasta espesar la enorme yema, transustanciándola en un glóbulo ocre de textura harinosa y sabor incomparable.
—Estamos en primavera —dijo Dring a la caída de la noche. Los tres ingleses se habían tumbado cerca del fuego y observaban el lento baile circular de las mil estrellas que cuajaban el firmamento—. Y no parece que vaya a llover más.
—El tiempo es muy seco —dijo Covington—. Y esta tierra, lejos de la costa, también es muy seca. Toda esta arena… incluso ahora que florecen las plantas, el sol puede llegar a ser molesto. Y fíjese tan sólo en esas colinas arenosas… por el amor de Dios, esto es muy parecido al infierno.
—Los antiguos vikingos creían que el infierno era un lugar frío —aseguró Dring, cerrando los ojos—. Si eso es cierto, sin duda que la Tierra del Fuego es ese infierno que buscaban.
—Y si algo no lo impide, un infierno al que volveremos muy pronto —masculló el muchacho. Darwin, que se había perdido en la contemplación de las extrañas constelaciones australes, regresó al presente y al viento que recorría los pastos por encima de sus cabezas, silbando tonadillas lejanas, acarreando los aromas de otros países.
—¿Cómo es la Tierra del Fuego?
—Un lugar horrible —respondió Dring de inmediato, con la voz ronca por una emoción extraña en un hombre tan circunspecto—. Por poco perdimos la vida allí, bajo las órdenes del capitán Stokes y después bajo las de FitzRoy. El mar se encrespa en olas de cincuenta pies de altura que podrían destrozar un navío de línea, el cielo es del color de la pizarra, la niebla engulle las costas y oculta los arrecifes… ni siquiera las montañas logran ver la luz del sol. Todo es nieve, viento, hielo y tribus de salvajes locos y ladrones, homicidas y adoradores de demonios. Recuerdo las paredes del canal del Beagle, las nieves en los picos, los ataques de los indios yamana, las noches horribles entre hielos flotantes. Si existe un lugar peor en el mundo, espero que nuestro rumbo no nos lleve allí.
Entre los tres se instauró, breve y argentino, el silencio de las horas muertas y los viajes futuros. Más allá, en torno a su propio fuego, los gauchos roncaban apaciblemente; tan sólo dos de ellos montaban guardia y su conversación apenas levantaba un discreto murmullo de voces españolas.
—Ya tiene que ser malo para hacerle a usted protestar de este modo —dijo el naturalista—. Debe ser la vez que más le haya oído a usted hablar.
—Se habla mucho hoy en día —gruñó el ayudante del contador, cerrando los ojos y fantaseando con lo que fantasean los enamorados epistolares—. Y la mayor parte de las veces, para no decir nada que merezca la pena escuchar.
Darwin ya no le escuchaba: se había quedado dormido como una marmota. Covington tampoco tardó mucho en rendirse a Morfeo, aferrado al violín que apenas tocaba desde que la otitis hubiera convertido sus aptitudes auditivas en un penoso recuerdo. Dring no dormía. Sus pensamientos no podían por menos que volar hacia esa ciudad de Valparaíso en la que… diablos, no tenía ni la más remota idea de qué iba a hacer. ¿Se rebelaría contra su patrón y trataría de hacerse con el corazón de aquella lejana y elusiva muchacha española? ¿Acataría una sumisión que no deseaba? ¿Llegaría siquiera a verla? Todas las dudas posibles, y más que se inventaba, acudían a su incierto presente.
Jamás podría dormir con la cabeza llena de los pájaros del desaliento. Se levantó y trató de conciliarse consigo mismo, paseando por los alrededores del campamento. Poco pensaba en su propia seguridad: en aquellos momentos, ni todas las tribus de indígenas patagones juntos le hubieran hecho arquear una ceja. Sobre su cabeza, las estrellas australes danzaban lentas alrededor de un punto no muy distante a la famosa Cruz del Sur. Pensaba… aquel viaje era una completa insensatez. ¡No estaría mucho mejor en Inglaterra, dedicado a menesteres más provechosos que correr como un loco tras una mujer de la que nada sabía! ¿En qué había estado pensando cuando se decidió a espiar la correspondencia de Rowlett? Bastante penitencia era su anhelo, en realidad.
Se había alejado ya lo suficiente; tras él, la fogata y los gauchos y sus compañeros de viaje se habían reducido a una pincelada amarilla y unas pocas trazas marrones sobre un paisaje de azules intensos y grises espectrales. A lo lejos, vio una silueta que se perfilaba, perfecta, contra el firmamento del color del más hondo de los mares. El ayudante del contador se acercó, sigiloso como un ratón, hasta una distancia en la que pudo ver sin necesidad de acudir a la imaginación, que es poderosa aliada pero tiende a la invención.
La figura era uno de los gauchos. Pero no era un gaucho normal. Era una mujer. Dring se maravilló al verla… no sólo por el inédito espectáculo de una mujer en un grupo de hombres, compartiendo una vida salvaje y agreste al margen de toda regla, allí donde el mundo civilizado moría, sino por el simple, mero y estúpido hecho de contemplar a una mujer tras tantos meses.
La mujer gaucha se desnudaba, perfilada contra las estrellas primaverales. Junto a ella, un pozo horadado en el terreno y asentado con piedras proporcionaba a los viajeros el agua suficiente para proseguir su trayecto hacia Río Negro y la pequeña ciudad de El Carmen. Disfrutando de la soledad y el placer del baño, sus ropas fueron cayendo, capa por capa, hasta quedar por completo desnuda; el pelo largo la igualaba a sus compañeros, pero su rostro, por más que ajado, conservaba las formas almendradas de una juventud no muy lejana y sin duda, hermosa. Con un poco de jabón, sin duda conservado a lo largo de meses como un tesoro bíblico, fue restregando poco a poco el cuerpo, brazos y piernas, pecho y espalda, cuello y rostro; lo que había aparecido como una extensión de piel mugrienta fue poco a poco adoptando un tono más claro, mientras las capas de suciedad se iban desprendiendo de su cuerpo, resbalaban junto al agua jabonosa. Era bella como sólo es lo imprevisto. Al día siguiente volvería a ser nada más que otro jinete más, hosco y silencioso, una cazadora gruñona y acostumbrada a los terribles esfuerzos de las Pampas… pero aquella noche, como todo el mundo alguna vez en su vida, se había transfigurado en alguien por completo distinto. La belleza, efímera allí por encima de todas las cosas, encarnada por un instante en aquella silueta de pechos pequeños y piernas musculosas, cegó al muchacho, tan directa como mirar al sol sin protección ni aviso. Lo inesperado surgía de entre las arenas de Bahía Blanca. Las estrellas mostraban secretos de factura femenina. Todo era silencio. El rostro de la mujer expresaba un arrobo tan intenso que, en realidad, no era sino dolor.
Dring, maravillado, lloró en silencio, como lloran los niños que se han hecho adultos de golpe.
A la mañana siguiente, Darwin y Covington asaban lonchas de panceta sobre el fuego y discutían tanto por la cantidad adecuada de café en un buen desayuno inglés como sobre la posibilidad de que aquellas tierras hubieran estado sumergidas en tiempos antediluvianos. A Covington semejante idea, amén de imposible, le resultaba incluso obscena.
—Entra en razón, Syms —le decía Darwin—, ¿cómo te explicas si no la presencia de conchas marinas y esqueletos de peces en lo alto de las montañas, incluso aquí mismo, en este desierto implacable?
—El Diluvio —afirmó el muchacho con terquedad inglesa.
—¿Incluso en la cima de esas montañas?
—Las Sagradas Escrituras dicen que tras cuarenta días con sus cuarenta noches de intensas lluvias, toda la tierra quedó anegada salvo la cima del monte Ararat, así que sí, también ellas.
—Y supongo que los pies de grosor de esas capas de conchas calizas…
—Una mortandad horrible. Se ahogaron todas.
—¿Cómo se pueden ahogar unas almejas, Syms?
Dring soltó una carcajada. No eran nuevas las discusiones entre el naturalista y su joven servidor, y los argumentos que tanto el uno como el otro usaban terminaban por degenerar en una triste conversación de besugos. No había mayor sordo que el que no deseaba oír, desde luego. Al menos, con tales disquisiciones filosóficas se le pasaba el tiempo lo bastante rápido como para no pensar en la distancia que lo separaba de Valparaíso y de los meses que llevaba sin poder leer una de las cartas de su adorada Angélica.
Durante aquel día trató de descubrir entre los gauchos a la mujer que había visto la noche anterior. Tan irreal le parecía aquel recuerdo que apenas podía creerlo. De no haber sido sus propios ojos los testigos de aquella extraña y delicada desnudez, no hubiera dado ningún crédito a tamaña invención. Bajo la pesada luz solar, amarilla y densa como la miel, las figuras que montaban los caballos parecían todas iguales; las sombras que sus sombreros arrojaban sobre los rostros los convertían en espectros anónimos a la espera de una presa; a su vista, despabilaban de su letargo y arreaban sus monturas con un frenesí poco menos que diabólico, las boleadoras zumbaban en el aire, zureaban las balas, y los gritos de los gauchos, tan breves como espeluznantes, servían de breve epitafio a los animales a los que daban muerte. Distinguir entre uno y otro jinete resultaba casi imposible… quizá algún ademán, alguna palabra… pero cuando no cazaban todos eran silenciosos como tumbas, salvo el jefe de la partida. Este último oficiaba de guía e intérprete para el joven Darwin, le aleccionaba en el uso de las boleadoras y se reía con grandes carcajadas atlánticas cuando éste fallaba y se golpeaba en el pecho o en el hombro con aquella fabulosa y compleja arma indígena. Nada serio… tan sólo una magulladura en el cuerpo y otro cardenal, más doloroso y vergonzante, en el amor propio.
la caída de la noche, próximo el regreso a la Beagle, las discusiones entre el naturalista y su ayudante ya habían tomado un cariz teosófico difícil de igualar.
—Lo que usted hace, señor Darwin, es negar la preeminencia de los Textos…
—Lo que digo, mi estimado Syms, es que tal vez su literalidad no sea beneficiosa para la Ciencia. Al fin y al cabo, los hombres que escribieron esos Textos, por muy agraciados con la clarividencia divina que fueran, no tenían ni nuestra preparación ni nuestros conocimientos…
—Esas ideas papistas lo llevarán por el camino de la perdición —aseguraba el muchacho, con un gesto de honda preocupación en su rostro regular, fuerte y casi guapo—. ¡Lo que yo le diga!
Harto de disquisiciones bizantinas, Dring se envolvió en su propio poncho y buscó la soledad de los alrededores. Buscaba, aunque no lo admitiera, el mismo encuentro que había tenido la oportunidad de presenciar la noche anterior. ¿Lujuria? Quizá.
Se detuvo sin lograr encontrar lo que buscaba. Podía pasarse toda la noche ansiando más de lo que ya había conseguido y no por ello lograría sino angustiarse. Porque la comezón que le invadía el pecho no se debía a la gaucha de modales fríos y belleza lunar, ni siquiera a la posibilidad de encontrársela desnuda y de que accediera a sus torpes ruegos. Era algo mucho más hondo, contenido tanto en las líneas de unas cartas como en su propia estupidez. Estaba enamorado de una idea, de un sueño, más que de una realidad perceptible.
eso, ¡ay!, no había baño nocturno que lo aliviara.