La travesía

David López · Capítulo 31 de 47

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La travesía

Capítulo 30

 

Entre celoso y desconfiado guardaba Dring en el forro de su abrigo todas las cartas que conservaba de Angélica. Enfebrecido con la locura del amante, empeñaba las noches en su relectura, empapándose de todo lo que la muchacha le había contado y que, se temía, no era más que una elaborada fantasía con alguna semilla de verdad enterrada bien hondo.

—Yo conozco a ese tal Correa —le había dicho Sulivan—. Un hombre razonable y sensato para lo que se estila en este país, un hombre rico e influyente.

—Y muy aficionado a la filosofía natural —apuntó Bynoe con malicia—. Un adelantado a su tiempo, sin lugar a dudas. Si hubiera una docena más de hombres como él en el gobierno de estos países, otro gallo le cantaría a Sudamérica.

—No me diga —masculló el contador, sumando un ítem más a la ya larga lista de sus desgracias—, ¿y qué más maravillas me cuenta de él?

Maravillas, sí, y todas a su alcance. Amén de culto y mecenas de cuanto artista descollara en Valparaíso, comerciante privilegiado y benefactor de pobres, ancianos, niños y viudas, se le relacionaba con las cabezas pensantes del gobierno conservador, entre la que no era la menor la del propio Portales, quien almorzaba con él todos los domingos y destinaba a su mesa, a su persona y a su obra los mayores parabienes que se pudieran glosar con palabras.

Las palabras de Bynoe y Sulivan rondaban por su cabeza mientras dirigía su mula con descuidados taconazos rumbo a la cena de gala que organizaba Angélica Villanueva para dar la bienvenida a los gallardos marineros británicos.

—Será una bagatela —le había dicho la muchacha en una breve carta, casi un opúsculo, que le había llegado nada más atracar la Beagle—, un puñado de invitados lenguaraces y un montón de viejas chismosas… lo que realmente me importa es verle a usted…

«Qué poco hace falta para cautivarme», pensaba mientras desmontaba de la mula. «Unas palabras bonitas, ni siquiera una promesa, una sonrisa futura y…»

—Bienvenido, señor Dring —le saludó una de las criadas mestizas de Correa, una criatura esbelta y tan hermosa que robaba la respiración, en la que también resultaba casi imposible descubrir a uno de los demonios que le había narrado Angélica en sus misivas—. Qué alegría verlo a usted de nuevo. Permítame su casaca…

Vestido de alquiler de pies a cabeza, pulcro aunque en absoluto deslumbrante, cruzó varias habitaciones, recibidores, salones y pasillos decorados con esa ya familiar mezcla de pretenciosidad y mal gusto que tanto abundaba en la burguesía de las colonias europeas. El salón en el que se celebraría la velada pasaba por ser uno de los más elegantes de toda la ciudad; un airoso arco de ventanas ofrecía una panorámica del mar gris facetado en blanco, las sillas se disponían en un orden que sólo podía calificarse como de femenino y una contenida cohorte de camareros servía bebidas a los presentes; las cortinas mostraban un juego de extraños pliegues que Dring hubiera deseado mirar durante horas, todo con tal de no enfrentarse a la honesta mirada de Correa.

—Bienvenido, señor Dring —le saludó éste con un fuerte apretón de manos—. Espero que su estancia aquí sea agradable.

—Siempre lo es —musitó el contador—. La fama de la hospitalidad de Valparaíso está bien ganada…

—Por favor, siempre es un placer recibir a nuestros amigos ingleses, que tanto bien han hecho en la causa de nuestra independencia. ¿Se detendrán mucho tiempo en Valparaíso?

—Me temo que no. El capitán piensa partir mañana mismo, en cuanto completemos la aguada y carguemos las provisiones.

—Qué lástima. —El pobre diablo parecía del todo ignorante de lo que se cocía a sus espaldas—. Espero que regresen: hay muchos negocios llenos de provecho que podríamos llevar a cabo, y tengo oído que el capitán FitzRoy goza de predicamento en Inglaterra.

—Eso dicen, sí.

Correa se marchó a saludar a un conocido y Dring vagabundeó unos minutos entre las mesas, intercambiando débiles saludos con los invitados y notando cómo un sudor frío, muy frío, y tan pegajoso como la miel, se le escurría por la espalda.

—Ya veo que también usted viene a besar su mano.

Quien tan desabrido hablaba era el coronel Vidaurre; después de haberlo visto ya en varias ocasiones en la distancia, le pareció un hombre más bien discreto, incluso enfundado en el imponente uniforme del arma de caballería, con un tahalí cruzándole el pecho y el imponente mostacho dominando su rostro como una montaña hirsuta.

—¿Disculpe?

—No se haga el tonto conmigo, inglés. Sólo hay dos motivos, a mi entender, por los que usted podría aparecer en esta fiesta. El primero de ellos es por agradar a Correa… y corre por ahí el rumor de que nuestro insigne Príncipe de mercaderes lo odia a usted. El motivo de ese odio me lleva al segundo motivo: está usted aquí por la señorita Villanueva.

—¿Y debería responder a esa insinuación?

Vidaurre sacudió la cabeza, como si le asombrara la estolidez del contador.

—Haga lo que quiera, inglés. Sus motivos son idénticos a los de muchos hombres que ve hoy aquí… tan sólo que de todos ellos sólo usted ha ido demasiado lejos en sus ambiciones, hasta allí donde nadie se ha atrevido. —Vidaurre sonreía ahora, quizá con un punto de admiración—. Entre una mesnada de cobardes se ha descollado usted… y eso es tan bueno como malo. También, tengo entendido, su patrón hizo avances semejantes, aunque creo recordar que en estos momentos descansa en el fondo del mar.

Dring no respondió, más atento al constante flujo de gentes que remolineaba en el interior de la sala. El coronel le miró durante unos instantes más antes de decidir, quizá, que no merecía la pena advertir más a quien no quería consejo alguno y que quien deseaba perderse tenía todo el derecho de hacerlo.

Angélica no apareció hasta bien entrada la fiesta: engalanada de azul y blanco, con el cabello negro suelto sobre los hombros y un brillo terrible en la mirada. Tras ella, a un par de pasos de distancia y con aire de lechuguino, la seguía su traductor y confidente, un jovenzuelo de aire lánguido y afeminado. Angélica departió con un grupo de conocidos antes de acercarse.

—¡Está aquí! —le susurró con los dientes apretados por la rabia.

—¿Quién?

—¡Portales! ¡El muy canalla ha venido a mi casa! ¡Qué desfachatez!

Dring estiró el cuello para mirar hacia el fondo del salón; efectivamente, allí, rodeado de un grupo de solícitos sicofantas, se encontraba el hombre más poderoso de Chile. No era alto, presentaba un cuerpo seco de carnes y su rostro, afilado y pálido como la leche, parecía esconder enciclopedias de secretos. El poder de Portales era de otra especie; igual de efectivo que los ejércitos de Rosas y mucho más discreto, mucho más… contenido. Ése era el hombre que había salido triunfante de la guerra civil del 29, el mismo que había empujado al exilio a la mayoría de sus rivales, el solícito monstruo que hacía de su capa un sayo allí por donde fuera, el ínclito creador de las funestas «cárceles ambulantes»… Dring lo saludó con cierto envaramiento.

—Ah, los ingleses han venido a vernos. —Portales tenía la voz suave y hermosa, la voz de un seductor—. Siempre es un honor tenerlos entre nosotros… aunque hayamos tenido ciertas desavenencias en el pasado, no por ello los hijos de la Gran Bretaña son mal considerados, siempre y cuando guarden las apariencias y el decoro.

—Por supuesto, señor.

—El decoro está infravalorado hoy en día. —Portales lo cogió del brazo y ambos salieron a uno de los pequeños balcones que se asomaban a la hermosa vista, toda fanales y aguas oscuras, del puerto de la ciudad—. Las costumbres se relajan, los hábitos se tornan nefandos y surge la depravación, el caos, la locura. Mis propios enemigos políticos me achacan algo parecido… le supongo a usted al tanto de las burdas sutilezas del juego social en esta ciudad, ya que es usted amigo de la Villanueva. Muy amigo, según me han comentado. —La voz de Portales también podía, además de acariciar, helar: aquélla fue una de esas ocasiones—. Mi propia relación con Constanza me pone en tela de juicio, y yo mismo veo las incongruencias de mi discurso con mis actos, pero… ¿quién predica hoy en día con su propio ejemplo?

—Muy poca gente, señor. La verdadera virtud está, supongo, en saber dirigir a las gentes.

—¡Eso es lo que yo digo! En ocasiones hay que agarrar al país por el pescuezo y sacudirlo, para que dé de sí mismo lo mejor. Es así siempre con las personas: salvo muy pocas almas verdaderamente sacrificadas, al resto hay que obligarlos a actuar. Hay en el mundo dos clases de rebaños, mi estimado inglés, y para cada rebaño hace falta una clase de pastor.

Dring podía maliciarse que Portales no se refería a rebaños como tales, sino a un trasunto de los hombres a los que se creía en el deber de gobernar.

—Hay hombres que son como ovejas —explicó Portales sin ser requerido, y Dring se dio cuenta de que Portales hablaba con él porque resultaba irrelevante en todos los sentidos—. Necios, torpes, confiados y estúpidos. Esos hombres necesitan un pastor que los guíe: incapaces de cualquier decisión, de cualquier iniciativa. Si de ellos dependiera, morirían de inacción.

En el salón, Angélica bailaba con su intérprete; en el rostro del mozalbete se insinuaba una sonrisa complacida. Más allá, al fondo, Correa departía con varios hombres con aspecto de no haber pasado muchas penurias en los últimos tiempos.

—Otros hombres, sin embargo, son idénticos a cabras. Bulliciosos, inquietos, siempre en pie de anarquía. Todo lo comienzan, pero nunca lo culminan. Si se les deja a su aire, no crean más que caos y desconcierto. A esos hombres les hace falta, como a las ovejas, un pastor… pero ya no un guía. Les hace falta un líder, alguien que encauce su energía hacia fines positivos.

Dring se sentía tan fuera de lugar que apenas daba crédito a lo que oía. No era él más que un simple hombre, un anfibio siempre entre dos mundos, un mentiroso y un felón, y sin embargo compartía copa y confidencias con el político más importante de Chile. Y lo único en lo que podía pensar era en la arrebatadora beldad morena que bailaba a sus espaldas, en los largos tirabuzones oscuros de su cabello y en el dulcísimo sabor de sus labios…

—Ahora mismo, mientras hablo con usted, mis enemigos conspiran. —Portales se encogió de hombros con una sonrisita, como si ya supiera de sus tejemanejes y no le importara en absoluto—. Creen que no lo sé, creen que lo ignoro, pero mis ojos están en todas partes, mis oídos en todas las paredes. Escucho cada una de sus traiciones, y tomo nota cumplida. En el norte, Perú y B obvia planean unir sus fuerzas para dominar el comercio del Pacífico. En mi propio país, los malditos liberales traman golpes de estado para imponer sus ideas sediciosas. ¿Qué he de hacer?

—En ocasiones la clemencia…

—¡Tonterías! Si mi padre conspirara, a mi padre fusilaría. —Portales apretó los dientes con fuerza—. Ustedes tampoco muestran piedad cuando han de erradicar una amenaza, amigo inglés.

—No lo dudo —musitó el contador, recordando la mirada lunática y fervorosa de todos los capitanes a los que había conocido. Ese mismo fanatismo, ciego e implacable, era el que los llevaba a recorrer el orbe sin detenerse a pensar en la sensatez de sus actos, confiando en que mentes más sabias y ancianas hubieran decidido bien por ellos. Y ya se llamara el marino Cook o Nelson, Vernon o King, obedecería hasta el final y persistiría en sus errores hasta las últimas consecuencias. Como él mismo, John Edwards Dring. Ya había decidido tiempo atrás lo que debía hacer, y cualquier retraso no sería más que síntoma de su cobardía.

—Me importa muy poco lo que usted haga —le espetó por fin Portales a Dring, mirándolo a los ojos con una extraña fiereza—. Si va o viene, anda o salta. No me son ajenos los escarceos que se trae con esa gorgona apellidada Villanueva: allá usted, no soy yo quien para decirle en qué cama debe dormir. Pero no se atreva a hacer nada que altere el buen funcionamiento de esta ciudad. Las aventuras de alcoba son una cosa: conspirar para asesinar es algo muy distinto. ¿Me he expresado con suficiente claridad?

—¿Y por qué debería hacerle caso a usted?

Portales sonrió como sólo sonríen las águilas y los hombres que duermen con la conciencia por completo limpia, incluso después de haber ordenado a sus enemigos desfilar ante un pelotón de fusilamiento. O quizá, precisamente, por haberlo ordenado.

—No es usted tan tonto como para creer en serio que voy a quedarme de brazos cruzados mientras provoca el caos en mi ciudad. Métase en las enaguas de quien sea, hombre, mujer o animal. Pero Correa es necesario. Me es necesario. ¿Comprende?

—Comprendo.

—Buen chico. Ahora, vaya a divertirse.

Dring se marchó, consciente de que acababa de jugarse la vida con aquel demente. Tras él, Portales, sobrio y silencioso como un monje, contemplaba el mosaico de tejados y paredes blancas de Valparaíso y la sombra que la luna arrebataba a la enorme mole de los cerros de la ciudad. Y cualquiera hubiera jurado sobre una pila de Biblias que, en aquellos momentos, ni el asomo de una sonrisa torcía sus labios finos y blancos.

 

—¡Mi querido amigo! Menos mal que ha aparecido usted, ¡creía volverme loca!

Angélica cogió de las manos a Dring y le depositó un beso en los labios que al contador le supo como agua tras largos meses de travesía de sed. Las ventanas de la casa estaban abiertas del postigo a la jamba, y una suave brisa salada se enredaba en los cortinajes. La muchacha vestía un salto de cama tan sutil como la bruma y estaba sonrojada hasta la raíz de los cabellos.

—Está usted especialmente hermosa, señora.

—Halagador. —Angélica le condujo hasta un pequeño salón abigarrado de telas y pequeños sillones. El cielo, más allá de las ventanas, brillaba de un insoportable tono azul intenso, índigo. Bajo él, más oscuro y profundo, el mar rumiaba sus miserias y secretos y escupía olas contra la costa—. Se marchan mañana ustedes, ¿verdad?

—Así es. Pero volveré a por usted… y a cumplir con lo que le prometí.

—No lo dudaba ni por un instante —aseguró ella, aunque la oscuridad que remolineaba en el fondo de sus ojos parecía decir lo contrario—. Y entonces se encargará de…

—Sí, lo haré. —Dring se palmeó el interior de la casaca, donde portaba la enorme pistola que todavía no sabía usar con la mínima pericia. Su ayudante, Joe, sabía usar sus armas mucho mejor y con un desparpajo que no pocos a bordo del barco, desconocedores del secreto que la muchacha guardaba entre sus piernas, calificaban como de homicida—. Siempre cumplo lo prometido.

—Me alegro, amigo mío… han sido unos días horribles, no se lo puede usted imaginar. —La muchacha hablaba a borbotones, como si hubieran abierto una espita en su alma y por ella se vaciara a fuerza de gramática—. ¡Un suplicio innombrable! Creo que he llegado a contar el número de olas que golpeaban el muelle en una hora: mil quinientas doce. La ciudad también está llena de gatos y de ratas, y se ignoran mutuamente. ¿Le importaría sentarse conmigo, aquí, junto a la ventana? Me gusta este sitio porque el viento me trae olores que creo que son de otras tierras y así me hago la ilusión de estar viajando lejos, donde nadie me conoce y puedo hacer mi santa voluntad. ¿No ha sentido nunca nada parecido? Los gatos están todos gordos y no se debe a que cacen ratas, sino a que se comen vivos a los pobres desgraciados que Portales encierra en esas cárceles ambulantes, que más parecen jaulas para canarios en la que esos hombres se pudren en vida. Sólo los he visto una vez, pero la impresión fue tan duradera que todavía se me saltan las lágrimas al recordarlo. ¿Me considera una incapaz, John Edwards? Por favor, cójame de la mano, creo que se me hielan los miembros al recordar a ese pobre diablo. ¿Le gusta este camisón? Es la última moda en París, según me han dicho, entre las mujeres de moral licenciosa. ¡Ojalá pudiera ser una de ellas! No tienen honor y su reputación es infame, pero al menos no están atadas a nadie. Son libres, hasta donde pueda serlo una mujer. ¡Me he hartado de llorar estos días! Tenía la estúpida sensación de que iba usted a aprovecharse de mí para después escapar y dejarme abandonada y aunque no me importe lo que piensen, lo cierto es que sería muy desconsiderado por su… oh, ¡oh!, fíjese, qué hermosura de barco está entrando ahora en el puerto. No es el suyo, ¿verdad?, me dijo que el suyo era más pequeño y rechoncho, aunque admito que yo no sé mucho de esas cosas…

—Debo irme, señora… el capitán insiste en partir con la marea.

—¿Ya se va? —Angélica parpadeó con fuerza un par de veces, hasta conseguir que a sus ojos se asomaran un par de gruesas lágrimas de circunstancias. Dring estuvo a punto de sonreír, pero no lo hizo—. Bueno, váyase, pero béseme antes.

La puerta del salón se abrió de golpe para dejar paso a Correa, con aspecto enfurecido aunque no sorprendido. Dring se apartó de un salto de Angélica, pero ésta permaneció erguida, con una mueca extraña en su rostro, triunfal se diría.

—¿Con qué derecho se atreve usted…? —Correa aspiró hondo y trató de serenarse, aunque era evidente que no lograba conseguirlo… y también resultó evidente para el contador que aquella escena se producía no por primera vez en aquel salón—. Angélica, será mejor que te vayas.

—Yo no me voy a parte alguna.

—¡Usted! Márchese de mi casa y no vuelva a insultarme con su presencia. —Le temblaban las manos y el pecho de la rabia—. ¡Largo!

—No tiene usted legitimidad —arguyó Dring, tragando saliva con dificultad—. Deje en paz a Angélica o…

Correa se adelantó y le sacudió un puñetazo al contador, aunque falló en su propósito y apenas le rozó la mandíbula. No obstante, éste retrocedió un par de pasos, tropezó con la alfombra y cayó con un estrépito de porcelana rota sobre un enorme y costosísimo jarrón de aires chinos. Al cuento de las esquirlas se abrió largas heridas en la espalda y los brazos que comenzaron a manar sangre casi de inmediato.

—¡Animal! —chilló Angélica, consternada—. ¡Vas a matarlo!

Correa la apartó de un distraído empujón que ni tan siquiera buscaba ensañarse con ella. Su adversario se levantaba con incredulidad, observando cómo caían al suelo largos hilos de sangre oscura, que fluía tan mansa como un arroyuelo.

—Largo de mi casa. Bastante ya ha abusado de mi paciencia.

—Tendrá noticias mías —aseguró Dring, tan pálido en aquellos instantes como el rostro de Portales la noche anterior. Se le había abierto la casaca y se entreveían las armas que portaba. Sacó una de ellas y la arrojó a los pies de Correa en un mudo e inútil, por lo superfino, desafío—, se lo garantizo.

Correa cogió el arma y asintió con fatalidad.

—Las estaré esperando, señor mío. Téngalo por seguro.