Mal de escuela

Daniel Pennac · Capítulo 13 de 66

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Mal de escuela

Capítulo 3

vitaminas, relajación, homeopatía, terapia familiar o individual… Está la madre que sabe de psicología y que, dándole una explicación a todo, se sorprende de que no se encuentre nunca solución para nada, la única en todo el mundo que comprende a su hijo, a su hija, a los amigos de su hijo y de su hija, y cuya perpetua juventud de espíritu («¿verdad que debemos seguir siendo jóvenes?») se sorprende de que el mundo se haya vuelto tan viejo, tan incapaz de comprender a los jóvenes. Está la madre que llora, te llama y llora en silencio, y se excusa por llorar… Una mezcla de pesar, de inquietud y de vergüenza… A decir verdad todas sienten cierta vergüenza, y todas están preocupadas por el porvenir de su muchacho: «Pero ¿qué va a ser de él?». La mayoría se representan el porvenir como una proyección del presente en la obsesiva pantalla del futuro. El futuro como un muro en el que se proyectan las imágenes desmesuradamente ampliadas de un presente sin esperanza, ¡ese es el gran miedo de las madres!

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Ignoran que están dirigiéndose al más joven reventador de cajas de caudales de su generación y que si su representación del porvenir tuviera fundamento no estaría yo al teléfono escuchándolas sino en la cárcel, contándome los piojos, de acuerdo con la película que debió de proyectar mi pobre madre en la pantalla del futuro cuando supo que su hijo de once años arramblaba con los ahorros familiares.

Y entonces lo intento con un chiste: -¿Sabe usted el único modo de hacer que se ría el buen Dios?

Vacilación al otro extremo del hilo.

–Cuéntele sus proyectos.

En otras palabras, no pierda la cabeza, nada ocurre como está previsto, es lo único que nos enseña el futuro al convertirse en pasado.

Es insuficiente, claro está, un esparadrapo en una herida que no va a cicatrizar tan fácilmente, pero hago lo que puedo con los medios telefónicos.

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Para ser justos, a veces también me hablan de buenos alumnos: la madre metódica, por ejemplo, que busca una mejor clase preparatoria, tal como buscó desde el nacimiento de su hijo el mejor parvulario, y que amablemente me supone competencia bastante en esta pesca de altura; o la madre llegada de otro mundo, inmigrante de primera generación, portera en mi edificio, que ha advertido extrañas dotes en su hija, y tiene razón, la pequeña tiene que estudiar una carrera, no cabe duda, seguro que se licencia en algo, podrá incluso elegir la materia… (De hecho, está a punto de terminar sus estudios de derecho.) Y luego está L.M., agricultor en la región de Vercors, convocado por la maestra del pueblo, vistos los sorprendentes resultados de su muchacho…

–Ella me pregunta qué me gustaría que hiciese de mayor. Levanta su vaso a mi salud:

–Los profes sois la monda con vuestras preguntas… -¿Y tú qué le has contestado? – ¿Qué quieres que conteste un padre? ¡Lo máximo!

¡Presidente de la República!

También tenemos el caso contrario, otro padre, auxiliar de limpieza en este caso, que quiere abreviar a toda costa los estudios de su muchacho para ponerlo a trabajar, y que el chiquillo «produzca» enseguida. («¡No vendría