Mal de escuela

Daniel Pennac · Capítulo 29 de 66

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Mal de escuela

Capítulo 5

Siempre es más complicado de lo que el aprendiz de psicólogo cree. – …

-… -¿Conoces a Maisie Farange?

–No, ¿quién es?

–Era la hija de Beale Farange y de su mujer, cuyo nombre he olvidado. Dos divorciados célebres en su tiempo. Maisie era pequeña cuando se separaron, pero no se perdió ni una migaja de todo aquello. Tendrías que conocerla. Es una novela. De un americano. Henry James. Lo que Maisie sabía.

Novela compleja, por otra parte, que Jocelyne leyó durante la siguiente semana, estimulada por el propio campo d batalla conyugal. («¡Se sueltan los mismos argumentos que los. Farange, señor!») Pues sí, aunque sangre con sangre auténtica, la guerra de las parejas y el pesar de los hijos no dejan de ser menos literarios.

Dicho esto, cuando Montesquieu nos honra con su presencia en nuestra clase, debemos estar presentes para Montesquieu.

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Su presencia en clase… No es cómodo para esos chicos y chicas aportar cincuenta y cinco minutos de concentración en cinco o seis clases sucesivas, según esa distribución tan especial que la escuela hace del tiempo. ¡Menudo rompecabezas la distribución del tiempo! Reparto de las clases, de las materias, de las horas, de los alumnos, en función del número de aulas, de la constitución de grupos parciales, del número de materias optativas, de la disponibilidad de los laboratorios, de los incompatibles deseos del profesor de esto y la profesora de aquello… Cierto es que hoy en día la cabeza del jefe de estudios se salva gracias al ordenador, al que confía esos parámetros: «Siento lo de su miércoles por la tarde, señora Tal, es cosa del ordenador».

–Cincuenta y cinco minutos de francés -les explicaba yo a mis alumnos-son una horita con su propio nacimiento, su parte media y su final, una vida entera, en suma.

Eso es hablar por hablar, habrían podido responderme, una vida de literatura que enlaza con una vida de matemáticas, que a su vez enlaza con toda una existencia de historia, que te propulsa sin razón alguna a otra vida, inglesa en ese caso, o alemana, o química, o musical… ¡Son un montón de ree ncarnaciones en una sola jornada! ¡Y sin lógica alguna! Vuestra distribución del tiempo es Alicia en el país de las maravillas: tomas el té en casa de la liebre de marzo y te encuentras, sin transición, jugando al cróquet con la reina de corazones. Una jornada pasada en la coctelera de Lewis Carroll, privada de lo maravilloso, es toda una gimnasia. Y, por añadidura, la cosa se da aires de rigor. Un absoluto cajón de sastre podado como un jardín a la francesa, bosquecillo de cincuenta y cinco minutos tras bosquecillo de cincuenta y cinco minutos. Solo la jornada de un psicoanalista y el salami del charcutero pueden cortarse en rodajas tan iguales. ¡Y todas las semanas del año! El azar sin la sorpresa, ¡el colmo!

Sería tentador responderles: dejad ya de refunfuñar, queridos alumnos, y poneos en nuestro lugar; por otra parte, vuestra comparación con el psicoanalista no es tan mala; todos los días el pobre ve desfilar por su consulta las desgracias del mundo, y nosotros en nuestras clases vemos desfilar la ignorancia en grupos de treinta y cinco y a hora fija, durante toda nuestra vida que -con percepción logarítmica o sin ella- es mucho más larga que vuestra demasiado breve juventud, ya veréis, ya veréis…

Pero no, no debe pedirse nunca a un alumno que se ponga en el lugar de un profesor, la tentación de la risa sarcástica es demasiado fuerte. Y no le propongáis nunca que mida su tiempo con el nuestro: nuestra hora no es realmente la suya, no evolucionamos en la misma duración. Por lo que se refiere a hablarle de nosotros o de él mismo, nada de nada: el tema no es ese. Limitarnos a lo que hemos decidido: esa hora de gramática debe ser una burbuja en el tiempo. Mi trabajo consiste en hacer que mis alumnos sientan que existen gramaticalmente durante esos cincuenta y cinco