Mal de escuela

Daniel Pennac · Capítulo 20 de 66

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Mal de escuela

Capítulo 15

Digamos que la condición de interno me fue infinitamente más soportable que la de externo.

Es difícil explicar a los padres de hoy las ventajas del internado, pues lo contemplan como un penal. A su modo de ver, mandar allí a los hijos supone un abandono de la paternidad. Solo con mencionar la posibilidad de un año de internado, pasas a ser un monstruo retrógrado, defensor de la prisión para zoquetes. Es inútil explicar que uno mismo ha sobrevivido a ello, de inmediato te oponen el argumento de que era otra época: «Sí, pero en aquellos tiempos se trataba a los chiquillos con mano dura».

Hoy, que hemos inventado el amor paterno, la cuestión del internado se ha convertido en un tema tabú, salvo como amenaza, lo que demuestra que no se considera una solución.

Y sin embargo…

No, no voy a hacer apología del internado.

No.

Intentemos solo describir la pesadilla ordinaria de un ex terno en pleno

«fracaso escolar».

15

¿Qué tipo de externo? Uno de esos de quienes me hablan mis madres telefónicas, por ejemplo, y a quienes ellas por nada del mundo mandarían a un internado. Pongámonos en el mejor de los casos: es un muchacho agradable, querido por su familia; no le desea la muerte a nadie pero, a fuerza de no comprender nada de nada, ya no da golpe y obtiene unos

boletines de notas en que los profesores, extenuados, sueltan desesperanzadas apreciaciones: «Ni el más mínimo esfuerzo», «No ha hecho nada, no ha entregado nada», «En caída libre», o, con más sobriedad:

«No sé qué decir». (Mientras escribo estas líneas, tengo ante mis ojos este boletín y algunos más.) Acompañemos a nuestro mal externo en una de sus jornadas escolares. Por una vez, no llega tarde -últimamente le han llamado demasiadas veces al orden en su agenda escolar-, pero su cartera está casi vacía: una vez más ha olvidado los libros, cuadernos y material escolar (su profesor de música escribirá, con muy buena caligrafía, en las notas trimestrales: «Carece de flauta»).

No hace falta decir que no ha hecho los deberes. A primera hora tiene una clase de matemáticas y los ejercicios de mates son de los que no están hechos. Entonces pueden pasar tres cosas: o no ha hecho los ejercicios porque estaba ocupado en otra cosa (de juerga con los colegas, o viendo una peli san g uinaria en el vídeo de su habitación cerrada a cal y canto…), o se ha dejado caer en la cama bajo el peso del agotamiento y se ha sumido en el olvido, con una oleada de música aullando En el cráneo, o y es la hipótesis más optimista durante una o dos horas ha intentado hacer sus ejercicios, pero no lo ha conseguido.

En los tres casos mencionados, a falta de deberes, nuestro externo debe proporcionar una justificación a su profesor. Ahora bien, la explicación más difícil de dar en estas condiciones es la verdad pura y simple: «Señor, señora, no he hecho los deberes porque he pasado buena parte de la noche en el ciberespacio, combatiendo a los soldados del mal, a los que por lo demás he exterminado del primero al último, pueden creerme», «Señora, señor, siento mucho no haber hecho los deberes pero ayer noche caí bajo el peso de un aplastante embotamiento, me era imposible mover el meñique, apenas tuve fuerzas para calzarme los cascos».

La verdad tiene aquí el inconveniente de la confesión: «No he hecho mi trabajo», lo que supone una sanción inmediata. Nuestro externo preferirá una versión institucionalmente más presentable. Por ejemplo: «Como mis padres están divorciados, olvidé los deberes en casa de mi padre antes de

regresar a casa de mamá».

En otras palabras una mentira. Por su lado, el profesor prefiere a menudo esta verdad arreglada a una confesión en exceso abrupta que cuestionaría su autoridad. Se evita así el choque frontal, al alumno y al profesor les parece bien ese diplomático paso a dos.

Por lo que a la nota se refiere, la tarifa es conocida: tarea no entregada, cero.

El caso del externo que ha intentado, valerosamente aunque en vano, hacer sus deberes, no es muy distinto. También él entra en clase cargando con una verdad difícilmente aceptable: «Señor, dediqué ayer dos horas a no hacer sus deberes. No, no, no hice otra cosa, me senté ante la mesa de trabajo, saqué el cuaderno, leí el enunciado y, durante dos horas, me sumí en un estado de pasmo matemático, una parálisis mental de la que solo salí al oír que mi madre me llamaba para la cena. Ya lo ve usted, no he hecho los deberes pero les dediqué dos horas. Después de cenar era demasiado tarde, me aguardaba una nueva sesión de catalepsia: los ejercicios de inglés». «Si escucharas más en clase, comprenderías los enunciados » , puede objetar (y con razón) el profesor.

Para evitar esta humillación pública, también nuestro ex t erno preferirá una presentación diplomática de los hechos: «Estaba leyendo el enunciado cuando estalló la caldera».

Y así sucesivamente, de la mañana a la noche, de materia en materia, de profesor en profesor, día tras día, en un exponencial de la mentira que desemboca en el famoso «¡Ha sido por mi madre!… ¡Ha muerto!», de François Truffaut.

Tras esa jornada pasada mintiendo en el centro escolar, la primera pregunta que nuestro mal externo escuchará al volver a casa es el invariable:

–Bueno, ¿cómo te ha ido hoy?

–Muy bien.

Nueva mentira.

Que también exige ser sazonada con una pizca de verdad:

–En historia, la profe me ha preguntado por mil quinientos quince, le he contestado que Marignan, ¡y se ha quedado muy contenta! (Así la cosa aguantará hasta mañana.) Pero mañana también llega y las jornadas se repiten, y nuestro externo prosigue sus idas y sus venidas entre la escuela y la familia, y toda su energía mental se agota tejiendo una sutil red de pseudocoherencia entre las mentiras proferidas en la escuela y sus medias verdades servidas a la familia, entre las explicaciones proporcionadas a unos y las justificaciones presentadas a otros, entre las descripciones de los profesores que hace a los padres y las alusiones a los problemas familiares que vierte al oído de los profesores, con una pizca de verdad en las unas y las otras, siempre, pues esa gente acabará encontrándose, padres y profesores, es inevitable, y hay que pensar en ese encuentro, p erfeccionar sin cesar la ficción verdadera que será el menú de esa entrevista.

Esta actividad mental moviliza una energía que no puede compararse con el esfuerzo que necesita el buen alumno para hacer bien los deberes. Nuestro mal externo se agota. Aun que lo quisiera (y esporádicamente lo quiere), no tendría ya fuerza alguna para ponerse a trabajar realmente. La ficción en la que chapotea le mantiene prisionero en otra parte, en algún lugar entre la escuela que debe combatir y la familia a la que debe tranquilizar, en una tercera y angustiante dimensión donde el papel que corresponde a la imaginación consiste en tapar las innumerables brechas por las que puede brotar la realidad en sus más temidos aspectos: mentira descubierta, cólera de unos, pesar de otros, acusaciones, sanciones, expulsión tal vez, ensimismamiento, culpabilidad impotente, humillación, taciturno deleite: Tienen razón, soy nulo, nulo, nulo.

Soy una nulidad.

Ahora bien, en la sociedad donde vivimos, un adolescente instalado en la