Mal de escuela

Daniel Pennac · Capítulo 53 de 66

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Mal de escuela

Capítulo 8

Por su parte, Minne me cuenta que, en las clases de los pequeños a las que ella va, juegan a algo que les encanta a los niños: el juego de la aldea. Es muy sencillo; consiste en ir charlando con los pequeños hasta ir descubriendo los rasgos fundamentales de sus caracteres, sus aptitudes, sus deseos, las manías de los unos y los otros, en transformar la clase en una aldea donde cada cual encuentre su lugar, considerado indispensable por los demás: la panadera, el cartero, la institutriz, el mecánico, la tendera, el doctor, la farmacéutica, el agricultor, el lampista, el músico, a cada cual su puesto; incluso inventa, para algunos, oficios imaginarios tan indispensables como el de la recolectora de sueños o el pintor de nubes… -

¿Y qué haces con el bribón? ¿Con el cero coma cuatro por ciento, con el bribonzuelo, qué haces?

Ella sonríe:

–Lo hago gendarme, claro.

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Lamentablemente, no podernos eliminar el caso del auténtico bribón, del criminal a quien nunca transformaremos en gendarme, ni siquiera jugando.

Es rarísimo pero existe. En la escuela como en cualquier otra parte. En veinticinco años de enseñanza, entre dos mil quinientos alumnos poco más o menos, he debido de encontrármelo una o dos veces; he visto también en el banquillo de los , acusados a ese adolescente de odio precoz, de mirada gélida, del que se dice que acaba en las páginas de sucesos porque no frena pulsión alguna, no controla sus golpes, alimenta el furor, premedita la

venganza, le gusta hacer daño, aterroriza a los testigos y permanece del todo impermeable a los remordimientos, una vez cometido el crimen. Ese muchacho de dieciocho años, por ejemplo, que rompió a hachazos la columna vertebral del joven K. Por la única razón de que era del barrio de enfrente… O aquel otro, de quince años, que apuñaló a su profesor de francés. Pero también esa muchacha educada en escuelas privadas, lamentable alumna de día y seductora nocturna de cuarentones a los que entregaba a dos comparsas de su edad y de su medio que los torturaban a fondo para robarles. Tras ser interrogada preguntó a los policías, pasmados, si podía volver a casa.

No son adolescentes ordinarios. Una vez explicado por todos los factores sociopsicológicos imaginables, el crimen sigue siendo el misterio de nuestra especie.

No es sorprendente que la violencia física aumente con la pauperización, el confinamiento, el paro, las tentaciones de la sociedad de saciedad, pero que un muchacho de quince años premedite apuñalar a su profesor -¡y lo haga!–

sigue siendo un acto patológicamente singular. Convertirlo, a base de primeras páginas y reportajes televisivos, en símbolo de una juventud dada, en un lugar concreto (los suburbios), supone hacer creer que esta juventud es un nido de asesinos y la escuela un foco criminógeno.

En materia de asesinatos, no es inútil recordar que, una vez deducidos los ataques a mano armada, las riñas en la vía pública, los crímenes crapulosos y los ajustes de cuentas entre bandas rivales, el ochenta por ciento de los crímenes de sangre, aproximadamente, se producen en el marco familiar.

Los hombres se matan ante todo en su casa, bajo su techo, en la secreta fermentación de su hogar, en el meollo de su propia miseria.

Hacer pasar la escuela por un lugar criminógeno es, en sí, un crimen insensato contra la escuela.