Mal de escuela

Daniel Pennac · Capítulo 39 de 66

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Mal de escuela

Capítulo 19

profundas cicatrices. Son mis fantasmas familiares, los rostros flotantes de aquellos alumnos a quienes no supe extraer de su lo, y que me encerraron en el mío:

–Esta vez, realmente, no puedo conseguirlo.

19

–¡Ah, por fin! – ¿Qué, por fin?

Conozco esta voz. Merodea en mí desde las primeras líneas de este libro.

Acecha emboscada. Espera el fallo. Es el zoquete que fui. Siempre atento.

Más propenso que mi yo de hoy a echar una mirada crítica sobre mi actividad de profesor.

Nunca pude librarme de él. Hemos envejecido juntos. – ¿Por fin qué? – ¡Por fin llegarnos a tu lo! Tu lo de profesor. Tu zona de incompetencia.

Porque leyéndote, hasta ahora, tenías todo el aspecto del profe irreprochable, ¡caramba! Que si salvo a todos los alumnos con problemas ortográficos de la creación, que si les lleno a todos de inolvidable literatura, que si convierto en metódicos los espíritus más confusos… ¿De modo que nunca un fracaso? – … -¿Nunca te has encontrado con un mocoso para el que la cosa no funciona? ¡Esa vengativa y pequeña nulidad que sube de mis abismos para despertar mis fantasmas! Y lo logra. Aparecen de inmediato tres rostros. Tres rostros al fondo del aula, el último curso de bachillerato.

Tienen que recuperar algunas decenas de puntos en el examen de bachillerato de francés pero siguen mostrándose del todo impermeables a lo que les digo sobre Camus, de quien deben presentar El extranjero.

Asistiendo a todas las clases pero del todo ausentes. Tres extranjeros puntuales, a quienes nunca pude arrancar la menor señal de interés y cuyo silencio me obligó a la clase magistral. Mis tres Meursault… Se habían convertido en una especie de obsesión.

El resto de la clase no bastaba para apartarlos de mi vista. – ¿Y eso es todo?

– … -¿Es todo? ¿Solo están esos tres?

No, está Michel, de un curso inferior, diecisiete años y pico, expulsado un poco de todas partes, aceptado entre nosotros por recomendación mía, que en un tiempo récord siembra un follón monstruoso en el centro y acaba estallando ante mis narices («¡Pero si yo no le pedí nada, joder!») antes de desaparecer hacia no sé qué vida. – ¿Quieres más? ¿Una pandilla de ladronzuelos que trajinaban en los grandes almacenes a pesar de mis lecciones de moral, te sirve?

–Digamos que al decirlo la cosa mejora.

–Anda y que te zurzan; ¡conozco muy bien tu afición de nulidad a dar lecciones de moral a todo el mundo! Si te hubiera escuchado, no habría enseñado a nadie; me habría levantado una mañana muy temprano para arrojarme desde los riscos de La Gaude.

Risa sarcástica:

–Resultado, sigo aquí, contigo. El zoquete es obstinado, ya se sabe…

Fin de nuestra conversación. Hasta la próxima. Se esfuma en mis profundidades, dejándome de todos modos el remordimiento de algunas clases preparadas a toda prisa, de algunos exámenes devueltos con retraso a pesar de mis resoluciones…

Nuestro lo de profesor… El recinto de nuestras bruscas fatigas donde tornamos la medida de nuestras renuncias. Una sucia prisión. Allí damos vueltas en redondo, generalmente más preocupados por buscar culpables que por encontrar soluciones.