Mal de escuela
Capítulo 7
vez mejor. Los que hoy te comes son hijos de los que te comías ayer. Ayer, mis alumnos; hoy, la prole de mis alumnos. Familias enteras consagradas a considerar sus menores deseos como necesidades vitales en la espantosa mixtura de tu argumentada digestión. Reducidos, todos, grandes y pequeños, al mismo estado infantil perpetuamente deseoso. ¡Más, más!, grita, desde el fondo de tu estómago, el pueblo de los consumidores consumidos, padres e hijos revueltos. ¡Más, más! Y está claro que Maximilien es el que grita con más fuerza.
7
Al separarme de mis jóvenes arrabaleros de Lyon, sentí un sabor amargo.
Aquellos chiquillos estaban abandonados en un desierto urbano. Su mismo instituto era invisible, perdido en un laberinto de almacenes. Su ciudad dormitorio no era mucho más alegre… Ni un solo café a la vista, ni un cine, nada vivo, nada donde posar los ojos salvo aquella publicidad gigantesca alabando productos fuera de su alcance… ¿Cómo reprocharles aquel perpetuo fardar, aquella imagen de sí mismos compuesta para el público espejo del grupo? Es muy fácil burlarse de su necesidad de ser vistos, puesto que están tan ocultos para el mundo y tienen tan poco que ver. ¿Qué se les ofrece salvo esa tentación de existir como imágenes, a ellos, que heredarán el paro y a quienes, en su mayoría, los azares de la historia les han privado de pasado y de geografía? ¿En qué otra cosa pueden reposar en el sentido de tomarse un reposo, de olvidarse un poco, de reconstituirse salvo en el juego de las apariencias? Porque eso es la identidad, según la abuelita Marketing: vestir a los jóvenes de apariencia, satisfacer ese permanente deseo de fotogenia… ¡Dios de dioses, qué rival para los profesores, esa vendedora de imágenes tópicas!
En el tren que me aleja de Lyon, me digo que al regresar a casa no recupero