Mal de escuela
Capítulo 11
10
Nuestros «malos alumnos» (de los que se dice que no tienen porvenir) nunca van solos a la escuela. Lo que entra en clase es una cebolla: unas capas de pesadumbre, de miedo, de inquietud, de rencor, de cólera, de deseos insatisfechos, de furiosas renuncias acumuladas sobre un fondo de vergonzoso pasado, de presente amenazador, de futuro condenado.
Miradlos, aquí llegan, con el cuerpo a medio hacer y su familia a cuestas en la mochila. En realidad, la clase solo puede empezar cuando dejan el fardo en el suelo y la cebolla ha sido pelada. Es difícil de explicar, pero a menudo solo basta una mirada, una palabra amable, una frase de adulto confiado, claro y estable, para disolver esos pesares, aliviar esos espíritus, instalarlos en un presente rigurosamente indicativo.
Naturalmente el beneficio será provisional, la cebolla se recompondrá a la salida y sin duda mañana habrá que empezar de nuevo. Pero enseñar es eso: volver a empezar hasta nuestra necesaria desaparición como profesor. Si fracasamos en instalar a nuestros alumnos en el presente de indicativo de nuestra clase, si nuestro saber y el gusto de llevarlo a la práctica no arraigan en esos chicos y chicas, en el sentido botánico del término, su existencia se tambaleará sobre los cimientos de una carencia indefinida. Está claro que no habremos sido los únicos en excavar aquellas galerías o en no haber sabido colmarlas, pero esas mujeres y esos hombres habrán pasado uno o más años de su juventud aquí sentados ante nosotros. Y todo un año de escolaridad fastidiado no es cualquier cosa: es la eternidad en un jarro de cristal.
11
Habría que inventar un tiempo especial para el aprendizaje. El presente de encarnación, por ejemplo. ¡Estoy aquí, en esta clase, y comprendo por fin!
¡Ya está! Mi cerebro se difunde por mi cuerpo: se encarna.
Cuando no es así, cuando no comprendo nada, me deshago allí mismo, me desintegro en ese tiempo que no pasa, acabo hecho polvo y el menor soplo me disemina.
Pero para que el conocimiento tenga alguna posibilidad de encarnarse en el presente de un curso, es necesario dejar de blandir el pasado como una vergüenza y el porvenir como un castigo.
12
Por cierto, ¿adónde llegan los que han llegado?
E murió pocos meses después de su jubilación. J. se tiró por la ventana la víspera de la suya. G. tiene una depresión nerviosa. Hay otro que apenas está saliendo de ella. Los médicos de J. F. datan el comienzo de su alzheimer en el primer año de su jubilación anticipada. Los de P.B. también.
La pobre L. llora a moco tendido por haber sido despedida del grupo de prensa donde creía que iba a encargarse de cubrir la actualidad ad vitam aeternam. Y pienso también en el zapatero de P., muerto porque no encontró comprador para su zapatería. «¿De modo que mi vida no vale nada?» No dejaba de repetirlo. Nadie quería comprar su razón de ser. «¿Y todo para nada?» Murió de pesar.
Este es diplomático; se jubila dentro de seis meses y lo que más teme es el