Mal de escuela
Maximilien
Ayer el gamberro de mi adolescencia daba ya miedo al burgués, llegó el macarra de mi juventud para inquietarles; hoy son los jóvenes de las barriadas los que asustan al bufón. Sin embargo, al igual que el burgués de ayer tenía pocas posibilidades de cruzarse en su camino con un gamberro, el bufón de hoy no corre el riesgo de cruzarse en el suyo con uno de esos adolescentes condenados a lejanos huecos de escalera. ¿A cuántos chavales de las ciudades dormitorio ha tratado personalmente nuestro director de juego tan asustado por los adolescentes de La escurridiza? ¿Podría contarlos con los dedos de una mano? No tiene importancia alguna, basta con oírles hablar en una película, con escuchar treinta segundos de su música por la radio, con ver arder algunos coches durante un estallido social en los arrabales, para sentirse presa de un terror genérico y señalarlos como al ejército de los zoquetes que acabará con nuestra civilización.
V
MAXIMILIEN
O
EL CULPABLE IDEAL
Los profes nos comen el tarro, señor.
1
Belleville, ocaso de invierno, cae la noche en la calle JulienLacroix, yo regreso a casa con la pipa en la boca y una bolsa de provisiones, soñando, cuando un tipo pegado a la pared me detiene dejando caer el brazo como si fuese la barrera de un aparcamiento. Pequeño brinco del corazón. – ¡Dame fuego!
Así, sin más miramientos por los cuarenta años que nos separan. Es un mocetón alto de dieciocho o veinte años, negro, fortachón, que finge una falsa calma, seguro de sus músculos y de lo que desea: exige fuego, se lo dan, punto y final.
Dejo mi bolsa de provisiones, saco el encendedor, tiendo la llama hacia su cigarrillo. Él inclina la cabeza, ahueca las mejillas al aspirar y me mira por primera vez por encima de la punta rojiza. Y cambio de actitud. Sus ojos se abren como platos, deja caer el brazo, se quita el cigarrillo de la boca y balbucea: -¡Oh, perdón, señor…!
Una vacilación. – ¿No es usted…? Usted escribe… Es usted escritor, ¿no?
Yo podría decirme con un tembleque de gusto: Mira por dónde, un lector, pero un viejo instinto me susurra otra cosa: Caramba, un alumno, su profe de francés debe de darle la lata con un Malaussène cualquiera; dentro de un segundo me pedirá que le eche una mano.
–Sí, escribo libros, ¿por qué?
–Y no falla.
–Porque nuestra profe nos hace leer El hada… El hada…
Bueno, sabe que en el título está la palabra «hada». – Habla de Belleville y
de unas señoras viejas, y…
–El hada carabina, sí. ¿Y qué?
Y entonces vuelve a ser un mocoso que se enrosca el pelo en los dedos antes de hacer la pregunta decisiva:
–Tenemos que entregar una explicación del texto. ¿No podría usted ayudarme un poco, decirme dos o tres cosas? Recupero mi bolsa de provisiones. – ¿Has visto cómo me has pedido fuego?
Turbación. – ¿Querías darme miedo?
Protesta: -¡No, señor, por la cabeza de mamá!
–No pongas en peligro a tu madre. Querías darme miedo. – Me guardo mucho de decir que casi lo ha conseguido-. Y no soy el primero del día. ¿A cuántas personas les has hablado hoy así? – …
–Solo que a mí me has reconocido, y ahora quieres que te ayude. Pero cuando no tienes que hacer los deberes sobre ellos, ¿cómo se las arregla la gente, con tu brazo cerrándoles el paso? Tienen miedo de ti y tú estás contento, ¿no es eso?
–No, señor, vamos…
–Sin embargo, conoces el respeto; es una palabra que pronuncias cien veces al día, ¿verdad? ¿Acabas de faltarme al respeto y quieres que te ayude? – …
-¿Cómo te llamas?
–Max, señor.
Lo completa enseguida: -¡Maximilien!
Muy bien, Maximilien, acabas de perder una buena ocasión. Vivo allí, mira, justo allí, en la calle Lesage, en aquellas ventanas de allí arriba. Si me