Mal de escuela
Capítulo 15
aquello que recordaban.
No se limitaban a recitar una sucesión de palabras, no era ya solo en su memoria donde se agitaban, era en la inteligencia de la lengua, la lengua de otro, el pensamiento de otro. No recitaban el Emilio, restituían el razonamiento de Rousseau. Orgullo. No es que uno se tome por Rousseau en aquellos momentos, pero, de todos modos, lo que se expresa por tu boca es la adivinación imprecatoria de Jean-Jacques.
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A veces jugaban. Se entrenaban juntos, hacían concursos de velocidad o recitaban su texto en un tono ajeno a su naturaleza: el furor, la sorpresa, el miedo, el tartamudeo, la elocuencia política, la pasión amorosa; de vez en cuando uno u otro imitaba al presidente del momento, a un ministro, a un cantante, a un presentador de informativos… Se entregaban a peligrosos juegos también, a peligrosos ejercicios de agilidad mental; se lanzaban desafíos acrobáticos que una clase de bachillerato me reveló cierta noche durante una cena de fin de curso. (Habían mantenido la cosa en secreto, para dejar pasmado al profe.) Entre la pera y el queso, una tal Caroline señaló con el dedo a un tal Sébastien:
–Desafío: quiero el primer párrafo del tres, la segunda estrofa del once, la cuarta del seis y la última frase del quince El Sébastien desafiado ensambló mentalmente el rompecabezas y lo recitó casi sin vacilaciones, como un texto único y estrafalario. Luego lanzó su desafío:
–Ahora tú, suéltanos Le pont Mirabeau.
Precisó:
–Al revés.
–Fácil.
Y he aquí que, en mis estupefactos oídos, bajo el puente Mirabeau el Sena comenzó a remontar su curso, del último verso al primero, hasta desaparecer bajo la altiplanicie de Langres. Satisfecha, Caroline soltó el nombre del autor: ¡Erianillopa! – ¿Y eso, señor, sabe usted hacerlo?
A un inspector académico tal vez no le hubiera gustado ver al Sena regresar a sus fuentes o el tambor de una lavadora mezclando todos los textos del año, o a mis alumnos de once años decorando nuestra aula con banderolas de las que colgaban sus más espectaculares faltas de ortografía corno despojos de los vencidos. También habrían podido reprocharme que dejara que mis alumnos mayores entregaran sus deberes a la corrección asesina de los más pequeños. ¿No sería eso halagar a unos para humillar a otros? A fin de cuentas, con esas cosas no se juega. Hubiera tenido que defenderme: que no cunda el pánico, señor inspector, hay que saber jugar con el saber.
El juego es la respiración del esfuerzo, el otro latido del corazón, no perjudica la seriedad del aprendizaje, es su contrapunto. Y además jugar con la materia es también entrenarnos a dominarla. No trate de niño al boxeador que salta a la comba, sería imprudente.
Al mezclar sus textos, mis alumnos de bachillerato no le faltaban al respeto a la dama Literatura, ¡exaltaban el dominio de su memoria! No rebajaban un saber, ¡se admiraban en la inocencia de una habilidad! Expresaban su orgullo jugando, sin darse pisto. Y además le buscaban las cosquillas a Rousseau, consolaban a Apollinaire, divertían a Corneille, que era también aficionado a la chanza, y a quien su eternidad debe de parecerle algo larga.
Y, sobre todo, hacían nacer entre ellos un clima de confianza lúdica que fortalecía el espíritu de seriedad de cada uno de ellos. Habían terminado con el miedo. Era su modo de decirlo, de exclamar: ¡Por fin!
A veces, por añadidura, yo jugaba con ellos.