Mal de escuela

Daniel Pennac · Capítulo 43 de 66

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Mal de escuela

Capítulo 3

afecta a toda una generación -«¡En mis tiempos sería inimaginable!»-, si generaciones sucesivas lo hacen adrede, entonces estamos viviendo como los últimos representantes de una especie en vías de e xtinción, como los supervivientes de la última época en que la juventud (nosotros mismos, por aquel entonces) nos era comprensible… Y nos sentimos muy solos en nuestra vieja vida, siempre lúcidos, es cierto, atentos, ¡ya lo creo!, ¡y tan competentes!, entre los nuestros, en suma, como cuando éramos jóvenes, nosotros, los escasos testigos de la edad civilizada que seguimos pensando acertadamente, excluidos de eso en que, a pesar de nosotros mismos, se ha convertido la realidad.

Excluidos…

Pues el sentimiento de exclusión no solo afecta a las poblaciones rechazadas más allá del enésimo círculo periférico, también nos amenaza a nosotros, mayorías de poder, en cuanto dejamos de comprender una parcela de lo que nos rodea, en cuanto el perfume de lo insólito infecta el aire de los tiempos. ¡Qué angustia sentimos entonces! Y cómo nos incita a designar a los culpables. – ¡Lo haces adrede! ¡Un pronombre tan pequeño para tanta soledad!

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Un paréntesis para hablar de este sentimiento de exclusión de las mayorías inquietas. Cuando yo era adolescente, éramos al menos dos los que lo hacíamos adrede: Pablo Picasso y yo. El genio y el zoquete. El zoquete no hacía nada y el genio lo hacía todo, pero adrede, los dos. Era nuestro único punto en común.

A menudo, alrededor de las mesas dominicales, los adultos se ponían las botas hablando mal de Picasso: ¡Horrendo! ¡Pintura para esnobs! Una cosa

cualquiera erigida en gran arte…

Pese a los abucheos de tirios y troyanos, Picasso se expandía como un alga: dibujo, pintura, grabado, cerámica, escultura, decorados para el teatro, literatura incluso, le daba a todo. – ¡Dicen que trabaja a toda máquina!

Una de aquellas prolíficas algas llegadas de un océano monstruoso para contaminar las ensenadas del apacible arte. – ¡Es un insulto a mi inteligencia! Nunca aceptaré que se burlen de mí.

Hasta el punto de que un domingo salí en defensa de Picasso y le pregunté a la señora que acababa de repetir por enésima vez aquella acusación si pensaba razonablemente que, aquella mañana, el artista se había despertado con la idea de embadurnar a toda prisa una tela con el único objetivo de burlarse de la señora Geneviéve Pellegrue.

La verdad es que aquella buena gente comenzaba a sufrir un sentimiento de exclusión; entraban en soledad. Atribuían al pintor una terrorífica capacidad de tragar.

El charlatán encarnaba por sí solo un universo nuevo, un mañana amenazador en el que una horda de Picassos transformarían a todas las Pellegrues del mundo en un solo y único bobalicón.

–Pues bien, a mí no. ¡A mí no me las darían con queso!

Geneviéve Pellegrue ignoraba que el estómago era ella, que iba a digerir a Pablo Picasso como todo lo demás, lenta pero inexorablemente, hasta el punto de que cuarenta años más tarde sus nietos viajarían en uno de los coches familiares más horrendos que nunca se han concebido, un supositorio gigantesco al que los nuevos Pellegrues darían el nombre del artista y que, cierto domingo de prurito cultural, les dejaría a las puertas del museo Picasso.