Mal de escuela
Capítulo 8
Estamos a mediados de los años ochenta; hasta ahora, el paro era cosa de la cultura obrera, si se puede decir así. Y este hombre, joven, que nunca dudó de su papel en la sociedad, ejecutivo modelo y padre atento (el año anterior le vi varias veces preocupado por su hija, tan tímida e insegura), se ha derrumbado. Ha establecido un balance definitivo. En la mesa familiar no deja de repetir: «Tengo treinta y cinco años y no he hecho nada».
8
El padre de Nathalie inauguraba una época en la que ni siquiera el futuro parecía tener futuro; una década durante la que los alumnos lo oirían repetir cada día y en todos los tonos: ¡Chicos, se acabaron las vacas gordas! ¡Y se acabaron los amores fáciles! Paro y sida para todo el mundo, eso es lo que os espera. Sí, eso es lo que padres o profesores les inculcamos durante los años siguientes para «motivarles» más.
Un discurso como un cielo cargado de nubes. Eso era lo que hacía llorar a la pequeña Nathalie; sentía pesar por anticipado, lloraba su futuro como si fuera un joven muerto.
Y se sentía muy culpable de matarlo un poco más cada día, con sus dificultades en gramática. Cierto es que, por otra parte, su profesor había creído oportuno asegurarle que tenía «agua sucia en el cráneo». ¿Agua sucia, Nathalie? Déjame escuchar… Había sacudido su cabecita poniendo cara de atento matasanos… No, no, no hay líquido aquí, y menos agua sucia… Tímida sonrisa, de todos modos. Aguarda un poco… y había golpeado su cráneo con el índice doblado, como quien llama a una puerta…
No, te lo aseguro, lo que se oye es un buen cerebro, Nathalie, excepcional incluso, un sonido muy bueno, exactamente el que hacen las cabezas llenas de ideas. Risita, por fin. ¡Cuánta tristeza les metimos en el alma durante todos esos años! Y cómo prefiero la risa de Marcel Aymé, la buena risa c