Mal de escuela
Capítulo 10
Si creyéramos todo lo que se dice hoy, resultaría que la violencia no entró en la escuela hasta ayer, y solo por las puertas del arrabal y únicamente por la vía de la inmigración. Antes no existía. Es un dogma, no se discute.
Conservo sin embargo el recuerdo de pobre gente atormentada por nuestras movidas, en los años sesenta, aquel profesor hastiado arrojando su mesa contra nuestra clase de tercero, por ejemplo, o aquel supervisor detenido y esposado por haber apaleado a un alumno que le había vuelto loco, y, al comienzo de los años ochenta, aquellas muchachas aparentemente muy buenas y que habían enviado a su profesor a una cura de sueño (yo era su sustituto) porque había tenido la pretensión de hacerles leer La princesse de Clèves, que aquellas damiselas consideraban «un rollo»…
En los años setenta, los del siglo XIX esta vez, Alphonse Daudet expresaba ya su dolor de celador torturado:
Tomé posesión del estudio de los medianos. Me encontraba allí con una cincuentena de malignos chistosos, montañeses mofletudos de doce a catorce años, hijos de aparceros enriquecidos, a quienes sus padres mandaban al colegio para convertirlos en pequeños burgueses, a razón de ciento veinte francos por trimestre. Groseros, insolentes, que hablaban entre sí un duro dialecto cevenol del que yo no entendía nada, mostraban casi todos esa especial fealdad de la infancia que muda, grandes manos rojas con sabañones, voces de gallitos resfriados, la mirada atontada y, sobre todo, el olor del colegio. Me odiaron enseguida, sin conocerme. Yo era para ellos el enemigo, el Celador; y el mismo día en que ocupé mi tarima, comenzó la guerra entre nosotros, una guerra encarnizada, sin tregua, de todos los instantes. ¡Ah! ¡Cómo me hicieron sufrir aquellos crueles niños!
Quisiera hablar de ello sin rencor, ¡están tan lejos esas tristezas! ¡Pues bien, no, no puedo!; y fijaos, mientras estoy escribiendo estas líneas siento que mi mano tiembla de fiebre y emoción. Me parece estar allí aún. – …