Mal de escuela
Capítulo 6
regreso de lo religioso, y también la televisión, los juegos electrónicos, en resumen, todo lo que alimenta, más o menos, el diagnóstico social que nos sirven cada mañana los primeros boletines informativos.
Del «No nos han formado para ello» al «No estamos aquí para eso», hay un solo paso que puede expresarse así: «Nosotros, los profesores, no estamos aquí para resolver dentro de la escuela los problemas sociales que impiden la transmisión del saber; no es nuestro oficio. Que nos adjudiquen un número suficiente de vigilantes, de educadores, de asistentes sociales, de psicólogos, en resumen, de especialistas de todo género y podremos enseñar seriamente las materias que tantos años hemos pasado estudiando».
Reivindicaciones por completo justificadas, a las que los sucesivos ministerios oponen las limitaciones del presupuesto.
Henos aquí pues llegados a una nueva fase de la formación de enseñantes, que se centrará cada vez más en el dominio de la comunicación con los alumnos. Esta ayuda es indispensable, pero si los jóvenes profesores esperan de ella un discurso normativo que les permita resolver todos los problemas que se plantean en una clase, estarán corriendo hacia nuevas desilusiones; el «ello» para el que no han sido formados resistirá. Por decirlo todo, terno que «ello» no se deje definir nunca por completo, que
«ello» sea de naturaleza distinta a la suma de los elementos que lo constituyen objetivamente.
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La idea de que es posible enseñar sin dificultades se debe a una representación etérea del alumno. La prudencia pedagógica debería representarnos al zoquete como al alumno más normal: el que justifica plenamente la función de profesor puesto que debemos enseñárselo todo, comenzando por la necesidad misma de aprender. Ahora bien, no es así.
Desde la noche de los tiempos escolares, el alumno considerado normal es el alumno que menos resistencia opone a la enseñanza, el que nunca dudaría de nuestro saber y no pondría a prueba nuestra competencia, un alumno conquistado de antemano, dotado de una comprensión inmediata, que nos ahorraría la búsqueda de vías de acceso a su comprensión, un alumno naturalmente habitado por la necesidad de aprender, que dejar de ser un chiquillo turbulento o un adolescente problemático durante nuestra hora de clase, un alumno convencido desde la cuna de que es preciso contener los propios apetitos y las propias emociones con el ejercicio de la razón si no se quiere vivir en una jungla de depredadores, un alumno seguro de que la vida intelectual es una fuente de placeres que pueden variar hasta el infinito, refinarse extremadamente, cuando la mayoría de nuestros restantes placeres están condenados a la monotonía de la repetición o al desgaste del cuerpo, en resumen, un alumno que habría comprendido que el saber es la única solución: solución para la esclavitud en la que nos mantendría la ignorancia y único consuelo para nuestra ontológica soledad.
La imagen de este alumno ideal se dibuja en el éter cuando oigo pronunciar la frase: «¡Todo se lo debo a la escuela de la República!». No pongo en cuestión la gratitud de quien la pronuncia. «Mi padre era obrero y todo se lo debo a la escuela de la República.» No minimizo tampoco los méritos de la escuela. «Soy hijo de inmigrante y todo se lo debo a la escuela de la República.»
Pero, y es más fuerte que yo, en cuanto escucho esta manifestación pública de gratitud, veo proyectar una película -un largometraje- a la gloria de la escuela, es cierto, pero sobre todo a la de ese niño que habría comprendido, desde su primera hora en el parvulario, que la escuela de la República estaba dispuesta a garantizarle el porvenir siempre que fuese el alumno que ella esperaba. ¡Y pobres de aquellos que no respondan a esas expectativas!
Entonces, una vocecilla comienza a comentar la película en mi cabeza:
–Sí, muchacho, es verdad que le debes mucho a la escuela de la República, una enormidad incluso, pero no todo, no todo, en ese punto te equivocas.
Olvidas los caprichos del azar. Tal vez eras un niño más dotado que la
media, por ejemplo. O un joven inmigrante educado por unos padres amorosos, voluntariosos y perspicaces, como los padres de mi amiga Kahina, que quisieron que sus tres hijas fueran independientes y tuvieran un título para que ningún hombre las tratase algún día como trataban a las mujeres de su generación. Podrías ser, por el contrario, como mi viejo Pierre, el producto de una tragedia familiar, y haber encontrado tu salvación solo en los estudios, haberte zambullido a fondo en ellos para olvidar, mientras duraba la clase, lo que te esperaba al volver a casa. O haber sido también, como Minne, una niña prisionera en su jaula de asmática y que sintió deseos de aprenderlo todo enseguida para abandonar su lecho de enferma: «Aprender para respirar -me dijo Minne-, como se abren las ventanas, aprender para dejar de ahogarme, aprender, leer, escribir, respirar, abrir cada vez más ventanas, aire, aire, te lo juro, el trabajo escolar era el único modo de emprender el vuelo y abandonar mi asma, y me importaba un pimiento la calidad de los profesores, salir de mi cama, ir a la escuela, contar, multiplicar, dividir, aprender la regla de tres, hacer calceta con las leyes de Mendel, saber cada día un poco más, eso era todo lo que quería, respirar, ¡aire, aire!». A menos que estuvieses provisto de la megalomanía burlona de Jérôme: «¡En cuanto aprendí a leer y a contar, supe que el mundo era mío! A los diez años pasaba los fines de semana en el hotel-restaurante de mi abuela y, con el pretexto de echar una mano en la sala, les tocaba las narices a los clientes haciéndoles toda clase de preguntas: ¿A qué edad murió Luis XIV? ¿Qué es un adjetivo atributivo? ¿Ciento veintitrés multiplicado por setenta y dos? La respuesta que yo prefería era: No lo sé, pero vas a decírmelo tú. Era muy divertido saber más a los diez años que el farmacéutico o el cura del lugar. Me palmeaban la mejilla con ganas de arrancarme la cabeza, y eso me divertía mucho. »Excelentes alumnos, Kahina, Minne, Pierre, Jérôme y tú, y mi amiga Françoise, que lo aprendió todo jugando en su más tierna infancia, sin la menor inhibición -¡ah, aquella pasmosa facultad para divertirse seriamente!-, hasta obtener el doctorado en clásicas como si hubiera sido un concurso de la tele. Hijos o hijas de inmigrantes, obreros, empleados, técnicos, maestros o grandes burgueses, muy distintos los unos de los otros, esos amigos, pero excelentes alumnos todos ellos. Que la escuela de la República os descubriera, a ellos y a ti, era lo mínimo. ¡Y que te ayudara a convertirte en lo que eres! ¡Solo faltaría que te hubiera fallado! ¿No te parece que ya deja a bastantes en la cuneta, la
escuela de la República? »Honrando en exceso a la escuela, te halagas a ti mismo, como quien no quiere la cosa, te presentas más o menos conscientemente como el alumno ideal. Y al hacerlo disimulas los innumerables parámetros que tan desiguales nos hacen en la adquisición del saber: circunstancias, entorno, patologías, temperamento… ¡Ah, el enigma del temperamento! »"¡Se lo debo todo a la escuela de la República!" »¿No será que quieres hacer pasar por virtudes tus aptitudes? (Unas y otras no son, por lo demás, incompatibles…) Reducir tu éxito a una cuestión de voluntad, de tenacidad, de sacrificio, ¿eso es lo que quieres? Cierto es que fuiste un alumno trabajador y perseverante, y que el mérito te corresponde; pero también lo es que gozaste muy pronto de tu aptitud para comprender, que sentiste en tus primeras confrontaciones con el trabajo escolar el inmenso gozo de haber comprendido, y que el esfuerzo llevaba en sí mismo la promesa de ese gozo. Cuando yo me sentaba ante mi mesa, abrumado por la convicción de mi idiotez, tú te instalabas en la tuya vibrando de impaciencia, impaciencia por pasar a otra cosa también, pues aquel problema de mates ante el que yo me adormecía tú lo resolvías en un abrir y cerrar de ojos. Nuestros deberes, que eran los trampolines de tu espíritu, eran las arenas movedizas donde el mío se hundía. Te dejaban libre como el aire, con la satisfacción del deber cumplido. Y a mí atónito de ignorancia, disfrazando un impreciso borrador como si fuera la versión definitiva con la ayuda de grandes líneas cuidadosamente trazadas y que no engañaban a nadie. En clase, tú eras el trabajador, yo era el perezoso. ¿Pero eso era la pereza? ¿Ese empantanamiento en uno mismo? ¿Y qué era, entonces, el trabajo? ¿Cómo lo hacían los que trabajaban bien? ¿De dónde sacaban aquella fuerza? Fue el enigma de mi infancia. El esfuerzo que a mí me aniquilaba, para ti siempre fue una promesa de éxito. Ambos ignorábamos que "hay que conseguirlo para comprender", de acuerdo con la tan clara frase de Piaget, y que tanto tú como yo éramos la viva ilustración de ese axioma. »Durante toda la vida han alimentado con determinación esta pasión por comprender, y has hecho estupendamente. ¡Sigue brillando hoy en tus ojos! Quien te la reprochase sería un envidioso imbécil… Pero, te lo ruego, deja de hacer pasar por virtudes tus aptitudes, eso embrolla el juego, complica la cuestión, ya muy compleja de por sí, de la instrucción (y es un defecto del carácter bastante extendido). »¿Sabes qué eras, en realidad?
»Eras un alumno golosina.
Así llamaba yo, profesor ya (y para mí), a mis alumnos excelentes, esas perlas raras, cuando encontraba alguno en mi clase. ¡Quise mucho a mis alumnos golosina!
Me ayudaban a descansar de los demás. ¡Y me estimulaban! El que capta más pronto, responde más acertadamente, y a menudo Con humor; esos ojos que brillan y esa discreción en la soltura que es la gracia suprema de la inteligencia… La pequeña Noémie, por ejemplo (perdón, la gran Noémie,
¡está ahora a un paso de terminar el bachillerato!), a quien el año pasado su profesor de francés daba las gracias en su boletín de notas: "Gracias", sencillamente. Cualquier otro elogio se quedaba corto:
"Noémie E; francés 19/20. Gracias." Es de justicia: la escuela de la República debe mucho a Noémie, como se lo debe a mi joven primo Pierre, que acaba de anunciarme su nota de excelente en el examen de bachillerato, antes de volver a embarcarse en un velero para enfrentarse al océano especialmente colérico de los primeros días de julio de 2007: "Sensaciones algo más fuertes que los exámenes…", parece decirnos con su hermosa risa.
Sí, siempre me han gustado los buenos alumnos.
Y también los compadezco. Pues tienen sus propios tormentos: no defraudar las expectativas de los adultos, molestarse por ser solo segundo cuando el cretino de Fulano monopoliza el primer lugar, adivinar las limitaciones del profesor con solo pisar su aula y, por lo tanto, aburrirse un poco en clase, sufrir la burla o la envidia de los nulos, ser acusado de pactar con la autoridad, a lo que se añaden, como para todos los demás, las molestias normales del crecimiento.
Retrato de un alumno golosina: Philippe, en el año setenta y cinco, un filiforme Philippe de once años, con las orejas de soplillo, provisto de un enorme aparato dental que le hace cecear como una abeja. Le pregunto si ha asimilado bien la noción de lenguaje propio y lenguaje figurado, de la que hablamos la víspera. – ¿Lenguaje propio y lenguaje figurado? ¡Claro que zí, zeñor! ¡Tengo incluzo muchoz ejemploz que darle!