Mal de escuela

Daniel Pennac · Capítulo 6 de 66

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Mal de escuela

Capítulo 6

soportar, cuatro me salvaron.

–Cuando te sacaron de aquel montón de basura, tuviste una septicemia; te pincharon con penicilina durante meses y meses. Te hacían un daño de todos los diablos, estabas acojonado. Cuando llegaba el enfermero, pasábamos horas buscándote por toda la casa. Un día te escondiste en un armario y se te cayó encima.

Miedo a la inyección, he aquí una elocuente metáfora: toda mi escolaridad huyendo de profesores a los que veía como Diafoirus, el personaje de Moliére, armados con gigantescas jeringas y encargados de inocularme aquella quemazón espesa, la penicilina de los años cincuenta -que yo recuerdo muy bien-, una especie de plomo fundido que inyectaban en un cuerpo de niño.

En todo caso, así es, el miedo fue el gran tema de mi escolaridad: su cerrojo. Y la urgencia del profesor en que me convertí fue curar el miedo de mis peores alumnos para hacer saltar ese cerrojo, para que el saber tuviera una posibilidad de pasar.

6

Tuve un sueño. No un sueño de niño, un sueño de hoy, mientras escribo este libro. A decir verdad, justo después del anterior capítulo. Estoy sentado, en pijama, al borde de mi cama. Grandes cifras de plástico, como esas con las que juegan los niños pequeños, están diseminadas por la alfombra, delante de mí. Debo «poner en orden esas cifras». Es el enunciado. La operación me parece fácil, estoy contento. Me inclino y alargo los brazos hacia las cifras. Y advierto que mis manos han desaparecido. No hay ya manos al extremo de mi pijama. Las mangas están vacías. No es la desaparición de mis manos lo que me aterroriza, es no poder alcanzar esas cifras para ponerlas en orden, algo que habría sabido hacer.

7

Sin embargo, exteriormente, sin ser revoltoso, era un niño vivaz y juguetón.

Hábil con las canicas y la taba, imbatible en el balón bruto, campeón del mundo con la almohada, me encantaba jugar. Más bien charlatán y risueño, bromista incluso, tenía amigos en todos los niveles de la clase, entre los zoquetes, claro, pero también entre los empollones; no tenía prejuicios. Más que nada, algunos profesores me reprochaban esta alegría. Suponía añadir la insolencia a la nulidad. La mínima cortesía exigible a un zoquete es ser discreto: lo ideal sería haber nacido muerto. Solo que mi vitalidad me era vital, si se me permite decirlo. El juego me salvaba de los pesares que me invadían en cuanto volvía a caer en mi vergüenza solitaria. Dios mío, la soledad del zoquete en su vergüenza por no hacer nunca lo debido. Y

aquellas ganas de huir… Sentí muy pronto las ganas de huir. Pero ¿hacia dónde? Confusión. Huir de mí mismo, digamos, y sin embargo seguir siendo yo mismo. Pero en un yo que hubiera sido aceptable para los demás.

Sin duda les debo a esas ganas de huir la extraña escritura que precedió a mi escritura. En vez de formar las letras del alfabeto, dibujaba pequeños monigotes que huían por el margen para constituir allí una pandilla. Sin embargo, al principio me aplicaba, trazaba las letras a trancas y barrancas, pero poco a poco las letras se metamorfoseaban por sí solas en aquellos pequeños seres saltarines que iban retozando ahí, ideogramas de mi necesidad de vivir:

Todavía hoy utilizo estos monigotes en mis dedicatorias. Me resultan muy valiosos para abandonar la búsqueda de la distinguida sosería que uno debe escribir en la página de guarda de los ejemplares para la prensa.

Permanezco fiel a la pandilla de mi infancia.