Mal de escuela
Capítulo 13
instituto de enseñanza general y tecnológica si se piensa que los alumnos con quienes voy a encontrarme han pasado la noche en las entrañas de semejante televisión?
Sueño.
Despertador.
Ducha.
La cabeza un buen rato bajo el agua fría. ¡Dios mío, qué energía se necesita para volver a la realidad tras haber visto todo eso! ¡Carajo, menuda imagen de la juventud nos dan a partir de esos pocos mochales!
La rechazo. Entendámonos bien, no niego la realidad del reportaje, no subestimo los peligros de la delincuencia. Como a cualquier otro, las formas contemporáneas de la violencia urbana me horripilan, terno las perrerías de la jauría, no ignoro tampoco el dolor de vivir en ciertos barrios periféricos, siento ahí el peligro de los comunitarismos, conozco muy bien, entre otras cosas, la dificultad de nacer allí niña y convertirse allí en mujer, evalúo los riesgos extremados a los que se encuentran expuestos los niños nacidos de una o dos generaciones de parados, ¡qué presa constituyen para los traficantes de todo pelaje! Lo sé, no minimizo las dificultades de los profesores confrontados con los alumnos más destructores de ese espantoso descalabro social, pero me niego a asimilar estas imágenes de violencia extrema a todos los adolescentes de todos los barrios en peligro, y sobre todo, sobre todo, odio ese miedo al pobre que ese tipo de propaganda atiza en cada nuevo período electoral.
Vergüenza para quienes convierten la juventud más abandonada en un fantasmal objeto de terror nacional. Son la hez de una sociedad sin honor que ha perdido hasta el propio sentimiento de la paternidad.
13
Resulta que en el instituto de enseñanza general y tecnológica, aquella mañana, es día de fiesta. La fiesta del colegio. Todo un instituto transformado, durante dos o tres días, en lugar de exposición de todo lo que los alumnos crean al margen de sus estudios oficiales: pintura, música, teatro, arquitectura incluso (ellos mismos han construido los stands de exposición), bajo la égida de un director y un equipo de profesores que conocen por su nombre de pila a cada uno de los chicos y chicas. En el vestíbulo, una pequeña orquesta de alumnos. El violín me acompaña por los pasillos.
Tres o cuatro clases me aguardan en una gran aula. Jugamos durante dos horas al juego libre de las preguntas y las respuestas. Su vivacidad, sus risas, su brusca seriedad, sus hallazgos, su energía vital sobre todo, su pasmosa energía, me salvan de mi pesadilla televisiva.
Regreso.
Andén de la estación.
Mensaje de Ah en mi teléfono móvil. – ¡Salud! No olvides nuestra cita de mañana: mis alumnos te esperan. Están terminando el montaje de sus películas. Tienes que verlo, ¡les apasiona!
VI
LO QUE QUIERE DECIR AMAR
En este mundo hay que ser demasiado bueno para serlo bastante.
MARI VAUX
El juego del amor y del azar
1
En cuanto las madres desesperadas cuelgan el teléfono, yo descuelgo el mío para intentar colocar a su prole. Doy una vuelta por los colegas: amigos de hace mucho tiempo, especialistas en casos que se consideran desesperados, y yo desempeñando a mi vez el papel de mamá desconsolada. Al otro extremo del hilo, se divierten: -¡Ah, eres tú! ¡Cada año sueles dar señales de vida por estas fechas! – ¿Cuántas ausencias en el año, dices? ¡Treinta y siete! ¿Ha hecho treinta y siete veces novillos y quieres que lo aceptemos?
¿Lo entregas con las esposas puestas?
Didier, Philippe, Stella, Fanchon, Pierre, Françoise, Isabelle, Ali y los demás… ¡Todos ellos han salvado a más de uno! Nicole H., por sí sola, con su instituto abierto a todos los zánganos de paso…
A veces he soltado mi alegato incluso a mitad de curso.
–Vamos, Philippe… -¿Por qué razón le han expulsado? ¡Una pelea! ¿Dentro o fuera del cole? ¡Y con los seguratas del centro comercial, incluso! ¿Y no
es la primera vez? ¡Caramba, un bonito regalo de Navidad! Envíamelo de todos modos, veré qué puedo hacer.
O ese diálogo con la señorita G., directora de colegio. La encuentro vigilando un examen escrito. Dos clases se desloman ante sus narices.
Silencio. Concentración.
Bolígrafos mordisqueados o girando a toda velocidad entre el pulgar y el índice (¿cómo consiguen hacerlo?, yo nunca lo he logrado), hojas de borrador verdes para unos, amarillas para otros… La calma del estudio. Se oiría volar una duda. Siempre me ha gustado el silencio de la siesta y la calma del estudio. En mi infancia, incluso los asociaba. Sentía afición por el descanso inmerecido. Conozco todo el arte de fingir que se escribe ante una hoja en blanco. Pero es difícil jugar a este jueguecito ante la vigilancia de la señorita G.
Me ha visto entrar por el rabillo del ojo. Ni se inmuta. Sabe que nunca la molesto por una nadería y que, si me lo permito, pocas veces es para anunciarle una buena noticia. Me dirijo sin hacer ruido hacia su mesa, me inclino a su oído y susurro mis argumentos de venta:
–Quince años y ocho meses, repite curso, perdió el hábito de trabajar hace unos diez años, expulsado por innumerables motivos, detenido el mes pasado en el metro por tráfico de chocolate, madre desaparecida, padre irresponsable, ¿te interesa? – …
La señorita G. sigue sin mirarme, contempla sus ovejas, se limita a asentir con la cabeza:
–Con una condición -murmura sin ni siquiera mover los labios. – ¿Cuál?
–Que no me pidas que te dé las gracias. ¡Oh, mi tan británica señorita G., ese silencioso asentimiento es uno de mis mejores recuerdos de profesor!
Fue en Marivaux, en Marivaux, ¿me oyen?, no en uno de sus libros piadosos, ¡en Marivaux!, donde encontré la frase que, secretamente, debería servirle de divisa: «En este mundo hay que ser demasiado bueno para serlo