Mal de escuela
Capítulo 21
mucho de aquello veinte años más tarde, cuando, liberado ya del servicio, le dejé leer lo que habían escrito en mi cartilla militar:
«
Graduación obtenida: soldado raso». – ¿No has pasado de soldado raso, entonces? Eso es lo que yo creía: no apto para la obediencia y ninguna afición por el mando.
Estuvo también aquel viejo amigo, Jean Rolin, profesor de filosofía y padre de Nicolas, Jeanne y Jean-Paul, mis compañeros de adolescencia. Cada vez que suspendía mi examen de bachillerato, me invitaba a un restaurante excelente para convencerme, una vez más, de que cada cual va a su ritmo y que yo, sencillamente, llevaba retraso en el florecimiento. Jean, mi querido Jean, que estas páginas -tan tardías, en efecto- te hagan sonreír en el paraíso de los filósofos.
21
En resumen, se llega.
Pero la cosa no cambia tanto. Te las apañas con lo que eres.
He aquí que, al final de esta segunda parte, me permito un ataque de duda.
Duda en cuanto a la necesidad de este libro, duda en cuanto a mi capacidad para escribirlo, duda sobre mí mismo, sencillamente, duda que florecerá muy pronto en consideraciones irónicas sobre el conjunto de mi trabajo, sobre mi vida entera…
Proliferante duda… Son frecuentes estos ataques. Por mucho que sean una
herencia de mi zoquetería, no me acostumbro a ellos. Se duda siempre la primera vez, y la duda es malsana. Me empuja hacia mi tendencia natural.
Me resisto pero, día tras día, vuelvo a ser el mal alumno que intento describir. Los síntomas son rigurosamente semejantes a los de mis trece años: ensoñación, pereza, dispersión, hipocondría, nerviosismo, taciturno deleite, cambios de humor, jeremiadas y, por último, pasmo ante la pantalla de mi ordenador, como antaño ante los deberes que debía hacer, el examen que debía preparar… Aquí estoy, ríe sarcástico el zoquete que fui.
Levanto los ojos, mi mirada vaga por el sur del Vercors. Ni una casa en el horizonte. Ni una carretera. Ni un individuo. Campos pedregosos flanqueados por montañas rasas donde crecen, aquí y allá, bosquecillos de hayas como silenciosos penachos. Sobre todo ese vacío germina, inmensamente, un cielo amenazador. ¡Dios, cómo me gusta este paisaje! En el fondo , uno de mis grandes gozos habrá sido permitirme este exilio que de niño reclamaba yo a mis padres… Ese horizonte más acá del cual nadie debe dar cuentas a nadie. (Salvo ese conejito a aquel cernícalo allí en lo alto, que tiene ciertas pretensiones sobre él…) En el desierto, el tentador no es el diablo, es el propio desierto: tentación natural de todos los abandonos.
Bueno, así son las cosas, deja ya de hacer comedia, vuelve al trabajo.
22
Y reanudas el trabajo. Línea tras línea sigues deviniendo, con este libro que está haciéndose.
Devienes.
Unos tras otros, devenimos.
Pocas veces ocurre como estaba previsto, pero hay algo seguro: devenimos.
La semana pasada, al salir de un cine, una niña de nueve o diez años corre tras de mí por la calle y me alcanza jadeante: ¡Señor, señor! ¿Qué pasa?
¿Habré olvidado el paraguas en el cine? Hecha un mar de sonrisas, la pequeña señala con el dedo a un hombre que nos mira desde la otra acera. –
¡Es mi abuelo, señor!
El abuelo esboza un saludo, algo turbado.
–No se atreve a saludarle, pero fue usted su profesor. – … ¡Carajo, su abuelo! ¡He sido profesor de su abuelo! Pues sí, devenimos. – …
Pierdes de vista a una chiquilla en secundaria, nula, nula, nula como ella misma dice («¡Pero qué nulidad era!»), y veinte años más tarde una mujer joven se dirige a ti en una calle de Ajaccio, radiante, sentada en la terraza de un café: -¡Señor, No toquéis el hombro del jinete que pasa!
Te detienes, te das la vuelta, la mujer te sonríe y le recitas la continuación de L'allée, ese poema de Supervielle que aparentemente ambos conocéis: Se daría la vuelta y sería de noche, una noche sin estrellas, sin curva ni nube.
Ella suelta una carcajada, pregunta: – ¿Qué sería entonces de todo lo que hace el cielo, la luna y su pasar y el ruido del sol?
Y respondes a la niña que ha reaparecido en la sonrisa de la mujer, a la niña reticente a la que en el pasado le enseñaste; el poema:
–Tendríais que aguardar que un segundo jinete tan poderoso como el otro aceptara pasar.
En París, charlo con algunos amigos en un café.
Desde una mesa vecina, un hombre me señala con el dedo mirándome
fijamente. Levanto los ojos y con un ademán de cabeza le pregunto qué desea. Me llama entonces con un nombre distinto al mío: -¡Don Segundo Sombra!
Y al hacerlo, me obliga a dar un vertiginoso salto en el tiempo. – ¡A ti te tuve en mil novecientos ochenta y dos! En secundaria.
–Eso es, señor. Y aquel año leímos Don Segundo Sombra, una novela argentina, de Ricardo Güiraldes.
Nunca recuerdo el nombre de estos alumnos con quienes me encuentro, ni sus rostros tampoco, pero desde los primeros versos, los primeros títulos de novela que se evocan, las primeras alusiones a una clase concreta, algo se recompone del adolescente que no quería leer o de la chiquilla que afirmaba no comprender nada de nada; vuelven a serme tan familiares como los versos de Supervielle o el nombre de Segundo Sombra, que, en cambio, vete a saber por qué, no han sufrido la erosión del tiempo. Son a la vez esa chiquilla llena de miedo y esa mujer que dicta hoy la moda de su generación, ese muchacho obtuso y ese comandante de a bordo que lee sobrevolando los océanos tras conectar el piloto automático.
A cada encuentro, adviertes que una vida ha florecido, tan imprevisible como la forma de una nube. ¡Y no vayas a imaginar que esos destinos deban lo más mínimo a tu influencia como profesor! Miro la hora en el reloj de bolsillo que Minne, mi mujer, me regaló en algún antiguo cumpleaños y del que nunca me separo. Ese tipo de reloj de doble caja se llama saboneta.
Consulto mi saboneta, pues, y de pronto me deslizo quince años atrás, instituto H, aula F, donde estoy vigilando a una sesentena de alumnos de los últimos cursos que trabajan en un silencio de puro porvenir. Todos emborronan papel, a cuál mejor, salvo Emmanuel, a mi derecha, cerca de la ventana, a tres o cuatro filas de mi tarima. Mirando las musarañas y con el papel en blanco, el tal Emmanuel.
Nuestras miradas se encuentran. La mía se hace explícita: Bueno, ¿qué? ¿El papel en blanco? ¿Empezarás de una vez? Emmanuel me hace una señal para que me acerque.
Lo tuve como alumno dos años antes. Listo, vivaracho, gandul, inventivo, chusco y decidido. Y, de momento, su papel ostensiblemente en blanco.
Consiento en acercarme solo para sacudirle las pulgas. Pero él interrumpe mi regañina soltando, con un suspiro definitivo: -¡Si supiera usted cómo me aburre esto, señor! ¿Qué hay que hacer con semejante alumno? ¿Cargártelo allí mismo? A la expectativa, y aunque no sea el momento, pregunto: -¿Y
puede saberse qué te interesa?
–Esto.
Responde devolviéndome mi saboneta, que me ha mangado sin que yo lo advirtiese.
–Y esto añade, devolviéndome mi bolígrafo. ¿Carterista? ¿Quieres ser carterista?
–Prestidigitador, señor.
Y lo fue, a fe mía, lo sigue siendo, y famoso. Sin que yo tuviera la menor intervención.
Sí, sucede a veces que algunos proyectos se realizan, que se consuman vocaciones, que el futuro acude a la cita. Un amigo me asegura que me aguarda una sorpresa en el restaurante al que me invita. Voy. La sorpresa es grande. Se trata de Rémi, el jefe de cocina del lugar. Impresionante con su metro ochenta y su gorro blanco de chef. Al principio no le reconocía, pero me refrescó la memoria poniendo ante mis ojos una redacción escrita por él mismo y que yo corregí veinticinco años antes. 13/20. Tema: «Haced vuestro retrato a los cuarenta años». Pues bien, el hombre de cuarenta años que está ante mí, sonriente y vagamente intimidado por la aparición de su viejo profesor, es con toda exactitud el que el muchacho describía en su redacción: el chef de un restaurante cuyas cocinas comparaba con la sala de máquinas de un paquebote en alta mar. El profesor había escrito en rojo que le gustaría sentarse algún día a la mesa de aquel restaurante…
Es el tipo de situación en la que no lamentas haber sido ese profesor que hoy ya no eres.
Devenimos, devenimos, todos los que somos; y a veces nos encontramos con gente que ha llegado a algo. Isabelle, con quien me encontré en un teatro la semana pasada, sorprendentemente parecida rondando los cuarenta a la chiquilla de dieciséis años que fue mi alumna… Había llegado a mi clase tras su segunda expulsión. («¡Mi segunda expulsión en tres años, no está mal!») Hoy ortofonista de sagaz sonrisa.
Como los demás, me pregunta: -¿Se acuerda usted de Fulana? ¿Y de Mengano? ¿Y de aquel otro?
Lamentablemente, alumnos míos, mi maldita memoria se niega siempre a archivar nombres propios. Las mayúsculas siguen formando una barrera.
Me bastaban las vacaciones de verano para olvidar la mayoría de vuestros nombres. De modo que, después de tantos años, ¡ya os podéis imaginar!
Una especie de bombeo permanente baldea mi cerebro y elimina, con los vuestros, el nombre de los autores a los que leo, los títulos de sus libros o de las películas que veo, las ciudades por las que paso, los itinerarios que sigo, los vinos que bebo… ¡Lo que no significa que os zambulláis en mi olvido!
Si se me permite volver a veros solo cinco minutos, la confiada jeta de Rémi, la gran carcajada de Nadia, la malicia de Emmanuel, la pensativa amabilidad de Christian, la vivacidad de Axelle, el increíble buen humor de Arthur resucitan al alumno en ese hombre o esa mujer que, al cruzarse conmigo, me complacen reconociendo a su profesor. Puedo confesároslo hoy, vuestra memoria siempre fue más veloz y más fiable que la mía, incluso en los tiempos en que aprendíamos juntos aquellos textos semanales que debíamos poder recitarnos en cualquier momento del año. Año más, año menos, una treintena de textos de todo tipo, de los que Isabelle dice con orgullo: -¡No he olvidado ni uno solo, señor!
–Imagino que tenías tus preferidos…
–Sí, este por ejemplo, del que usted nos dijo que estaríamos maduros para comprenderlo solo al cabo de unos sesenta años.