Mal de escuela
Capítulo 2
hubieras pedido fuego cortés mente, estaríamos ya allí y te ayudaría a hacer los deberes. Pero ahora no, ni hablar.
Último intento:
–Vamos, señor…
–La próxima vez, Maximilien, cuando hables a la gente con respeto, pero esta noche no; esta noche me has hecho enfadar.
2
Vuelvo a pensar a menudo en mi encuentro con Maximilien. Extraña experiencia, tanto para él como para mí. En un solo segundo pasé de estremecerme ante el bribón a romper la baraja ante el alumno. Él se hizo el duro para intimidar al bufón y luego palideció ante la estatua de Victor Hugo (en la calle Lesage de Belleville, entre los mocosos a quienes había visto crecer, algunos me llaman bromeando señor Hugo). Maximilien y yo tuvimos dos representaciones el uno del otro: el bribón a quien debía temer o el alumno a quien debía ayudar, el bufón a quien él debía intimidar o el escritor a quien recurrir. Por fortuna, el fulgor de un mechero las mezcló.
En un segundo fuimos a la vez el bribón y el alumno, el bufón y el novelista; la realidad ganó con ello en complejidad. Si nos hubiéramos quedado en el episodio del cigarrillo y Maximilien no me hubiera reconocido, yo habría regresado a casa avergonzado de haberme asustado un poco ante un chuleta de barrio y él habría estado encantado de haberle puesto los cojones por corbata a un viejo bufón. Él habría podido presumir ante sus colegas y yo habría podido quejarme desde un micrófono. La vida, en suma, seguiría siendo sencilla: el gamberro del arrabal humillando al prudente ciudadano, una visión del mundo adecuada a las fantasías contemporáneas. Afortunadamente, la llama de un encendedor reveló una realidad más compleja: el encuentro de un adolescente que tiene mucho que
aprender con un adulto que tiene mucho que enseñarle. Entre otras cosas, esta: si quieres convertirte en emperador, Maximilien, aunque solo sea de ti mismo, no juegues a asustar al bufón, no añadas ni un solo gramo de verdad a la estatua de aquel terrible zoquete que los falsos achantados que disponen del micrófono edifican tranquilamente sobre tus espaldas.
–Pse…
Vuelvo a leer lo que acabo de escribir y escucho una risita interior.
–Pse, pse, pse…
No cabe duda, esa ironía sigue siendo suya, del zoquete que fui. –
¡Hermosas frases, caramba! ¡Bonita lección de moral recibió entonces el tal Maximilien!
Y remacha el clavo, como de costumbre. – ¿Un pequeño ataque de autosatisfacción? – …
–Dicho de otro modo, no ayudaste a aquel alumno… -…
–Porque no fue cortés, ¿no es eso? – … -¿Y estás contento de ti mismo? –
… -¿Qué has hecho con tus principios? Los hermosos principios expuestos más arriba. Recuerda: El miedo a leer se cura con la lectura, el de no comprender con la inmersión en el texto… Declaraciones como esas, ¿te las pasas por el forro? – …
–De hecho, aquella noche, con Maximilien, te cubriste de mierda.
Demasiado furioso, tal vez, o demasiado miedoso; también tú a veces tienes miedo, especialmente cuando estás cansado. Sabes muy bien que tendrías que haber cogido al muchacho del brazo, llevarle a tu casa, ayudarle a preparar su explicación del texto y discutir con él, si era necesario, Pegarle una bronca incluso, pero después de haber hecho los d eberes.
Responder a la petición era lo urgente, puesto que, por fortuna, había una