Mal de escuela

Daniel Pennac · Capítulo 28 de 66

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Mal de escuela

Capítulo 4

prometía enmendarme, sí , sí, enseguida. Pero, en cuanto me encontraba de nuevo en clase de mates o en el estudio vespertino inclinado sobre una l ección de ciencias naturales, nada quedaba ya de la invencible confianza que yo había obtenido de nuestra entrevista. Y es que el director y yo no habíamos hablado de álgebra, ni de la fotosíntesis, sino de voluntad, de concentración, habíamos hablado de mí, yo, un yo que era del todo capaz de progresar, estaba convencido de ello, si realmente me lo proponía. Y ese yo, henchido de súbita esperanza, juraba que s aplicaría, que no seguiría contando historias; lamentablemente, diez minutos más tarde, confrontado a la algebraicidad d lenguaje matemático, ese yo se vaciaba como un globo y, durante el estudio vespertino, ya solo era renuncia ante la inexplicable afición de las plantas al gas carbónico a través de 1 extraña clorofila. Volvía a ser el cretino habitual que nunc comprendería nada de nada, por la simple razón de que nunca había comprendido nada.

De esa desventura tantas veces repetida, conservo la convicción de que era preciso hablar con los alumnos en el único lenguaje de la materia que yo les enseñaba. ¿Miedo a la gramática? Hagamos gramática. ¿Falta de apetito por la literatura? ¡Leamos! Pues, por muy extraño que pueda pareceros, o alumnos nuestros, estáis amasados con las materias que os en seriamos.

Sois la propia materia de todas nuestras materia ¿Infelices en la escuela? Tal vez. ¿Sacudidos por la vida? Algunos, sí. Pero, a mi modo de ver, hechos de palabras, todos vosotros, tejidos con gramática, llenos de discursos, incluso el más silenciosos o los menos armados de vocabulario, obsesionados por vuestras representaciones del mundo, llenos de literatura en suma, cada uno de vosotros, os ruego que me creáis.

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Vanidad de las intervenciones psicológicas mejor intencionadas. Penúltimo curso. Jocelyne está hecha un mar de lágrimas. La clase no puede empezar.

Nada es más impermeable que el pesar para servir de pantalla al saber. La

risa puedes acallarla con una mirada, pero las lágrimas… -¿Alguien sabe algún chiste? Tenemos que hacer reír a Jocelyne para poder empezar.

Devanaos los sesos. Algún chiste muy divertido. Presupuesto, tres minutos, ni uno más; Montesquieu nos aguarda.

El chiste surge.

Es divertido, en efecto.

Todo el mundo se troncha, incluso Jocelyne; y la invito a que hable conmigo durante el recreo, si lo necesita.

–Hasta entonces, te ocupas solo de Montesquieu.

Recreo. Jocelyne me expone su desgracia. Sus padres no se entienden. Se pelean de la mañana a la noche. Se dicen b arbaridades. La vida en casa es un infierno; la situación, desgarradora. Bueno, me digo, dos nuevos corredores de fondo que han tardado veinte años en advertir que no funcionaban juntos; hay divorcio en el ambiente. Jocelyne, que no es una mala alumna, se derrumba en todas las materias. Y heme aquí cha puceando en sus pesares. Más vale, le digo con mucha pr udencia, tal vez, el divorcio,

¿sabes, Jocelyne?, en fin… dos div orciados apaciguados te resultarán más soportables que u na pareja empecinada en destruirse… etcétera.

Jocelyne se deshace de nuevo en lágrimas:

Precisamente, señor, habían decidido divorciarse, ¡pero acaban de renunciar a ello! ¡Ah!

Bueno.

Bueno, bueno, bueno.

Bien.