Mal de escuela

Daniel Pennac · Capítulo 5 de 66

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Mal de escuela

Capítulo 5

–Lo que te dispensaba de aprender tus listas de vocabulario.

–Las palabras en inglés eran tan volátiles como los nombres propios…

–En definitiva, siempre te andabas con cuentos.

Sí, es lo que hacen los zoquetes, se cuentan sin parar la historia de su zoquetería: soy nulo, nunca lo conseguiré, ni siquiera vale la pena intentarlo, está jodido de antemano, ya os lo había dicho, la escuela no es para mí… La escuela les parece un club muy cerrado cuya entrada se prohiben. Con la ayuda de algunos profesores, a veces. – … -…

Dos señores de cierta edad pasean a lo largo de un río. Al final de su paseo dan con un estanque rodeado de cañas y guijarros.

Bernard pregunta: -¿Sigues siendo bueno para hacer que reboten?

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Naturalmente, se plantea la cuestión de la causa original. ¿De dónde procedía mi zoquetería? Hijo de la burguesía de Estado, nacido en una familia amorosa, sin conflictos, rodeado de adultos responsables que me ayudaban a hacer los deberes…

Padre, alumno de la escuela politécnica; madre, sus labores, sin divorcios, sin alcohólicos, sin malos humores, sin taras hereditarias; tres hermanos bachilleres (en mates, muy pronto dos ingenieros y un militar), ritmo familiar regular, alimentación sana, biblioteca en casa, entorno cultural acorde con el medio y la época (padre y madre nacidos antes de 1914): pintura hasta los impresionistas, poesía hasta Mallarmé, música hasta

Debussy, novela rusa, el inevitable período Teilhard de Chardin, Joyce y Cioran por toda audacia… Charlas de mesa tranquilas, risueñas y cultas.

Y, sin embargo, un zoquete.

Tampoco puede obtenerse una explicación a partir de la historia familiar. Es una progresión social en tres generaciones gracias a la escuela laica, gratuita y obligatoria, un ascenso republicano, en suma, una victoria a la Jules Ferry… Otro Jules, el tío de mi padre, el Tío, Jules Pennacchioni, condujo hasta el certificado de estudios a los niños de Guargualé y PilaCanale, los pueblos corsos de la familia; se le deben generaciones de maestros, de carteros, de gendarmes y demás funcionarios de la Francia colonial o metropolitana… (tal vez también algunos bandidos, pero los habría convertido en lectores). El Tío, según dicen, obligaba a hacer dictados y ejercicios de cálculo a todo el mundo y en cualquier circunstancia; se dice también que era capaz de raptar a los niños obligados por sus padres a hacer novillos durante la recolección de las castañas. Los capturaba en el monte, se los llevaba a casa y avisaba al padre esclavista:

–Te devolveré a tu muchacho cuando tenga el certificado.

Si es una leyenda, me gusta. No creo que pueda concebirse de otro modo el oficio de maestro. Todo lo malo que se dice de la escuela nos oculta el número de niños que ha salvado de las taras, los prejuicios, la altivez, la ignorancia, la estupidez, la codicia, la inmovilidad o el fatalismo de las familias.

Así era el Tío.

Y, sin embargo, tres generaciones más tarde, yo, ¡un zoquete!

Qué vergüenza para el Tío, de haberlo sabido… Afortunadamente, murió antes de verme nacer.

Mis antecedentes no solo me prohibían ser un zoquete, sino que, postrer representante de un linaje cada vez más diplomado, estaba socialmente

programado para convertirme en el florón de la familia: alumno de la escuela politécnica o de la Normal, sin duda destinado al más alto funcionariado, al Tribunal de cuentas, o a un ministerio, vete a saber… No podía esperarse menos. Y, también, un matrimonio productivo con hijos destinados, desde la cuna, a ser admitidos en Louis-le-Grand y propulsados, así, hacia el trono del Elíseo o la dirección de un consorcio mundial de cosmética. La rutina del darwinismo social, la reproducción de las élites…

Pues bien, no; un zoquete.

Un zoquete sin fundamento histórico, sin razón sociológica, sin desamor: un zoquete en sí. Un zoquete arquetipo. Una unidad de medida. ¿Por qué?

Tal vez la respuesta yazca en la consulta de los psicólogos, pero no era todavía la época del psicólogo escolar contemplado como sustituto familiar.

Se arreglaban con lo que tenían.

Bernard, por su lado, ofrecía su explicación: A los seis años te caíste en el basurero municipal de Djibuti. – ¿A los seis años? ¿El año de la a?

–Sí. Era un vertedero al aire libre, de hecho. Caíste desde lo alto de una pared.

No recuerdo ya cuánto tiempo maceraste allí. Habías desaparecido, te buscaban por todas partes y tú te debatías allí dentro, bajo un sol que debía de acercarse a los sesenta grados. Prefiero no imaginar cómo debió de ser aquello.

La imagen del basurero, a fin de cuentas, se adecua bastante a esa sensación de desecho que experimenta el alumno que está perdido para la escuela.

«Basurero» es, por lo demás, una palabra que he oído pronunciar varias veces para calificar esos antros privados, no concertados, que aceptan (¿y a qué precio?) recoger los desechos escolares. Viví allí de los doce a los dieciséis años, interno. Y de entre todos los profesores que tuve que