Mal de escuela

Daniel Pennac · Capítulo 62 de 66

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Mal de escuela

Capítulo 8

Viste, alimenta, da de beber, calza, toca, equipa a cada cual, provee al alumno de electrónica, le pone sobre unos patines, bici, scooter, moto, patinete. Le distrae, le informa, le conecta, le propina una permanente transfusión musical y le dispersa por los cuatro puntos cardinales del universo consumible, ella es quien le duerme, ella es quien le despierta y, cuando se sienta en clase, vibra en el fondo de su bolsillo para tranquilizarle: Estoy aquí, no tengas miedo, estoy aquí, en tu teléfono móvil, ¡no eres un rehén del gueto escolar!

8

Un niño murió en los años setenta. Llamémosle Jules, por el nombre de pila de Jules Ferry, ministro de Instrucción Pública entre 1878 y 1883. Hagamos como si el niño Jules fuera inmortal y datara de toda la eternidad, pero fue concebido no hace mucho más de un siglo y advierto con estupor que habrá vivido menos que mi anciana mamá. Imaginado por Rousseau hacia 1760

en la forma de un prototipo mental llamado Emilio, fue dado a luz un siglo más tarde por Victor Hugo, que consideraba un deber arrancar a los niños del trabajo al que les encadenaba el naciente mundo industrial: «El derecho del niño es ser un hombre -escribía Hugo en Cosas vistas-; lo que hace al hombre es la luz; lo que hace la luz es la instrucción. De modo que el derecho del niño es la instrucción gratuita, obligatoria». A finales de la década de 1870, la República hizo que este niño se sentara en los bancos de la escuela laica, gratuita y obligatoria para que quedaran satisfechas sus necesidades fundamentales: leer, escribir, contar, razonar, constituirse en ciudadano consciente de su identidad individual y nacional. El niño Jules tenía dos gorras: era escolar en clase, hijo o hija en su familia.

La familia se encargaba de su educación, la escuela de su instrucción. Eran dos mundos prácticamente impermeables y el universo del niño Jules lo era