Mal de escuela
Conversación con Ali (Extracto)
solo mi vivienda: regreso al corazón de mi historia, voy a acurrucarme en el meollo de mi geografía. Cuando cruzo mi puerta, entro en un lugar donde estaba ya mucho antes de mi nacimiento: cada objeto, cada libro de mi Cosas de las que hablamos aquella noche Minne y yo:
–No subestimes a esos chiquillos me dice ella, ¡hay que contar con su energía! Y con su lucidez, una vez pasada la crisis de la adolescencia.
Muchos se las arreglan muy bien.
Y me cita los nombres de nuestros amigos que se las han arreglado. Entre ellos, sobre todo, Ali, que muy bien habría podido ir por el mal camino y que, hoy, se zambulle en pleno meollo del problema para salvar a los adolescentes más amenazados. Y, puesto que son víctimas de las imágenes, Ah ha decidido sacarlos adelante precisamente con el manejo de la imagen.
Les arma con cámaras y les enseña a filmar su adolescencia tal cual es, más allá de las apariencias.
CONVERSACIÓN CON ALI
(EXTRACTO)
–Son chiquillos en situación de fracaso escolar me explica, la madre suele estar sola, algunos han tenido ya problemas con la policía, no quieren oír hablar de los adultos, se encuentran en clases de recuperación, algo así como tus clases especiales de los años setenta, supongo. Agarro a los cabecillas, a los jefezuelos de quince o dieciséis años, los aíslo provisionalmente del grupo, porque el grupo es el que acaba con ellos, siempre, les impide constituirse, les pongo una cámara en las manos y les suelto a uno de sus colegas para que le entrevisten, alguien que ellos mismos eligen. Hacen la entrevista a solas, en un rincón, lejos de las miradas, vuelven y visionamos juntos la película, esta vez con el grupo. No falla nunca: el entrevistado hace la comedia habitual ante el objetivo, y el
que filma entra en su juego. Se las dan de listos, exageran su acento, se hacen los chulos con su vocabulario de cuatro chavos, gritando tanto como pueden. Como yo cuando era un mocoso, se ponen las botas, como si se dirigieran al grupo, como si el único espectador posible fuera el grupo, y durante la proyección sus compañeros se tronchan. Proyecto la película por segunda, tercera, cuarta vez. Las risas van espaciándose, se hacen menos seguras. El entrevistador y el e ntrevistado sienten que nace algo extraño, algo que no consiguen identificar. A la quinta o a la sexta proyección, aparece algo realmente molesto entre su público y ellos.
A la séptima o a la octava (¡te aseguro que a veces he llegado a proyectar nueve veces la misma película!), todos han comprendido, sin que yo se lo explique, que lo que sube a la superficie de aquella película es el farde, lo ridículo, lo falso, su comedia ordinaria, su mímica de grupo, todas sus escapatorias habituales, y que no tiene el menor interés, cero, ninguna realidad. Cuando han llegado a ese estadio de lucidez, detengo las proyecciones y les mando de nuevo con la cámara, para que repitan la entrevista, sin más explicaciones. Esta vez obtenemos algo más serio, que tiene relación con su vida real: se presentan, dicen su apellido, su nombre, hablan de su familia, de su situación escolar, hay silencios, buscan las palabras, se les ve reflexionar, tanto al que pregunta como al que responde y, poco a poco, se ve aparecer al adolescente en aquellos adolescentes, dejan de ser jóvenes que se divierten dando miedo, son de nuevo chicos y chicas de su edad, de quince o dieciséis años, su adolescencia atraviesa las apariencias, se impone, sus ropas, sus gorras vuelven a ser accesorios, su gesticulación se atenúa; instintivamente el que hace la película reduce el encuadre, le da al zoom.
Ahora lo que cuenta es su rostro, diríase que el entrevistador escucha el rostro del otro, y lo que aparece en ese rostro es el esfuerzo por comprender, como si se contemplaran por primera vez tal como son: están conociendo la complejidad.