Notas al pie
Rayos
Yo nunca había prestado demasiada atención a las tormentas hasta que
conocí a Conrado Lo Menso. En ese entonces, él estaba en un buen
momento de su carrera de actor y creía en la importancia de todas y cada
una de sus frases. Y aunque nuestras conversaciones no eran para mí muy
atrayentes, él estaba convencido de que yo recibía sus confidencias con
pasión antropológica, como si fueran revelaciones impares de una mente de
formidable complejidad.
En verdad, yo deseaba decirle –aunque nunca encontraba el tiempo para
hacerlo– que no estaba interesado en ninguna clase de autodescripciones.
Años de amistades fundadas en la contigüidad casual y el trato infecundo
con supuestas lumbreras me habían llevado al convencimiento de que la
inmensa mayoría de las personas siempre canta las mismas canciones y
construye sus preferencias con puros caprichos, solo por el gusto de
dibujarse unos perfiles, por mero afán de excentricidad.
Ahora que estamos solos, puedo decir que yo mismo había ido
adquiriendo la siniestra capacidad de renunciar a mis entusiasmos más
poderosos para gestionar su paulatino reemplazo por otros más viables. En
verdad, la mayoría de las encrucijadas me dejaba indiferente. Lo Menso,
por el contrario, creía que yo entendía la vida como una sucesión de
elecciones correctas y se complacía en exponerme las suyas para que yo las
aplaudiera. Y debo admitir que algunas de sus revelaciones tenían cierta
gracia.
Una tarde me contó –después de interminables salvedades y disculpas–
una práctica sexual que compartía con su novia, la actriz Luna Vallejos. Se
trataba de mantener una relación íntima, concreta y clásica, mientras ambos
iban imaginando y describiendo en voz alta otra relación, diferente en
detalles y circunstancias.
La idea era hacer funcionar la mente y el cuerpo en forma simultánea
aunque disociada. Conrado Lo Menso no pudo evitar una oblicua insinuación de su superioridad moral diciendo que prefería los goces de la
mente. Yo objeté que no hay goces sexuales de la mente, sino más bien
imágenes que aparecen en nuestra cabeza y que luego el cerebro, vaya a
saber cómo, las convierte en placeres del cuerpo.
Otro día –mientras yo hacía un esfuerzo gigantesco para no caer
dormido– me dijo que no podía evitar la sospecha constante de que Luna
iba a dejarlo en el momento siguiente. Me aclaró que este temor lo instalaba
casi todas las tardes en el catre perentorio del sexo apocalíptico, aquel que
solo puede disfrutarse en vísperas del fin del mundo. Pero enseguida
confesó que vivía con las venas llenas de angustia y que todos los abrazos
de su amante no eran para él otra cosa que la premonición del abandono.
Una tarde, Lo Menso me habló de los rayos. Yo debí haber percibido que
aquel asunto era central para él y que el resto de las confesiones no habían
sido sino una preparación de esta, la única que él verdaderamente quería
hacer.
Me dijo, para empezar, que la probabilidad de caer fulminado era de una
en 2.320.000, pero enseguida utilizó su histrionismo más vulgar para
informarme que casi todos los miembros de su familia, desde hacía varias
generaciones, habían muerto de esa forma.
–Usted no me va a creer –murmuró, mientras miraba a sus espaldas–
pero un refucilo de medio pelo mide casi dos kilómetros. Me han dicho que
el más grande de la historia ocurrió en Texas... ¡Doscientos kilómetros!
¡Vivimos en un mundo horroroso!
A Lo Menso le parecía que los datos existentes acerca de los rayos
demostraban que sus trayectorias no eran del todo casuales.
–¿Cómo explica usted que los hombres sean víctimas seis veces más
frecuentes que las mujeres? –hizo una pausa de cuatro respiraciones–. Yo
respondería: existe un plan. Mire, hace poco, en el Congo, allá donde Judas
perdió el poncho, cayó un rayo durante un partido de fútbol y mató
solamente a los del equipo visitante. ¿Qué me dice?
Desde luego, Lo Menso trataba de evitar las tormentas y las lluvias y
solía pasar los días de borrasca encerrado en el sótano.
De a poco fui sabiendo que su novia Luna era una mujer encantadora
pero adicta a los conflictos. Solía indignarse con Lo Menso por razones de
súbita aparición. En tales casos decretaba el fin de la relación amorosa y
explicaba sus motivos mientras caminaba rumbo al adiós a paso de
estampida. Semejantes apurones influían negativamente sobre las entendederas de su novio, que casi nunca llegaba a comprender por qué
causa lo habían abandonado.
Ella siempre volvía, pero en cada regreso se la notaba un poco
menoscabada, como si no hubiera alcanzado a retornar enteramente; como
si una porción de su persona hubiera permanecido en ausencia.
Para mi desgracia, me convertí en el confidente de sus penas amorosas.
Yo trataba de desalentarlo y de sugerirle que era mejor pensar en otras cosas
y no hablar del asunto, pero él me pedía consejo y me preguntaba cada diez
minutos si yo calculaba que aquel amor podría renacer.
–A veces ella me abre la puerta, solo para poder cerrarla más fuerte.
Por suerte para mí, en aquellos días llegó una sudestada que se prolongó
por varias semanas. Lo Menso me obligaba a visitarlo en la profundidad de
su sótano pero ya no me hablaba de Luna Vallejos. La tormenta lo había
acorralado en un estado de tristeza, vecino al llanto, del que solo salía para
atender fugaces ataques de indignación cívica causada por la ineficacia del
servicio meteorológico.
Se había conseguido una estampita de San Donato, un obispo de la
Toscana que vivió en el siglo IV. Este santo conseguía, merced a sus
oraciones, unas sequías particulares. Sobre él los aguaceros no caían nunca.
Caminaba en medio de la tormenta y del vendaval con un pequeño territorio
de escampada que le era propio. Lo Menso besaba su imagen cada vez que
lo inquietaba un nubarrón.
Unos meses después me anunció que se iba de gira. Había formado un
elenco teatral y había conseguido contratos para actuar en ciudades de Chile
y Perú: Arica, Iquique, Al’ Kufrah, Callao, ciudades donde no llovía jamás.
Cuando vino a despedirse llevaba puesto un guante de piel de foca que,
según creían los romanos, protegía contra el rayo. (2)
Recuerdo que me atreví a cuestionar la conveniencia de aquel viaje,
diciéndole que por fin Buenos Aires se prosternaba ante su talento. Él no
me escuchó. En un momento dado se paró frente a la ventana y recitó un
parlamento teatral.
–Empezaré una nueva vida, lejos de los rayos y de Luna. La he dejado.
En su último regreso, no quedaba casi nada de ella misma. Era como uno de
esos primos lejanos que vemos cada tantos años y que parecen otros en cada
encuentro. Ella sigue siendo adorable, desde luego, pero la otra noche, al
regresar de un enojo, no traía casi nada de lo que me hacía amarla.
Conrado Lo Menso se fue y debo confesar que no extrañé su presencia.
Con los años la deserción en nuestro entorno se nos hace natural y uno
aprende a relacionarse en grupos donde las ausencias son mayoría.
Algunos meses después se presentó en mi casa Luna Vallejos. Me
preguntó si tenía noticias de Conrado y se creyó en el caso de contarme su
ruptura con lujo de detalles. También me explicó que se acordaba de su
novio cada vez que llovía, porque en tales días él la abrazaba y se quedaba
junto a ella hasta que el tiempo mejoraba.
–Ahora comprendo –me dijo–. No sé exactamente si comprendo que lo
amaba o que no lo amaba. Solo sé que comprendo.
En los años siguientes me olvidé de Lo Menso. En verdad todos se
olvidaron de él. Una noche, mientras dormía, un trueno horroroso hizo
temblar la casa. Me desperté aterrorizado y súbitamente pensé en aquel
hombre. Otro cualquiera hubiera aprovechado la ocasión para presentir su
muerte. Pero mi poca fe no alcanzaba ni para un presentimiento.
Hasta que una mañana encontré la noticia en el diario. Ocupaba, apenas,
una columna: Ha fallecido el primer actor Conrado Lo Menso.
La crónica no decía nada acerca de rayos o truenos.
Una tarde, cuatro años después, volvió a presentarse Luna Vallejos.
Seguía tan simpática como siempre. Después de saludarme, colocó un
suave velo de lágrimas sobre sus ojos.
–Fui a buscarlo hasta la ciudad de Ica, en Perú, allá en la loma del
paisano. Usted sabe que él me dejó para evitar que yo lo dejara.
Estuve a punto de interrumpirla para decirle que casi no conocía una
razón mejor para abandonar a alguien. Pero la dejé continuar.
–Lo vi morir –susurró–. Una muerte que no fue la que él tanto temía.
Pero todos llevamos dentro el rayo que ha de fulminarnos. Conrado subió
una tarde a la cúpula de la Iglesia del Señor de Luren para sacarse una foto.
Y se cayó. O tal vez se dejó caer desde aquellas alturas. Yo lo vi. Y hasta
tuve tiempo de recordar su amor, su abandono, su miedo.
Después oí un trueno en aquella tierra donde nunca llueve. Yo creo que
fue un estrépito personal, el ruido de una súbita lucidez que me reveló una
metáfora aterradora. Por eso vine a verlo. Estoy segura de que usted sabrá
apreciar estas rimas y tal vez descubra en ellas otras señales que yo no he
podido percibir. Conrado solía decirme que usted creía que el Universo
trataba de revelarnos algo y que era nuestra obligación entenderlo.
Yo sonreí en silencio hasta que ella se fue. No me atreví a decirle que de
tanto golpear puertas abiertas había llegado a entender que nadie quiere
decirnos nada. En una canasta están los sucesos y en otra los significados
secretos. Combinarlos es un juego de niños que ya no me divierte.
Ahora yo podría escribir que hubo un relámpago y luego un trueno.
También podría anotar que no me moví de mi sillón y que permanecí
imperturbable en mi tristeza.
Nota 2
Es raro que Morozov entre tanta erudición casual no haya mencionado al más notable de los
dioses de la lluvia, Tláloc. Los antiguos habitantes de Centroamérica lo imaginaban bajo la
forma de un demonio de terrorífico poder. El rayo, en el cielo, aparece en la imaginación como
una gran serpiente. La figura de Tláloc mostraba una boca que se dibujaba con dos cabezas de
víboras de cascabel.
Quiero decir que Morozov dejó pasar una metáfora que hubiera podido enriquecer su relato:
la serpiente como corporización del poder del rayo.
La serpiente sagrada en el arte antiguo de México llegaría a evolucionar hasta constituir un
signo para expresar el rayo y, de este modo, crear un carácter por medio del cual pudiera ser
registrada, o tal vez conjurada, una tormenta.
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