Notas al pie
Ara
Nota 143
Después de la muerte de Morozov, yo me instalé definitivamente en su departamento,
especialmente para completar los trabajos que usted, desconocido lector, está examinando.
Una tarde se presentó Ara Leblanc. La saludé con toda amabilidad. –¿En qué puedo servirla, señora?
–Es un asunto delicado. Usted no conoce nada de mi vida.
–Se equivoca. No soy un experto pero soy la persona que más habló con Morozov en todos
estos años. Él me contó de usted. Y yo mismo he cometido la indiscreción de revisar algunos
papeles donde se la menciona. Él la estaba buscando.
–Yo lo amé. Siempre pensé en volver a Buenos Aires para ver si lo encontraba. Pero tuve que
vivir otra vida.
–Pero también amó a Martok.
–No. Solo dejé que lo creyera. Es un hombre un poco violento y desagradable. –¿Es verdad que acostumbra golpear a sus mujeres?
–Es probable. Tal vez solo lo hace cuando hay un acuerdo al respecto. El caso es que los dos
se odiaban por mi culpa. Yo quedé embarazada. De Morozov. No quise aclararlo para que no se
mataran. Igual todo se complicó. Fui viuda de un croata que después resucitó cuando yo ya
estaba con un norteamericano. En fin. Son episodios confusos que no tienen por qué interesarte.
–¿Y el hijo?
–El hijo eres tú. Te abandoné. Viajé a Buenos Aires con mi hermana y mi padre para huir de
mi esposo resucitado. Y tú naciste aquí. Después me volví a los Balcanes y te dejé con tu tía
Nadia y tu abuelo. Sé que ya murieron. Sé que te criaron muy bien. Ellos jamás me escribieron.
Cambiaron de nombre y se encargaron de que yo no lo supiera. Ingratos... dejé un fideicomiso
millonario pero solo para que te educaran. Veo que en eso han cumplido.
–Señora... Supongo que ya le habrán dicho que no soy bueno para las relaciones nuevas.
¿Qué quiere?
Ara Leblanc permaneció un rato en silencio y luego dijo:
–Quiero darte todo. Al menos lo material. Soy dueña de una fortuna. Y quise que supieras
quién era tu madre... y tu padre.... ¿Le tenías afecto?
–No lo sé... a veces me entusiasmaba odiándolo. Era un hombre impresionante. –Sí, lo era... ¿No había algo de paternal en él?
–Sí, todo lo que me hacía detestarlo: autoridad, capricho, un poco de violencia, injusticia y
hasta algo de amor. Creo que me hizo infeliz para que escribiera mejor.
–¿Él andaba con una chica, no es cierto?
–Sí... la que me gustaba a mí. Pero él no lo sabía. Nadie lo sabía... Por favor, Ara, váyase. –¿Podremos volver a vernos?
–Difícil que el chancho chifle... Creo que usted no es muy buena. Mi madre era Nadia.
Además yo tampoco soy bueno. Podría contarle muchas cosas de mí si usted no fuera una
extraña... o si no la odiara tanto.
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