Notas al pie
Los funerales de Toro van Buren
Siempre se sospechó que las canciones de Toro van Buren no eran de su
inspiración. En el pantanoso ambiente de los profesionales del rock and roll
se hablaba de tres o cuatro autores fantasmas que a lo largo del tiempo
habían compuesto todos los éxitos del célebre cantante.
Algunos fueron más allá y dijeron que en sus últimos años, alejado ya de
los recitales y presentaciones en vivo, Toro ya ni siquiera cantaba: unos
hábiles imitadores lo reemplazaban en los discos.
Era imposible entrevistarlo. Su representante, el inescrupuloso Jim
Galveston, entregaba cada tanto a la prensa unas fotos sin gracia y unas
declaraciones impersonales acerca de alguna novedad artística.
Los buenos burgueses de Nueva York, que lo odiaban porque Toro se
negaba a actuar en esa ciudad, se complacían en referir las clásicas historias
de la estrella hundida en el vicio, del abusador que atropellaba jovencitas
merced a su fama, del desalmado que maltrataba a su esposa y se
desentendía de sus hijos.
El periodista canadiense Jean Vernet empezó a escribir, por encargo de
Galveston, un libro sobre la vida de Toro van Buren. Por contrato, le estaba
rigurosamente prohibido hablar con el artista. Vernet, después de un año de
intrigas, consiguió relacionarse con Vera, la mujer de Toro, y a fuerza de
ruegos logró que lo invitaran para la fiesta de Navidad.
Vernet recibió una impresión tan fuerte que abandonó la escritura del
libro. Un tiempo después dijo que el hombre que le habían presentado como
Toro van Buren era con toda probabilidad un impostor. A sus amigos les
confesó que, para él, el verdadero van Buren era un señor al que se señalaba
como el tío. Este hombre, cuyas palabras resultaban imposibles de
comprender, fue retirado súbitamente de la reunión por unos hombres de
seguridad.
Los jóvenes que llorábamos de emoción al oír The postman of Lansing,
My mother is not who I thought o The real impostors, nos negábamos a creer que aquel muchacho genial que todos amábamos se hubiera
convertido en un monstruo sumido en perpetua siesta a causa de las drogas.
Pero la realidad era irrefutable: el genio de van Buren se había apagado.
No se sabe cómo surgió la idea. En Michigan preferimos culpar al
odiado Jim Galveston. Pero en Chicago, los aficionados al rock juran que
fue el mismo Toro el que decidió fingir su muerte.
Acaso el propósito inicial fue generar una noticia dramática que
mejorara la venta de sus discos. Sin embargo hoy sabemos que van Buren
se obsesionó con la sospecha de que su mujer lo odiaba y deseaba su
muerte. Le pareció entonces que lo mejor era asistir de incógnito a su
propio funeral para ver si ella lo lloraba satisfactoriamente.
Todo fue planeado en el más absoluto secreto por Galveston y Toro. Al
principio pensaron que lo más seguro era fraguar una muerte accidental con
la desaparición del cuerpo. Después calcularon que, en ese caso, el funeral
perdería intensidad. La idea de Galveston era que todos los fanáticos
pudieran despedir a su ídolo en un acto inolvidable. Toro van Buren advirtió
sin embargo que un velorio de muchedumbres haría peligrar la intimidad
que él quería invadir. Después de mucho tiempo había comprendido que
estaba loco de amor por su mujer y que no deseaba otra cosa que observar
la reacción de ella ante su muerte.
No tuvieron más remedio que involucrar a otras personas. Primero
fueron unos policías del condado de Baraga que debían certificar que el
auto de van Buren se había estrellado en un camino apartado. También
debían declarar estos funcionarios corruptos que el coche se había
incendiado y que habían hallado en el asiento el cadáver carbonizado del
pobre Toro. Asimismo debieron conseguir a través de estos mismos policías
–o quizás de empleados de la morgue– un muerto adecuado para ocupar el
lugar del artista.
Nada resultó fácil. Se gastó mucho dinero y a cada inconveniente se
hacían necesarios nuevos cómplices. Mucho antes del día establecido para
el accidente, Galveston ya estaba pagando sobornos para que no se
difundiera un delito que todavía no había cometido.
Entusiasmado por el emprendimiento, Toro van Buren despertó de su
letargo. Tal vez buscando una lucidez que asegurara el éxito de su plan,
dejó las drogas, aunque esto es algo que nadie puede definitivamente
afirmar. Lo cierto es que en esos días apareció una canción nueva, The last one of my songs, si bien es posible que haya sido compuesta también por
uno de sus empleados.
Por fin ocurrió lo que todos sabemos. Una mañana de febrero, los diarios
del país y del mundo anunciaron la trágica muerte de Toro van Buren. Su
cuerpo calcinado fue llevado a Lansing y metido en un ataúd hermético. El
funeral fue organizado en las afueras de la ciudad y miles y miles de
jóvenes que amaban a Toro se trasladaron desde Chicago y desde muchas
otras ciudades de los Estados Unidos y aun de Canadá. Había también un
funeral íntimo, solo reservado a la familia. Allí se presentó Toro van Buren
disfrazado, acompañando a Jim Galveston y diciendo ser su hermano. Para
que nadie lo reconociera permaneció casi todo el tiempo apartado y no
habló con nadie. Cuando le resultaba posible, oculto tras las cortinas, o
espiando por las hendijas de las puertas semicerradas, Toro observaba a su
esposa.
A la mañana siguiente, ya sepultado el cuerpo impostor, ya sosegados los
homenajes y ausentes los visitantes, Toro van Buren sabía que su mujer no
había derramado por él ni una sola lágrima.
Los discos, los videos y las fotos triplicaron su circulación. No había un
minuto del día en que alguna canción de Toro no estuviera sonando en
algún lugar del mundo. Jim Galveston administraba aquellas fabulosas
ganancias. Vera y los hijos de Toro vivían silenciosamente en la mansión de
Lansing. Mientras tanto, el finado van Buren, disfrazado una vez más, se
había instalado en una solitaria cabaña de Canadá, rodeado de un pequeño
grupo de nuevos cómplices y disfrutando de los ásperos placeres que –a
duras penas– proporciona la vida de montaña. Cada tanto componía alguna
canción, o tal vez, encargaba canciones nuevas a los autores contratados.
Galveston fingía haber hallado entre sus papeles temas inéditos.
Pasaron días y meses. Un año pasó y Toro, fortalecido y aburrido por la
vida sana, empezó a extrañar su antigua existencia. El desamor de Vera era
una tristeza que él había aceptado como definitiva. Ahora, unas nuevas
energías lo hacían soñar con alguna clase de regreso. Galveston trataba de
desalentar aquellas ensoñaciones y no dejaba de mostrarle el crecimiento de
su fortuna. Para él la vuelta de van Buren era imposible. ¿Qué iba a decir la
gente? La prensa lo iba a destrozar. Y tal vez a los dos los esperaba la
cárcel.
Pero Toro no soportó más. ¿De qué sirve el dinero si uno no puede
malgastarlo?
Solo había que inventar una buena historia que justificara la ausencia.
Por fin, Galveston y van Buren alcanzaron a completarla en todos sus
detalles: Toro manejaba su coche por el bosque de Baraga y se detuvo en
una gasolinera por sentirse un poco ebrio. Allí encontró a un admirador
entusiasta y desconocido que viajaba haciéndose llevar por los camioneros.
Toro le ofreció dejarlo en Mass City si él se comedía a conducir el auto. El
muchacho aceptó y poco después ocurrió el accidente. El coche se incendió
y el admirador murió quemado. Toro pudo huir pero quedó maltrecho a
causa del golpe y además perdió la memoria. Por fin, luego de andanzas
hundidas en el olvido, unos pescadores de Copper Harbour lo ayudaron y le
dieron albergue durante casi dos años. Un día, tal vez a causa de un nuevo
golpe, o por haber visto su propia foto en el diario, o –mejor aún– por haber
escuchado en la radio una de sus canciones, van Buren recordó todo.
Galveston insistió en agregar un detalle maquiavélico: que el regreso se
produjera exactamente al cumplirse el segundo aniversario del accidente.
Le pareció un golpe teatral que el artista apareciera en el transcurso de
alguno de los muchos homenajes que cada año se le hacían.
Toro objetó que la prensa detestaría aquella coincidencia y la haría
parecer un gesto publicitario.
–Sí –dijo el astuto Galveston–, de eso se trata. Al hablar con ellos debes
decir que en realidad ya estabas en Lansing desde algunos días atrás y que
tomaste la decisión de demorarte un poco para aparecer exactamente en el
día en que todos te recuerdan. Ellos se enojarán muchísimo con ese
detalle... pero no prestarán tanta atención a la historia que has inventado,
que es floja y se desinfla por todas partes.
Otra vez trabajaron en la organización de una mentira. Esta vez fue más
difícil. El regreso de un muerto presenta siempre grandes dificultades
jurídicas. La policía interviene y hace demasiadas preguntas. Hubo que
involucrar a una nueva generación de falsos testigos.
Entonces, Toro van Buren regresó. De pie sobre el escenario donde otros
artistas lo homenajeaban, saludó a la muchedumbre durante largos minutos.
Las canciones se interrumpieron y todo fue un continuo de ovaciones que
solo se acallaron en la madrugada cuando Toro, a bordo de un Lincoln
descapotable, salió a recorrer las calles de Lansing, que se habían
convertido en una fiesta de insomnes.
Los diarios de todo el mundo saludaron el milagro. Toro llegó a su casa.
Vera no había vuelto a casarse. Él fue tratando de a poco de instalarse en una vida razonable.
Aparecieron nuevas canciones: All my lives were yours, Getting out of a
burning car y Are you Vera? Las instituciones de bien público utilizaron su
nombre y su fotografía para apoyar infinidad de causas nobles.
Toro van Buren intentó recuperar sus vicios y su desenfreno pero nunca
alcanzó la intensidad de sus mejores años. Su familia nunca supo la verdad.
Vera dormía en su cuarto, sola. Él la amaba pero estaba más interesado en
vigilarla que en reconquistarla.
El tiempo pasaba pero poco. Jim Galveston empezó a planear nuevas
fábulas para impresionar al público, como por ejemplo escalar algún monte
del Himalaya, o hacer que otro lo escalara en su lugar. Al oír tantas nuevas
canciones, las buenas almas se preguntaban si Toro podría volver a
conmover a su esposa.
Pero él se murió. Se murió de verdad una tarde en el lago Michigan, al
hundirse una lancha que iba a Chicago y que él había abordado por error
para dirigirse a Green Bay.
El segundo funeral no fue tan convincente. Su público ya se había
apenado en el anterior. De algún modo, la gente y los diarios presentían que
con este hombre nada era definitivo.
A la mañana siguiente, ya sepultado el cuerpo, ya sosegados los
homenajes y ausentes los visitantes, en la soledad de su habitación, tal vez,
solo tal vez, Vera van Buren derramó una lágrima. (12) (13)
Nota 12
En toda obra poética hace falta una lágrima.
Lazlo Martok empezó a filmar escenas de prueba. Morozov presentó algunos argumentos que
seguían el modelo actancial establecido por el director: niños que desean triunfar en el arte; una
maestra que trata de ayudarlos; la sociedad industrial que se les opone. Y luego el futuro
apareciendo en toda su teatralidad.
Nota 13
Gorlero y Morozov se enamoraron. Un día ella le preguntó:
–¿Qué es lo que hay que hacer para acostarse con usted?
–No mucho. Soy el hombre mas fácil de la Pampa Húmeda.
Eran el uno para el otro, aunque tal vez no lo sabían o no lo creían. Morozov me contó muchos años después que ella le enseñaba el idioma árabe, que
inventaban argumentos, que iban a los bares a escandalizar, que ella bailaba para él y él
cantaba para ella, que viajaban, que pasaban las noches en vela hablando y hablando, que
rompían y se reconciliaban todo el tiempo y que fornicaban como locos en todas partes, incluida
la vía pública.
Pero ellos creían que no tenían proyectos.
¿A quién le interesan los proyectos teniendo el presente en su poder?
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