Notas al pie

Alejandro Dolina · Capítulo 24 de 91

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Notas al pie

Los funerales de Toro van Buren

 

Siempre se sospechó que las canciones de Toro van Buren no eran de su

inspiración. En el pantanoso ambiente de los profesionales del rock and roll

se hablaba de tres o cuatro autores fantasmas que a lo largo del tiempo

habían compuesto todos los éxitos del célebre cantante.

Algunos fueron más allá y dijeron que en sus últimos años, alejado ya de

los recitales y presentaciones en vivo, Toro ya ni siquiera cantaba: unos

hábiles imitadores lo reemplazaban en los discos.

Era imposible entrevistarlo. Su representante, el inescrupuloso Jim

Galveston, entregaba cada tanto a la prensa unas fotos sin gracia y unas

declaraciones impersonales acerca de alguna novedad artística.

Los buenos burgueses de Nueva York, que lo odiaban porque Toro se

negaba a actuar en esa ciudad, se complacían en referir las clásicas historias

de la estrella hundida en el vicio, del abusador que atropellaba jovencitas

merced a su fama, del desalmado que maltrataba a su esposa y se

desentendía de sus hijos.

El periodista canadiense Jean Vernet empezó a escribir, por encargo de

Galveston, un libro sobre la vida de Toro van Buren. Por contrato, le estaba

rigurosamente prohibido hablar con el artista. Vernet, después de un año de

intrigas, consiguió relacionarse con Vera, la mujer de Toro, y a fuerza de

ruegos logró que lo invitaran para la fiesta de Navidad.

Vernet recibió una impresión tan fuerte que abandonó la escritura del

libro. Un tiempo después dijo que el hombre que le habían presentado como

Toro van Buren era con toda probabilidad un impostor. A sus amigos les

confesó que, para él, el verdadero van Buren era un señor al que se señalaba

como el tío. Este hombre, cuyas palabras resultaban imposibles de

comprender, fue retirado súbitamente de la reunión por unos hombres de

seguridad.

Los jóvenes que llorábamos de emoción al oír The postman of Lansing,

My mother is not who I thought o The real impostors, nos negábamos a creer que aquel muchacho genial que todos amábamos se hubiera

convertido en un monstruo sumido en perpetua siesta a causa de las drogas.

Pero la realidad era irrefutable: el genio de van Buren se había apagado.

No se sabe cómo surgió la idea. En Michigan preferimos culpar al

odiado Jim Galveston. Pero en Chicago, los aficionados al rock juran que

fue el mismo Toro el que decidió fingir su muerte.

Acaso el propósito inicial fue generar una noticia dramática que

mejorara la venta de sus discos. Sin embargo hoy sabemos que van Buren

se obsesionó con la sospecha de que su mujer lo odiaba y deseaba su

muerte. Le pareció entonces que lo mejor era asistir de incógnito a su

propio funeral para ver si ella lo lloraba satisfactoriamente.

Todo fue planeado en el más absoluto secreto por Galveston y Toro. Al

principio pensaron que lo más seguro era fraguar una muerte accidental con

la desaparición del cuerpo. Después calcularon que, en ese caso, el funeral

perdería intensidad. La idea de Galveston era que todos los fanáticos

pudieran despedir a su ídolo en un acto inolvidable. Toro van Buren advirtió

sin embargo que un velorio de muchedumbres haría peligrar la intimidad

que él quería invadir. Después de mucho tiempo había comprendido que

estaba loco de amor por su mujer y que no deseaba otra cosa que observar

la reacción de ella ante su muerte.

No tuvieron más remedio que involucrar a otras personas. Primero

fueron unos policías del condado de Baraga que debían certificar que el

auto de van Buren se había estrellado en un camino apartado. También

debían declarar estos funcionarios corruptos que el coche se había

incendiado y que habían hallado en el asiento el cadáver carbonizado del

pobre Toro. Asimismo debieron conseguir a través de estos mismos policías

–o quizás de empleados de la morgue– un muerto adecuado para ocupar el

lugar del artista.

Nada resultó fácil. Se gastó mucho dinero y a cada inconveniente se

hacían necesarios nuevos cómplices. Mucho antes del día establecido para

el accidente, Galveston ya estaba pagando sobornos para que no se

difundiera un delito que todavía no había cometido.

Entusiasmado por el emprendimiento, Toro van Buren despertó de su

letargo. Tal vez buscando una lucidez que asegurara el éxito de su plan,

dejó las drogas, aunque esto es algo que nadie puede definitivamente

afirmar. Lo cierto es que en esos días apareció una canción nueva, The last one of my songs, si bien es posible que haya sido compuesta también por

uno de sus empleados.

Por fin ocurrió lo que todos sabemos. Una mañana de febrero, los diarios

del país y del mundo anunciaron la trágica muerte de Toro van Buren. Su

cuerpo calcinado fue llevado a Lansing y metido en un ataúd hermético. El

funeral fue organizado en las afueras de la ciudad y miles y miles de

jóvenes que amaban a Toro se trasladaron desde Chicago y desde muchas

otras ciudades de los Estados Unidos y aun de Canadá. Había también un

funeral íntimo, solo reservado a la familia. Allí se presentó Toro van Buren

disfrazado, acompañando a Jim Galveston y diciendo ser su hermano. Para

que nadie lo reconociera permaneció casi todo el tiempo apartado y no

habló con nadie. Cuando le resultaba posible, oculto tras las cortinas, o

espiando por las hendijas de las puertas semicerradas, Toro observaba a su

esposa.

A la mañana siguiente, ya sepultado el cuerpo impostor, ya sosegados los

homenajes y ausentes los visitantes, Toro van Buren sabía que su mujer no

había derramado por él ni una sola lágrima.

Los discos, los videos y las fotos triplicaron su circulación. No había un

minuto del día en que alguna canción de Toro no estuviera sonando en

algún lugar del mundo. Jim Galveston administraba aquellas fabulosas

ganancias. Vera y los hijos de Toro vivían silenciosamente en la mansión de

Lansing. Mientras tanto, el finado van Buren, disfrazado una vez más, se

había instalado en una solitaria cabaña de Canadá, rodeado de un pequeño

grupo de nuevos cómplices y disfrutando de los ásperos placeres que –a

duras penas– proporciona la vida de montaña. Cada tanto componía alguna

canción, o tal vez, encargaba canciones nuevas a los autores contratados.

Galveston fingía haber hallado entre sus papeles temas inéditos.

Pasaron días y meses. Un año pasó y Toro, fortalecido y aburrido por la

vida sana, empezó a extrañar su antigua existencia. El desamor de Vera era

una tristeza que él había aceptado como definitiva. Ahora, unas nuevas

energías lo hacían soñar con alguna clase de regreso. Galveston trataba de

desalentar aquellas ensoñaciones y no dejaba de mostrarle el crecimiento de

su fortuna. Para él la vuelta de van Buren era imposible. ¿Qué iba a decir la

gente? La prensa lo iba a destrozar. Y tal vez a los dos los esperaba la

cárcel.

Pero Toro no soportó más. ¿De qué sirve el dinero si uno no puede

malgastarlo?

Solo había que inventar una buena historia que justificara la ausencia.

Por fin, Galveston y van Buren alcanzaron a completarla en todos sus

detalles: Toro manejaba su coche por el bosque de Baraga y se detuvo en

una gasolinera por sentirse un poco ebrio. Allí encontró a un admirador

entusiasta y desconocido que viajaba haciéndose llevar por los camioneros.

Toro le ofreció dejarlo en Mass City si él se comedía a conducir el auto. El

muchacho aceptó y poco después ocurrió el accidente. El coche se incendió

y el admirador murió quemado. Toro pudo huir pero quedó maltrecho a

causa del golpe y además perdió la memoria. Por fin, luego de andanzas

hundidas en el olvido, unos pescadores de Copper Harbour lo ayudaron y le

dieron albergue durante casi dos años. Un día, tal vez a causa de un nuevo

golpe, o por haber visto su propia foto en el diario, o –mejor aún– por haber

escuchado en la radio una de sus canciones, van Buren recordó todo.

Galveston insistió en agregar un detalle maquiavélico: que el regreso se

produjera exactamente al cumplirse el segundo aniversario del accidente.

Le pareció un golpe teatral que el artista apareciera en el transcurso de

alguno de los muchos homenajes que cada año se le hacían.

Toro objetó que la prensa detestaría aquella coincidencia y la haría

parecer un gesto publicitario.

–Sí –dijo el astuto Galveston–, de eso se trata. Al hablar con ellos debes

decir que en realidad ya estabas en Lansing desde algunos días atrás y que

tomaste la decisión de demorarte un poco para aparecer exactamente en el

día en que todos te recuerdan. Ellos se enojarán muchísimo con ese

detalle... pero no prestarán tanta atención a la historia que has inventado,

que es floja y se desinfla por todas partes.

Otra vez trabajaron en la organización de una mentira. Esta vez fue más

difícil. El regreso de un muerto presenta siempre grandes dificultades

jurídicas. La policía interviene y hace demasiadas preguntas. Hubo que

involucrar a una nueva generación de falsos testigos.

Entonces, Toro van Buren regresó. De pie sobre el escenario donde otros

artistas lo homenajeaban, saludó a la muchedumbre durante largos minutos.

Las canciones se interrumpieron y todo fue un continuo de ovaciones que

solo se acallaron en la madrugada cuando Toro, a bordo de un Lincoln

descapotable, salió a recorrer las calles de Lansing, que se habían

convertido en una fiesta de insomnes.

Los diarios de todo el mundo saludaron el milagro. Toro llegó a su casa.

Vera no había vuelto a casarse. Él fue tratando de a poco de instalarse en una vida razonable.

Aparecieron nuevas canciones: All my lives were yours, Getting out of a

burning car y Are you Vera? Las instituciones de bien público utilizaron su

nombre y su fotografía para apoyar infinidad de causas nobles.

Toro van Buren intentó recuperar sus vicios y su desenfreno pero nunca

alcanzó la intensidad de sus mejores años. Su familia nunca supo la verdad.

Vera dormía en su cuarto, sola. Él la amaba pero estaba más interesado en

vigilarla que en reconquistarla.

El tiempo pasaba pero poco. Jim Galveston empezó a planear nuevas

fábulas para impresionar al público, como por ejemplo escalar algún monte

del Himalaya, o hacer que otro lo escalara en su lugar. Al oír tantas nuevas

canciones, las buenas almas se preguntaban si Toro podría volver a

conmover a su esposa.

Pero él se murió. Se murió de verdad una tarde en el lago Michigan, al

hundirse una lancha que iba a Chicago y que él había abordado por error

para dirigirse a Green Bay.

El segundo funeral no fue tan convincente. Su público ya se había

apenado en el anterior. De algún modo, la gente y los diarios presentían que

con este hombre nada era definitivo.

A la mañana siguiente, ya sepultado el cuerpo, ya sosegados los

homenajes y ausentes los visitantes, en la soledad de su habitación, tal vez,

solo tal vez, Vera van Buren derramó una lágrima. (12) (13)

 

Nota 12

En toda obra poética hace falta una lágrima.

Lazlo Martok empezó a filmar escenas de prueba. Morozov presentó algunos argumentos que

seguían el modelo actancial establecido por el director: niños que desean triunfar en el arte; una

maestra que trata de ayudarlos; la sociedad industrial que se les opone. Y luego el futuro

apareciendo en toda su teatralidad.

Nota 13

Gorlero y Morozov se enamoraron. Un día ella le preguntó:

–¿Qué es lo que hay que hacer para acostarse con usted?

–No mucho. Soy el hombre mas fácil de la Pampa Húmeda.

Eran el uno para el otro, aunque tal vez no lo sabían o no lo creían. Morozov me contó muchos años después que ella le enseñaba el idioma árabe, que

inventaban argumentos, que iban a los bares a escandalizar, que ella bailaba para él y él

cantaba para ella, que viajaban, que pasaban las noches en vela hablando y hablando, que

rompían y se reconciliaban todo el tiempo y que fornicaban como locos en todas partes, incluida

la vía pública.

Pero ellos creían que no tenían proyectos.

¿A quién le interesan los proyectos teniendo el presente en su poder?

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