Notas al pie
Traidores
Quiero decirte, amado hijo que escuchas mis historias, que la amistad es
cosa sagrada.
No la confundas, por favor, con casuales metonimias.
Solo son amigos los que nos acompañan a buscar la gloria, los que
comparten la lucha por una causa sagrada y acaso también los que cantan
con nosotros en dúos o tríos.
Yo tuve gran amigo en mi juventud, en los tiempos difíciles del zar,
cuando era peligroso ser marxista o miembro del partido.
La policía secreta, la Ojrana, nos tenía marcados a todos.
Entonces, querido mío, vivíamos escondidos, disfrazados, con nombres
falsos, cambiando de casa como de ropa interior.
Si tenías suerte te metían preso. Pero muchas veces te desterraban e ibas
a dar a Turujansk, o a Kuraika, o más allá del círculo polar, como se dice
vulgarmente, en el culo del mundo. Algunos moríamos asesinados por los
agentes del imperio.
En 1912 yo había viajado a Praga para asistir a la Conferencia Panrusa
del Partido Obrero Socialdemócrata.
Allí conocí a Román Malinovski, que ya entonces era un hombre
considerable. Había sido secretario general de la Unión de Obreros
Metalúrgicos de San Petersburgo.
Era alto, fuerte, pelirrojo, picado de viruela y vestido a la moda. Nos
tenía a todos hechizados con los pintorescos contraflores de su verba.
A Lenin, cuando lo escuchaba, se le escapaban lagrimones políticos que
-de puro patriarcalista- se esmeraba en desmentir con fingidos ataques de
tos.
–¡Es un verdadero talento proletario! ¡Este muchacho va a llegar lejos!
Lenin tomó a Malinovski bajo su protección.
Adivino, hijo de mi alma, tu objeción que ya es clásica: Malinovski era
espía de la Ojrana y tal vez el informante mejor pago del imperio.
Se había infiltrado en el partido y todos le teníamos confianza.
En 1912 hubo elecciones de diputados para la Duma Imperial, aquel
parlamento concedido por Nicolás II como prueba de su buena voluntad.
Malinovsky resultó electo. Fue uno de los seis diputados que consiguieron
los bolcheviques y uno de los dos que trabajaban para la policía.
Para ser traidor, luz de mis ojos, hay que hacerse querer. La traición nace
de siempre del afecto y la cercanía. O, cuando menos, del acuerdo.
Los enemigos declarados no te pueden traicionar
Stalin –que todavía no era Stalin– confiaba en él.
Yo era muy cantor en aquel tiempo. Una noche, Román me pidió que
cantara Kalinka.
Al terminar la canción, me abrazó y me dijo.
–Siempre seré tu amigo, no importa lo que suceda.
Por esos días, la Ojrana había detenido a casi todo el Comité Central del
Partido. La mayoría, gracias a los datos proporcionados por Malinovski.
Cada tanto, hay que decirlo, Román acusaba falsamente a otros
bolcheviques.
Algunos camaradas sospechaban que había en el partido agentes del Zar.
Malinovski, cada tanto, sembraba dudas sobre la lealtad de los camaradas
más capaces.
Ahora bien, todos sabemos que la obra maestra de Román fue la
detención de Stalin.
Allá por febrero de 1913 Iósif Dzhugashvili empezó a usar su alias más
conocido: Stalin. También por ese entonces, los muchachos empezaron a
decirle Koba. Se había instalado en San Petersburgo, donde Malinovski no
paraba de entregar bolcheviques a la Ojrana. Stalin era vigilado. Sus amigos
caían uno tras otro. Tenía que ocuparse de mil asuntos.
Un día tuvo que atender un caso sorprendente: el admirado Malinovski
aparecía denunciado en un artículo anónimo de ser agente de la Ojrana.
Los bolches calcularon que se trataba de una maniobra de los
mencheviques. El propio Stalin amenazó a algunos de ellos diciéndoles que
si intentaban calumniar a Malinovski lo iban a lamentar.
La verdad era que, gracias a Román, la policía conocía todos los
movimientos de Dzhugashvili (así lo llamaban los vigilantes).
En ese mismo mes de febrero, Malinovski ya había traicionado a todo el
Comité Central. Le faltaba Stalin.
Hijo de mis entrañas, debes saber que una noche los bolcheviques
organizaron un bailongo en la sala Kalashnikov, un lugar lejano a las
preferencias de Stalin que, desde luego, no pensaba hacerse presente ni por
casualidad.
Pero Malinovski le rogó que fuera. Le aseguró que se trataba de un lugar
seguro y, no vas a creerme, le prestó sus mejores pilchas. Así, Koba Stalin,
que andaba siembre hecho un poligriyo, llegó a la fiesta de traje negro,
cuello duro y corbata de seda. Malinovski avisó a sus jefes y a la
medianoche cayeron los muchachos de la Ojrana vestidos de gala. Stalin
había ido con su amante Tatiana Slavatiskaya. En cierto momento,
Malinovski se acercó a conversar con él, y fue entonces cuando los
detectives se acercaron a su mesa. Con cierta solemnidad le preguntaron su
nombre.
–Piotr Tchaikovski –dijo Koba y salió corriendo.
Alcanzó a esconderse en los camarines de los músicos. Tatiana lo ayudó
a disfrazarse de mujer. Para su desgracia, lo reconocieron por los zapatos y
se lo llevaron. Malinovski los seguía, gritando y protestando por aquella
detención.
Bueno, como ya sabrás, Stalin pasó cuatro años en Siberia. Lenin, que
estaba en el exterior, ordenó al Comité Central que lo ayudara con dinero y
que tratara de planear su fuga. Lamentablemente el camarada que quedó a
cargo de aquella operación fue Malinovski.
A Stalin lo llevaron al pueblo de Kostino. Koba escribió a Román varias
veces para preguntarle si tenía algún dinero para él, pero no recibió
respuesta.
Durante todo el cautiverio, Malinovski se encargó de arruinar cualquier
plan de Stalin pasándole sus cartas a la Ojrana.
Es raro que Koba, que sospechaba hasta de su sombra, nunca adivinó
quién era el mayor traidor de toda la revolución.
Ese era mi amigo, muchacho de mi corazón. Cuando tuve evidencia de
sus felonías, callé y seguí frecuentándolo.
Mira ese samovar de segunda mano... me lo regaló él. Siempre me
mandaba botellas de vodka Smirnoff, mi preferida. Aquí en esta foto
estamos junto a Lenin, que hasta último momento lo defendió. Cuando fue
detenido por los alemanes durante la guerra, le envió ropa.
Pero la revolución triunfó en 1917. Y yo pasé a tener mis obligaciones.
Si no denunciaba a un número razonable de enemigos y terroristas, podía caer en desgracia. Así que hablé con Elena Troyanovskaya, que lo odiaba
por unos asuntos personales, y a ella le conté todo lo que sabía. Fue
detenido, juzgado y condenado. Sin revelar mi intervención, lo visité en la
cárcel, lo abracé y recordé su frase de 1912.
–Siempre seré tu amigo, no importa lo que suceda.
Malinovski fue fusilado esa misma noche. Eran tiempos difíciles. Ahora,
retoño mío, luz de mis ojos, ve a divertirte. Es bueno que tengas muchos,
muchos amigos. (76) (77) (78) (79)
Nota 76
Hablemos de amigos que quieren ser novios. Una tarde Cora filmó una escena con Fabio
Recamier, que en la película hacía el papel de niño virtuoso pero no reconocido. Es decir el
papel inspirado en Fariña. En la ficción, la chica rechaza al pretendiente con palabras de
desprecio. Cuando finalizó la última toma, Cora se acercó al verdadero Fariña, que estaba
mirando sin hacer nada, y le dijo con gesto cachador:
–Este personaje lo tendrías que haber hecho vos.
–¿Para qué? ¿Para que me desprecien dos veces? –dijo Fariña. Cora se acercó, le dio un beso en la mejilla y le murmuró en el oído: –Mi novio te va a romper el culo a patadas.
Nota 77
Una noche, después de un ensayo, todos festejaron el cumpleaños de Cora en el Teatro del
Arroyo. Instalaron una mesa con sándwiches a un costado del escenario. Estaban casi todos los
alumnos: Susana Berlanga; el rubio Hernández; Pierino Silva; Martín Béjerman; Natalia Feuer;
el pesado Ballardini; Tito Salvio; Fariña; Fabio Recamier; Rumba Bilbao, la bailarina; el pibe
Bernal; Pompeyo Audivert y otros niños. Martok y Morozov dijeron que se iban a quedar apenas
un rato, pero después decidieron quedarse. En algún momento empezaron a llegar amigos de
otros foros e incluso novios.
Hubo canciones. Fariña no participó. Natacha Feuer se anotaba en los coros y se veía en sus
ojos la tristeza de no poder disfrutar la bendición de cantar.
Fariña advirtió que había unos cuatro o cinco sujetos que estaban interesados en Cora.
Tales revoloteos le parecían vergonzosos: parlamentos en voz demasiado alta, competencias de
proximidad, ingenios de churrasquería. Enseguida se dio cuenta de que Cora los despreciaba a
todos, solo por participar. Entonces buscó un rincón lejano y allí se quedó. Al rato se presentó
Sotelo, el novio corpulento de Cora y el grupo de postulantes se disolvió.
El joven parecía tener dieciocho o veinte años. Contrariamente a los cálculos de Fariña, el
tipo se comportó con discreción. No se metió en conversaciones, no exhibió su intimidad, no
contó chistes, no comentó a qué se dedicaba.
Los actores, especialmente cuando son muy jóvenes no pueden superar la tentación de
lucirse. Aprovechando la amplitud del escenario todos bailaron, improvisaron saltos,
movimientos de clown, danza butoh y gritos de confraternidad. Cora solo se movía junto a ellos.
El novio, que por casualidad vino a dar junto a Fariña, le comentó en voz baja:
–¡Qué manga de boludos!
Fariña lo miró, no dijo nada, pero pensó que era razonable pensar que Cora no elegía mal. De pronto Fariña se quedó solo. Por los pasillos del teatro corría un trencito de Conga. Los
que no estaban allí jugaban, borrachos, escondidas heterodoxas. Fariña detestaba el alcohol. En
cierto momento, cuando el tren pitaba lejos, el novio de Cora apareció solo y se le plantó en
frente.
–Vos debés ser el que trata de levantarse a mi novia.
–Apenas uno de ellos –contestó Fariña.
–Es una edad difícil –dijo el tipo–, tus compañeras se alejan súbitamente y se van con tipos
como yo. Por un tiempo solo tendrás novias de diez.
–Sí. Y los tipos que te cagan a trompadas tienen diecinueve.
–Siempre se le puede pegar a alguno de once.
–Lo lamento, siempre voy a más. Por eso me dejan o me fajan.
Nota 78
Hablemos de Alejandra Solowiej.
Lazlo Martok e Inés Gorlero la recibieron con distintas sensaciones. Martok, al verla tan hermosa, sintió el miedo y el odio que sentía siempre ante la belleza sin
control. Gorlero, tal vez por celos, la resistió desde el primer momento y trató de convencer a
Morozov de que lo mejor era librarse de ella.
Morozov no tomó ninguna decisión pero, por prudencia, procuró que ambas mujeres no se
cruzaran nunca.
Nota 79
Una noche, mientras todos estaban en el plató, Alejandra se aventuró por los pasillos inferiores
del teatro, que ella conocía muy bien. Al llegar al último de los subsuelos permitidos, una voz
llamó su atención desde el interior de una ínfima oficina. Alguien cantaba:
–Desdeñé mi vida entera
En la hoguera de tu amor.
Era Fariña. Alejandra entró y el canto se interrumpió bruscamente. –Hermosa voz. Pero esa no es una canción para un chico tan joven. –Es que no me gustan las canciones para chicos tan jóvenes –contestó Fariña. –A mí tampoco. Y a decir verdad las penas de amor llegan muy pronto. Y más todavía: las
canciones nos conmueven aunque no nos suceda ninguna de las desgracias que la letra cuenta.
Fariña la miró con extrañeza. Y le sonrió.
–¿Cuánto más debo esperar para poder estar triste?
–Ya está –dijo ella–. A partir de ahora yo dejaré que te angusties todo lo que quieras. Me
llamo Alejandra Solowiej.
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