Notas al pie
La banda de los Romanov
Nota 123
Según me han contado, los integrantes de la banda Romanov encontraron por casualidad a
Andrei Ordzhonikidze mientras comía pizza en La Guitarrita de Núñez. Mi oportuna amistad con
el encargado, me permitió conocer todos los detalles de los sucesos de aquella noche. Fue el
mayor escándalo en la historia de este establecimiento fundado por Mario Boyé y René Pontoni.
Al parecer los facinerosos se sentaron a la mesa de Ordzhonikidze sin pedir permiso y lo
increparon con violencia. Hay que decir que antes de acercársele, se calzaron unas capuchas.
–No se mueva o lo liquidamos –amenazó el que parecía ser el jefe, mientras se apoderaba de
una porción de napolitana que Ordzhonikidze había pedido para él.
–Creo que usted sabe quiénes somos –dijo otro.
–Sí –admitió Andrei–. Ustedes son la rama ilegal de la Asociación de la familia Romanov o
quizá de la Casa Imperial Rusa que dirige la gran duquesa María Vladímirovna. Gente que ha
oprimido al pueblo ruso durante siglos. Criminales que se han enriquecido obligando a los
obreros a jornadas extenuantes de trabajo que los llevaban a muertes tempranas. Claro que los
conozco.
–Miren quién habla... Un descendiente bastardo de la peor morralla de asesinos psicópatas
que haya ocupado el poder en toda la historia. Stalin... Lenin... Trotsky... y su abuelito Sergéi
Kirov.
–No soy el nieto de Kirov, sino una especie de sobrino de Sergo Ordzhonikidze. –¡Peor aún! Un georgiano que ni siquiera podía hablar en ruso. –La corte de los Romanov tampoco hablaba ruso. ¡Mil veces ordenaron disparar contra el
pueblo en francés! ¡Tirez -vous contre les gens!
–¡Basta! No vinimos aquí a discutir de política –dijo el jefe mientras atacaba otra porción de
pizza.
–Usted tiene El Estanque. Ese diamante pertenece a la familia Romanov. Se lo compramos al
viejo Fabergé, el padre del tipo aquel que trabajaba con los huevos.
–No sé de qué me habla –gritó Ordzhonikidze.
Los forajidos empezaron a atormentarlo allí mismo en la pizzería. La gente miraba para otro
lado. El jefe le pegó una trompada justo cuando Andrei masticaba una fainá. Así estuvieron un
largo rato hasta que tuvieron la idea de revisarle los bolsillos y ahí estaba, muerto de risa, el
diamante desaparecido de Felipe II.
Nota 124
Ordzhonikidze volvió a presentarse en mi casa un domingo a la mañana. Tenía los ojos
inyectados en sangre. Su aspecto era más patético que nunca. Sin saludar se sentó en un sillón y
empezó a quejarse.
–Le contaré mis novedades. Los Romanov me atacaron dos veces. Primero me sorprendieron
en La Guitarrita de Núñez. Me rompieron la trompa y se llevaron el diamante. Unos días más
tarde me encontraron en el cine Plaza y empezaron a torturarme otra vez. Algo totalmente
inesperado, imagínese. Yo estaba viendo Casino, lo más tranquilo, pensando que esta gente no
me iba a molestar más. Ya me había resignado a que El Estanque quedara en manos imperiales.
De pronto, justamente en medio de una escena muy violenta, los rufianes, que venían
encapuchados, me inmovilizaron con llaves del tiempo de Karadagián y me amenazaron con
unos cuchillos exóticos.
Me gritaron que el diamante era falso. Yo respondí con visajes de sorpresa e indignación.
Había arriesgado mi vida por un vidrio sin valor.
Los Romanov me pegaron golpes y patadas. Algunos estaban en los asientos contiguos y
otros en la fila de atrás. Para enfatizar la biaba se turnaban en frases cortas de tono
amenazador. En realidad murmuraban por no quedar como maleducados en medio del cine.
Explicaron que de ellos nadie se reía; exigieron que les dijera dónde estaba la piedra legítima y
prometieron que el gran duque Jorge Mijáilovich, el hijo de la duquesa, tenía poca paciencia.
Yo juré que no estaba enterado de la falsedad del diamante y argumenté que, de haberlo
sabido, lo hubiera entregado inmediatamente en La Guitarrita sin esperar a que me estropearan
la cara. Ellos retrucaron con argumentos igualmente clásicos pero yo no podía dejar de atender
a la pantalla. Detesto perder el hilo de una película. En ese momento, Robert De Niro sorprendió
a un jugador haciendo trampa y empezó a cortarle un dedo. Me impresioné tanto que di vuelta la
cara para no ver aquella escena. Pero lo que vi junto a mí fue mucho más terrorífico. Uno de los
sujetos, con la misma expresión cruel de De Niro, tomó mi dedo y lo estiró sobre el apoyabrazos
de la butaca. Otro, con una katana japonesa me lo cortó. El actor gritó por mí.
Ordzhonikidze metió la mano en el bolsillo, sacó un dedo ensangrentado y lo puso sobre el
escritorio.
–Es el dedo anular de mi mano izquierda. Me dijeron que lo tomara como una primera
advertencia. Usted seguramente sabe que el anular es el menos utilizado de los diez dedos y el
que tiene menor movilidad. Los romanos (y después todo el mundo) lo usaron para llevar anillos
de boda, que eran de oro. Los médicos de entonces creían que allí nacía una arteria que iba
directamente al corazón. Le digo todo esto para que comprenda que nuestros criminales
monárquicos fueron piadosos. Pero la benignidad del castigo es también una amenaza. Me
devolvieron el diamante falso. Y me dijeron que si no los ayudo a encontrar el verdadero me van
a cortar distritos más significativos de mi persona.
Andrei Ordzhonikidze volvió a guardar el dedo en el bolsillo.
–Tuve que buscarlo en la oscuridad del cine, gateando entre butacas y sangrando en
silencio. Ahora no sé qué hacer con él.
–Perdón, Andrei. Pero me veo obligado a preguntar qué tengo que ver yo con todo esto. –Posiblemente nada. Esto es cosa de los Morozov. Hasta es posible que el padre, que era
joyero, mandara a hacer una copia para proteger la piedra original. Pero usted puede
ayudarme. ¿Dónde guarda Morozov sus pertenencias secretas?
–Que yo sepa en ninguna parte.
–Estamos en peligro, De Robertis. Ya no me importa El Estanque. Pero no quiero que me
maten. Y me imagino que usted tampoco.
Antes de irse dejó el diamante falso sobre el escritorio.
–Cuando vaya a la oficina, déjelo por ahí.
Nota 125
Ordzhonikidze regresó unas noches después.
Al principio no lo reconocí. Hasta llegué a preguntarle quién era y qué deseaba. Él sonrió y
me dijo:
–Soy Ordzhonikidze. Permítame enorgullecerme de mi talento para los disfraces. Este
guardapolvos de chofer de La Florida engaña a cualquiera. Comprenda que debo cuidarme
mucho si no quiero que me asesinen los de la Guardia Imperial... ¿No tendrá alguna masita?
–Hay facturas. Siempre compro.
Fui hasta la cocina y se las traje. Eligió cuidadosamente un pan de leche. Se comió la parte
de arriba y habló con acento confidencial.
–Tengo noticias: Como usted sabe, yo había pensado que Morozov, o tal vez su padre joyero,
habían hecho una falsificación para proteger la piedra legítima. Ahora creo más que nunca en
esa posibilidad. Mientras investigaba a su jefe averigüé sus costumbres con las mujeres. Es un
hombre muy querendón. Se enamora de manera patológica. Bueno... usted ya sabrá. Él está de
novio.
–No lo creo. Por lo que sé ya no sale con Alejandra Solowiej y está un poco obsesionado con
una francesa que conoció hace mucho.
–Sin embargo, lo sabe todo el mundo. Piensa casarse con una de sus alumnas... ¡Y le regaló
un diamante que vale millones!... Tiene que ser el bueno... ¿Me entiende?... ¡Se lo regaló a la
mina!
–Bueno –dije yo– cuénteselo a los rusos.
–Ya se los conté –dijo Ordzhonikidze–. Ahora ellos irán por la novia. También tuve que
contarles que Morozov sale con Cora Yako... Y ellos me dijeron que si no aparecía el diamante
posta la iban a liquidar.
–¡Pero Cora no sale con Morozov! –grité.
–Pregúntele a cualquiera.
–¡Cora es una niña!
–Una niña de treinta años. Ella dice que lo ama. Como ve, estoy muy bien informado. –Pero ella andaba con un tipo más grande.
–Le juro que es como yo digo.
–Le voy a pedir que se retire –le dije con tono de dignidad ofendida–. No me interesan los
chismes.
Ordzhonikidze se abrochó el guardapolvo y salió a paso de gimnasia. Yo me asomé a la
ventana para espiarlo. Vi cómo se subía a un viejo ómnibus en cuyo frente se leía Luján-Junín.
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