Notas al pie
Notas sin pie ni cabeza
Nota 92
Un diálogo entre Cora y Fariña.
–No entiendo tu amistad con Santana, ni tampoco esa facilidad que tenés para las
situaciones violentas. El tipo se droga, odia a las mujeres, es mano larga y es mucho mayor que
vos.
–Es por miedo. Yo le tenía miedo a todo. Ahora trato de adiestrarme en la furia sin motivo.
Santana es un imbécil pero yo lo necesito para aprender la crueldad y ahuyentar el temor... o
mejor dicho para disimularlo.
Cora le dijo que probara con el desdén.
Nota 93
Gracias al dinero de Morozov el Colegio San Ginés acomodó sus finanzas y Ordzhonikidze
volvió a ocupar su puesto de director.
Hubo una pequeña fiesta y todos estaban muy alegres. Entonces Lazlo Martok reunió aparte
a los chicos que participaban de la película y les informó que el proyecto se suspendía hasta
nuevo aviso. Aclaró que todos quedaban libres de trabajar en otras obras o películas. Dijo
también que aquello no era un adiós para siempre, etcétera.
Morozov intervino para establecer que los últimos párrafos eran hijos del horror de Lazlo
Martok por lo definitivo y que lo más razonable era borrar la película de la memoria y de la
esperanza. Aconsejó asimismo renunciar a cualquier festejo o despedida. Prevaleció sin
embargo el apego estudiantil a santificar las fechas y los alumnos volvieron a la fiesta.
Fabio Recamier cantó unas canciones francesas. Natalia Feuer, muy despacito, en un
susurro, trataba de seguir la melodía, pero no lo lograba.
Fariña bailó con Inés Gorlero. Aprovechando los movimientos de la coreografía, trató de
besarla.
–No me importa lo que me digas. Sos una persona adulta y está permitido que trate de
besarte.
–No está permitido. Te pondré en evidencia delante de todos. Morirás de vergüenza. Me
burlaré para que todos sepan la clase de pelotudo que sos.
Nota 94
Pregunta de Morozov a Lazlo Martok.
–¿Con quién se fue la Leblanc aquella última noche?
–Se fue conmigo.
–¿Estás seguro?
–No.
Nota 95
Una noche, muy tarde, tomábamos café con Morozov en la vereda de un bar de Plaza Serrano.
En eso se nos acercó una pobre muchacha que vendía... poesías. Las llevaba en una caja de
cartón y estaban escritas a mano en unos lindos papeles verdes bien doblados.
Morozov me pidió plata y se las compró todas.
Lo hizo, sin embargo, con enorme cuidado. Preguntó primero si eran todas iguales. Cuando
supo que cada papel contenía un poema diferente, fingió examinar los textos con interés pero sin
demorarse. Al ratito dijo que todas parecían buenas. La chica se fue contenta.
Con los ojos al borde de la lágrima, el maestro se puso a leerlas de verdad. Pese a su piedad, reconocí en su ceño la concentración previa al rechazo. Vi su mente
preparándose para una más de mil decepciones. De pronto acercó la cabeza al papel y dijo:
–No están mal.
Me pasó la hoja y las fuimos leyendo todas.
–Son buenas de verdad –dije yo tragando saliva.
–¿Dónde está? ¡Ni le preguntamos su nombre!
La chica había desaparecido.
Al otro día Morozov me llamó por teléfono.
–Hay que buscar a esa muchacha. Voy a hacer que publiquen esos poemas. ¿Qué clase de
mundo es este que alguien tiene que humillarse de esta manera? ¡Vender un soneto por una
moneda!
Encargamos a todos nuestros amigos que preguntaran, que la buscaran. Nosotros tomamos café en el mismo bar durante un mes.
Pero no volvimos a verla nunca.
Nota 96
FRAGMENTO ARRANCADO DEL DIARIO DE VIDAL MOROZOV
...Hablando de últimas noches, le pregunté a Martok con quién se había ido Ara Leblanc cuando
nos separamos en París. El húngaro cree que con él. ¡No fue así, Lazlo!... A las cinco de la
mañana, después de pasar contigo la parte visible de la noche, ella vino a buscarme. Me contó su
vida, el colegio de monjas, su familia, su hermana, su novio. El tipo la obligó a prostituirse.
Después fuimos amantes hasta bien entrada la tarde, Lazlo.
ALUCINACIÓN IV
Tocan el timbre. Es Breton. André Breton.
–Busco a Morozov.
–Morozov no está. ¿En qué lo puedo servir?
–Si él no está, acompáñeme usted. Acabo de descubrir que el surrealismo solamente sirve
para destruir al capitalismo así que quiero ir a contárselo a los comunistas.
–Si usted quiere, lo acompaño. Pero nos van a sacar a patadas a usted y a mí. –Por eso quería ir con Morozov.
–A Morozov también lo van a sacar a patadas.
–Bueno –dijo Breton–. ¿Es que no hay en la casa un escritor proletario? –No existen los escritores proletarios. Son todos burgueses, por más que se hayan vuelto
comunistas.
–Bueno... acompáñeme igual. Les voy a hacer entender a esos bolches que el surrealismo
ejerce la acción revolucionaria destruyendo al idealismo, a contradicciones en el culo.
Al doblar la esquina me di cuenta de que estábamos en París y que nos dirigíamos a un
taller de mala muerte, pasando el cementerio de Père Lachaise.
Al llegar nos encontramos con un grupo de obreros mal pagos que enseguida lo
reconocieron.
–¿Qué haces tú aquí? –dijo un anciano–. Nosotros ya creemos que existes. Preséntate mejor
ante los musulmanes.
–Existes –le gritó otro– pero perteneces a la burguesía.
–Lo lamento mucho –susurró Breton– pero la clase más valiosa de hombres es la que menos
nos comprende a nosotros, que somos los más interesantes.
–Eso mismo lo dijo D’Ormesson la semana pasada para negar la democracia. En eso apareció la policía. El oficial que comandaba el pequeño grupo me dijo: –Disimule, soy Morozov. Tratemos de huir, pues nunca podremos estar de acuerdo con
ninguna de estas personas y en verdad con nadie.
Enseguida mi jefe se dirigió a un subordinado y le dijo:
–Llévese a este tipo. Inventó la escritura automática. No debe ser nada bueno para el
capitalismo.
Los policías se llevaron presos a todos. Nosotros bajamos una escalera, al cabo de la cual,
salimos a Villa Urquiza. Unos jovencitos, notando en nuestra expresión la marca de la
burguesía, nos gritaron:
–¡Viva Perón!
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