Notas al pie
¿Qué se piensa?
Fragmento de la película de Lazlo Martok con textos
de Morozov
Reparto:
LUIS: PIERINO SILVA
SUSANA: SUSANA BERLANGA
ANDRÉS: MARTÍN BÉJERMAN
La niña Susana camina ligero por una calle oscura. Luis se acerca
corriendo.
LUIS: Hola, Susana... tengo que hablarte.
SUSANA (deteniéndose): ¿Qué querés?
LUIS: Hernández me pidió que te hablara... Me dijo que quiere andar con
vos pero no se atreve a decírtelo.
SUSANA: Decile que no... qué se piensa.
LUIS: ¿Cómo qué se piensa?
SUSANA: Digo... por ahí se cree que yo ando con cualquiera. Además
decile que tiene que venir él a decírmelo... o mejor no le digas nada
porque por ahí viene. En realidad no me gusta Hernández. Me gusta otra
persona.
Mientras habla, un árbol en segundo plano empieza a arder. Las llamas
iluminan la cara de la niña.
LUIS: Claro, claro. Bueno... chau.
SUSANA: Pero no puedo decirte quién es esa persona.
LUIS: Ah, ¿no?
Llega en bicicleta Andrés.
ANDRÉS: Hola, ¿qué están haciendo?
LUIS: Nada. Yo me voy.
Se va por una calle. La cámara lo sigue y se ve la sombra que proyecta
sobre una pared blanca. A mitad de camino la sombra regresa y Luis
sigue adelante.
SUSANA: Luis vino a decirme que hay una persona que quiere salir
conmigo.
La sombra de Luis llega junto a ella y la abraza.
ANDRÉS: Ah, sí.
SUSANA: Pero yo le contesté que a mí me gusta otra persona (otro árbol
empieza a arder), ¿entendés? Ahora que me acuerdo, no le dije eso. En
realidad sí. Le dije a Luis que a mí me gustaba otra persona pero no le
dije que se lo dijera a la persona que lo mandó a decirme que quería
andar conmigo.
Andrés la besa y empiezan a caminar juntos, él con la bicicleta en una
mano y el hombro de Susana en la otra. La sombra de Luis marcha tras
ellos. Al rato se detienen y vuelven a besarse.
SUSANA: Pero, vos no eras la persona que me gustaba.
ANDRÉS: Sí, sí, ya lo sé.
Monta la bicicleta y se va. Alejandra se queda con la sombra de Luis.
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Nota 14
Tito Salvio era el más pequeño en edad y estatura de todo el grupo. Era un niño enfermizo,
retraído, triste. Vivía solo con su papá en una humilde casita de Villa Crespo. Muchas veces
recibía las burlas de los pesados de la compañía. Nadie lo tomaba en cuenta para ningún
proyecto o aventura. Se destacaba en una inesperada disciplina: era un calculista nato. Hacía
cuentas en el aire sin calculadoras, ábacos o lápices. Sus escasos momentos de brillo ocurrían a
la hora de dividir gastos o repartir recompensas.
Susana Berlanga lo protegía. Era la única capaz de leer en los ojos de Tito la pena siempre
presente por su madre muerta. Y usaba sus tempranas maneras de señora pudiente para
defender al muchacho. Quién sabe si él percibía esa protección. Tal vez prefería pensar que no lo
quería nadie.
Nota 15
Vidal Morozov era inconstante y frívolo en cuestiones amorosas. Su mente, poderosa en la
comprensión de los asuntos más complejos, flaqueaba a la hora de tomar decisiones
sentimentales. Abrigaba la falsa creencia de que el amor tiene siempre algo de clandestino. Sus
maneras íntimas eran subrepticias. Todos sus encuentros le parecían ilegales, lo atormentaba la
culpa y el miedo aunque no hubiera cometido ninguna falta y aunque nadie lo amenazara.
En aquellos primeros días de la película todos hablaban del interés de Morozov por Inés
Gorlero. Pero entonces fue que se encontró con Alejandra Solowiej, una actriz que se decía
polaca para justificar sus dificultades al pronunciar las palabras.
La belleza de aquella mujer había afectado físicamente al maestro. Se lo veía siempre
desganado. Y, según él mismo explicaba a sus médicos, le resultaba imposible diferenciar un
dolor en el pecho de la tristeza o la angustia.
Ella se complacía en provocarlo para certificar el poder de su encanto, aunque por la misma
razón solía rechazar todas sus propuestas.
Alejandra participaba del elenco de una obra de Morozov que iba a representarse en el
Teatro del Arroyo.
Una tarde, en un ensayo, él tomó el lugar del principal actor y recitó frente a ella unas líneas
amorosas. La actriz comprendió que aquel juego podía llegar a gustarle y respondió
sobreactuando. Morozov escribió líneas nuevas, cada vez más audaces. Una de ellas era la
propuesta de una indiscreción:
–Tendremos que hacerlo en secreto. Mañana a la noche sale un tren a Mendoza desde Retiro.
Te espero en la estación. Nos iremos juntos. Ahora bésame.
Morozov repitió la escena varias veces hasta que quedó claro que las palabras habían sido
dichas en la vida real y para ser más precisos en la cama de Alejandra.
Morozov la esperó en Retiro pero ella no fue.
El maestro, humillado, se escondió durante varias semanas. Después volvió con Inés.
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