Notas al pie

Alejandro Dolina · Capítulo 37 de 91

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Notas al pie

Interpretaciones

 

Yu Wei, una de las herederas más jóvenes de Losang, se había adiestrado en

las artes de la danza pero también en los misterios del combate ritual.

Conocía la complicada llave de Las Cinco Manos; el paso secreto del

Conejo en Celo y un prisionero mongol la había ejercitado en la maniobra

mortal que algunos llaman El último suspiro.

Yu Wei no tenía rivales en la lucha. Los guerreros más fuertes del

ejército de la provincia habían sido humillados por la rapidez y la astucia de

la muchacha.

Aburrida de sus propios triunfos, prometió su virginidad y su dote al

hombre que consiguiera vencerla, por oscuros que fueran sus antecedentes y

su linaje.

Prescindiremos de la larga lista de postulantes derrotados por Yu Wei.

Una tarde se presentó un luchador experto que procedía de los desiertos

de Gobi. Después de cumplir con unos trámites de cierta aspereza y de

haber sido examinado por los severos preceptores de Yu Wei, el hombre

enfrentó a la joven invencible.

Luego de unas breves escaramuzas el forastero, con técnicas rústicas

pero enérgicas, derrotó a Yu Wei.

Ayunó de todo énfasis, saludó a la muchacha que jadeaba en la arena y

volvió a la austera choza que le habían asignado.

Los abogados de la familia prepararon la boda y redactaron los acuerdos

legales.

Al otro día, una comisión de parientes, funcionarios y servidores fueron

a buscar al guerrero para prepararlo, vestirlo, ungirlo y reverenciarlo.

Pero el hombre no estaba. Se había ido durante la noche.

El maestro Wu Chang contó esta historia a sus alumnos y les pidió que la

interpretaran, prometiendo al más certero una moneda de plata.

Uno de los alumnos dijo que ella se había enamorado del forastero y lo

había dejado ganar.

El maestro expulsó al discípulo y le dijo que esa era una conjetura y no

una interpretación.

Otro, hijo de una ilustre familia, dijo que el forastero simbolizaba la

lujuria; la muchacha, la perseverancia de la castidad y los abogados y

funcionarios representaban la palabra del emperador.

Wu Chang hizo que se le impartieran once latigazos suaves durante cuyo

cumplimiento le explicó que las leyes de la metáfora no son las del trueque.

Por fin, el más joven de la clase afirmó que el demasiado orgullo había

sido derrotado por otro orgullo.

Wu Chang lo abrazó y le obsequió una moneda de plata, pero el alumno

la rechazó. (41)

 

Nota 41

Puedo imaginarme al alumno Fariña recorriendo el camino de siempre. Un camino de angustia

y malos presentimientos que se repetía cada día con la puntualidad de los reglamentos

infernales.

Puedo adivinar su angustia mientras caminaba por la calle Fraga para tomar el subterráneo

en Federico Lacroze. Ese era su trayecto para trasladarse al Teatro del Arroyo. Tal vez a los

doce años ya había aprendido que su voluntad valía poco. Otros decidían por él. Siempre. Me lo

figuro tomando determinaciones banales solo para demostrar la existencia del libre albedrío:

pisar las baldosas rojas y no las azules; doblar esquinas a último momento; tocar un árbol. Pero

era inútil que se ilusionara con su autonomía: cuando los demás se olvidaban de imponerle

conductas, él mismo lo hacía. Y así ocupaba territorios de posibles libertades con exigencias

absurdas provenientes de supersticiones que él despreciaba pero acataba. Por lo demás, después

de cualquiera de sus pequeños actos de soberanía, como correr o gritar, construía una objeción

clásica: tal vez una voluntad superior le dictaba sus decisiones más personales.

La bella Cora era su amor imposible. Para él todos los amores eran imposibles ya que por

timidez o por temor al escándalo jamás se atrevía a confesar sus deseos. Me imagino, sin

embargo, que allá en el fondo de su alma calculaba que algún día alcanzaría unos corajes

nuevos y encontraría palabras que no lo hicieran sentir un miserable ante las muchachas.

Quizás Fariña anotaba indicios como quien guarda reliquias. Quiero decir que registraba

señales que le permitieran suponer que en algún lugar alguien pensaba en él. Se trataba siempre

de evidencias humildes: una palabra; su propio nombre pronunciado con acentos graves; el

ofrecimiento de una golosina; un libro prestado... Después de todo, cualquier suceso puede ser

señal y anticipo de cualquier otro según el capricho del profeta.

Fariña tenía también su propia colección de malos presagios: campanas inoportunas,

ancianas de mirada siniestra, gatos transversales y, sobre todo, palomas. Palomas en todas

partes, caminándole entre las piernas, volando alrededor de sus rodillas. Palomas de mal agüero

cantando sus tristes lamentos de boca chiusa. Palomas malvadas desmintiendo su fama literaria

de benevolencia.

'Una tarde lo arrastró una procesión. Solo por cortesía, se dejó rodear por oscuros

santurrones que lo llevaron a paso de velorio casi hasta la Paternal. Fariña tembló ante los

rostros hostiles de los peregrinos que –según habrá calculado– sospechaban de él. Puso especial

escrúpulo en seguir todos los protocolos y cantó un repertorio desconocido tratando de adivinar

los versos y las melodías. La caravana se dividió al cruzar las vías del tranvía Lacroze. Las

barreras se cerraron y no hubo un criterio unánime entre los penitentes. Fariña aprovechó y

corrió como un desesperado por el camino de carbonilla que bordea la Facultad de Agronomía

hasta llegar a la avenida Beiró. Es una mala decisión de los organizadores hacer que las

procesiones y marchas políticas atraviesen vías férreas ya que esta clase de cruces favorecen la

formación de grupos disidentes y sectas heréticas.

 

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