Notas al pie

Alejandro Dolina · Capítulo 57 de 91

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Notas al pie

Intriga en Caseros

 

 

Habían pasado muchos años, pero cada dos o tres días Agustín Colombres,

el pianista, se detenía a pensar un rato en Inés. Eran solamente evocaciones,

no incluían un plan, ni una ilusión.

La había tratado apenas, en los lejanos tiempos de su juventud en

Caseros. Un saludo, una frase de circunstancia, siempre sin detenerse. Nada

más.

Pero aún la recordaba.

El pianista se había ido de Caseros treinta y cinco años atrás. Muy de vez

en cuando, hablaba por teléfono con algunos de los pocos amigos que le

quedaban por allá. Todos los vínculos sentimentales y profesionales con el

barrio se habían cortado.

Con los años, Agustín se convirtió en un artista de mucho renombre.

Agregó al piano su canto y sus grabaciones se escuchaban en todas partes.

De Caseros no hablaba nunca. Estaba tan ausente que sus recuerdos de

aquella época no eran más que un código abstracto de signos poéticos que

no aludían a personas reales.

En su primera juventud, los vecinos lo escuchaban a través de la ventana

tocar valses a la tardecita. Pero él estudiaba medicina. Le interesaba esa

clase de futuro.

Sus amores eran siempre sinuosos y en verdad no era muy acertador.

Tenía una novia pálida que parecía impuesta por las circunstancias. Y

golpeaba, cada tanto, algunas puertas clausuradas. Pero en su corazón solo

estaba Inés. Pasar frente a su casa de Belgrano y Sarmiento era un ejercicio

obligado de adolescencia. A veces por el corredor veía cruzar una sombra

parecida a ella.

Le falló el coraje, o la suerte. Y la dejó pasar.

Un verano, cuando Agustín no tenía ni veinticinco años, llegaron a

Caseros unas trillizas que se mudaron con su padre a una casa del pasaje

Frugone. Se llamaban Olga, Edith y Diana Puysegur.

Enseguida se revelaron como muy sociables e hicieron muchos amigos.

Les gustaban las bromas y –especialmente– las pequeñas intrigas y los

embustes de ocasión. Por supuesto, aprovechaban su parecido para

divertirse con sustituciones clásicas. Agustín trató de acercarse a alguna de

ellas pero no fue bien recibido. Muy poco después, Diana tuvo la mala

ocurrencia de ponerse de novia nada menos que con el Cuervo, un

muchacho violento que robaba autos y manejaba mucho dinero. Era difícil

ser su novia. El tipo era impredecible y mano larga. Andaba siempre

calzado. Diana se asustó y lo largó. Casi sin cambiarse de ropa, se entreveró

con el farmacéutico Kohan, que aún llamándose Giménez, había heredado

el nombre de la farmacia, como suele ocurrir.

El Cuervo juró venganza. Pateó las puertas y disparó al aire frente a la

casa de la calle Frugone. El padre de las trillizas, viudo de carácter

taciturno, permaneció en silencio. Las chicas se encerraron y no salieron

más. Kohan, el nuevo novio, se ocultó en la casa de una tía en Tropezón y

cerró la farmacia.

Una tarde, el viejo Puysegur se presentó en la comisaría y denunció que

su hija había desaparecido. No se veía muy preocupado en realidad. Pero

pasaron dos meses y la muchacha no apareció.

Entonces sucedió el crimen. Las otras dos chicas, Olga y Edith Puysegur,

aparecieron muertas. Alguien las había matado a puñaladas y arrojado luego

en un galpón solitario y recóndito de los talleres Alianza. La policía corrió a

buscar al Cuervo.

Una noche, Colombres estaba tomando un café en el bar Pampa con su

amigo el rubio Bertoldi, un policía que en ese tiempo era un simple

ayudante del legendario Pipita, el oficial más famoso de Caseros.

De repente, se abrió la puerta y entró, a toda velocidad, el Cuervo.

Enseguida encaró para los baños y buscó una salida por atrás o por los

techos. A los pocos segundos entraron los canas, con los chumbos en la

mano y corrieron directamente hacia el fondo.

Bertoldi se unió a sus compañeros y Colombres, por acompañarlo,

también.

El Cuervo saltó a la vereda por la calle Rivadavia, frente a la estación.

Ahí nomás le robó a Tanguito su taxi, un Chevrolet 47 negro que alcanzaba

90 en bajada. Los policías tardaron en subirse a sus autos, que estaban un

poco desparramados.

El Cuervo rajó para el lado del El Palomar con bastante ventaja. Al

llegar a la barrera del aeródromo, que estaba baja, la rompió y siguió

adelante. Pero después, antes del arroyo Morón, se salió del camino y

volcó.

Alcanzó a correr entre los arbustos, se metió en el arroyo, que estaba

crecido, y pasó nadando bajo el puente del ferrocarril.

Pero la policía ya estaba arriba, caminando entre los durmientes.

Cuando lo vieron empezaron a los tiros. El Cuervo contestó con todo lo

que tenía, hasta que lo vieron caer lleno de plomo. Bertoldi recibió un

balazo en el costado. Agustín le paró la hemorragia, vaya a saber cómo y

desde entonces el rubio tuvo por cierto que le debía la vida.

Cuando los tiras bajaron a buscar al Cuervo, no lo hallaron. El Morón,

recién salido de la inundación, se había llevado el cuerpo.

Poco después, Agustín Colombres y sus padres se mudaron a Palermo.

Él lo tomó como un alivio. Nada lo ataba a Caseros. Su pálida novia lo

había dejado sin que él se diera cuenta.

Antes de marcharse pasó por la esquina de Belgrano y Sarmiento. Se

detuvo un minuto, y formuló una promesa en silencio.

Pasaron treinta y cinco años. Colombres dejó la medicina y entregó su

vida a la música. Una noche el rubio Bertoldi, que ahora era comisario, lo

llamó por teléfono y le contó que había ocurrido otro crimen en Caseros.

Dos hermanas, ya no mellizas, fueron acuchilladas y luego arrojadas a un

galpón de los viejos talleres Alianza.

–Necesito hablar con vos –dijo el rubio.

–A las nueve en Ottonelli.

Se encontraron en la puerta.

–Te lo habrán dicho mil veces –comentó Bertoldi–. Pareces muy joven.

Agustín Colombres le pidió a su amigo que recorrieran un poco el barrio

antes de entrar en la pizzería.

Al pasar frente a una farmacia ausente, Agustín propuso nombrar

antiguas farmacias, tal vez para ver cómo andaba su memoria: Colón,

Ferrari, Ghigliotti, Cafarello, Central... Después recordaron clubes: 9 de

Julio, El Libertador, El Triunfo, Alianza, Unión de Caseros, Urquiza. Le

faltaba a Colombres el sentimentalismo de los melancólicos militantes.

Recitaba nombres con frialdad. Panaderías: Ítalo Argentina, Nobel, Real,

Pangua, La Nacional de Tres de Febrero, La Nacional de atrás de la vía...

Preguntó por viejos amigos. No hizo ningún comentario. Por casualidad

pasaron frente a la casa de Inés. La habían modificado al punto de tornarla

irreconocible. Para peor, alguien había cambiado los números de todas las

calles.

–¿Quién vive ahí? –murmuró Agustín con aire ajeno.

–No sé.

Ya en la pizzería Ottonelli, el comisario Bertoldi le mostró la carpeta del

crimen: fotos, huellas, testimonios. Todavía estaba Colombres en medio de

una porción de anchoa cuando oyó el detalle siniestro:

–Te llamé porque estas chicas son las hijas del farmacéutico Kohan,

también llamado Giménez, el que fue novio de una de las Puysegur... se

casó ya grande con una actriz que ahora, según me contaron, anda con un

empresario.

–Pobre desgraciado, le pasaron todas.

–Hay más –dijo el rubio–, en realidad te llamé por esto: el farmacéutico

declaró que las hermanas Puysegur nunca fueron tres, sino dos.

–¿Cómo dos? Si mataron a tres...

–Antes de mudarse a Caseros se pusieron de acuerdo –juego de

mellizas– en simular que eran tres, para joder. Aparece el Cuervo y una de

ellas, Olga, se pone de novia con él diciéndole que es Diana, la hermana

inexistente. Jamás le reveló el secreto. En realidad, muy pronto se da cuenta

de que este hombre es un delincuente y un miserable. Eso ya lo sabés... Por

esos días conoce a Kohan y cambia de pareja. El Cuervo amenaza, el

farmacéutico se escapa y las chicas... bueno, las chicas tienen la idea de

fingir que el Cuervo mató a Diana y así terminaban con la molesta

conspiración. El viejo Puysegur es obligado a participar de este engaño y se

presenta en la comisaría para denunciar la desaparición de su hija... ¡Diana!

Pasó el tiempo, Diana no apareció y todos pensaron que estaba muerta.

La policía, por supuesto, sospechaba del Cuervo. Ahora bien, cuando el

Cuervo se enteró, no pudo contener su ira cerril. Se sintió humillado por el

abandono y luego por una acusación injusta. Entonces sucedió todo lo que

ya sabemos: liquidó a las dos hermanas restantes... Bueno, a las únicas que

existieron. En realidad, nosotros ya lo tendríamos que haber sabido. El

primero en sospechar algo fue el Manchado, un suboficial de aquellos años

que se encargó del papeleo y le faltaron los documentos de Diana, la que

había desaparecido. No había nada, ni una partida de nacimiento, ni una receta, ni un boletín. No estaba anotada. Pero nadie hizo mucho caso y el

asunto se olvidó. Era un caso cerrado.

–Y ahora tenemos a estas dos pobres muchachas... ¿Será solo

casualidad?

–No lo sé. ¿Sabés cómo se llamaban las dos chicas que mataron ahora?

–No.

–Olga y Edith.

–Claro, el farmacéutico quiso homenajear a su novia y a su hermana

aunque no se cuál es cuál.

–La que andaba con Kohan era Olga.

Mientras hablaban fueron interrumpidos por docenas de clientes de la

pizzería y hasta transeúntes que reconocían a Colombres, algunos como

viejo vecino del barrio y otros como pianista, cantante y autor de canciones.

En un momento acertó a pasar por allí el intendente de Tres de Febrero.

Con visajes políticos lo abrazó y sugirió la realización de un homenaje, tal

vez una cena, para agasajarlo.

Agustín Colombres regresó a su casa muy tarde y se sentó a tocar el

piano. Por un momento creyó que todas las canciones que tocaba, habían

sido compuestas para Inés, incluso por otras personas.

A veces era una letra: Saber partir con la sonrisa florecida / Y ver morir

el sueño de toda la vida.

A veces era la música: acordes menores, cromatismos sentimentales,

pasajes oscuros.

Un mes después recibió la invitación tan temida. La municipalidad y los

ex alumnos de la escuela 38 lo invitaban a una cena en su honor a realizarse

en la propia escuela. Bertoldi lo llamó para presionarlo. Colombres aceptó y

prometió cantar algunas canciones.

Cuando iba en camino, trató de reconstruir la lista de sexto grado:

Alfredi, Antes, Caligali, Dall’Asta, Dell’Aquila, Ferro... Se le mezclaban.

Recordó que Inés no iba a su colegio y se lamentó.

La reunión fue muy exitosa y concurrida. Estaba el intendente con una

cohorte de concejales y funcionarios. Los compañeros asistieron casi todos.

Con Bertoldi vieron llegar a algunas bellezas de antaño junto a algunas

jóvenes de extraordinaria hermosura, que cunden en esa barriada.

Colombres aprovechó su apariencia juvenil para hacerse saludar.

Le presentaron a poderosos industriales de la zona. El ingeniero Policriti

de maquinarias industriales Policraft; el ferretero Montanari; el gerente del Banco Cooperativo de Caseros y el importador de automóviles Fausto

Lazzari, tal vez el hombre más rico de Caseros. También estaba el viudo

Puysegur que seguía vivo.

En el escenario estaba el viejo piano vertical de la escuela 38. Colombres

rogó que no fuera el mismo que él recordaba. Era otro. Nada era lo que

Agustín recordaba. Todos eran otros.

Cantó canciones viejas totalmente inadecuadas, que eran las que más le

gustaban. Lo aplaudieron, le entregaron una especie de estatua. Por suerte,

nadie le pidió que hablara.

Después de unas copas, Colombres se dejó ganar por la tristeza perenne

de los hombres mayores. Reconoció compañeros muertos o vecinos que ya

se habían mudado, o sombras de otras pesadillas. En un momento le pareció

quedarse dormido. Cuando despertó, la reunión se había puesto demasiado

agitada: baile, brindis, risotadas, ojos brillantes.

En una de esas le pareció ver a Inés, en la flor de su edad y su

hermosura. Lentamente fue acercándose a ella hasta que la chica lo miró y

le sonrió. Él le tomó la mano por un segundo. Pero apareció el farmacéutico

Kohan e insistió en pronunciar unas palabras de agradecimiento para el

homenajeado. Agustín no pudo disuadirlo y tuvo que acompañarlo hasta el

escenario.

–Señoras y señores –dijo Kohan y lo bajaron de un tiro.

El empresario Lazzari se puso de pie con su pelada reluciente y una

pistola en la mano. Se hincó ante el finado y gritó:

–¡Este hijo de puta tiene la culpa de todo!

Un policía se le tiró encima y lo desarmó, mientras la concurrencia

corría de un lado para otro, estupefacta.

–Voy a tener que detenerlo, señor Lazzari.

–No es el señor Lazzari –dijo el rubio–. Yo creo que es... el Cuervo.

–Sí. El Cuervo –admitió Lazzari.

–¡Pero usted está muerto! –gritó el intendente.

–No. No morí. Aquella noche en el arroyo Morón pude escabullirme.

Después empecé una vida nueva. Aunque no fue muy distinta a la anterior.

Pude hacer negocios con los autos, tal como los hacía antes. Anduve por

todo el país. Hace pocos años volví a Caseros. Nadie me reconoció. Ahora

me gané el respeto de todos. El año pasado, el señor intendente me dio una

estatua igual a esa, pero mejor. Conocí por fin a la mujer de mi vida. Pero

estaba casada... Adivinen con quién... ¡Con ese infeliz!

En ese momento, el viudo Puysegur, que también estaba armado, sacó un

viejo revólver y mató definitivamente al Cuervo. Se abstuvo de todo

comentario.

Empezaron los trámites: atención médica del moribundo Kohan,

detención del viudo, disposición del cadáver.

Agustín Colombres aprovechó y se fue. Caminó por Urquiza hasta

Sarmiento y después dobló a la izquierda. Se quedó en silencio frente a la

casa de Inés pero a los diez minutos, Inés, que volvía de la fiesta, apareció

envuelta en sombra y se le acercó.

–Hace mucho que te sigo –le dijo.

Él volvió a tomar su mano y murmuró:

–Inés

–Sí, me llamo Inés.

–Pero sos tan joven... No puede ser...

–Qué importa –dijo ella y lo besó en la boca.

Colombres quiso decir algo pero ella se metió en la casa.

–¡Inés! ¡Inés! ¡No te vayas!

Él se quedó parado en la puerta bajo la luz de un farol. Al rato, desde las

sombras de la galería se oyó una voz y se adivinó una presencia.

–¿Qué sucede?

–No huyas. Soy Agustín. Agustín Colombres. Quiero verte.

–Ya sé quién sos.

–Pero... ¿Qué pasa? ¿Sos Inés? No te veo.

–Sí, soy Inés... Yo también soy Inés y no voy a salir. Soy una señora

elegante de ojos claros pero no te voy a gustar. Cuando era joven podía

tener al tipo que se me antojara.

–Acabo de verte y sos hermosa.

–No era yo. Era mi hija. A ella le gustan los tipos como vos.

–Inés, Inés... tantos años. Yo te quise, Inés... Pero entonces no era yo. Y

no pude decírtelo. Hablamos pocas veces pero no te olvidé nunca. No ha

pasado un día sin que te recordara con tus ojos claros.

Hubo un largo silencio.

La voz volvió a escucharse.

–Quiero que sepas algo. Yo te conozco como artista pero no te vi en

Caseros. Estoy segura de que no hablamos nunca. Jamás pensé en vos,

Agustín, porque no te conocí.

–No soy Agustín. Tal vez soy mi hijo. Yo... quizás me haya muerto hace

mucho... Cuando me fui de Caseros. (85)

 

Nota 85

Dijo Morozov en clase: La verdadera impostura está en el ayer. Supongamos que una advenediza

viniera a ocupar hoy mismo el lugar de nuestra novia. Pues bien: esa es nuestra novia. Falsa es

la que hubo en el pasado, ausente ya por abandono, por muerte, por cambio de naturaleza.

Como ya se ha dicho, nuestro verdadero rostro no es el que aparece debajo de las máscaras

sucesivas, sino el de la última máscara, el que los demás conocen.

 

ALUCINACIÓN II

Vidal Morozov y yo solíamos regresar muy tarde. Ya nos habíamos acostumbrado a los riesgos

que afronta el caminante nocturno.

Una madrugada de verano a la hora en que la oscuridad se hace más profunda, sentimos

que unos objetos peludos caminaban por nuestra cabeza y trataban de ganar la nuca para

meterse debajo de nuestra ropa.

–¡Arañas! –gritó Morozov.

Corrimos mientras tratábamos torpemente de matar tarántulas invisibles. Todos los faroles

estaban apagados hasta que uno de ellos se encendió de golpe y nos dejó ver un ataúd. En el

mismo momento se abrió la tapa del féretro y un cadáver horripilante se plantó de un salto ante

nosotros. Morozov pegó un grito y empezó a correr. Yo traté de seguirle el paso. Desde un portal

salió un esqueleto. Ya en estado de pánico nos llevamos por delante a un ahorcado que colgaba

de una rama con aires de péndulo isocrónico.

Sobrevino una oscuridad total, solo interrumpida por relámpagos y refucilos. El mismo

Satanás apareció en uniforme rojo de ceremonia. Intentamos unas gambetas pero el diablo con

su horquilla nos empujó y nos hizo caer en un cochecito de bebé que ardía en llamaradas. Se oyó

un coro lejano de brujas obscenas.

Vidal Morozov se desmayó. Yo también. El carrito tomó una curva cerrada y se detuvo en

medio de un salón iluminado y lleno de gente. Una voz misteriosa y autoritaria sentenció:

–Terminó la vuelta, prontito por la salida.

 

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