Notas al pie

Alejandro Dolina · Capítulo 22 de 91

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Notas al pie

Otro sueño

 

María es más hermosa de día que de noche. Yo no me acordaba cuánto la

quería y cuánto la deseaba hasta recién nomás cuando la vi correr hacia mí

entre los árboles de la calle Urquiza.

Ella me dijo cosas incomprensibles con la voz de otra persona mientras

me acariciaba la cara con sus manos suaves y cálidas.

Tuve conciencia de que aquel era un día venturoso. El sol brillaba sobre

los jardines. Los ojos de María ardían de pura juventud. Alguien al pasar

preguntó si éramos novios. Ella no dijo nada.

Caminamos por verdes descampados y respiramos un aire perturbador

que nos encendía de amor.

En un recodo cerca del ferrocarril nos cruzamos con mi padre. Él nos

saludó y luego nos hizo un sinfín de cariñosas recomendaciones ya que –

según dijo– había alcanzado a comprender que la dicha está en perpetuo

riesgo y que el mínimo descuido puede precipitarnos en terrenos de

espanto. Después se alejó cantando una canción sentimental

 

–Muchachos ya se ve en el horizonte

el negro nubarrón del porvenir...

 

De pronto me inquieté. Corrí hacia mi padre para pedirle palabras

tranquilizadoras. María, con la intención de interceptarme, se desnudó

delante de mí y me abrazó dejando entre mis manos sus latidos. Yo la aparté

con suavidad y entonces vi que empezaba a oscurecer.

Sentí que ya no podía confiar en ella.

Un momento más tarde, con aire fúnebre, mi padre declaró que mi

desconfianza se justificaba ampliamente pues María me había abandonado

mucho tiempo atrás.

Traté de refutar aquel dictamen pero nuevas evidencias aparecieron para

convencerme. Una antigua tristeza vino a refrescarme la memoria.

Los ojos de mi padre no pudieron sostener la mirada. Tuve la tentación

de arrojarle encima mis peores reproches. Pero no valía la pena. Después de

todo era una situación que ya había vivido mil veces. Mi padre estaba

muerto, María pertenecía al pasado y yo ya no era tan joven.

Llegó el despertar y no tardó casi nada en instalar un universo diferente

y oscuro. El sol no brillaba tanto y casi no se podía respirar a causa de los

presentimientos.

Me levanté ya aceptadas todas mis tristezas. En la cocina me esperaban

los pesados objetos de la realidad. Mi madre pareció adivinar lo que me

sucedía.

–¿Otro mal sueño?

–El de siempre.

–Te cuesta aceptar las pérdidas. Tu padre está muerto, María no te

quiere, el tiempo pasa.

Empezó luego a enumerar las alegrías del presente. Me habló de mi

carrera, de mi buena salud, de Fernanda.

Yo le di la razón y mi cuerpo registró la mención de Fernanda con

reacciones concretas, con un deseo verdadero e imperioso. Lejos de las

evocaciones adolescentes de María, ella ponía ruidosamente sobre la mesa

los enseres cotidianos de la lujuria. Me reí hacia adentro y pensé

minuciosamente en el cuerpo insolente de Fernanda. Hasta me pareció oír

su voz agitada gritando en medio de los abrazos más salvajes.

Me dispuse a llamarla por teléfono para que viniera a consolarme pero

no podía recordar su número.

Mi madre en el patio empezó a cantar

 

–Muchachos ya se ve en el horizonte

el negro nubarrón del porvenir... (9) (10)

 

Nota 9

Volvamos a la vigilia.

La señorita Inés recibió a Martok con un atropellado informe en el que se destacaba la total

ausencia de genios en aquel grupo. Enseguida, como para suavizar el dictamen, la joven aclaró

que casi todos los niños tenían, al menos, buena memoria. Martok prometió no estar interesado

en ninguna clase de hazaña mnemotécnica y juró que él, a sus once años, era capaz de olvidar

hasta siete carillas de cualquier obra de Pirandello en solo media hora.

Esa misma noche el director decidió que aquel fuera su grupo.

Es posible que los niños no fueran geniales. Natalia Feuer y Cora Yako mostraban una gran

inteligencia. Fabio Recamier y el pesado Ballardini parecían precoces en la adquisición de

maneras adultas. Algunos por lo menos eran malvados: Martín Béjerman, Pierino Silva, el

abominable gordo Santana. ¿Era Pompeyo Audivert parte de aquel grupo? No lo recuerdo bien.

Cuando preparaban alguna muestra importante, los niños ensayaban en el lejano Teatro del

Arroyo cuyo dueño, Juan Negulescu, les permitía, a veces, usar las instalaciones.

Nota 10

Solo para aclarar, nombro a los integrantes del grupo por orden alfabético:

Audivert, Ballardini, Béjerman, Berlanga, Bernal, Bilbao, Bollati, Fariña, Feuer, Gorlero,

Hernández, Martok, Morozov, Ordzhonikidze, Recamier, Salvio, Santana, Silva, Solowiej y Yako.

Describo el Colegio San Ginés por orden alfabético: Aulas, Bibliotecas, Clases,

Desilusiones, Envidia, Fiestas, Galerías, Hermandades, Ilusiones, Jardines, Keynesianos,

Libros, Llantos, Mentiras, Neoplatónicos, Olfas, Poetas, Querubines, Ranfañosos, Sueños,

Talentos, Umbrales, Videntes, Wagnerianos, Xenófilos, Yeguas, Zahoríes.

 

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