Notas al pie
El mundo es un pañuelo
Caminábamos rumbo a la salida de la estación Pueyrredón. Cruzamos frente
a la entrada de un pasillo lateral casi sin ver el cartel que indicaba otras
direcciones. Mi compañero Carrasco se detuvo y me hizo retroceder.
–Venga, mire.
Nos asomamos al otro corredor y allí pude ver que después de un recodo
una pared lo clausuraba, había poca luz y el muro se iba desdibujando hasta
terminar en un revoque sin forma ni color.
–Toque –dijo Carrasco.
Pasé la mano por el revestimiento y me pareció de cartón. Carrasco
señaló una especie de bajorrelieve con leones asirio-caldeos.
–Mire, es de cera.
Enseguida volvimos al túnel principal y nos mezclamos con el resto de
la gente. Carrasco se adelantó algunos pasos y sin darse vuelta murmuró:
–Quieren que pensemos que el mundo es grande. Como si fuéramos
estúpidos.
Salimos a la avenida. Nos encegueció el sol y nos aturdieron los autos y
la muchedumbre. Carrasco se detuvo frente a una puerta, la golpeó con la
mano abierta y dijo:
–No es una puerta. Ni siquiera es un edificio. Es solo una pared.
Cruzamos al trote. En la vereda de enfrente mi compañero me puso la
mano en el hombro y me dijo:
–No se engañe por este ruido. Diez, doce cuadras más adelante ya no hay
más nada. (50) (51) (52)
Nota 50
Fariña siempre estaba. Solía sentarse en el último escalón de la penumbra para esperar la hora
del ensayo. Una noche, Cora se instaló cerca de él y se puso a examinar su libreto casi sin
saludar. Pero un rato más tarde –¡Oh, milagro!– se dirigió a Fariña.
–¿No estudiás tu texto?
–No tengo texto.
Cora lo miró durante tres segundos y preguntó:
–¿A vos te gusta Inés Gorlero?
–No. Ella es muy grande para mí. O yo muy chico para ella.
–Mi novio es un tipo grande.
–Conviene que las chicas sean menores que los chicos...eso dicen los que saben. –¿Y vos le haces caso a los que saben?
–No, porque no sé quiénes son los que saben o los que no saben. Cora lo miró.
–¿Esas cosas te enseña Morozov?
–No. Él no conversa conmigo. Pero me parece que él estaría de acuerdo, siempre que yo no
se lo dijera.
–Entonces no se lo digas... Si fueras más grande, serías muy lindo. Fariña pensó varios retruques y no le gustó ninguno.
Nota 51
En la calle Perú, a un par de cuadras del Teatro del Arroyo, había una casa embrujada.
Morozov había intentado alguna vez escribir un catálogo al respecto, pero descubrió que los
pocos lugares con fantasmas que quedaban en Buenos Aires estaban siendo demolidos o
reformados sin piedad. Alcanzó a anotar apenas tres: una torre siniestra en La Boca, una casa
en Cuenca frente a la barrera del Pacífico, y un caserón en Arcos al 1600, que él mismo había
visitado cuando niño.
Cuando los chicos del grupo empezaron a transitar el barrio del teatro pasaron muchas
veces frente a la casa, conocieron su leyenda y empezaron a hablar todo el día de aquel asunto.
Algunos vecinos del barrio aportaron datos y opiniones pero Juan Negulescu les dijo que el
Teatro del Arroyo estaba diez veces más embrujado que cualquier lugar que él conociera.
La casa en cuestión tenía un aspecto convenientemente siniestro. Se trataba de una
construcción de tres pisos de estilo francés. Estaba deshabitada y casi destruida por los años. La
protegía un breve jardín selvático, pletórico de plantas rastreras, zapallos silvestres y matorrales
impenetrables de cina cinas.
El interior era un misterio. Las ventanas estaban cerradas y un portón de hierro y madera en
perfecto estado impedía la entrada de curiosos o intrusos.
La historia que se contaba es la siguiente: un brujo realizaba allí mismo operaciones que le
permitían conectarse con criaturas del infierno. Sus conjuros incluían sacrificios de animales si
es que no de personas. El hechicero obligaba a los demonios a presentarse y a servirlo en
malvadas comisiones. Según parece, se perpretaban allí unas orgías satánicas para cuyo
lucimiento se secuestraban jóvenes vírgenes. El relato no siempre era el mismo: a veces el brujo
era reemplazado por un médico, los demonios por sus amigos y las jóvenes vírgenes por señoras
casadas.
Se trata de un caso más espeluznante que los usuales relatos de suicidas cuyos espectros
permanecen en la casa donde murieron. Aquí tiene uno que vérselas con seres infernales y el
fantasma de un brujo es más temible que el de una dama despechada.
Las señales actuales de la casa eran modestas: ruidos, luces, gemidos. Fenómenos siempre
fáciles de explicar para los incrédulos.
Pero a los niños les encanta asustarse y ven a los escépticos como aguafiestas. Cualquiera
que llegaba con noticias frescas de los horrores de la casa de la calle Perú era bien recibido y
escuchado con interés.
Pronto sucedió lo inevitable. Alguien mencionó la posibilidad de entrar a la casa o –mejor
todavía– pasar la noche allí.
A modo de desafío Cora Yako preguntó quién se atrevía a aquella aventura. Y todos dijeron que sí.
Nota 52
Algunos de los padres de los alumnos de Inés Gorlero resultaban bastante problemáticos. El
doctor Santos Berlanga, padre de la pequeña Susana, insistía en presenciar los ensayos y aun en
fiscalizar los textos de las escenas que su hija tenía que interpretar. Hay que decir que siempre o
casi siempre se trataba de representaciones inocentes, adecuadas a la edad de los actores y
ayunas de cualquier tipo de malicia. Pero el doctor Berlanga profesaba una moral rigurosa más
propia de un lunático que de un virtuoso. Así, se negó a permitir que su hija tomara la mano del
rubio Hernández, un chico tímido y pálido que enrojecía de vergüenza ante el mínimo
compromiso. Berlanga temía que el rubio pudiera aprovecharse de su hija a favor de didascalias
demasiado liberales. Susana era todavía más mojigata que su padre y sufría lo que ella insistía
en llamar bloqueos, unos estados de inmovilidad, olvido y estolidez que Morozov no vacilaba en
catalogar como ineptitud. Sin embargo, Susana Berlanga era la preferida de Inés Gorlero y
siempre era elegida para las mejores escenas.
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