Notas al pie

Alejandro Dolina · Capítulo 35 de 91

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Notas al pie

I’m getting sentimental over you

 

(Forget me not)

 

Fedor estaba perdido. Había quedado rezagado en un salitral. Sus

compañeros lo dejaron atrás. Luego dudó ante una multiplicidad de

desfiladeros. Tuvo que arriesgar y eligió mal. Después de días y días de

desiertos impiadosos, llegó a una playa y a un atardecer.

Se quitó la ropa. De su bolsillo cayeron unas bagatelas que lo pusieron

sentimental. Una carta, un anillo, unas fotos.

Se metió en el agua y pensó en Ingrid, su amada Ingrid. Podríamos decir

que lloró.

Se sumergió bajo la espuma de una ola. El frío le recorrió todo el cuerpo.

Sintió una extraña serenidad. Una calma cruel. Una despreocupación

siniestra.

Lentamente caminó hacia la orilla. No sabía qué rumbo tomar. En la

arena vio una casaca oscura, cartones grises y trozos de metal sin razón.

Siguió adelante hasta que volvió a perderse.

Despacio anochecía sobre el Mar del Olvido. (38)

 

Nota 38

UN OLVIDO

Morozov no acostumbraba a intimar con los alumnos. Una noche, los chicos del curso de Inés

Gorlero se habían demorado a tomar algo en la onerosa confitería Doney de la calle Figueroa

Alcorta.

Estaban casi todos. Inclusive se habían agregado algunos muchachos más grandes de cuarto

y quinto año.

La reunión se hizo alegre. Los mayores bebieron tal vez unos tragos con fernet, o

simplemente cerveza. Fariña, como siempre, estaba en los brindis despreciables de la Coca Cola

o la Seven Up.

Santana, que era el que siempre pagaba, avisó:

–¡Me olvidé la billetera!

–No nos va a alcanzar la guita –dijo Silva–, menos vos, acá somos todos unos secos. –No importa –murmuró Santana.

Y todos, sin decirlo, empezaron a consumir sándwiches y postres carísimos para hacer más

impagable la cuenta.

La verdad es que no tenían dinero y tampoco un plan.

Una hora más tarde, la situación se hizo patente ante los mozos y comenzaron los problemas. Por fin quedaron en estado de insolvencia oficial frente a la caja, tratando de congraciarse

con los encargados. Alguien amenazó con llamar a la policía.

En ese momento, acertó a pasar por ahí Vidal Morozov, a quien pocos de ellos le habían

dirigido alguna vez la palabra. Con paso firme se dirigió al cajero.

–Buenas noches. Soy el profesor titular de los alumnos de este grupo. ¿Cuál es el problema? –Que han comido y bebido y ahora este joven me dice que no tienen plata para pagar... ¡Hay

que ser cara rota!

–¡Cara rota! Que en tu vida no has pagado ni por equivocación... –cantó Morozov–. Seré

curioso ¿a cuánto asciende la cuenta?

El cajero dijo una cifra sideral.

–Ni una palabra más. Un momento por favor –con gesto adusto se dirigió al grupo–: Yo voy

a arreglar esto, pero ya hablaremos. Ahora les ruego que me esperen en la esquina de Coronel

Díaz. Cosas como esta no pueden volver a ocurrir.

Ellos se marcharon mientras Morozov abría un portafolios y empezaba a hablar sobre la

juventud extraviada.

–¿El señor va a pagar con tarjeta?

–No lo he decidido –dijo Morozov y empezó a hurgar entre unos papeles. Los chicos apenas habían llegado a Coronel Díaz cuando vieron a Morozov, a unos

cincuenta metros de distancia, marchando a velocidad olímpica. Detrás corrían dos o tres mozos

del Doney. Los alumnos se desparramaron en distintas direcciones.

'Pronto se vio que los perseguidores no tenían chance. Ya habían quedado demasiado lejos y

Morozov era tan rápido que, incluso, sobrepasó la línea de sus discípulos más lentos.

Resoplando su fatiga los mozos fueron abandonado la persecución. Cuando Vidal Morozov pasó a su lado como una flecha, Fariña lo oyó reír

enloquecidamente.

Unos metros más adelante, se colgó del colectivo 67 y ya no lo vieron más. El maestro nunca hizo ningún comentario sobre aquel episodio y siguió manteniendo la

misma lejanía de siempre.

 

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