Notas al pie
Diamantes
Nota 105
Después de la muerte de Inés y la partida de Martok, todos se desparramaron. Pero a los pocos
meses se reanudaron las clases de teatro en el San Ginés, a cargo de la suplente Elsa Bolatti.
Por supuesto yo seguí trabajando junto a Morozov. Casi nunca nos acordábamos de la película.
A Cora la vimos con su novio un par de veces. Martok no escribió jamás.
Si bien se mira, habíamos concebido un buen argumento solo con dejar de escribirlo. Yo le
pregunté a Morozov si no veía a Martok como un personaje totalmente vacío. Más bien un lugar
en una lista que una persona. Él me contestó que cuando uno no conoce a alguien, prefiere
abreviarlo.
Nota 106
Negulescu tuvo la idea de hacer un espectáculo infantil con aquellos niños que ya eran
preadolescentes. Un día le preguntó a Morozov si no tenía alguna obra que pudiera ser
representada por ellos. El maestro encontró un radioteatro que le había salido mal y se lo
entregó a Negulescu, tal vez para sacárselo de encima. Pero el empresario se entusiasmó y
cuando quisimos acordar, ya estaba todo el grupo ensayando otra vez.
Nota 107
Una tarde se presentó una anciana de aspecto respetable en el teatro del Arroyo y preguntó por
el director.
–¿Quién lo busca?
–Soy Olga Rilova, su madre.
Nota 108
Cuando la anciana fue llevada ante la presencia de Negulescu tuvo lugar una escena propia de
los reencuentros teatrales de segundo orden.
–¡Hijo mío!
–¿Quién es usted, señora?
–Abrázame pequeño Juan... He vuelto para que me perdones. Es cierto que te abandoné, tal
vez por eso no me recuerdas. Pero ahora te cuidaré y llenaré tu vida de amor para que olvides la
angustia de estos años de espera.
Negulescu contestó con firmeza insuficiente
–Madre... no te reconozco en absoluto.
–Es natural... Ya no tengo la belleza que me hizo célebre en todas las Rusias. A decir verdad
tu tampoco te pareces al bebé que dejé llorando en la cocina.
–No es tu aspecto, madre. Tu historia es falsa. Yo no soy el hijo de Olga Rilova ni fui
abandonado cuando tenía dos años.
–No entiendo... Has revelado estos datos a las revistas y a la televisión durante años. –Mentía... A ti puedo confesártelo porque eres mi madre... Es decir... no lo eres. –Y ¿qué ocurrió con ella?
–¿Con Olga Rilova?
–No. Con tu verdadera madre.
–La abandoné, madre. La abandoné cuando yo tenía dieciocho años. –¡Miserable! ¿Cómo has podido hacerme eso?
–Yo era joven y canalla. No pude resistir la tentación.
–Está bien. Te perdono, hijo... ¿Y este retrato? ¿Es Olga Rilova? –No, madre... Se trata de Sofía Loren.
Pero Negulescu comprendió que aquella mujer podía serle muy útil si la hacía pasar por su
verdadera madre. Le ofreció tratarla con todos los privilegios de ese rango si ella sostenía su
mentira y lo ayudaba a apuntalar las suyas. La anciana hizo algunas exigencias y enseguida se
pusieron de acuerdo. Al salir de la oficina Negulescu la presentó a todos sus empleados:
–Quiero que conozcan a mi madre, Olga Rilova.
Nota 109
Fariña visitó muchas veces al Gitano y aprendió algunos de sus trucos y unas pocas destrezas
verdaderas. El vidente le enseñó que para adivinar había que pensar... o conjeturar, observar a
la gente, fijarse en los detalles. También aprendió algo de hipnosis pero Fariña no se dejó
hipnotizar nunca. Tenía miedo.
Nota 110
Un día, el comisario Bermúdez se enteró de las hazañas del Gitano y se le ocurrió consultarlo
para ver si podía decirle algo sobre la muerte de Inés.
El Gitano cayó en un trance teatral y dijo:
–Veo un hombre triste y sin amor. Él la ha visto con otro, con uno cualquiera. Espera
escondido en la vereda de enfrente. Hay niebla... no puedo ver. Ahora la pareja se separa. El
hombre triste sigue a la mujer.
Ella dobla una esquina. El hombre triste es en realidad una sombra. La toma por detrás. Ella
se resiste... creo que muere estrangulada. Ahora todo se borra, tal vez por la niebla. Pero sin ver
nada siento que hay otro crimen...
–¿Otro crimen?
–Es solo un pálpito.
–¿Cómo sabés todo eso, Gitano?
–Cualquiera lo sabe. Solo matan los hombres tristes y sin amor. ¿Quién, contento y amado,
se mete a criminal? Lo demás es pura conjetura.
Bermúdez no le creyó nada. Mientras se iba, el Gitano le dijo: –Usted también es triste Bermúdez, seguro que ha matado a más de cuatro.
Nota 111
Testimonio sobre el mismo episodio de Béjerman y Silva ante el comisario Bermúdez.
BERMÚDEZ: Bueno, cuéntenme lo que vieron.
SILVA: Inés salió del teatro con un hombre.
BÉJERMAN: Iban lo más abrazados.
SILVA: Cada tanto se besaban.
BÉJERMAN: Al llegar a Paseo Colón se separaron. Ella tomó el 53 para ir a su casa. Un viaje
larguísimo.
BERMÚDEZ: ¿Vieron quién era el hombre?
SILVA: No. Era un tipo cualquiera.
BERMÚDEZ: ¿Alto, bajo?
BÉJERMAN: Más o menos. No le vimos la cara tampoco.
SILVA: Un tipo así nomás.
Al salir de la comisaría los estaban esperando Fariña y Santana.
–¿Qué pasó?
–Nada. Nos preguntó lo que habíamos visto. Nosotros le contamos todo –dijo Silva. –Bueno, todo no. No le dijimos que el tipo era Martok.
Nota 112
LOS DOS CRÍMENES
Era una noche de poca niebla. Inés caminaba por la calle Artigas rumbo a su casa. Iba por el
medio de la calle y sus pasos resonaban como si caminara sobre un escenario.
Alguien la seguía pero ella no se dio cuenta. De pronto vio a un hombre parado junto a un
portón. Le pareció notar un fulgor rojizo en su cabellera. Era Enrique Argenti que la estaba
esperando. Siguieron adelante por Artigas sin ver a la sombra sigilosa que venía siguiendo a
Inés desde vaya a saber dónde.
Se detuvieron poco antes de llegar a Galicia y empezaron a besarse y acariciarse. Al rato se
despidieron. Ella desapareció en la primera esquina, él caminó en dirección opuesta silbando un
tango: “Veinticuatro de agosto”.
Inés dobló la esquina. Entonces la sombra apuró el paso y la tomó por detrás. Con sabios
movimientos empezó a estrangularla. Inés luchó pero no pudo soltarse. Tardó poco en morir.
Mientras tanto a la vuelta, sobre Artigas, Argenti se encontró cara a cara con la persona que
iba a matarlo. Hubo un breve diálogo y enseguida el asesino, un hombre de extraordinaria
fortaleza, empezó otro estrangulamiento.
Nadie advirtió la simultaneidad ni la cercanía. Gorlero y Argenti murieron al mismo tiempo
a pocos metros de distancia. Pero sus historias se contaron en tiempos diferentes, en foros
diferentes, en libros diferentes.
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