Notas al pie

Alejandro Dolina · Capítulo 68 de 91

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Notas al pie

Diamantes

 

Nota 105

Después de la muerte de Inés y la partida de Martok, todos se desparramaron. Pero a los pocos

meses se reanudaron las clases de teatro en el San Ginés, a cargo de la suplente Elsa Bolatti.

Por supuesto yo seguí trabajando junto a Morozov. Casi nunca nos acordábamos de la película.

A Cora la vimos con su novio un par de veces. Martok no escribió jamás.

Si bien se mira, habíamos concebido un buen argumento solo con dejar de escribirlo. Yo le

pregunté a Morozov si no veía a Martok como un personaje totalmente vacío. Más bien un lugar

en una lista que una persona. Él me contestó que cuando uno no conoce a alguien, prefiere

abreviarlo.

Nota 106

Negulescu tuvo la idea de hacer un espectáculo infantil con aquellos niños que ya eran

preadolescentes. Un día le preguntó a Morozov si no tenía alguna obra que pudiera ser

representada por ellos. El maestro encontró un radioteatro que le había salido mal y se lo

entregó a Negulescu, tal vez para sacárselo de encima. Pero el empresario se entusiasmó y

cuando quisimos acordar, ya estaba todo el grupo ensayando otra vez.

 

Nota 107

Una tarde se presentó una anciana de aspecto respetable en el teatro del Arroyo y preguntó por

el director.

–¿Quién lo busca?

–Soy Olga Rilova, su madre.

Nota 108

Cuando la anciana fue llevada ante la presencia de Negulescu tuvo lugar una escena propia de

los reencuentros teatrales de segundo orden.

–¡Hijo mío!

–¿Quién es usted, señora?

–Abrázame pequeño Juan... He vuelto para que me perdones. Es cierto que te abandoné, tal

vez por eso no me recuerdas. Pero ahora te cuidaré y llenaré tu vida de amor para que olvides la

angustia de estos años de espera.

Negulescu contestó con firmeza insuficiente

–Madre... no te reconozco en absoluto.

–Es natural... Ya no tengo la belleza que me hizo célebre en todas las Rusias. A decir verdad

tu tampoco te pareces al bebé que dejé llorando en la cocina.

–No es tu aspecto, madre. Tu historia es falsa. Yo no soy el hijo de Olga Rilova ni fui

abandonado cuando tenía dos años.

–No entiendo... Has revelado estos datos a las revistas y a la televisión durante años. –Mentía... A ti puedo confesártelo porque eres mi madre... Es decir... no lo eres. –Y ¿qué ocurrió con ella?

–¿Con Olga Rilova?

–No. Con tu verdadera madre.

–La abandoné, madre. La abandoné cuando yo tenía dieciocho años. –¡Miserable! ¿Cómo has podido hacerme eso?

–Yo era joven y canalla. No pude resistir la tentación.

–Está bien. Te perdono, hijo... ¿Y este retrato? ¿Es Olga Rilova? –No, madre... Se trata de Sofía Loren.

Pero Negulescu comprendió que aquella mujer podía serle muy útil si la hacía pasar por su

verdadera madre. Le ofreció tratarla con todos los privilegios de ese rango si ella sostenía su

mentira y lo ayudaba a apuntalar las suyas. La anciana hizo algunas exigencias y enseguida se

pusieron de acuerdo. Al salir de la oficina Negulescu la presentó a todos sus empleados:

–Quiero que conozcan a mi madre, Olga Rilova.

 

Nota 109

Fariña visitó muchas veces al Gitano y aprendió algunos de sus trucos y unas pocas destrezas

verdaderas. El vidente le enseñó que para adivinar había que pensar... o conjeturar, observar a

la gente, fijarse en los detalles. También aprendió algo de hipnosis pero Fariña no se dejó

hipnotizar nunca. Tenía miedo.

Nota 110

Un día, el comisario Bermúdez se enteró de las hazañas del Gitano y se le ocurrió consultarlo

para ver si podía decirle algo sobre la muerte de Inés.

El Gitano cayó en un trance teatral y dijo:

–Veo un hombre triste y sin amor. Él la ha visto con otro, con uno cualquiera. Espera

escondido en la vereda de enfrente. Hay niebla... no puedo ver. Ahora la pareja se separa. El

hombre triste sigue a la mujer.

Ella dobla una esquina. El hombre triste es en realidad una sombra. La toma por detrás. Ella

se resiste... creo que muere estrangulada. Ahora todo se borra, tal vez por la niebla. Pero sin ver

nada siento que hay otro crimen...

–¿Otro crimen?

–Es solo un pálpito.

–¿Cómo sabés todo eso, Gitano?

–Cualquiera lo sabe. Solo matan los hombres tristes y sin amor. ¿Quién, contento y amado,

se mete a criminal? Lo demás es pura conjetura.

Bermúdez no le creyó nada. Mientras se iba, el Gitano le dijo: –Usted también es triste Bermúdez, seguro que ha matado a más de cuatro.

Nota 111

Testimonio sobre el mismo episodio de Béjerman y Silva ante el comisario Bermúdez.

BERMÚDEZ: Bueno, cuéntenme lo que vieron.

 

SILVA: Inés salió del teatro con un hombre.

BÉJERMAN: Iban lo más abrazados.

SILVA: Cada tanto se besaban.

BÉJERMAN: Al llegar a Paseo Colón se separaron. Ella tomó el 53 para ir a su casa. Un viaje

larguísimo.

BERMÚDEZ: ¿Vieron quién era el hombre?

SILVA: No. Era un tipo cualquiera.

BERMÚDEZ: ¿Alto, bajo?

BÉJERMAN: Más o menos. No le vimos la cara tampoco.

 

SILVA: Un tipo así nomás.

Al salir de la comisaría los estaban esperando Fariña y Santana.

–¿Qué pasó?

–Nada. Nos preguntó lo que habíamos visto. Nosotros le contamos todo –dijo Silva. –Bueno, todo no. No le dijimos que el tipo era Martok.

Nota 112

LOS DOS CRÍMENES

Era una noche de poca niebla. Inés caminaba por la calle Artigas rumbo a su casa. Iba por el

medio de la calle y sus pasos resonaban como si caminara sobre un escenario.

Alguien la seguía pero ella no se dio cuenta. De pronto vio a un hombre parado junto a un

portón. Le pareció notar un fulgor rojizo en su cabellera. Era Enrique Argenti que la estaba

esperando. Siguieron adelante por Artigas sin ver a la sombra sigilosa que venía siguiendo a

Inés desde vaya a saber dónde.

Se detuvieron poco antes de llegar a Galicia y empezaron a besarse y acariciarse. Al rato se

despidieron. Ella desapareció en la primera esquina, él caminó en dirección opuesta silbando un

tango: “Veinticuatro de agosto”.

Inés dobló la esquina. Entonces la sombra apuró el paso y la tomó por detrás. Con sabios

movimientos empezó a estrangularla. Inés luchó pero no pudo soltarse. Tardó poco en morir.

Mientras tanto a la vuelta, sobre Artigas, Argenti se encontró cara a cara con la persona que

iba a matarlo. Hubo un breve diálogo y enseguida el asesino, un hombre de extraordinaria

fortaleza, empezó otro estrangulamiento.

Nadie advirtió la simultaneidad ni la cercanía. Gorlero y Argenti murieron al mismo tiempo

a pocos metros de distancia. Pero sus historias se contaron en tiempos diferentes, en foros

diferentes, en libros diferentes.

 

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