Notas al pie
Bermúdez
Nota 133
Aquella noche yo estaba en casa de Morozov esperándolo para corregir este cuento, el último
que escribió. Pero el hombre no llegó nunca.
A la madrugada sonó el timbre. Era el comisario Bermúdez con dos vigilantes. Habían
encontrado a mi jefe muerto en el Jardín de los Poetas, cerca de su casa. Junto a él, tratando de
reanimarlo, estaba su amigo Della Rica. A los dos les gustaba caminar en la noche.
Lo mataron de un tiro en el pecho. Los policías interrogaron en vano al pianista y lo dejaron
detenido por sospechoso.
Cuando Bermúdez me contó todo esto, le expliqué que Della Rica no hablaba y que era un
viejo amigo de mi jefe.
–Lo voy a soltar. Pero tendré que convencerlo de que hable. Él vio todo. Después, el comisario revisó la casa y me preguntó si conocía a alguien que tuviera motivos
para odiar a Morozov. Le contesté que sí.
–Era el mejor hombre del mundo. Pero cualquiera podía entusiasmarse detestándolo. Cuando se fueron los vigilantes, calculé que el dolor que sentía era insuficiente y traté de
llorar, pero no pude.
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