Notas al pie
Nuevos dioses
Hace muchos años, durante el reinado del emperador Xia Gāo, llegaron a
Yanshi rumores que provenían de las lejanas tierras del sur.
Unos exploradores que habían partido de la capital en tiempos del
emperador Kŏng Jiă regresaron para informar que en algunas aldeas, más
allá del Río de las Perlas, se ponía en duda el poder de los dioses y aun la
autoridad del Hijo del Cielo.
Al parecer un hombre llamado Shaoran operaba prodigios tales como el
control del viento, la domesticación de fieras, el hallazgo programado de
piedras preciosas y la comunicación fluida con personas muertas. Su
prestigio era tan grande que los lugareños lo consideraban un dios. Los
exploradores contaron que dos divinidades menores del panteón chino que
visitaban la región de incógnito fueron reconocidas y apedreadas por
multitudes indignadas ante la ineficacia del cielo. Shaoran permitió e
incluso ordenó que se castigara a estos dioses antes de hacerlos regresar a
sus moradas.
El verdadero peligro era que el pueblo de aquellas aldeas confiaba
ciegamente en Shaoran y le confería, sin dudar, un rango divino.
Los exploradores manifestaron ante el propio Xia Gāo su temor de que
este nuevo líder se rebelara contra el poder central. Los ministros de Xia
Gāo advirtieron sobre la escasez de las defensas en el sur, como así también
acerca de la naturaleza levantisca de los campesinos que construían
asentamientos a lo largo del impreciso camino.
El emperador pidió a todos silencio y después de una larguísima pausa
expresó:
–Cuando el desdichado Gun recibió la orden de detener las
inundaciones, construyó diques para impedir el paso de las aguas. El
resultado fue un fracaso, pues las lluvias fueron cada vez más intensas y el
agua siempre encontró resquicios por donde filtrarse. Como sabemos, Gun
fue ejecutado por aquella insolvencia.
En cambio su hijo, el ilustre Yu, trabajó durante trece años construyendo
canales para que las aguas de la inundación siguieran rumbo al mar sin
afectar los sembradíos y las poblaciones.
He recordado estos episodios para poder decir que no confío en los
diques. En consecuencia, no trataremos de detener el paso del tal Shaoran,
ni esperaremos que él decida atacarnos. Mi decisión es que el maestro Ru
(*) se traslade a aquellas aldeas y demuestre, ante el pueblo en general, la
falsedad de los supuestos milagros de este enemigo de los dioses.
Ru, según las Memorias históricas de Sima Qian, era el hombre más sabio
de aquellos tiempos. Podía predecir eclipses sin mirar al cielo, poseía la
ciencia de la metalurgia y los secretos de la alquimia. Además era experto
en desenmascarar a los farsantes que con mucha frecuencia se acercaban a
la corte de Yanshi a vender elixires o piedras de toque. Todos recordaban el
memorable episodio que terminó con la desgracia de la hechicera Fei (**),
que pretendió obtener el favor imperial ofreciendo a Gāo un brebaje que
garantizaba a quien lo bebiera alzar el vuelo en las noches de luna llena.
Ru descubrió que aquel mejunje no era sino un té de hierbas silvestres.
Entonces, esperó el plenilunio y obligó a Fei a beber una o dos tazas.
Luego, en presencia de toda la corte, hizo que saltara desde lo alto de la
muralla del palacio.
Fei se estrelló contra el suelo, lo que para la multitud constituyó una
demostración ostensible de la falsedad de sus milagros.
Ru emprendió viaje hacia el Río de las Perlas como funcionario
imperial, haciendo ostentación de títulos y dignidades y acompañado de
unos pocos soldados de la guardia.
Según se cuenta tardó casi un año en llegar. A medida que se iba
aproximando a las aldeas cautivadas por los dones de Shaoran empezó a
ofrecer pequeñas demostraciones de su poder en lugares públicos.
Principalmente eran ejercicios clásicos de magia y alquimia: ramos de
flores que se incendiaban súbitamente; sogas que obedecían a su voluntad;
telas que cambiaban de color; nubes fugitivas que abandonaban el cielo de
las aldeas. Sus acompañantes se mezclaban entre la muchedumbre y con
estudiado fervor afirmaban a los gritos que aquel hombre era mucho más
poderoso que Shaoran.
Mientras tanto, en Yanshi, el emperador Xia Gāo, alarmado por la falta
de noticias, envió un nuevo contingente de exploradores y empezó a preparar un ejército por si era atacado por Shaoran.
En el sur, Ru buscaba una confrontación mano a mano con el líder.
Tres vagabundos vestidos con andrajos se le presentaron diciendo que
eran dioses que habían sido apaleados por Shaoran cuando le pidieron
albergue. Ru prometió que los vengaría.
En la fiesta de año nuevo, o quizás en la de la primavera, los dos rivales
se encontraron en la plaza pública.
Ru tomó la iniciativa.
–Oh, tú, que te has atrevido a insultar las jerarquías del cielo y del
imperio. Que has negado refugio y abrigo a los mismos dioses. Que huyes
del impuesto y de la leva... Vengo en nombre de mi señor, el emperador
Gāo, a exigirte que te prosternes ante mí como si yo fuera él.
Shaoran hizo surgir una paloma de entre sus ropas, y dijo:
–El poder está en mí. Cada uno de mis actos me nombra rey. Te desafío a
comparar tus infames piruetas de feria con la fuerza de los cataclismos que
soy capaz de producir.
Enseguida un pequeño templete ubicado detrás de él se derrumbó
estrepitosamente. Ru levantó su mano derecha y la construcción volvió a
alzarse sobre sus ruinas para recobrar su aspecto anterior.
–Tus ayudantes prepararon la exigua torre para que se desmoronara con
solo tirar de una soga. Diles que traten de destruirla ahora, después de que
mis dones la han reconstruido con ciencia inobjetable.
Así estuvieron toda la tarde. Cada hazaña de Shaoran era refutada por Ru
y luego superada por un prodigio legítimo. La crónica hace gracia de la
descripción de las pruebas, pero consigna un hecho terminante: el pueblo
presenció la humillación de Shaoran y le quitó para siempre su fe y su
apoyo.
El estudioso Ru despachó inmediatamente a los soldados que lo
acompañaban para que regresaran a la capital e informaran al emperador
que el peligro había desaparecido.
El pueblo coreaba su nombre y arrojaba flores a su paso. Él resolvió
aprovechar aquel entusiasmo para quedarse un tiempo más en aquellas
aldeas. Su propósito era –según dijo– suscitar en aquellas gentes la idea de
la unidad del estado y la autoridad del emperador.
El regreso de los soldados es en realidad una historia que los poetas han
contado muchas veces. A lo largo del camino, se enfrentaron a toda clase de calamidades: ríos crecidos les negaron su cruce; piratas imprevistos los
atacaron en tierra; una plaga los diezmó; senderos equivocados los alejaron
del rumbo y los demoraron durante meses.
Al cabo de dos años, llegaron al palacio de Xia Gāo. Allí, con sus
últimas fuerzas, informaron que el líder Shaoran carecía ahora de todo
poder.
Mientras el emperador pensaba una respuesta cortesana de gratitud, se
oyeron los gritos de los vigías al divisar en el horizonte al gigantesco
ejército del estudioso Ru, que regresaba del sur, convertido en un dios, para
apoderarse de la capital. (53)
* En chino significa erudito.
** En chino significa baile en el aire.
Nota 53
Andrei Ordzhonikidze se había quedado sin trabajo. Su futuro no parecía muy prometedor. El ex
director era experto en antiguas religiones, en porcelana china y en poesía rusa. Nadie estaba
interesado en tales erudiciones. Ya desesperado resolvió utilizar en su provecho unos
conocimientos que mantenía más bien ocultos, como un pasatiempo. Ordzhonikidze era muy
entendido en diamantes. No es que los vendiera o los comprara. Solo le interesaba el tema. Cada
vez que podía contaba historias de gemas misteriosas, de robos famosos, de piedras que atraían
la mala o la buena suerte. Había publicado un lindo librito llamado Mis diamantes que tuvo muy
buenas reseñas.
Pues bien, ya que había cometido un delito, no le costaba nada cometer otro. Y empezó a
planear una falsificación.
Ordzhonikidze sabía que su amigo Morozov tenía en la oficina un diamante valioso. Al
parecer era parte de una joya histórica conocida con el nombre de El Estanque, que a través del
tiempo había sido fraccionada muchas veces. Sabía también que el maestro era muy descuidado
con sus pertenencias y por otra parte, solía ausentarse súbitamente dejando a sus amigos como
dueños y señores de la casa.
Seré muy breve: una tarde Andrei Ordzhonikidze encuentra el diamante en un cajón
cualquiera, toma fotografías de acuerdo a protocolos que él conocía muy bien y manda a hacer
una copia. Al poco tiempo recibe una falsificación perfecta de la joya.
Espera entonces otro momento de soledad en casa de Morozov, vuelve al cajón del escritorio,
toma el diamante verdadero y deja la copia.
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