Notas al pie

Alejandro Dolina · Capítulo 30 de 91

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Notas al pie

Un adulterio

 

La escena transcurre en una oficina de la administración del imperio Sung.

 

MUJER: El respeto y la sumisión son las virtudes centrales de la mujer. Se

lo digo, señor secretario, para que no se equivoque al juzgarme. No

negaré mi culpa en el adulterio del que se me acusa. Soy tan responsable

como la joven heredera que es rozada por un hombre adulto en las

aglomeraciones del mercado y tan infame como la mujer comprometida

que recibe a la distancia el halago indescifrable de un marino extranjero.

¡Cuántas en este pueblo han debido suicidarse por mucho menos que

el desliz que se me atribuye!

Solo le pido –¡oh funcionario del Hijo del Cielo!– que considere mi

falta, no como el resultado de mis decisiones, sino más bien como parte

de la misteriosa trama de efectos y causas que se anudan a cada instante

en todos los rincones del mundo.

 

SECRETARIO: La ofensa casual es aún más vergonzosa que la planeada y

los castigos son iguales para una y otra. Dime quién eres.

 

MUJER: Me llamo Pao Chu y soy la esposa de Ching, el cavador de pozos.

Mi padre, el herrero Pao Tze, fue exigente y, a menudo, cruel. Me

obligaba a realizar tareas propias de los esclavos. Así, me levantaba

antes del alba y con mis brazos delgados movía los fuelles de la fragua

hasta caer rendida. Casi todos los días soportaba castigos y

humillaciones con la actitud sumisa y silenciosa que es propia de mi

género, rango y condición.

Jamás me atreví a mirar directamente a mi padre. Tratar de percibirlo

en detalle hubiera sido un atrevimiento inaudito. Nunca salí de mi casa

hasta los catorce años. Cuando no trabajaba en la herrería, ayudaba en la

cocina. Mis escasas horas de descanso las pasaba encerrada en una

diminuta habitación cuya llave colgaba del cuello de mi madre. Allí

dormían mis tres hermanos menores.

Un día me dijeron que habían arreglado mi boda con Ching y fui

trasladada a la casa de sus padres, donde también se me recluyó en el

último aposento. Mis suegros fueron aún más severos que mis padres:

me obligaban a cocinar, a limpiar, a cortar leña, a tender sus lechos y, al

anochecer, a lavar sus pies con agua tibia. Muchas veces acompañaba a

Ching para ayudarlo en sus hoyos. Por lo general se trataba de zanjas

profundas que las familias de medianos recursos utilizaban para enterrar

inmundicias. Jamás quise mirar frente a frente a mi marido. Él solía

tomarme en la alta noche desde atrás, como dicen que hacen los

mongoles, y nunca tuvimos un cruce de nuestras miradas.

Cuando me llevaba a cavar, yo marchaba tras él mirando el suelo,

para no reconocer los lugares, para no saber regresar sola, para no

hacerme independiente en ningún aspecto. Hace una semana, a la hora

de los pobres, cuando la mañana todavía es noche, mientras sentía la

insidiosa visita de mi callado esposo, mi suegra entró en el aposento y

comenzó a gritar en forma mecánica y repetitiva. ¡Deshonra! ¡Deshonra!

¡Deshonra! Tardé un largo momento en comprender que quien me estaba

tomando no era mi marido Ching sino el primo Wu Seng, que estaba

visitándonos desde hacía algunos días.

Mi suegra, deseosa de venganza, despertó a Ching que aún yacía en

su lecho, ajeno al adulterio que acabo de relatar. La anciana murmuró en

sus oídos palabras llenas de odio y veneno. Ching, sin despertar del todo,

tomó un cuchillo y mató al primo Wu Seng con tanta rapidez que el

muchacho no pudo aclarar unos pormenores que, sin duda, hubieran

mejorado mi situación jurídica. No le dejaron confesar que su usurpación

no había sido facilitada ni conocida por mí.

Mi esposo, amenazándome con el cuchillo que acabo de mencionar,

me preguntó si era la primera vez que lo hacíamos. No lo sé, dije yo, y

era verdad. ¿Cómo saber si aquella sustitución había ocurrido una o

varias veces? ¿Cómo saber si otras personas me habían tomado antes, a

favor del carácter impersonal que siempre tienen las fornicaciones?

 

Por fin, mi suegro apareció para ver cuál era el origen de tanto alboroto.

El anciano sabio dictaminó que, si bien yo merecía la muerte, era preferible que la Administración se encargara de los detalles y aquí estoy, señor

secretario, dispuesta a morir.

 

SECRETARIO: Los actos de las personas –¡oh joven mujer!– tienen sus

consecuencias. Pero la realidad es desordenada y a veces un mismo acto

desencadena diferentes series de efectos. La verdad es que resulta

imposible que los seres humanos conozcan la trama de sucesos que

originan sus acciones. Solo el Estado le da sentido a los hechos. Las

leyes, los jueces, los funcionarios, barajan arbitrariamente las conductas

humanas y asignan responsabilidades legales a algunas de ellas.

¡Claro que hay un afán de justicia y exactitud! ¡Claro que tratamos de

cuidar el honor de los poderosos! Pero muchas veces los fallos son

equivocados, injustos o imprecisos. Y debemos aceptarlos como

aceptamos las inundaciones, el frío o los eclipses. Para evitar inútiles

controversias atribuimos cada acción del estado a la voluntad del

Emperador, que no es una decisión personal del Hijo del Cielo, sino una

comodidad procesal. Primero suceden las cosas, y luego el Emperador

las decreta. O tal vez, el Emperador castiga los crímenes antes de que se

cometan. Tú no habías nacido, joven mujer, y ya la autoridad había

condenado tu adulterio, o la falta de este. ¿Te consolaría saber la verdad?

Yo la sé... Los sirvientes me han contado todo. El primo violador fue el

único culpable. Pero ya murió. Y tú también morirás. Pero hay algo más

que no te diré.

 

MUJER: ¿Qué es lo que no me dirás?

 

SECRETARIO: Jajajaja... eso es lo que los Mandarines llamarían una

paradoja...

 

Se oyen ásperos ruidos, entran los mongoles.

 

MONGOLES: ¡Invasión! ¡Invasión! ¡Somos los mongoles! Nuestra mayor

alegría es conquistar a los enemigos, perseguirles, apoderarnos de sus

pertenencias, ver llorar a sus familias, montar sus caballos y poseer a sus

hijas y sus esposas.

 

SECRETARIO: ¡Cagamos! ¡Ahora todos moriremos!

MONGOLES: Efectivamente. Nos estamos apoderando de la maquinaria

del Estado Sung.

 

MUJER: ¡Oh, secretario! Dime la verdad que nunca ibas a decirme.

 

SECRETARIO: Te la diré... Ahora vale menos que nada. El primo Wung

Seng se equivocó. En verdad hacía varias noches que copulaba con tu

anciana suegra. Y simplemente te confundió con ella. Y tú creíste que

era tu esposo Ching el que lo hacía.

 

MUJER: ¡Oh, es aún más siniestro de lo que pensaba! ¡Por eso estaba tan

indignada la vieja!

 

SECRETARIO: Ella también morirá.

 

MONGOLES: Sí, morirá, quien quiera que sea...

 

Empiezan a destruir los muebles.

 

UN MONGOL: ¡Nada quedará de este miserable país!

 

OTRO MONGOL: ¡Utilizaremos todo su espacio para alimentar a nuestro

ganado!

 

OTRO MONGOL: Gengis Khan lo dijo bien: ¡Las ciudades son una

amenaza para la cultura nómada de la estepa!

 

OTRO MONGOL: ¡La China será un enorme campo de pastoreo!

 

OTRO MONGOL: ¡Los hombres morirán o serán esclavos!

 

OTRO MONGOL: Las mujeres, son palabras de Ogedei Khan, podrán ser

castigadas, e incluso ejecutadas, por las razones que en su momento sean

decididas. Nuestras reglas son bien distintas a vuestros caprichos

leguleyos.

SECRETARIO: No conseguiréis imponer vuestros instintos bárbaros por

encima de nuestras costumbres civilizadas.

Más aún: acabaréis por aceptar nuestro modo de vida. Los sabios

chinos aparentarán cumplir vuestras órdenes pero, mientras tanto, os

cautivarán con los beneficios de nuestra administración, nuestro arte y

nuestros inspiradores Buda, Lao Tsé y Confucio.

 

MUJER: Lo mismo ocurrirá con las mujeres...

 

SECRETARIO Y MONGOLES: ¡Silencio!

 

MONGOLES: ¡El Khan cambiará todo esto!

 

SECRETARIO: Jaja... Ensueños de jinetes recién desmontados... Si dentro

de unos años llegara aquí mismo un comerciante del Oeste lejano, al

veros a vosotros, sujetos a nuestra moda, convertidos al budismo e

imitándonos sin pudor... ¡Os tomaría por chinos!

 

MONGOLES: ¡Basta de insultos! ¡Muerte! ¡Invasión!

 

Los intrusos matan al secretario y a algunos ayudantes mientras

incendian los muebles.

Finalmente, cuando el lugar ya está en llamas, toman a la joven mujer y

la poseen desde atrás, como dicen que hacen los mongoles. (30) (31)

(32) (33) (34)

 

Nota 30

Fariña se confesó culpable del atropello a Cora Yako y ella volvió al colegio San Ginés, a sus

cursos y a la película. Una noche, antes de ensayar, Cora le dijo:

–Vos no fuiste

–No, yo no lo hice. Ni siquiera sé qué es lo que no hice... ¿Quién fue en realidad? ¿Y qué

pasó?

–Me parece que fue el gordo Santana, pero no estoy segura porque estaba oscuro. Yo estaba

sola atrás del telón. Alguien vino, me abrazó por la espalda y me mordió el hombro. Nada del

otro mundo. Pero me pareció oler al gordo Santana y ahí me asusté porque dicen que es

seguidor y capaz de cualquier cosa... Pero si no fuiste vos ¿Por qué te echaste la culpa?

–¿Qué gracia tendría confesar si hubiera sido yo? Lo mío es cargar con culpas ajenas.

Nota 31

Un petardo explota en el baño del colegio. Batallón preceptores se despliega por las aulas. Por

metonimia sospechan que el autor es un alumno de sexto A, la clase de Fariña, contigua a los

excusados. Acude el señor Collado, jefe de celadores.

Pregunta colectiva: ¿Quién fue? Silencio como respuesta. Amenaza o intimidación: de no

mediar confesión del culpable, castigo general. Silencio.

Repetición del ultimátum. Pasan largos segundos. Fariña se pone de pie. –He sido yo, señor.

Silencio general. Fariña se encamina hacia el frente del aula. Collado lo llevará a su oficina

y le impondrá una grave sanción. Por un segundo el funcionario y el alumno cruzan sus

miradas. Ambos saben que son personajes inevitables de una injusticia.

Nota 32

Puede parecer una irrupción de encono, pero me doy permiso para la siguiente exclamación:

¡Oh, Martok! ¡Qué hombre menos capacitado para mostrarse encantador! Al principio no era posible precisar qué era lo que lo hacía odioso. Por cierto, no tenía

mucha gracia, no era atormentado, ni silencioso, ni de carácter fuerte. No se conectaba con

nadie pero tampoco era reservado. No era un neurótico ni estaba dominado por la angustia.

¿Qué pasaba con él?

Por fin los hombres lo descubrieron, cada uno por su lado, creyendo hacer un hallazgo

único, dándose por poseedores privilegiados de un secreto que, según se supo después, ya

conocían todos.

Nota 33

Testimonio de Pierino Silva y Martín Béjerman que espiaban por la ventana a Inés y a Morozov.

 

Después de un largo abrazo.

ELLA: Este momento tendría que durar siempre

ÉL: Ese era el verdadero pacto de Fausto. Quedarse en un momento sin avanzar hacia otro.

ELLA: Vos sos Fausto.

ÉL: No te ilusiones. No soy nadie.

 

ELLA: Nadie es nadie. Aprovechate que estamos de enamoramiento y dicen que no dura mucho.

ÉL: ¿Quién lo dice?

ELLA: Yo lo digo. Los hombres me aburren tarde o temprano.

ÉL: Yo soy aburrido pero me voy antes de que me echen.

ELLA: Nada de eso ocurre aún. Ni yo me aburrí ni vos te fuiste.

ÉL: Siempre nos queda el exceso... La lujuria... El paganismo... El engaño... El creer lo que no

es... El confundirnos con otros...

ELLA: O andar con otros...

ÉL: Desde luego.

Gorlero se desnuda y arrastra a Morozov al lecho.

Nota 34

Esto sucedió un poco después. Inés le dijo a Morozov que quería llevarlo a su casa. Allí el

maestro comprobó que ella vivía humildemente con su madre en una casita de la calle Galicia.

La señora, que se llamaba Luisa, no estaba bien de salud y no hacía más que hablar de las

virtudes académicas de su hija. Allí estuvieron un buen rato. Morozov detestaba esta clase de

situaciones sociales pero sabía que el amor y la vida consistían en renunciar y mentir en

homenaje a la persona amada.

 

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